Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 27 LOS TRES
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CAPÍTULO 27 LOS TRES

GIA

La batalla estalla al amanecer. Los hombres de Bianca irrumpen en la propiedad con una violencia que me recorre la piel, pero no por miedo, sino por anticipación. Llevo años esperando un momento así: una guerra abierta, sin máscaras, sin farsas. Y esta vez no estoy sola.

Los míos responden desde todas las posiciones.

Furia y Medusa caen sobre los sicarios desde el tejado, cuchillos en mano.

Sombra se mueve como un fantasma entre los limoneros, silenciosa y letal.

Lorenzo y sus mafiosos forman una línea defensiva en el jardín, disparando sin tregua.

Sofía coordina desde la casa, dándonos ventaja táctica por los auriculares.

Y yo, con una pistola en cada mano y la costilla vendada, avanzo hacia el frente.

—¡Gia! —grita Furia, derribando a un hombre el doble de su tamaño—. ¡Bianca está en la verja!

—La he visto. —Vacío un cargador contra dos sicarios—. Cubridme.

—No te vas a acercar sola.

—No pienso. —Sonrío, y la sonrisa me sale salvaje—. Voy a por ella. Y vosotras, conmigo.

Las cuatro avanzamos juntas, como tantas otras veces, pero esta vez no es un entrenamiento. Es una masacre. Los hombres de Bianca caen a nuestro paso, y la rubia, acorralada junto a la verja, nos mira con una mezcla de furia y pánico.

—¡Deteneos! —grita, la pistola en la mano—. ¡O disparo!

—Hazlo. —Sigo avanzando—. Dispara. Me harás un favor. Así tendré una excusa para arrancarte los dientes.

—¡Gia! —Sofía me sujeta del brazo—. No te precipites.

—No me precipito. —Esquivo un disparo que pasa rozándome la oreja—. Estoy cazando.

Bianca aprieta el gatillo, pero Furia le da una patada en la muñeca y la pistola sale volando. Medusa la inmoviliza contra el suelo, y Sombra le pone un cuchillo en la garganta. Yo me acerco lentamente, con el pecho agitado y las sienes palpitándome.

—Se acabó, Bianca. —Me arrodillo frente a ella—. Se acabó el juego.

—No... —Bianca forcejea, los ojos desorbitados—. ¡No podéis hacerme esto! ¡Soy una Lombardi!

—Eres una psicópata. —Le agarro la mandíbula—. Y los psicópatas no se salen con la suya.

En ese instante, un grito me detiene. Es Sofía, desde la casa, agitando un papel.

—¡Gia! ¡Es un ultrasonido!

—¿Qué?

—¡Tienes tres bebés! —Sofía corre hacia mí, el papel en alto—. ¡No son mellizos! ¡Son trillizos! ¡Tres!

Me quedo inmóvil. El mundo se detiene. Tres bebés. Tres hijos de Mateo. Tres vidas creciendo dentro de mí. Y yo, con una pistola en la mano y una costilla rota, a punto de matar a la mujer que quería destruirlos.

—¿Tres? —repito, la voz rota.

—Tres. —Sofía me abraza—. Y están perfectos. Fuertes. Como su madre.

—Como su padre. —Las lágrimas me corren por las mejillas, y no me importa—. Tres. Dios mío.

—Pues tendrás que cuidarte. —Sofía me limpia las lágrimas—. Porque ser madre de trillizos no es una broma.

—Lo sé. —Me giro hacia Bianca, que sigue forcejeando en el suelo—. Y por ellos, no voy a mancharme las manos. Al menos, no hoy.

—¿Vas a dejarla vivir? —pregunta Furia.

—No. —Sonrío, y la sonrisa me sale fría—. Voy a hacer que desee estar muerta.

Llevamos a Bianca al sótano de la mansión de mi abuela, un lugar que conozco bien.

La abuela lo usaba para interrogatorios, y las paredes aún conservan las manchas de aquellos tiempos.

Los refuerzos la atan a una silla de hierro, con las muñecas sujetas a los reposabrazos y los tobillos a las patas.

Sofía enciende una lámpara colgada del techo, y la luz blanca le da un aspecto cadavérico.

—¿Sabes lo que me gusta de ti, Bianca? —me acerco, una navaja en la mano—. Que nunca te rindes. Incluso ahora, atada a esta silla, sigues creyendo que vas a salir de aquí.

—Lo haré. —Bianca escupe en el suelo—. Mi padre me encontrará.

—Tu padre no sabe dónde estás. Y si lo sabe, no va a venir. Porque los Lombardi no se ensucian las manos por una hija traidora. —Me detengo frente a ella—. Lo sé porque he leído sus mensajes. Eres un peón, Bianca. Nada más.

—Mentira.

—No. —Le muestro la navaja—. Y ahora, vamos a jugar.

—¿A qué?

—A la verdad. O al dolor. —Me inclino hacia ella—. Tú eliges.

—No te tengo miedo.

—Pues deberías. —Le paso la navaja por la mejilla, sin apretar—. Porque no soy la italiana torpe que creías. Soy Gia Russo, asesina y justiciera. Y sé torturar muy lentamente.

—No puedes.

—Claro que puedo. —Retrocedo y señalo a los dos hombres que me han acompañado, dos torturadores profesionales que me ha enviado el gremio—. Ellos me han enseñado. Y son los mejores. Pueden mantenerte viva durante días. Días, Bianca. Y cuando acaben, no quedarán ni tus gritos.

—Estás loca.

—No. Estoy embarazada. De tres hijos de Mateo. —Le sonrío, y la sonrisa me sabe a veneno—. Y por ellos, no voy a matarte. Pero sí voy a asegurarme de que nunca vuelvas a hacernos daño.

—¿Tres? —Bianca palidece—. No puede ser.

—Puede. Y es. —Me paso la navaja por la palma—. Y ahora, dime. ¿Dónde está Cobra? ¿Quién más está implicado? ¿Y por qué querías matar a los mellizos?

—No pienso decírtelo.

—Entonces empezaremos. —Hago un gesto a los torturadores—. Despacio. Muy despacio.

Los torturadores se acercan con sus instrumentos. Bianca grita. Grita mucho. Pero yo no me inmuto. Porque sé que cada grito es una victoria. Cada lágrima, un paso más hacia la verdad.

—Dime, Bianca —le digo, mientras el primero le ata los dedos a una tabla—. ¿Quién te contrató? ¿Quién quería destruir al Sindicato?

—No lo sé.

—Mientes. —El segundo torturador le introduce una aguja bajo la uña del pulgar, y Bianca emite un alarido—. ¿Quién es Cobra?

—Un sicario. No sé su nombre real.

—¿Y quién le paga?

—Mi padre. Los Lombardi. Todos. —Bianca solloza—. Querían quedarse con el Sindicato. Querían matar a Dorian, a Aria, a los bebés. Querían el control de la costa este.

—¿Y Mateo?

—Mateo era la llave. —Bianca me mira, los ojos llenos de odio—. Si me casaba con él, tendría acceso a los Reyes. A las rutas. A las cuentas. Por eso lo eligieron.

—¿Eligieron? —repito, la navaja apretada en mi puño—. ¿Quién lo eligió?

—Su padre. Y el mío. —Bianca se ríe, una risa rota—. Mateo nunca lo supo. Cree que es un contrato de honor. Pero es una trampa. Y él es el cebo.

—Mientes.

—No miento. —Bianca me escupe una gota de sangre—. Pregúntale. Pregúntale a su padre. Te dirá la verdad. Si es que sigue vivo.

Me quedo inmóvil. La revelación me golpea con fuerza. Mateo es una pieza, no un jugador. Y su padre, el hombre al que le debe lealtad, es parte de la conspiración.

—¿Quieres que siga? —pregunta uno de los torturadores.

—No. —Me acerco a Bianca, la navaja en alto—. Ya tengo lo que quería. Ahora, un último detalle.

—¿Qué?

—Tienes tres hijos de Mateo en mi jodido vientre. —Le apoyo la navaja en la mejilla—. Y si vuelves a acercarte a ellos, o a él, o a cualquiera de mi familia, te juro que no habrá tortura que te salve.

—No vas a matarme.

—No. —Retiro la navaja—. Porque quiero que vivas. Y que te pudras en una celda, recordando cada día que perdiste. Que fuiste tú quien lo hizo mal. Y que, al final, gané yo.

—Esto no ha terminado.

—Claro que sí. —Me giro hacia mis amigos—. Lleváosla. Y que no se acerque a la costa este. Nunca.

—Como ordenes, jefa.

Se la llevan. Grita. Insulta. Suplica. Pero ya no me importa. Porque por fin sé la verdad. Y estoy embarazada de tres hijos de Mateo.

De vuelta en la casa, Sofía me tiende un teléfono.

—Es Mateo.

—No quiero hablar con él.

—Lo sé. Pero deberías. —Sofía me mira—. Está en la mansión Cross. Y se está volviendo loco.

—Que se vuelva.

—Gia...

—Dile que estoy viva. Y que no me busque. —Me llevo la mano al vientre—. Cuando esté lista, iré yo.

—¿Y si no estás lista nunca?

—Entonces, que me olvide. —Las lágrimas me pican—. Pero no podrá.

—No. —Sofía sonríe—. Porque eres inolvidable.

—Eso dicen.

—Y es verdad. —Sofía me abraza—. Ahora, descansa. Y piensa en esos tres renacuajos que llevas dentro. Porque van a ser la pesadilla de Mateo.

—Y la mía.

—Sobre todo la tuya. —Sofía se ríe—. Porque te vas a volver loca.

—Lo sé. —Le devuelvo la sonrisa—. Y no puedo esperar.