CAPÍTULO 22 LA DECISIÓN DE GIA
GIA
El gimnasio de Sofía está en un polígono industrial al otro lado de la ciudad, un edificio de hormigón sin letrero, con una puerta de acero que solo se abre si tecleas el código correcto. Hoy el código es "matanza". Literalmente. Sofía lo cambia cada semana, y esta semana está de humor bélico.
Llego con el altavoz portátil colgado del hombro, con "There's Nothing Holdin' Me Back" de Shawn Mendes a todo volumen.
Me he puesto el chándal de entrenamiento, las zapatillas viejas, y una coleta alta que me azota la nuca al caminar.
Las costillas me duelen, pero no me importa.
Necesito esto. Necesito sudar, cantar, gritar.
Necesito recordarme que soy algo más que la culpable de la mansión Cross.
Empujo la puerta con el pie y entro al ritmo de la música. El gimnasio está iluminado por luces de neón, con el suelo de tatami cubierto de esterillas, sacos de boxeo colgando del techo y una jaula octogonal en el centro. Las chicas ya están allí.
Furia está dándole patadas al saco con una furia que justifica su nombre.
Es alta, morena, con una cicatriz en la ceja y los brazos llenos de tatuajes.
Sombra, pálida y silenciosa, está meditando en una esquina, con un cuchillo en el regazo.
Medusa, la más pequeña, está colgada boca abajo de una barra, haciendo abdominales imposibles.
Y Sofía, por supuesto, está en su rincón, con el portátil abierto y una lata de refresco en la mano.
—¡Ha llegado la italianita! —grita Medusa, dejándose caer al suelo con una voltereta—. ¡Y trae música de instituto!
—Es Shawn Mendes. Y lo canto a pulmón. —Dejo el altavoz en el banco y subo el volumen—. Si no os gusta, os aguantáis.
—Me gusta. —Furia deja de golpear el saco y se seca el sudor con el antebrazo—. Me recuerda a mi ex. Bueno, a su hermano. No importa.
—¿Has venido a entrenar o a llorar? —me pregunta Sombra, sin abrir los ojos.
—A entrenar. Y a llorar. —Me encojo de hombros—. Las dos cosas.
—Pues primero llora, y luego entrena. —Sombra se levanta, guarda el cuchillo y se acerca—. No me gusta pelear contra alguien que está distraído.
—No estoy distraído. Estoy motivada.
—Motivada por odio. —Sombra me mira fijamente—. Eso es bueno. El odio te hace más rápida.
—¿Y si quiero llorar? —pregunta Medusa, con una sonrisa pícara.
—Entonces pide pañuelos. —Sofía se levanta de su silla y baja el volumen del altavoz—. Pero primero, ¿qué ha pasado? ¿Por qué tienes esa cara?
—Tengo la cara de siempre. —Me toco el labio partido—. ¿Qué cara?
—Cara de que alguien te ha roto el corazón. —Sofía me tiende una toalla—. ¿Mateo?
—Mateo, Valentina, Bianca, el mundo entero. —Cojo la toalla y me seco el sudor—. Todos creen que soy una asesina. Bueno, soy una asesina, pero no de la forma en que piensan.
—Eso es lo peor, ¿no? —Furia se ríe—. Que te acusen de algo que no has hecho, cuando lo que sí has hecho es mucho peor.
—Exacto. —Me dejo caer en el banco—. Bianca me ha estado tendiendo trampas. Se tiró por las escaleras, se cortó el brazo, me culpa de todo. Y ahora intenta matar a los mellizos.
—¿A los bebés? —Sombra arquea una ceja—. Eso es bajo, incluso para una mafiosa.
—Es una psicópata. Y quiere quedarse con el Sindicato. —Me paso la toalla por la nuca—. Mateo no me cree. Valentina me odia. Y yo estoy sola.
—No estás sola. —Sofía me da un golpecito en la rodilla—. Nos tienes a nosotras.
—Lo sé. —Sonrío, una sonrisa cansada—. Por eso he venido.
—Entonces deja de lloriquear y canta con nosotras. —Sofía sube el volumen y "Apologize" de OneRepublic empieza a sonar—. Es tu canción favorita, ¿no?
—Es de Timbaland.
—Es de OneRepublic. Y es tu canción favorita. —Sofía me guiña un ojo—. Vamos, italianita. A pulmón.
Y canto. Canto como si me fuera la vida en ello, con la voz rota y el pecho palpitante.
Las chicas me siguen, desafinando, riendo, bailando por el gimnasio como locas.
Medusa se sube a la jaula, Furia toca la guitarra invisible, Sombra marca el ritmo con un palo.
Sofía me abraza por los hombros y cantamos juntas el estribillo:
It's too late to apologize...
Y por un instante, el dolor desaparece. Solo queda la música, la amistad, la certeza de que no estoy sola.
Después de cantar, nos sentamos en círculo sobre el tatami, con botellas de agua y barritas energéticas. La música sigue sonando, más baja, como un hilo de fondo. Es el momento de la verdad.
—Bianca va a matarlos a todos —digo, sin preámbulos—. Ya ha contratado a un sicario. Cobra. Y no se detendrá hasta ver muertos a Dorian, Aria, los mellizos y, probablemente, a Mateo.
—¿Y tú qué piensas hacer? —pregunta Furia, con la mandíbula apretada.
—Voy a matarla. —La palabra me sabe amarga—. Voy a quitarle la máscara. Esa tía es como dos rubias de pelo en pecho.
—¿Y crees que podrás llegar a ella? —Sombra me mira, la expresión impasible—. Está protegida. Tiene guardias, contactos, dinero. Y sobre todo, tiene la lealtad de tu hermano.
—Valentina no le es leal. Está confundida.
—Peor. —Furia niega con la cabeza—. Las confundidas son impredecibles.
—No me importa. —Aprieto los puños—. No pienso esperar a que Bianca mate a alguien. Voy a actuar antes.
—¿Y cómo? —Sofía se inclina hacia delante—. ¿Con un cuchillo? ¿Con veneno? ¿Con un accidente?
—Aún no lo sé. —Suelto el aire—. Pero sé que no puedo quedarme de brazos cruzados.
—Entonces hagámoslo juntas. —Medusa sonríe, una sonrisa llena de dientes—. Como en los viejos tiempos.
—¿Como en Nápoles? —pregunto.
—Como en Nápoles. —Medusa se encoge de hombros—. Tú marcas el plan, nosotras lo ejecutamos. Y si la rubia se resiste, la matamos con una sonrisa.
—No quiero que os impliquéis.
—Pues te jodes. —Furia me da un codazo—. Somos un gremio. Y el gremio protege a los suyos.
—Furia tiene razón. —Sombra asiente—. No estás sola, Gia. Y no vas a cargar con esto tú sola.
—Además, ya estamos implicadas. —Sofía alza su lata de refresco—. Por ti. Por las Justicieras. Y por ese osito gruñón que te hace llorar.
—No me hace llorar.
—Claro que no. —Sofía sonríe—. Por eso tienes los ojos hinchados y la voz rota.
—Es por la música.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
—Tú eres la reina de los hackers. Es más importante.
—Touché.
Las chicas se ríen, y yo me río con ellas. Por primera vez en días, el peso del mundo parece más ligero. No estoy sola. Nunca lo he estado. Y aunque la batalla sea suicida, prefiero morir con mis hermanas que vivir sin ellas.
Sofía saca su portátil y despliega un mapa de la mansión Cross en la pantalla. Las luces del gimnasio se atenúan, y las chicas se agrupan a mi alrededor. Es el momento de trazar la estrategia.
—Bianca se mueve por el ala oeste —explica Sofía—. Su habitación está al final del pasillo, junto a la escalera de servicio. Tiene dos guardias en la puerta, pero por la noche se quedan dormidos. Sobre todo si les das un té con valeriana.
—¿Y Mateo? —pregunta Medusa—. ¿Dónde está en todo esto?
—Mateo está atado. —Sofía me mira—. No podemos confiar en él.
—¿Y si lo traemos a nuestro bando?
—No. —Mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Mateo no puede saberlo. Todavía.
—¿Por qué no? —Furia frunce el ceño—. Es un luchador. Podría ayudarnos.
—Porque no me cree. Y si se entera de que estamos planeando matar a su prometida, me denunciará. O algo peor.
—¿Algo peor? —Sombra arquea una ceja.
—Sí. Me odiará para siempre. —Aparto la vista—. Y no sé si podré soportarlo.
—Pues entonces no lo mates tú. —Medusa se levanta, los brazos cruzados—. Contrata a alguien. O hazlo parecer un accidente. Así no tendrás que mancharte las manos.
—No. Bianca es mía. —Aprieto los puños—. Quiero verle la cara cuando sepa que fui yo.
—Eso es lo más sensato que he oído en toda la noche. —Furia sonríe—. Nada de sicarios. Justicia de la buena.
—Bien. —Sofía teclea algo—. Entonces solo necesitamos un plan. Y yo tengo uno.
—¿Cuál?
—El sábado. Durante la cena. —Sofía amplía el mapa—. Bianca estará distraída, con su familia y los invitados. Nosotras entraremos por el túnel de servicio, reduciremos a sus guardias y la sacaremos por el jardín.
—¿Y los demás?
—Los demás estarán en el salón. Nadie notará nada.
—¿Y si notan?
—Entonces actuamos. —Sofía me mira, los ojos brillando—. Somos las Justicieras. No fallamos.
—¿Y si fallamos?
—Entonces morimos juntas. —Medusa se encoge de hombros—. Como debe ser.
—Sois unas dramáticas. —Suelto una risa amarga—. Pero me gusta.
—Pues demos el golpe. —Furia extiende la mano—. ¿Todas de acuerdo?
—De acuerdo. —Sombra pone la mano encima.
—De acuerdo. —Medusa la imita.
—De acuerdo. —Sofía sonríe.
—De acuerdo. —Pongo mi mano sobre las suyas—. Por las Justicieras.
—Por las Justicieras.
El grito retumba en el gimnasio, y por un instante, me siento invencible. Mañana, el sábado, todo terminará. Y Bianca, la rubia de pelo en pecho, caerá.
De vuelta en la mansión, alguien me espera en el vestíbulo. Es Mateo. Está pálido, con el móvil en la mano y una expresión que no presagia nada bueno.
—Gia. —Su voz es un susurro—. Bianca ha desaparecido.
—¿Qué?
—No está en su habitación. No está en la mansión. —Me tiende el móvil—. Y acaba de enviarme esto.
En la pantalla, un mensaje: «He visto a tu italiana con sus amigas. Pregúntale qué planean. Y si no responde, pregúntale a Sofía. Aunque quizá no pueda responder.»
Me quedo helada. Bianca sabe. Sabe lo de las chicas. Sabe lo de Sofía. Y quizá ya les ha hecho algo.
—Mateo, tengo que irme.
—¿Adónde?
—Al gimnasio. —Cojo las llaves del coche—. Bianca ha ido a por ellas.
—¿De qué hablas? ¿Quiénes son ellas?
—Mis amigas. Mi familia. —Las lágrimas me pican, pero no me detengo—. Y si les ha puesto un dedo encima, juro que la mato. Aunque sea lo último que haga.
Corro hacia la puerta, con el corazón en la garganta. Mateo me sigue, gritando mi nombre. Pero no me detengo. No puedo. Porque si Bianca ha tocado a Sofía, a Furia, a Sombra o a Medusa, no habrá lugar en la tierra donde pueda esconderse de mí.