CAPÍTULO 25 LA DESAPARICIÓN
MATEO
Nápoles es una ciudad de ruidos y colores, de callejones estrechos y ropa tendida al sol, de motos que rugen y mujeres que gritan desde los balcones. Huele a café, a mar y a albahaca. Y a pesar de todo ese caos, me siento más solo que nunca.
Llevo dos días aquí. Dos días buscando a Gia en cada rincón que Sofía pudo haberme indicado, en cada calle que pude rastrear, en cada puerta que se me cerró en la cara. No la encuentro. No encuentro ni rastro. Es como si se la hubiera tragado la tierra.
Sofía no contesta mis llamadas. Furia, Sombra y Medusa han desaparecido.
El gimnasio del gremio está cerrado, con la cerradura cambiada y el código de acceso desactivado.
Gia se ha borrado del mapa. Y yo, que he rastreado a fugitivos, que he interrogado a asesinos, que he reducido a hombres el doble de mi tamaño, no soy capaz de encontrar a la única mujer que me importa.
—¿Dónde estás, Gia? —murmuro, el teléfono en la mano, la batería a punto de agotarse.
El móvil vibra. Es Valentina. Descuelgo.
—¿La has encontrado? —Su voz suena rota, lejana.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco. —Un silencio. Luego, un sollozo—. ¡La perdimos! ¡Y es culpa tuya!
—Lo sé.
—¡No lo sientes! —Su voz se quiebra, y sé que está llorando—. Si lo sintieras, no habrías dejado que se la llevaran.
—Lo siento más que nada en mi vida. —Aprieto el teléfono, la garganta seca—. Y no voy a rendirme. Voy a encontrarla.
—¿Y si no quiere que la encuentres?
—No me importa. —Me paso la mano por la cara, el sudor pegándoseme a la piel—. Aunque tenga que derribar todas las puertas de esta maldita ciudad.
—Mateo... —Valentina respira hondo—. Gia siempre fue así, ¿sabes? Cuando algo le dolía, desaparecía. No contestaba, no dejaba notas. Solo se iba. Y volvía cuando estaba lista.
—Pues no pienso esperar a que esté lista.
—No digo que esperes. —Su tono se suaviza—. Digo que la conozco. Y que, si te quiere encontrar, te encontrará. Pero ahora mismo, lo único que quiere es desaparecer.
—¿Y yo? —La pregunta me sale sin pensarla—. ¿Qué hago con lo que siento?
—Aguantarlo. Como hacemos todos. —Valentina se queda un instante en silencio—. Y cuando vuelva, si vuelve, no la cagues otra vez.
—No pienso.
—Pues demuéstralo. —Cuelga.
Me quedo en medio de la calle, con el teléfono en la mano y el pecho oprimido. Valentina tiene razón. Gia es una superviviente. Sabe desaparecer mejor que nadie. Y si no quiere que la encuentre, no la encontraré.
Pero no pienso rendirme. Porque sin ella, no soy nada.
Decido volver al gimnasio. Es la única pista que tengo, aunque esté cerrado. El edificio de hormigón sigue en pie, con la puerta de acero deslucida por el salitre. No hay luces, no hay música, no hay risas. Solo silencio.
Me siento en el bordillo, frente a la puerta, y espero.
No sé por qué. Quizá porque quiero creer que Gia aparecerá en cualquier momento, con su altavoz y su coleta alta, cantando a pulmón.
Quizá porque necesito estar cerca de algo que huela a ella.
El caso es que me quedo, con las manos colgando entre las rodillas, mirando al vacío.
Un coche se detiene al otro lado de la calle. Es Sofía. Sale del vehículo con las gafas de sol puestas y una expresión que no presagia nada bueno. Se acerca lentamente, como si yo fuera un animal herido.
—Sabía que volverías —dice, sin preámbulos.
—¿Dónde está Gia?
—No puedo decírtelo.
—Sofía, por favor. —Me levanto, las piernas entumecidas—. Necesito verla. Necesito explicarle...
—No hay nada que explicar, Mateo. —Sofía se quita las gafas, y sus ojos me miran con una dureza que no le había visto—. La apaleaste. La dejaste inconsciente. Y ahora quieres pedirle perdón. Pues no va a ser tan fácil.
—Lo sé. —Me paso las manos por el pelo—. Sé que no merezco su perdón. Pero no puedo dejarla ir sin decirle que lo siento. Sin decirle que la creo.
—¿Que la crees? —Sofía suelta una risa amarga—. Ahora la crees. Después del pendrive. Después de ver las grabaciones. Antes no. Antes dudaste. Antes me llamaste mentirosa.
—No te llamé mentirosa. Solo... no sabía.
—Pues deberías haberlo sabido. —Sofía da un paso hacia mí, el dedo índice clavándose en mi pecho—. Gia te quería, Mateo. De verdad. Y tú le rompiste el corazón.
—Lo sé. Y por eso quiero arreglarlo.
—No se puede arreglar. —Sofía retrocede, los brazos cruzados—. No con una disculpa. No con un viaje a Nápoles. Gia necesita tiempo. Y espacio. Y, sobre todo, necesita no verte.
—¿Y si no quiere verme nunca?
—Entonces tendrás que respetarlo. —Sofía me sostiene la mirada—. Porque si no lo haces, serás igual que Bianca. Y Gia no se lo merece.
—No soy como Bianca.
—Pues demuéstralo. —Se gira hacia el coche—. Vete a casa, Mateo. Y cuando Gia esté lista, si lo está, te buscará.
—¿Y si no me busca?
—Entonces no era para ti. —Sofía se sube al coche y baja la ventanilla—. Pero la conozco. Y sé que, aunque te odie, una parte de ella te ama. Solo dale tiempo.
—No sé si puedo.
—Pues aprende. —Arranca el motor—. Porque es lo único que puedes hacer.
Se va. El coche desaparece por la calle, y yo me quedo en el bordillo, con las palabras de Sofía martilleándome el cráneo. Tiempo. Espacio. Respeto. Todo lo que no sé dar.
Pero por Gia, pienso intentarlo. Aunque me duela.
Al anochecer, camino sin rumbo por el paseo marítimo. Las olas rompen contra las rocas, y el olor a sal impregna el aire. Las familias pasean, las parejas se besan, y yo me siento como un extraño en un mundo que ya no entiendo.
Me detengo frente a una pizzería antigua, con mesas de plástico y una parra en la entrada. Es el tipo de lugar donde Gia vendría a cenar, con sus amigas, riendo y gesticulando. La imagino allí, con una pizza margarita y un vaso de vino, contando historias de la abuela. Y la imagen me duele.
—¿Mateo?
Me giro. Es Enzo. Está sentado en una de las mesas, con una copa de vino y un plato de pasta. Me ve y me hace un gesto para que me siente.
—No esperaba verte aquí —me dice, cuando me dejo caer en la silla.
—Ni yo a ti. —Cojo un trozo de pan, sin hambre—. ¿Qué haces en Nápoles?
—Buscando a Gia. Como tú. —Enzo da un sorbo al vino—. Pero sin suerte.
—Sofía me ha dicho que no la busque. Que espere.
—Sofía es una buena amiga. Y tiene razón. —Enzo me mira—. Gia necesita tiempo. Y tú también.
—Yo no necesito tiempo. Necesito a Gia.
—Pues tendrás que ganártela. —Enzo se inclina hacia delante—. Mateo, escucha. Gia es mi prima. La he visto crecer, la he visto llorar, la he visto luchar. Y sé que, si de verdad la quieres, tendrás que demostrarlo. No con palabras. Con hechos.
—¿Qué hechos?
—No lo sé. Sorpréndela. —Enzo sonríe, una sonrisa triste—. Eres un luchador. Resuelve el enigma.
—Eso mismo me dijo ella.
—Porque es verdad. —Enzo deja un billete sobre la mesa y se levanta—. Y porque, en el fondo, Gia quiere que la encuentres. Solo está esperando a que lo hagas bien.
—¿Y si no sé cómo?
—Pues aprende. —Enzo me da una palmada en el hombro—. Y date prisa. Porque el tiempo no juega a tu favor.
Se va. Me quedo en la pizzería, con el aroma a tomate y a queso, y la certeza de que estoy perdiendo a la mujer que amo. Y no sé cómo evitarlo.
Esa noche, de vuelta en el hotel, recibo una llamada de un número desconocido. Descuelgo.
—¿Mateo Reyes? —La voz es grave, distorsionada—. Tengo información sobre Gia Russo.
—¿Quién habla?
—Un amigo. —La voz hace una pausa—. Gia está en una villa en la costa de Amalfi. Pero no vayas solo. Está vigilada.
—¿Por quién?
—Por los hombres de Bianca. Han descubierto dónde se esconde. Y van a matarla.
La llamada se corta. Me quedo con el teléfono en la mano, el corazón desbocado.
Bianca ha encontrado a Gia. Y yo, que llevo días buscándola, acabo de recibir la única pista que necesitaba. Aunque sea una trampa, voy a ir. Porque, por primera vez en mi vida, sé lo que quiero. Y la quiero a ella.