Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 29 LOS RENACUAJOS
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CAPÍTULO 29 LOS RENACUAJOS

MATEO

El avión aterriza en Nápoles al atardecer.

He pasado las últimas seis horas mirando por la ventanilla, con el teléfono en la mano y el corazón en la garganta.

Tres hijos. Tengo tres hijos. Y su madre me los ha ocultado durante cuatro años.

Cuatro años de búsqueda, de whisky, de noches en vela.

Y ahora, por fin, estoy a punto de verlos.

La villa Russo está en lo alto de una colina, rodeada de limoneros y buganvillas. Es una casa de piedra blanca, con contraventanas azules y un porche lleno de macetas. Mientras subo por el camino de grava, oigo risas. Risas de niños. Y mi pecho se encoge.

Gia me espera en la puerta, con un vestido de algodón rojo y el pelo suelto. Está más delgada, más cansada, pero igual de hermosa. Me mira con una mezcla de alivio y terror.

—Has tardado —me dice.

—Cuatro años. —Me detengo frente a ella, sin tocarla—. Cuatro años, Gia.

—Lo sé. Y lo siento.

—No lo sientas todavía. —Le sostengo la mirada—. Primero, los niños.

—Están en el salón. —Se aparta, dejándome pasar—. Te han preparado un dibujo.

—¿Un dibujo?

—Sí. De ti. —Una sonrisa triste le cruza los labios—. Aunque no sabían cómo eras.

Entro. El salón huele a galletas recién hechas y a lápices de colores. Hay juguetes por todas partes, una mesa pequeña con sillas diminutas, y en el centro, tres niños sentados en el suelo, mirándome con los ojos muy abiertos. Son idénticos. Pelo oscuro, mandíbula firme, cejas pobladas. Mis hijos.

—Mamma, ¿es él? —pregunta el más alto, Dante.

—Sí, cucciolo. —Gia se arrodilla a su lado—. Es vuestro papá.

—Hola. —El niño me saluda con la manita—. Soy Dante.

—Hola, Dante. —Me agacho, poniéndome a su altura—. Soy Mateo.

—¿Mateo o papá?

—Papá. —La palabra me sale ronca—. Soy vuestro papá.

Los otros dos se acercan. Marco, el del medio, me tiende un papel arrugado.

—Te he dibujado —dice, con una sonrisa torcida que es mía—. Eres un oso.

—¿Un oso?

—Sí. Mamma dice que eres un osito gruñón.

Miro el dibujo. Es un oso enorme, con una cicatriz en la ceja y una sonrisa feroz. Me río, y la risa me sacude el pecho.

—Es exacto. —Me llevo la mano a la cicatriz—. ¿Sabéis qué? Mi cicatriz es real.

—¿Y la sonrisa? —pregunta Lucía, la pequeña, con el pelo alborotado y los ojos brillantes.

—La sonrisa se la robo a vuestra madre cada vez que me mira.

—Mamma dice que no sonríes nunca.

—Mamma dice muchas cosas. —Le guiño un ojo—. Pero con vosotros, voy a sonreír mucho. Prometido.

Lucía se lanza a mis brazos sin avisar. La atrapo, y su cuerpecito se pega al mío, cálido y frágil. Dante y Marco la imitan, y en cuestión de segundos estoy en el suelo, con tres renacuajos encima, riendo y gritando.

—Son un terremoto —me dice Gia, apoyada en la pared.

—Son perfectos. —Los abrazo, uno a uno—. Son míos.

—Sí. —Gia se acerca, los ojos húmedos—. Lo son.

—Y tú me los has escondido.

—Para protegerlos.

—Lo sé. —La miro por encima de las cabezas de los niños—. Y lo entiendo. Pero ahora, Gia, vas a pagar por ello.

—¿Aquí?

—No. —Me levanto, con Lucía en brazos—. Primero, los acuesto. Luego, hablamos.

—¿Hablamos? —Gia arquea una ceja.

—Hablaremos. —Le sostengo la mirada, la voz baja—. Y después, haré lo que llevo años deseando hacerte.

—¿Qué?

—Castigarte. Duro.

Los acuesto a los tres. Dante quiere que le cuente una historia; Marco, que le enseñe a hacer un nudo de corbata; Lucía, que me quede hasta que se duerma. Y yo, que he matado a hombres con las manos desnudas, me derrito con cada súplica.

—Papá, ¿te quedarás mañana? —pregunta Lucía, con los ojos ya cerrados.

—Sí. —Le beso la frente—. Me quedaré siempre.

—¿Y pasado?

—También.

—¿Y al otro?

—Todos los días. —Le aparto el pelo de la cara—. Ahora duerme, cucciolo.

—Grazie, papà. —La niña sonríe y se acurruca bajo las sábanas.

Salgo de la habitación con el corazón a punto de estallar. Gia me espera en el pasillo, con los brazos cruzados y una expresión que no presagia nada bueno.

—Los has conquistado —me dice.

—Soy su padre. Era mi obligación.

—No. —Gia se acerca, los ojos encendidos—. Los has conquistado tú. Con tus gruñidos y tus promesas. Y ahora, osito, me toca a mí.

—¿A ti?

—Sí. —Da un paso atrás, la sonrisa torcida—. Porque sé lo que quieres hacerme. Y no pienso ponértelo fácil.

—Gia... —Avanzo hacia ella, las manos en los bolsillos—. No corras.

—¿Por qué? ¿Miedo de no alcanzarme?

—Miedo de que te hagas daño. —La acorralo contra la pared—. Y de que despiertes a los niños.

—Pues tendrás que atraparme antes.

—No. —La tomo de la cintura, con firmeza—. Vas a tomar mis jodidos veinticuatro centímetros como una buena chica. Y no harás ruido, porque tus pequeños están al otro lado de la habitación.

—No prometo callarme.

—Pues tendré que taparte la boca.

La arrastro hacia mi habitación. Gia forcejea, pero no demasiado. Al contrario: se aprieta contra mí, me araña el pecho, me muerde el cuello. Y yo, que llevo cuatro años deseándola, siento que la sangre me hierve.

—Eres una mentirosa —le gruño al oído.

—Y tú un osito gruñón. —Me devuelve el mordisco—. Pero me encanta.

—Pues prepárate. Porque esto va a doler.

—No quiero que duela poco. —Se suelta, los ojos brillando—. Quiero que duela mucho. Y que me marques. Y que no pueda caminar mañana.

—Eso está hecho.

—Pues demuéstralo.

La tiro sobre la cama y le desgarro el vestido. Los botones saltan, la tela cede, y sus pechos quedan expuestos, cubiertos por un sujetador de encaje blanco que le arranco de un tirón. Gia gime, y el sonido me enciende.

—Mírame —le ordeno, desabrochándome el cinturón.

—Ya te miro.

—No. Mírame a los ojos. Quiero verte mientras te la meto.

—Eso es muy sucio.

—Soy un hombre sucio. Y tú una madre mentirosa. —Le ato las muñecas con el cinturón—. Ahora, aguanta.

—¿Me vas a atar?

—Sí. Y no pienso soltarte hasta que me lo pidas. De rodillas.

—No me arrodillo ante nadie.

—Pues hoy sí.

La coloco boca abajo, con las muñecas atadas sobre la cabeza y el culo en alto. Es perfecto. Su piel, sus estrías, la celulitis que tanto odia y que yo adoro. Le doy una palmada, y ella arquea la espalda, gimiendo.

—Cuenta —le ordeno.

—Uno. —Otra palmada—. Dos. —Otra—. Tres.

—Buena chica.

Le separo las nalgas con los dedos, y su respiración se acelera. Está empapada, deseosa, y lo sé porque me lo pide con el cuerpo. Sin palabras. Sin excusas.

—¿Quieres que te castigue aquí? —le pregunto, rozando su entrada.

—Sí. —Su voz es un susurro—. Quiero que me castigues. Duro.

—Pues pídemelo.

—No.

—Pídemelo, Gia. O me detengo.

—Eres un cabrón.

—Y tú una masoca. —Le doy otra palmada—. Pídemelo.

—Castígame, Mateo. —Su cuerpo tiembla—. Por favor.

—Así me gusta.

Me deslizo dentro de ella, despacio, saboreando cada centímetro. Gia jadea, las manos atadas aferrándose a las sábanas. Está estrecha, caliente, y cada embestida le arranca un gemido que intenta ahogar contra la almohada.

—No hagas ruido —le recuerdo, la voz ronca—. Los niños están al otro lado.

—No... no puedo...

—Claro que puedes. —Le tapo la boca con la mano—. Y si gritas, paro.

—No... no pares...

—Entonces calla. Y aguanta.

Acelero el ritmo, embistiéndola contra el colchón. Sus gemidos se amortiguan contra mi palma, sus piernas se abren más, y su cuerpo se arquea, buscando más. La castigo con furia, con amor, con todos los años de ausencia y de miedo. Y ella me recibe, me devora, me condena.

—Córrete —le ordeno al oído—. Ahora.

—No... quiero...

—Córrete, Gia. Déjate ir.

El orgasmo la sacude como una ola. Su cuerpo se tensa, sus dedos se crispan, y un gemido ahogado le escapa de los labios. La sigo un segundo después, derramándome dentro de ella con un rugido sordo. Nos quedamos quietos, respirando agitados, los cuerpos pegados por el sudor.

—Joder, Mateo —murmura ella.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí. Porque yo también lo he sentido.

Le desato las muñecas y la giro, enfrentándola. Su cara está llena de lágrimas y de satisfacción. Me inclino y la beso, con una suavidad que contrasta con la brutalidad de hace un instante.

—¿Me perdonas? —me pregunta, la voz rota.

—No. —Le beso la frente—. Pero te quiero. Y no pienso volver a dejarte ir.

—¿Y los niños?

—Son nuestros. Y esta vez, no me los vas a ocultar.

—No. —Sonríe, una sonrisa cansada—. Te lo prometo.

—Pues duerme. —La arropo con las sábanas—. Mañana quiero desayunar con mis hijos. Y contigo.

—¿Conmigo también?

—Sobre todo contigo. —Me tumbo a su lado, el brazo rodeándole la cintura—. Porque sois mi familia. Y no pienso perderos.

—No nos vas a perder. —Gia apoya la cabeza en mi pecho—. Ahora sí, osito. Estás en casa.

—Lo sé. —Cierro los ojos, el corazón por fin en paz—. Y no pienso irme.

A la mañana siguiente, los trillizos me despiertan saltando sobre la cama. Gia se ríe, y yo la abrazo, con un niño en cada brazo y Lucía encaramada a mi espalda. Es un caos. Y es perfecto.

Pero, al otro lado del teléfono, un mensaje de Sofía me recuerda que no todo está resuelto: «Bianca ha salido de la cárcel. Y viene a por vosotros.»

Miro a Gia, que juega con los niños, ajena al peligro. Y sé que la guerra no ha terminado. Pero esta vez, no voy a fallar. No voy a dejar que nadie me arrebate a mi familia. Aunque tenga que matar a Bianca con mis propias manos.