CAPÍTULO 28 TRES AÑOS DESPUÉS
GIA
La villa de la abuela huele a albahaca, a tomate y a mar.
Las contraventanas azules están abiertas de par en par, y la brisa del Mediterráneo mece las cortinas blancas del salón.
Estoy en la cocina, con las manos enharinadas y el delantal atado a la cintura, mientras los trillizos corretean por el patio, persiguiendo mariposas y tropezando con sus propios pies.
Son las once de la mañana de un sábado de junio, y Nápoles brilla como un cuadro renacentista.
—¡Mamma! ¡Mamma! —Dante entra corriendo, con las rodillas manchadas de tierra y una lagartija en la palma—. ¡Mira lo que he encontrado!
—Dante, suelta eso. —Me limpio las manos en el delantal—. Las lagartijas no son juguetes.
—Es mi amiga. Se llama Fernanda.
—Pues Fernanda estará más contenta en el jardín. —Le señalo la puerta—. Ve a soltarla.
—Pero mamma...
—Ahora.
Dante resopla y sale, con la lagartija apretada contra el pecho. Marco y Lucía lo siguen, riendo, y yo me quedo en la cocina, removiendo la salsa de tomate con una sonrisa. Son un caos. Un caos hermoso, ruidoso y lleno de vida. Y son idénticos a su padre.
Dante tiene la mandíbula de Mateo, esa línea firme que parece tallada en piedra.
Marco tiene sus ojos, oscuros e intensos, que observan todo sin pestañear.
Y Lucía... Lucía tiene su sonrisa, esa media sonrisa torcida que me desarmó la primera vez que lo vi.
Los tres son Mateo. Y cada día que pasa, me duele un poco más.
Tres años. Tres años escondida, criando a sus hijos sin él. Y todavía no sé si hice lo correcto.
Me apoyo en la encimera y cierro los ojos.
El día que huí de la mansión Cross, pensé que el tiempo lo curaría todo.
Que el dolor se desvanecería, que el miedo se apagaría, que Mateo se convertiría en un recuerdo lejano.
Pero no ha sido así. Mateo sigue aquí, en cada gesto de mis hijos, en cada canción italiana que canto para dormirlos, en cada noche que me despierto y busco su calor.
—Mamma. —Lucía aparece en la puerta, con su vestido amarillo y el pelo alborotado—. ¿Dónde está papá?
Me quedo inmóvil. La pregunta me golpea como un puñetazo. Llevo tres años temiéndola, tres años preparando la respuesta, y aun así me pilla desprevenida.
—Lejos, cucciolo. Muy lejos. —Me agacho, poniéndome a su altura—. En una casa grande, con sus amigos.
—¿Volverá?
—No lo sé. —Le aparto un mechón de la frente—. Quizá.
—¿Lo quieres?
—Más que a nada.
Lucía me mira, con esos ojos que son los de su padre, y me abraza. Un abrazo pequeño, torpe, lleno de mocos y de tierra. La rodeo con los brazos y la aprieto contra mi pecho, las lágrimas pugnando por salir.
No llores, Gia. No delante de los niños. Las madres no lloran. Las madres son fuertes. Aunque por dentro se estén rompiendo.
—Mamma, ¿por qué lloras? —pregunta Lucía.
—No lloro. —Le beso la frente—. Solo se me ha metido algo en el ojo.
—Es por papá, ¿verdad?
—Sí. —Sonrío, con la voz rota—. Es por papá.
Dante y Marco entran en la cocina, con las manos sucias y la lagartija ya liberada. Se quedan mirándonos, confundidos, y luego se abalanzan sobre nosotras, riendo, gritando, pidiendo galletas. Los abrazo a los tres, y por un instante, el dolor se disuelve.
No estoy sola. Tengo a mis hijos. Y aunque Mateo no esté, una parte de él vive en ellos. Y eso, por ahora, es suficiente.
Esa noche, los trillizos se sientan a la mesa y cenan espaguetis con salsa de tomate, manchándose la cara y riendo.
Son un desastre. Y son míos. Les cuento historias de la mansión Cross, de sus tíos, de las fiestas que montaban y de las locuras que hacían.
Les hablo de Dorian y Aria, de Liam e Isa, de Sebastián y Alice. Y, por supuesto, del osito gruñón.
—¿Y papá era un osito? —pregunta Marco, con la boca llena.
—Era un osito. —Sonrío—. Gruñón, grande, con cara de pocos amigos. Pero con un corazón enorme.
—¿Y por qué se fue? —pregunta Dante.
—No se fue. —Hago una pausa—. Fui yo.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo. De la gente mala. De que nos hicieran daño. —Los miro, uno a uno—. Y porque a veces, el miedo nos hace tomar decisiones difíciles.
—¿Y ahora ya no tienes miedo? —pregunta Lucía.
—No. —Le cojo la mano—. Ahora solo tengo ganas de bailar. Como solíamos hacer, cuando vivíamos juntos.
—¿Y volveremos a verlo? —pregunta Marco.
—No lo sé. —Les sonrío—. Pero si volvemos a verlo, le diremos que lo queremos. ¿Vale?
—Vale. —Los tres asienten, con la boca manchada de tomate.
Después de cenar, los baño y los acuesto. Dante me pide que le cante una canción; Marco me pide que le cuente un cuento; Lucía me pide que me quede hasta que se duerma. Y yo, que soy una asesina entrenada, me derrito con cada súplica.
—Mamma —susurra Lucía, con los ojos ya cerrados—. ¿Papá nos querrá?
—Claro que sí. —Le beso la frente—. Os querrá más que a nada.
—¿Y a ti?
—A mí también. —Apago la luz—. Siempre.
A medianoche, me siento en el porche con una copa de vino y el teléfono en la mano. Llevo tres años sin llamar a Mateo. Tres años sin oír su voz. Y esta noche, por primera vez, me atrevo a mirar su número.
No lo hagas, Gia. No reabras la herida. Los niños están dormidos. Estás en paz. No lo estropees.
Pero mis dedos no obedecen. Marco su número, y el teléfono empieza a sonar. Una vez. Dos. Tres. Estoy a punto de colgar cuando oigo su voz, ronca y dormida.
—¿Sí?
Me quedo sin aire. Es él. Es Mateo. Y suena exactamente igual que en mis sueños.
—¿Quién es? —insiste, con esa voz grave que me eriza la piel.
—Gia. —Las lágrimas me corren por las mejillas—. Soy Gia.
Un silencio. Luego, un susurro.
—Gia. ¿Eres tú?
—Sí. —Me limpio la nariz, temblando—. Soy yo.
—¿Dónde estás? —Su voz se vuelve urgente—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
—Estoy bien. —Sonrío, entre lágrimas—. Y no necesito ayuda. Solo quería oír tu voz.
—Gia... —Un sollozo contenido—. Llevo tres años buscándote. Tres años sin saber si estabas viva o muerta. Y ahora me llamas, a las doce de la noche, y me dices que solo querías oír mi voz.
—Lo sé. —Me abrazo a mí misma—. Lo siento.
—No lo sientas. —Su voz se ablanda—. Solo dime dónde estás. Iré ahora mismo.
—No. —Me levanto, con el corazón desbocado—. No estoy preparada.
—Gia, por favor. —Hay una desesperación en su voz que me parte el alma—. No me hagas esperar más.
—No puedo. —Cierro los ojos—. Todavía no.
—Entonces, ¿cuándo?
—Pronto. —Me muerdo el labio—. Te lo prometo.
—¿Me lo prometes?
—Sí. —Las lágrimas me corren sin control—. Te lo prometo, osito.
Un silencio. Luego, una risa rota.
—Te quiero, italiana.
—Y yo a ti, osito. —Sonrío, con el corazón encogido—. Hasta pronto.
Cuelgo. Me quedo en el porche, con el teléfono en la mano y la certeza de que he hecho lo correcto. O lo más doloroso. No lo sé. Pero sé que, por fin, he roto el silencio. Y que, tarde o temprano, Mateo vendrá a buscarme.
Y cuando lo haga, le contaré la verdad. Sobre los trillizos. Sobre mi huida. Sobre el miedo que me devoró. Y espero que pueda perdonarme.
A la mañana siguiente, los trillizos me despiertan saltando sobre la cama, riendo. Dante tiene el teléfono en la mano, y Marco y Lucía gritan algo sobre un "señor que habla".
—Mamma, mamma —dice Dante—. Hay un señor al teléfono. Dice que es nuestro papá.
—¿Qué? —Me incorporo, el corazón desbocado—. ¿Quién le ha dado el teléfono?
—Yo. —Lucía sonríe, inocente—. He cogido el tuyo.
—Mierda. —Cojo el teléfono—. ¿Mateo?
—Gia. —Su voz es grave, cargada de una emoción que no reconozco—. He oído a los niños. Tres. —Una pausa—. ¿Son míos?
—No... —Me muerdo el labio—. Quiero decir, sí. Son tuyos.
—¿Y pensabas decírmelo?
—Pensaba... —Las lágrimas me corren—. No lo sé. Tenía miedo.
—Pues ya no. —Su voz se vuelve firme—. Voy para allá. Ahora mismo.
—Mateo...
—No discutas, Gia. —Lo oigo levantarse, buscar las llaves—. He esperado tres años. No voy a esperar ni un minuto más.
—¿Y los niños?
—Son míos. —Su voz se quiebra—. Y quiero conocerlos.
—Vale. —Me limpio las lágrimas—. Te espero.
—Llegaré antes del anochecer. —Hace una pausa—. Y Gia...
—¿Qué?
—No huyas. Por favor.
—No lo haré. —Sonrío, entre lágrimas—. Te lo prometo.
—Te quiero.
—Y yo a ti, osito.
Cuelgo. Los trillizos me miran, con los ojos muy abiertos. Y yo, que he sido una asesina, una fugitiva, una mentirosa, me convierto en lo único que siempre quise ser: una madre. Y una mujer enamorada.