Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 21 LA SOLEDAD
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CAPÍTULO 21 LA SOLEDAD

GIA

Mi habitación se ha convertido en una celda.

Las cortinas están corridas, la puerta cerrada con llave, y el silencio de la mansión pesa como una losa sobre mi pecho.

Estoy sentada en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero y una bolsa de hielo sobre las costillas.

Cada respiración me duele. Cada pensamiento me duele más.

Abajo, la fiesta ha terminado. Oigo los ecos de los invitados despidiéndose, las risas falsas, los motores de los coches alejándose.

Bianca se ha ido a su habitación, arropada por todos, mimada como una víctima.

Y yo, la que salvó a los bebés, estoy aquí sola, con la cabeza vendada y el corazón roto.

Nadie ha venido a verme. Nadie ha preguntado cómo estoy. Ni siquiera Mateo.

Son todos unos idiotas. Unos idiotas que prefieren creer a una rubia llorona antes que a mí. Y lo peor es que me duele. Me duele muchísimo. Pero no voy a llorar. Las asesinas no lloran. Las asesinas se vengan.

Me miro en el espejo del baño, sin encender la luz.

La venda me cruza la frente, y el moretón de la mandíbula empieza a florecer.

Tengo el labio partido y el cuerpo magullado.

Bianca me empujó por las escaleras con dos bebés en brazos, y todos creen que fui yo quien la atacó. Todos. Incluso Valentina.

Incluso Valentina.

La puerta se abre de golpe. Mi hermana irrumpe en la habitación con los ojos encendidos y la mandíbula tensa. Lleva el vestido de la cena arrugado y una copa de vino en la mano. Me mira como si yo fuera la peor de sus vergüenzas.

—¿Se puede saber qué te pasa? —me espeta, cerrando la puerta de una patada—. ¿Por qué has montado ese numerito en la cena?

—No he montado ningún numerito. He salvado a los mellizos.

—¡Los has puesto en peligro! —Valentina deja la copa en la mesilla con un golpe seco—. Bianca dice que la empujaste. Que querías matarla.

—Bianca miente.

—¿Y yo qué sé? —Valentina se cruza de brazos, desafiante—. No sé nada de ti, Gia. No sé quién eres. No sé qué escondes. Y ya no sé si me importa.

—Soy tu hermana.

—Siempre fuiste un problema, Gia. —Sus palabras me golpean como una bofetada—. Tendrías que haberte quedado en Nápoles.

—Gracias, Val. Necesitaba oír eso.

—No lo decía en serio.

—Lo decías. Y duele.

—Pues acostúmbrate. —Valentina se inclina hacia mí, los ojos llenos de rabia—. Porque aquí nadie te quiere. Nadie te cree. Y yo... yo ya no sé si quiero tenerte cerca.

—Entonces, ¿por qué no me echas?

—Porque eres mi hermana. —Su voz se quiebra un instante—. Y porque, aunque me avergüence, sigo siendo responsable de ti.

—No quiero tu responsabilidad. —Me levanto, a pesar del dolor—. Solo quiero que me creas.

—No puedo. —Valentina niega con la cabeza—. No hasta que me demuestres que no eres una mentirosa.

—¿Y cómo lo hago? ¿Con un milagro?

—Con pruebas. —Se gira hacia la puerta—. Hasta entonces, no me busques.

—Val...

—Buenas noches, Gia. —Abre la puerta y se detiene un instante—. Y deja de meterte en líos. Porque la próxima vez, no pienso sacarte.

Se va. La puerta se cierra. Me quedo de pie, con las costillas latiéndome y el pecho a punto de estallar. No lloro. No puedo. Porque si lloro, me derrumbo. Y no puedo derrumbarme.

Me siento en el suelo del baño, con el teléfono en la mano y el neceser de skincare abierto sobre las baldosas.

La abuela siempre decía que el cuidado personal era un acto de resistencia.

Que, incluso en los peores momentos, una mujer debía recordarse a sí misma que merecía cuidados.

Y yo, con la costilla rota y el alma hecha trizas, me aferro a ese ritual como a un salvavidas.

Sofía contesta a la tercera llamada. Al ver mi cara, suelta un silbido.

—Dios, Gia. Parece que te ha pasado un camión por encima.

—Gracias. Eres un encanto.

—No es un cumplido. Es una constatación. —Sofía se acerca a la cámara—. ¿Cómo están los bebés?

—Bien. Aria los tiene con ella. —Me limpio la cara con un algodón—. Y yo estoy aquí, con una costilla rota y una reputación destrozada.

—Lo sé. Lo he visto por las cámaras.

—¿Y no piensas decirme nada?

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que Bianca es una arpía? Ya lo sabes. ¿Que Mateo es un imbécil? También. —Sofía suspira—. Gia, eres la mujer más fuerte que conozco. Pero no puedes luchar contra todos a la vez.

—No pienso luchar contra todos. Solo contra Bianca.

—Y contra ti misma. —Sofía me mira fijamente—. Porque cada vez que te culpan, te lo crees un poco más. Y eso es lo que ella quiere.

—No me lo creo.

—Mientes.

—No miento.

—Sí. —Sofía sonríe, una sonrisa triste—. Y no pasa nada. Yo también mentiría. Pero eres mi mejor amiga, y te conozco. Sé que estás sufriendo. Y sé que no piensas rendirte.

—No pienso rendirme.

—Entonces, deja de lamerme las heridas y ven al gimnasio. Las chicas quieren verte.

—¿Furia, Sombra y Medusa?

—Las mismas. Han vuelto de Viena. —Sofía me guiña un ojo—. Y están deseando darte una paliza.

—No estoy en condiciones de pelear.

—No es para pelear. Es para recordarte quién eres. —Sofía se inclina hacia la cámara—. Eres Gia Russo. Justiciera. Asesina. Y una de las nuestras. No dejes que esa mansión te convierta en una víctima.

—No soy una víctima.

—Pues demuéstralo. —Sofía alza una ceja—. Mañana, a las diez, en el gimnasio. Sin excusas.

—Iré.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Bien. —Sofía sonríe—. Ahora sigue con tu skincare. Tienes una ojera que parece un mapa de carreteras.

—Gracias. Te quiero.

—Y yo a ti, italianita loca. —Sofía le tira un beso a la cámara—. Duerme un poco. Mañana te quiero entera.

—Entera no. Rota, pero entera.

—Eso me vale.

Cuelgo. Me quedo un instante mirando la pantalla negra, sintiéndome un poco menos sola. Mis amigas. Mis hermanas de armas. Las únicas que me conocen de verdad y no me juzgan.

Esa noche, mientras me extiendo la crema hidratante con movimientos lentos, tomo una decisión. No voy a esperar a que Bianca me ataque de nuevo. No voy a esperar a que Mateo me crea. Voy a actuar. Y voy a hacerlo como siempre he hecho: con plan, con precisión y sin miedo.

Eres una asesina, Gia. Una justiciera. Y la justiciera no se esconde. La justiciera caza.

Cojo el cuchillo del forro de la mochila y lo guardo bajo la almohada. Mañana iré al gimnasio de Sofía. Entrenaré con mis amigas. Y después, volveré a la mansión para terminar lo que empecé.

Bianca quiere verme caer. Quiere verme llorar. Quiere verme sola y desesperada. Pero no conoce a las Justicieras. No me conoce a mí.

Que tiemblen. Porque voy a por ellos.

Apago la luz y me tumbo en la cama, con las costillas palpitándome y la certeza de que la guerra no ha hecho más que empezar. Mañana, todo cambiará. Y esta vez, no pienso perder.