CAPÍTULO 24 LA VERDAD EN EL PEND RIVE
MATEO
El pendrive está sobre la mesa del despacho de Dorian, pequeño, negro, inofensivo. Sofía lo dejó antes de llevarse a Gia, con una nota que ahora me quema en el bolsillo: «Mirad esto antes de juzgarla. Aunque ya sea tarde.»
No quiero verlo. No quiero encenderlo. Porque sé, con la certeza de los condenados, que lo que hay dentro va a destrozarlo todo. Pero Dorian ya ha insertado el dispositivo en el portátil, y la pantalla del televisor se ilumina con una carpeta llena de archivos.
—Vamos a verlo —dice, la voz grave—. Todos.
Estamos los cinco: Dorian, Aria, Liam, Sebastián y yo. Valentina no ha querido bajar. Enzo está con ella, intentando calmarla. Y Bianca, por supuesto, sigue encerrada en su habitación, fingiendo una convalecencia que ya nadie se cree.
—Primer archivo —anuncia Sebastián, con su tono neutro—. «Escaleras.mp4».
La pantalla muestra una grabación del pasillo principal.
La fecha es la del primer ataque. Se ve a Bianca, sola, frente a las escaleras.
No hay nadie más. Se acera al borde, mira a ambos lados, y se lanza al vacío.
Rueda por los escalones, se golpea la cadera, y se queda quieta.
Luego, con una calma escalofriante, se levanta, se recoloca el pelo y empieza a gritar.
—Dios mío —murmura Aria, la mano en la boca—. Se tiró sola.
—Segundo archivo. —Sebastián no se inmuta—. «Cuchillo.mp4».
La grabación muestra la habitación de Bianca.
La rubia está sentada en la cama, con un cuchillo de cocina en la mano.
Sin dudarlo, se hace un corte superficial en el antebrazo.
La sangre brota, y ella la deja correr, observando la herida con una sonrisa.
Luego tira el cuchillo al suelo, se despeina, y empieza a llorar.
—Hija de puta —masculla Liam.
—Tercer archivo. —Sebastián hace clic—. «Mensajes».
La pantalla se llena de capturas de conversaciones.
Bianca con el sicario Cobra. Bianca con los matones del jardín.
Bianca con un abogado, hablando de fundaciones falsas y testamentos manipulados.
Y Bianca con Mateo, en la cena del sábado, susurrando: «Si Gia no cae, caerás tú. Y con ella, todos los que te importan.»
—No puede ser. —Dorian se levanta, la silla cayendo al suelo—. Llevaba semanas manipulándonos.
—Cuarto archivo. —Sebastián lo reproduce—. «Bebés.mp4».
La grabación muestra la guardería. Bianca entra, se acerca a las cunas, y saca una jeringuilla del bolsillo.
Pero antes de que pueda hacer nada, Gia aparece por la puerta.
Se lanza contra Bianca, la aparta de los mellizos, y las dos forcejean.
Bianca empuja a Gia contra la barandilla de las escaleras.
Gia cae, con un bebé en cada brazo. El golpe es brutal. Y Bianca, desde lo alto, sonríe.
—Joder —susurra Liam—. Gia nos salvó. Y nosotros la apaleamos.
—Quinto archivo. —Sebastián lo abre—. «Audio.mp3».
La voz de Bianca llena la sala, clara y venenosa: «Quiero que Gia desaparezca. Que todos la odien. Y si es necesario, que la maten. No me importa cómo. Solo quiero verla sufrir.»
El silencio que sigue es peor que cualquier grito. Nos miramos unos a otros, los rostros descompuestos. Aria llora. Liam niega con la cabeza. Dorian aprieta los puños, la mandíbula tensa. Y yo... yo me derrumbo.
—Dios mío. Lo hicimos mal. —La voz me sale rota—. Muy mal.
—Sí. Muy mal. —Sebastián cierra el portátil, los ojos fijos en el pendrive—. Y no sé si podremos arreglarlo.
—¿Y ahora qué? —pregunta Liam, con la voz temblorosa.
—Ahora la buscamos. —Dorian se gira hacia mí—. Y si hace falta, nos arrastramos.
—¿Dónde está Gia? —Aria me agarra del brazo—. ¿Dónde se la han llevado?
—No lo sé. —Las lágrimas me pican en los ojos, pero no me permito llorar—. Sofía se la llevó. Con sus amigas.
—Tenemos que encontrarla. —Dorian me tiende su teléfono—. Y pedirle perdón. De rodillas.
—No sé si querrá vernos. —Me paso una mano por la cara—. La golpeamos. La humillamos. La dejamos tirada en el suelo.
—Y por eso debemos buscarla. —Aria me obliga a mirarla—. Porque si no lo hacemos, no seremos mejores que Bianca.
—Aria tiene razón. —Liam se levanta, la mandíbula tensa—. Vamos a por ella. Aunque tengamos que rastrear medio mundo.
—No hará falta. —La voz de Enzo nos llega desde la puerta. Está pálido, el maletín en la mano—. Sofía acaba de mandarme un mensaje. Gia está viva. Y está en un lugar seguro.
—¿Dónde? —pregunto, el corazón desbocado.
—En Nápoles. Con su abuela. Bueno, con lo que queda de su familia. —Enzo me mira—. Y no quiere ver a nadie.
—No me importa. —Cojo la chaqueta—. Voy a ir. Aunque tenga que cruzar el maldito Atlántico.
—Mateo... —Dorian me pone una mano en el hombro—. No puedes ir así. Tienes que calmarte.
—No puedo calmarme. —Me zafo—. He apaleado a la mujer que amo. He creído a una psicópata. He fallado a todos. Y lo único que quiero es ver a Gia, pedirle perdón, y decirle que la creo. Que siempre debí creerla.
—Entonces ve. —Dorian asiente—. Pero no esperes que te reciba con los brazos abiertos. La heriste. Todos lo hicimos.
—Lo sé. —Me dirijo a la puerta, el pecho ardiendo—. Y no pienso rendirme hasta que me perdone. O hasta que me mate. Lo que ocurra primero.
Salgo del despacho. La mansión está en silencio, y el aire huele a culpabilidad. En algún lugar, Bianca sigue encerrada, esperando su oportunidad. Pero ya no me importa. Lo único que me importa es Gia. Y voy a encontrarla. Cueste lo que cueste.
Antes de salir, Enzo me detiene en el vestíbulo.
—Mateo, escucha. —Su voz es baja, urgente—. Gia no quiere verte. Me lo ha dicho Sofía. Dice que si vas, te echará.
—Pues que me eche. —Me encojo de hombros—. No pienso dejar de intentarlo.
—No lo entiendes. —Enzo me agarra del brazo—. Gia está herida. Físicamente. Y emocionalmente. Si apareces ahora, sin avisar, puede que la pierdas para siempre.
—¿Y si no aparezco? —Le sostengo la mirada—. ¿Qué crees que pasará? ¿Que me olvidará? ¿Que me perdonará desde lejos? No. Gia es orgullosa. Si no voy, me odiará más.
—Pues ve. —Enzo me suelta—. Pero prométeme una cosa.
—¿Qué?
—Que no la presionarás. Que le darás espacio. Y que, si te pide que te vayas, te irás. Aunque te duela.
—No puedo prometerte eso.
—Pues inténtalo. —Enzo me mira, los ojos oscuros—. Por ella. Y por ti.
—Lo intentaré. —Abro la puerta, la noche recibiéndome con su frío—. Pero no sé si seré capaz.
—Ninguno lo seríamos. —Enzo me da una palmada en el hombro—. Ve. Y suerte.
Salgo. El coche arranca con un rugido, y la carretera se extiende ante mí, negra e infinita. Voy a Nápoles. A por Gia. A por la mujer que amo y a la que he fallado.
No sé si me perdonará. No sé si querrá verme. Pero una cosa es segura: no pienso rendirme. Porque sin ella, no soy nada.