Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 19 EL PLAN DE BIANCA
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CAPÍTULO 19 EL PLAN DE BIANCA

GIA

La llamada de Sofía llega a las dos de la madrugada. Estoy dormida, acurrucada bajo las sábanas, cuando el móvil vibra con insistencia. No hace falta que mire la pantalla para saber quién es. Solo Sofía llama a estas horas. Y solo Sofía trae noticias que me hielan la sangre.

—Bianca ha contactado con Cobra —me dice, sin preámbulos—. Quiere que secuestre a los mellizos. En la cena del sábado.

—¿Los mellizos? —Me incorporo de golpe, el corazón desbocado—. ¿A los bebés de Dorian y Aria?

—A esos mismos. —La voz de Sofía es tensa—. Ha interceptado un mensaje cifrado. Dice que los use como moneda de cambio. Que los encierre en el sótano. Y que si algo sale mal, no se haga responsable.

—¿De qué? ¿De matarlos?

—No. De secuestrarlos. —Hace una pausa—. Pero conociendo a Bianca, no pondría la mano en el fuego por su seguridad.

—Mierda. —Me llevo la mano a la frente, la mente a toda velocidad—. ¿Tienes las grabaciones?

—Todas. He descargado los mensajes, los audios y las imágenes. Pero no son suficientes para incriminarla. Usa un lenguaje muy vago. «El paquete», «la mercancía», «la entrega». No menciona nombres.

—¿Y el satélite? ¿Puedes triangular la ubicación de Cobra?

—No. Usa una red privada. Es profesional.

—Mierda. —Me levanto de la cama y empiezo a vestirme—. Sofía, no me mientas. ¿Cuánto tiempo tengo?

—Hasta el sábado. La cena es a las nueve. Cobra entrará por el ala de servicio, aprovechando el cambio de guardia.

—¿Y si lo interceptamos antes?

—Es un fantasma. No aparece en las cámaras. Solo en la deep web.

—Pues tendré que atraparlo yo misma.

—Gia, no hagas tonterías.

—No son tonterías. Son estrategia. —Me calzo las zapatillas y cojo el cuchillo del forro de la mochila—. Voy a hablar con Mateo. Y si no me cree, lo haré sola.

—Ten cuidado.

—Siempre.

Cuelgo y salgo al pasillo. La mansión está en silencio, con esa calma que precede a las tormentas. Sé que Mateo está en su habitación. Sé que no me creerá. Y aun así, voy a intentarlo.

Mateo abre la puerta antes de que llame. Lleva el torso desnudo, los pantalones de pijama, y una expresión de alerta que me dice que tampoco estaba durmiendo. Me mira de arriba abajo, los ojos oscuros.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta.

—Bianca está planeando secuestrar a los mellizos.

—¿Qué?

—En la cena del sábado. Ha contratado a un sicario. Cobra. —Le sostengo la mirada—. Quiere usarlos como moneda de cambio.

—Gia, no tienes pruebas.

—No necesito pruebas. Necesito que me creas.

—No puedo. —Se pasa una mano por el pelo, la mandíbula tensa—. No sin evidencia. Sin algo que pueda presentar a Dorian.

—¿Y si te traigo la evidencia?

—Entonces la escucharé. —Da un paso hacia mí—. Pero no puedes ir por ahí acusando a Bianca sin fundamento. Es mi prometida. Y su padre es un aliado.

—Lo sé. Y me importa una mierda. —Me acerco, sin miedo—. Bianca va a hacerles daño, Mateo. A los bebés. A tus sobrinos. Y tú estás aquí, pidiéndome que no intervenga.

—Solo te pido que tengas cuidado.

—¿Cuidado? —Me río, una risa amarga—. ¿Como el que tuviste tú cuando me dejaste sola en el jardín? ¿Como el que tuviste cuando dudaste de mí? No. No voy a quedarme de brazos cruzados.

—Gia...

—Pues aparta. Lo haré yo sola.

Me doy media vuelta, pero él me agarra de la muñeca.

—No voy a dejarte ir sin un plan.

—No necesito tu plan. —Me zafo—. Necesito tu confianza. Y no la tienes.

—No es verdad.

—Claro que lo es. —Lo miro por encima del hombro—. Me miras como a una extraña. Como a una mentirosa. Y no pienso esperar a que me creas.

—Gia, por favor...

—Buenas noches, Mateo. —Abro la puerta—. Nos vemos el sábado. Si es que sigues vivo.

Salgo al pasillo, con el corazón desbocado. Las lágrimas me pican, pero no me permito llorar. No delante de él. No delante de nadie.

En lugar de volver a mi habitación, me dirijo a la guardería. La puerta está entreabierta, y la luz de una lámpara de noche ilumina suavemente las cunas. Me acerco en silencio, con cuidado de no hacer ruido.

Los mellizos duermen plácidamente, ajenos al peligro que se cierne sobre ellos. Lorenzo tiene un puño apretado contra la almohada; Elena se ha destapado y patalea al aire. Me inclino sobre la cuna de Elena y le aparto un mechón de la frente.

—No voy a dejar que os toquen —susurro, apenas un aliento—. Ni a ti, ni a tu hermano. Prometido.

Una mano se posa en mi hombro. Me giro. Es Aria, envuelta en una bata, con el pelo recogido en una coleta deshecha. Tiene ojeras, pero sus ojos verdes me miran con una intensidad que me recuerda a Dorian.

—¿Se puede saber qué haces aquí, Gia? —me pregunta, la voz baja.

—No podía dormir. —Me encojo de hombros—. He venido a verlos.

—¿A verlos o a vigilarlos?

—Ambas cosas. —Le sostengo la mirada—. Aria, sé que no me crees. Sé que todos pensáis que soy una mentirosa. Pero Bianca va a hacerles daño. Lo sé. Y no pienso permitirlo.

Aria me observa en silencio. Luego, sorprendentemente, asiente.

—Yo también lo sé. —Su voz es un hilo—. Llevo días notándola rara. Demasiado tranquila. Demasiado sonriente.

—¿Y por qué no dices nada?

—Porque no tengo pruebas. Y Dorian no puede actuar sin pruebas. —Se muerde el labio—. Pero tú sí, ¿verdad? Tú puedes hacer algo.

—¿Me estás pidiendo que la detenga?

—Te estoy pidiendo que protejas a mis hijos. —Aria me agarra la mano—. Porque yo no puedo. No con Dorian vigilándome cada segundo.

—¿Dorian no te deja?

—Me deja. Pero no quiero ponerlo en peligro. —Aria baja la vista—. Tú eres la única que puede moverse sin levantar sospechas. Eres nueva. No te ven como una amenaza.

—¿Y Mateo?

—Mateo te quiere. —Aria me mira—. Pero está atado. A su padre. A Bianca. A un contrato que no eligió. Y hasta que no se libere, no podrá ayudarte.

—Entonces lo haré sola.

—No. —Aria me aprieta la mano—. No estás sola. Me tienes a mí. Y a Sofía. Y a los que creemos en ti.

—No sois muchos.

—Los suficientes.

Me quedo en silencio, procesando sus palabras. Aria no es una aliada cualquiera. Es la esposa de Dorian, la madre de los mellizos, la mujer que meció a estos bebés cuando aún eran diminutos. Si ella confía en mí, quizá no esté tan perdida como pensaba.

—Protegeré a tus hijos —digo al fin—. Con mi vida.

—Lo sé. —Aria me abraza, un abrazo breve pero firme—. Y yo te cubriré las espaldas. Pase lo que pase.

—Pase lo que pase.

El sábado llega demasiado pronto. La mansión se llena de flores, de música, de invitados. Y Bianca, con su vestido de cóctel y su sonrisa de serpiente, se mueve entre la multitud como si fuera la dueña de todo.

Yo estoy en un rincón, con el cuchillo escondido en el muslo y los ojos fijos en la puerta de servicio. Cobra está al caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no voy a fingir.

Que empiece la caza.