Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 26 LA BÚSQUEDA
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CAPÍTULO 26 LA BÚSQUEDA

GIA

El hospital privado está escondido entre colinas, a las afueras de Nápoles, un edificio blanco de tres plantas con contraventanas verdes y un jardín lleno de limoneros.

Huele a desinfectante, a sábanas limpias y al perfume dulce de las flores que Sofía ha ido dejando en cada rincón.

Llevo aquí cinco días, recuperándome de la paliza que me dieron los chicos.

Cinco días de sueros, vendas y silencio.

Cinco días en los que lo único que me mantiene cuerda es la certeza de que Bianca no se saldrá con la suya.

Sofía está sentada a los pies de mi cama, con el portátil abierto y las gafas de sol puestas, aunque estamos en penumbra.

Furia está en la ventana, vigilando el camino.

Sombra y Medusa están en el pasillo, apostadas como centinelas.

Y yo, con la costilla vendada y el labio partido, me siento una reina en un castillo sitiado.

—Han llegado —dice Sofía, sin levantar la vista—. Los contactos de Furia.

—¿Todos?

—Casi todos. —Sofía sonríe—. Tu reputación te precede, italianita. Hay más de treinta personas abajo.

—¿Treinta?

—Y subiendo. —Sofía cierra el portátil—. Eres una de las asesinas más reconocidas del gremio. Todos quieren ayudarte.

—No quiero ayuda. Quiero venganza.

—Pues es lo mismo. —Sofía se levanta y me tiende una bata limpia—. Vamos. Te están esperando.

Bajo las escaleras despacio, con Sofía a mi lado y Furia detrás. Cada escalón me cuesta un esfuerzo, pero no me detengo. No quiero que me vean débil. No delante de ellos.

El salón principal del hospital se ha convertido en un cuartel general improvisado. Hay hombres y mujeres por todas partes: mafiosos con trajes caros, asesinos con cicatrices, hackers con portátiles, francotiradores con rifles. Y todos, absolutamente todos, me reciben con una sonrisa.

—¡Gia! —grita un hombre corpulento, con una cicatriz en la mandíbula y un puro apagado en la boca—. ¡Cuánto tiempo, piccola!

—Lorenzo. —Le devuelvo la sonrisa—. Sigues tan feo como siempre.

—Y tú tan guapa. —Me abraza con cuidado, evitando mi costilla—. Me alegro de que estés viva.

—Yo también.

A mi alrededor, los saludos se suceden. Unos me llaman "italiana", otros "furia napolitana", otros "la justiciera". Todos me conocen. Todos me respetan. Y todos están aquí porque Bianca Lombardi ha ido demasiado lejos.

—He oído que la rubia quiere despedazarte —dice una mujer morena, con una pistola en la cadera y una ceja perforada—. Me gustaría verlo intentar.

—Yo también. —Me encojo de hombros—. Pero no va a tener la oportunidad.

—Eso espero. —La mujer sonríe—. Porque te necesitamos viva, Gia. Eres una de las nuestras.

—Lo sé. Y no pienso morir. Todavía.

Las horas pasan. Los refuerzos se organizan, los turnos de vigilancia se reparten, las armas se limpian. Yo me muevo entre ellos, repartiendo abrazos, chocando puños, riendo con viejos chistes. Soy una de ellos. Y ellos son mi familia.

Nunca pensé que volvería a sentarme en esta mesa. Y menos con una costilla rota y una rubia psicópata pisándome los talones. Pero aquí estoy. Y no pienso rendirme.

Mientras tanto, muy lejos de aquí, Mateo cae en la trampa de Bianca. Sofía me lo cuenta más tarde, con la voz tensa y los dedos aferrados al portátil.

—Le mandaron un mensaje falso. —Sofía me muestra la pantalla—. Le dijeron que estabas en una villa de la costa de Amalfi. Él fue solo, sin refuerzos.

—¿Y?

—Era una emboscada. Los hombres de Bianca lo estaban esperando.

—¿Está vivo? —pregunto, el corazón desbocado.

—Sí. —Sofía me mira—. Gracias a Enzo. Su hermana le avisó a tiempo.

—¿La hermana de Enzo?

—Sí. Se llama Fiamma. Es una de las nuestras. —Sofía sonríe—. Y le debe un favor a tu abuela.

—No sabía que Enzo tuviera una hermana.

—La tiene. Y es letal. —Sofía teclea algo—. Enzo llegó justo a tiempo. Sacó a Mateo de allí y se lo llevó a la mansión Cross.

—¿Y Mateo?

—Está bien. Un par de rasguños. Y una carta.

—¿Una carta?

—De Bianca. —Sofía me tiende una foto borrosa—. La encontramos en el suelo de la villa. Es una amenaza. Dice que va a despedazarte. Miembro por miembro.

Miro la foto. La letra es de Bianca, elegante y venenosa: «Gia, querida. Cuando te encuentre, te arrancaré la piel a tiras. Y luego, te cortaré en pedazos. Lo disfrutaré tanto como disfruté engañando a todos. Prepárate, porque voy a por ti.»

—Qué dramática —murmuro, arrugando la foto.

—Está loca.

—Lo sé. Y por eso la estamos esperando.

—¿Esperando? —Sofía arquea una ceja—. ¿No sería mejor huir?

—No. —Me levanto, la costilla latiéndome—. Bianca quiere guerra. Pues guerra tendrá. Y esta vez, no voy a estar sola.

—No lo estás. —Sofía me agarra la mano—. Nunca lo has estado.

—Lo sé. —Le aprieto los dedos—. Gracias, Sofía. Por todo.

—No me las des. —Sonríe—. Solo mata a la rubia. Y de paso, dale un beso a tu osito. Lo está pasando mal.

—No quiero hablar de Mateo.

—Lo sé. Pero está sufriendo. Y tú también. —Sofía me mira fijamente—. Después de todo esto, arreglad vuestras mierdas. Porque os quiero vivos. Y juntos.

—Eso no depende de mí.

—Depende de los dos. —Sofía se encoge de hombros—. Pero si dejas que el miedo te gane, ya has perdido.

No respondo. No puedo. Porque Sofía tiene razón, y odio que la tenga. Mateo me apaleó, sí. Me humilló, me dudó, me abandonó. Pero también me besó, me protegió, me hizo sentir viva. Y una parte de mí, la parte que no es asesina, lo echa de menos.

Mierda. Odio tener sentimientos.

Esa noche, la mansión de mi abuela se llena de risas. Los refuerzos se reparten por la propiedad: unos en el jardín, otros en el salón, otros en los tejados. Todos armados. Todos alerta. Todos esperando a que Bianca dé el golpe.

Sofía ha preparado una cena improvisada, y el olor a pasta y a pan recién hecho lo impregna todo. Furia y Medusa cantan en la cocina, desafinando. Sombra limpia sus cuchillos en la mesa, imperturbable. Y yo, sentada en el porche con una manta sobre las piernas, observo el horizonte.

—¿Nerviosa? —me pregunta Lorenzo, apareciendo a mi lado con dos tazas de café.

—No. Impaciente.

—Es lo mismo.

—No. La impaciencia es activa. Los nervios son pasivos. —Cojo la taza—. Y yo prefiero actuar.

—Eso es bueno. —Lorenzo se sienta a mi lado—. Porque Bianca no va a tardar.

—¿Cómo lo sabes?

—He interceptado un mensaje. —Baja la voz—. Está reuniendo a sus hombres. Y viene hacia aquí.

—¿Cuántos?

—Al menos veinte. Quizá más. —Lorenzo me mira—. Pero nosotros somos más.

—¿Y están bien armados?

—Como para una guerra. —Sonríe, y la cicatriz le cruza la mejilla—. Como en los viejos tiempos, Gia. Tú y yo, contra el mundo.

—No estamos solos.

—No. —Señala la casa con la barbilla—. Están todos. Por ti.

—Por las Justicieras. —Levanto mi taza—. Por la familia.

—Por la familia. —Choca su taza con la mía.

El café está caliente, y la noche es fresca. En el jardín, un grupo de mafiosos juega a las cartas; en la cocina, las chicas cantan; en el tejado, un francotirador vigila. Estamos preparados. Y Bianca, la rubia de pelo en pecho, no sabe lo que le espera.

Esta noche no se duerme. Esta noche se vigila. Y mañana, cuando llegue, le haremos ver que no se juega con las Justicieras. Ni conmigo.

De madrugada, Sofía me despierta con un susurro.

—Gia, están aquí. —Su voz es tensa—. Los hombres de Bianca. Están rodeando la propiedad.

—¿Cuántos?

—Más de los que esperábamos. —Sofía me tiende un cuchillo—. Pero no nos van a coger desprevenidos.

—No. —Me levanto, la costilla protestando—. Esta vez, no.

Me asomo a la ventana. En la oscuridad, veo sombras moviéndose entre los limoneros. Son docenas. Armados. Silenciosos. Y al frente, con un vestido rojo y una sonrisa que no presagia nada bueno, está Bianca.

—Preparaos —ordeno, la voz firme—. Esto acaba de empezar.

Y mientras los míos se ponen en posición, siento que el miedo se disuelve. Porque esta noche, no voy a huir. Esta noche, voy a luchar. Y Bianca, por fin, va a caer.