Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 23 LA BATALLA CONTRA LOS CHICOS
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CAPÍTULO 23 LA BATALLA CONTRA LOS CHICOS

MATEO

El gimnasio huele a sangre y a traición.

No sé cómo hemos llegado tan rápido, pero aquí estamos: Liam, Dorian, Sebastián y yo, persiguiendo a Gia por los pasillos de la mansión como si fuera una criminal.

Y quizá lo sea. Quizá siempre lo ha sido.

Pero la imagen de sus amigas huyendo con ella en brazos me dice otra cosa: que esto no es una caza, es una carnicería.

Gia está herida. La vi cojear al subir las escaleras, con el vestido roto y la cara ensangrentada. Pero no se detiene. Nunca se detiene. Y cuando nos acorralamos frente a la puerta del gimnasio, se gira hacia nosotros con los puños en alto y una furia que me hiela la sangre.

—¡Apartaos! —grita, la voz ronca.

—No podemos dejar que mates a Bianca —respondo, la mandíbula tensa.

—¿Y dejar que ella os destruya? —me escupe, los ojos encendidos—. Ya lo ha hecho. Y no os habéis dado cuenta.

—Gia, esto se acabó. —Dorian da un paso al frente, la pistola en la mano—. Suelta el arma.

—No tengo arma. —Gia abre las manos, mostrando las palmas vacías—. Solo tengo la verdad. Y no pienso rendirme.

—No tienes la verdad. Tienes una obsesión. —Liam la rodea por la izquierda—. Bianca está herida. Gravemente. Y dice que fuiste tú.

—¿Herida? ¿De qué? ¿De otro arañazo que se hizo ella sola? —Gia suelta una risa amarga—. Esa rubia es una actriz. Y vosotros sois su público.

—Ya basta. —Dorian levanta la pistola—. Vas a acompañarnos al despacho. Y vas a explicar todo esto.

—¿Explicarlo? —Gia me mira, y sus ojos avellana me taladran—. ¿Tú también crees que soy culpable, Mateo? ¿Después de todo lo que hemos pasado?

No respondo. No puedo. Porque una parte de mí la cree, y otra parte sabe que Bianca es capaz de cualquier cosa. Y ese silencio, ese maldito silencio, es lo que la empuja al abismo.

—Pues no voy a ir a ninguna parte. —Gia se coloca en guardia, la postura perfecta, la mirada letal—. Si me queréis detener, tendréis que pelear.

—No quiero pelear contigo. —Dorian baja la pistola—. Pero no me dejas alternativa.

—Alternativa siempre hay. —Gia sonríe, una sonrisa que no llega a sus ojos—. Lo que pasa es que sois demasiado cobardes para elegirla.

Se lanza contra mí. Es rápida, más rápida de lo que jamás me ha mostrado en los entrenamientos.

Esquivo su primer golpe, bloqueo el segundo, pero el tercero me alcanza en la mandíbula con una fuerza que me hace retroceder.

Liam intenta agarrarla, y ella le rompe la guardia con una llave de muñeca.

Dorian se interpone, y Gia le da una patada en el pecho que lo manda contra la pared.

Sebastián la observa desde la puerta, sin intervenir, con su cuaderno en la mano.

—Es una luchadora entrenada —dice, con su voz neutra—. No es torpe. Nunca lo ha sido.

—¡Cállate, Sebastián! —gruñe Dorian, incorporándose.

—Es la verdad. —Sebastián me mira—. Y tú lo sabías.

No respondo. No puedo. Porque tiene razón. Lo sabía. Lo supe desde que la vi en el gimnasio, con las vendas en los puños y la mirada de una asesina. Y no hice nada. No dije nada. Y ahora estamos aquí, apaleándola como si fuera un animal.

—Gia, detente —le suplico, mientras la esquivo—. No quiero hacerte daño.

—Pues no lo hagas. —Me lanza un puñetazo que me roza la ceja—. Pero no voy a dejar que me encerréis.

—No vamos a encerrarte. Solo queremos hablar.

—Hablar. —Se ríe, una risa rota—. Eso es lo que queríais hacer cuando Bianca me acusó de empujarla por las escaleras. Y cuando me acusó de cortarla. Y cuando me acusó de intentar matar a los bebés. Siempre habláis. Nunca escucháis.

—No es justo.

—La vida no es justa, Mateo. Tú me lo enseñaste.

Liam la ataca por la espalda. Gia lo recibe con un codazo en el estómago, y él se dobla, jadeando. Dorian aprovecha para agarrarla del brazo, pero ella se zafa con una torsión y le golpea la rodilla con la punta del pie. Sebastián se aparta, sin intervenir, y yo me lanzo contra ella.

Forcejeamos. Gia es más fuerte de lo que aparenta, y su furia la hace implacable. Me da un rodillazo en el muslo, un codazo en el hombro, un puñetazo en la mandíbula. La agarro por la cintura y la tiro al suelo, pero ella rueda y me devuelve la patada. No se rinde. No se rinde.

—¡Basta! —grita Dorian, apuntándole con la pistola—. ¡Basta, Gia!

—¿Vas a dispararme? —Ella se levanta, tambaleándose, la cara llena de sangre—. Pues dispara. Prefiero una bala a vuestra hipocresía.

—No voy a dispararte. —Dorian baja el arma—. Pero no voy a dejar que mates a Bianca.

—Ya está muerta. —Gia se limpia la sangre de la boca—. Solo que no lo sabéis.

Se abalanza otra vez. Esta vez, entre los tres, logramos reducirla. La tiramos al suelo, la inmovilizamos, la golpeamos hasta que deja de resistirse. No quiero hacerlo. No quiero tocarla. Pero mi cuerpo se mueve solo, empujado por el deber, por la rabia, por el miedo a perderlo todo.

Y cuando por fin se queda quieta, con los ojos cerrados y la respiración débil, me doy cuenta de lo que hemos hecho.

—Ya está. —La suelto, las manos temblorosas—. Ya está.

—¿Está...? —Liam se arrodilla a su lado, con el rostro pálido—. Mateo, no respira.

—Mierda. —Dorian se pasa una mano por la cara—. Llamad a Enzo. Rápido.

—No. —La voz de Sofía retumba en la puerta. Está de pie, con Furia, Sombra y Medusa detrás—. Nosotras nos la llevamos.

—No podéis. —Dorian levanta la pistola—. Es nuestra prisionera.

—Es nuestra hermana. —Sofía avanza, sin miedo—. Y si no nos dejáis sacarla de aquí, habrá una masacre. Y no os conviene.

—¿Qué dices?

—Digo que sé cosas de Bianca que os harían vomitar. —Sofía saca un móvil y lo agita—. Y si no nos dejáis llevar a Gia, lo publico todo. Las cámaras, los mensajes, los sobornos. Todo.

—Eso es chantaje. —Sebastián la observa, interesado.

—No. Es negociación. —Sofía me mira a mí—. Tú, Mateo. ¿Vas a dejarla morir aquí, en este suelo, o vas a dejarnos que la salvemos?

—Salvadla. —Las palabras me salen rotas—. Lleváosla. Pero si le pasa algo...

—No le pasará nada. —Sofía se agacha y coge a Gia en brazos, con una fuerza que no esperaba—. Las chicas y yo cuidaremos de ella. Algo que vosotros no habéis sabido hacer.

Se la llevan. Gia cuelga inerte en brazos de Sofía, con el pelo ensangrentado y la respiración entrecortada. Las veo desaparecer por la puerta, y una parte de mí se va con ellas.

En el pasillo, Bianca aparece de repente, con un vendaje en el hombro y una sonrisa que no presagia nada bueno. Se apoya en la pared, fingiendo dolor.

—¿La habéis detenido? —pregunta, con voz temblorosa.

—Sí. —Dorian guarda la pistola—. Ya no está.

—Gracias. —Bianca me mira, y sus ojos brillan con triunfo—. Sabía que podía confiar en ti, cariño.

—No lo sabías. —Le sostengo la mirada—. Y no confíes. Porque esto no ha terminado.

—¿Ah, no? —Bianca se lleva la mano al vendaje—. Pues yo creo que sí.

Se gira y se aleja, cojeando, hacia su habitación. Me quedo inmóvil, con las manos manchadas de sangre y el alma hecha pedazos. No sé dónde está Gia. No sé si sobrevivirá. Y no sé si podré perdonarme por lo que he hecho.

La he golpeado. La he apaleado. Y lo peor es que no sé si era culpable o inocente. Solo sé que la he perdido. Y que Bianca, con su sonrisa, acaba de ganar la batalla.