Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 20 EL ATAQUE A LOS BEBÉS
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CAPÍTULO 20 EL ATAQUE A LOS BEBÉS

GIA

La cena es un teatro de máscaras. Las arañas del salón derraman una luz dorada sobre los invitados, y el tintineo de las copas se mezcla con las risas falsas y el perfume denso de las mujeres.

Bianca se mueve entre la multitud como una reina, con un vestido rojo que se pega a sus caderas y una sonrisa que no se apaga ni cuando me ve.

Al contrario: se ensancha, como si mi presencia le confirmara algo que lleva días esperando.

Estoy de pie junto a la puerta de servicio, con el cuchillo escondido bajo la tela del vestido y los ojos fijos en cada movimiento.

Sofía me ha ido enviando mensajes cifrados durante toda la noche: «Cobra ha entrado por el ala este», «está en el pasillo de la guardería», «Bianca lo sigue a diez metros».

Los leo y los borro, sin apartar la vista de la rubia.

—Gia, cariño. —Bianca aparece a mi lado, con una copa de champán en la mano—. Pareces nerviosa.

—Solo aburrida. —Le dedico una sonrisa tan falsa como la suya—. Esta fiesta es un coñazo.

—Pronto se animará. —Se inclina hacia mí, el aliento a champán—. A medianoche, todo habrá terminado.

—¿Terminado qué?

—El juego. —Sus ojos brillan—. Y habrás perdido.

No respondo. No me da tiempo. En ese instante, veo a Cobra salir de entre las sombras del pasillo, con un bulto blanco en los brazos. Es Lorenzo. Y detrás de él, con Elena en brazos, otro hombre. Están secuestrando a los mellizos.

—Suéltalos. —Mi voz sale más fría de lo que esperaba.

—¿Perdón? —Bianca me mira, la sonrisa intacta.

—A los bebés. Suelta a los bebés. —Me giro hacia ella, el cuchillo ya en la mano—. O te juro que te abro en canal.

—Estás loca. —Bianca retrocede, fingiendo escándalo—. ¡Gia ha sacado un cuchillo! ¡Quiere matarme!

El salón se queda en silencio. Todas las miradas convergen en mí. Veo a Mateo avanzar, a Dorian fruncir el ceño, a Aria palidecer. Pero no me importa. Solo me importan los mellizos, que desaparecen por el pasillo de servicio.

—¡A los bebés! —grito, señalando hacia la puerta—. ¡Se están llevando a los bebés!

Nadie reacciona. O no quieren reaccionar. Bianca me mira con una mezcla de triunfo y desprecio.

—Mentirosa. —Se lleva una mano al pecho, la actuación perfecta—. Solo quieres desviar la atención de tu locura.

—¡Yo no miento! —echo a correr hacia el pasillo, empujando a los invitados—. ¡Soltadlos, cabrones!

Los alcanzo en el pasillo, justo antes de la escalera de servicio.

Cobra me ve venir y sonríe, un gesto feo en un rostro feo.

Elena llora en brazos del otro hombre, y Lorenzo patalea, asustado.

Sin pensarlo, me lanzo contra el que lleva a Elena.

Mi cuchillo le corta el brazo, y la niña cae.

La atrapo antes de que toque el suelo, rodando sobre mí misma para amortiguar el golpe.

El hombre grita, pero no me detengo. Dejo a Elena en el suelo y me giro hacia Cobra, que sujeta a Lorenzo.

Antes de que pueda reaccionar, le doy una patada en la rodilla.

Cae de bruces, y Lorenzo rueda hacia mí. Lo atrapo.

—¡Gia! —grita Aria, corriendo hacia nosotras.

—¡Estoy bien! —respondo, con los brazos llenos de bebés—. ¡Están bien!

Y entonces, algo me golpea por detrás. Un empujón. Bianca. Me tambaleo, pierdo el equilibrio, y caigo por las escaleras con Lorenzo y Elena apretados contra mi pecho. El mundo da vueltas. El dolor me estalla en el costado, en la cabeza, en cada hueso. Pero no suelto a los bebés. No puedo soltarlos.

El suelo me recibe con un golpe seco. Y todo se vuelve negro.

Cuando abro los ojos, estoy tendida en el suelo del vestíbulo, con un charco de sangre bajo la cabeza y un dolor insoportable en el costado. Aria está a mi lado, llorando, con los mellizos en brazos. Están vivos. Están a salvo.

—¡Gia! —Aria me agarra la mano—. ¿Estás bien? ¿Me oyes?

—Estoy bien. Los bebés están bien. —Sonrío, o lo intento—. Te has roto una costilla.

—Lo sé. Pero no tanto como perder a esos dos mocosos.

A mi alrededor, la multitud se arremolina. Bianca está en el suelo, a pocos metros, gimiendo y fingiendo que se ha golpeado. Los invitados la rodean, la miman, la ayudan a levantarse. Nadie me mira a mí. Nadie me ayuda.

—¡Fue Gia! —grita Bianca, entre sollozos—. ¡Ella me empujó! ¡Quería matarme!

—No la he empujado. —Intento incorporarme, pero el dolor me lo impide—. Ella me ha empujado a mí. Con los bebés.

—¡Mentirosa! —Bianca se aferra al brazo de Mateo—. ¡Todos la han visto! ¡Está loca!

Mateo me mira. Hay algo en sus ojos que no acierto a descifrar. Dudas. Miedo. Y una pizca de culpa.

—¿Por qué lo hiciste? —me pregunta, la voz grave.

—No lo hice. —Le sostengo la mirada, a pesar del dolor—. Estaba protegiendo a los mellizos. Cobra y su hombre los secuestraban. Yo los he salvado.

—¿Cobra? —Dorian frunce el ceño—. ¿Quién es Cobra?

—Un sicario. Contratado por Bianca. —Señalo a la rubia—. Lo he visto con mis propios ojos.

—Mentira. —Bianca niega con la cabeza, las lágrimas corriendo—. No sé quién es Cobra. Gia está inventando cosas para salvarse.

—No invento nada. —Intento levantarme, pero Enzo me detiene.

—Quieta. —Se arrodilla a mi lado, el maletín abierto—. Tienes una costilla rota y una brecha en la cabeza. No te muevas.

—¿Me crees? —le pregunto, la voz rota.

—Sí. —Enzo me mira, y sus ojos oscuros son los únicos que no me juzgan—. Pero no digas nada más. Tienes que descansar.

—No puedo descansar. —Me aferro a su brazo—. Bianca va a matar a todos. A Dorian, a Aria, a los bebés. Y a Mateo.

—Lo sé. —Enzo baja la voz—. Y no estás sola. Pero ahora no es el momento. Aguanta.

Los invitados se dispersan, murmurando. Mateo ayuda a Bianca a levantarse, con una mano en su cintura y la otra en su brazo. No me mira. No se acerca. Solo se aleja, con la rubia colgada de él como una lapa.

—¿Por qué me proteges? —le pregunto a Enzo, las lágrimas nublándome la vista.

—Porque mi hermana me habló de ti. —Sus dedos limpian la sangre de mi frente—. Y porque sé cosas de Bianca que nadie más sabe.

—¿Y por qué no dices nada?

—Porque no tengo pruebas. Y porque, si hablo, me matará. —Su voz es un susurro—. Pero tú no estás sola, Gia. Recuérdalo.

Me quedo tumbada en el suelo, con el dolor de la costilla latiéndome y la certeza de que he perdido esta batalla. Pero no la guerra.

Me llevan a mi habitación en brazos de Enzo. Los demás se han quedado abajo, con Bianca, con sus lágrimas de cocodrilo y sus acusaciones. Nadie me acompaña. Nadie pregunta cómo estoy. Solo Enzo, que me cura en silencio y me da un analgésico.

—Tienes que descansar —me dice, mientras me venda la cabeza.

—No puedo. Bianca...

—Bianca no hará nada esta noche. Está demasiado ocupada fingiendo. —Enzo me mira—. Pero mañana volverá a atacar. Y tú tienes que estar preparada.

—Lo estoy. —Me incorporo, a pesar del dolor—. Pero no puedo luchar sola.

—No estás sola. —Enzo me aprieta la mano—. Sofía te está vigilando. Aria te cree. Y yo... yo también. Aunque no lo diga en voz alta.

—¿Y Valentina?

—Valentina es testaruda. Y está asustada. —Enzo aparta la vista—. Dale tiempo.

—No tengo tiempo. —Cierro los ojos, el agotamiento venciéndome—. El sábado... la cena... era una trampa.

—Lo sé. Y por eso mañana haremos algo al respecto. Pero ahora duerme. —Enzo me arropa, con una ternura que no esperaba—. Duerme, Gia. Yo me quedo aquí.

—Gracias, Enzo.

—No me las des. —Se sienta en la silla, junto a la ventana—. Mi hermana me pidió que cuidara de ti. Y pienso hacerlo.

No respondo. No puedo. Las lágrimas me corren por las mejillas, silenciosas, mientras el sueño me arrastra. Estoy herida, humillada, acusada. Pero no estoy vencida.

Mañana, Bianca. Mañana me tocará a mí. Y no pienso fallar.