Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 18 LA CALMA TENSA
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CAPÍTULO 18 LA CALMA TENSA

MATEO

La mansión Cross amanece envuelta en un silencio que no me gusta.

Es el tipo de silencio que precede a las tormentas, el que se instala en las casas cuando todos contienen la respiración.

Bianca pasea por el vestíbulo con una sonrisa serena, como si no hubiera pasado nada.

Demasiado serena. Y eso me pone en guardia.

Llevo varios días observándola. Ya no lanza dardos a Gia, no monta escenas, no se queja. Se sienta en el salón con su taza de té, hojea revistas de moda y sonríe a los criados. Es la calma de quien ha movido ficha y espera el resultado. O la de quien planea algo tan grande que no necesita prisa.

Gia también lo nota. La veo cruzar el pasillo con la espalda recta y la mandíbula tensa, fingiendo que no mira a Bianca cuando en realidad no le quita ojo.

Lleva el pelo suelto, un vestido azul que le llega a las rodillas y las sandalias en la mano, como siempre.

Su torpeza se ha vuelto más sutil, más contenida.

Menos actuada. O quizá soy yo quien ya no puede verla sin preguntarme cuánto hay de farsa y cuánto de verdad.

—Estás raro —me dice Liam, apareciendo a mi lado con una manzana en la mano.

—Estoy alerta.

—Es lo mismo.

—No. La rareza es involuntaria. La alerta es estratégica.

—Claro, como todo en ti. —Liam muerde la manzana y me mira—. ¿Sigues con lo de Bianca?

—Sí. No me fío.

—Ni yo. Pero no puedes encerrarla sin pruebas. Dorian no lo aprobaría.

—Lo sé.

—¿Y Gia? ¿Ella qué dice?

—Dice que Bianca es un peligro. Que quiere destruirnos.

—Pues yo le creo. Esa rubia me da escalofríos. —Liam se estremece con teatralidad—. Es como una muñeca de porcelana con ojos de tiburón.

—Poético.

—Me lo ha contagiado Isa. —Sonríe—. Hablando de Isa, esta tarde vienen con los mellizos. Aria quiere que los veas. Dice que has estado muy ausente.

—He estado ocupado.

—Todos lo estamos. Pero los renacuajos crecen y no perdonan. —Liam me da una palmada en el hombro—. Pasa por la guardería. Gia está allí. Los adora.

—¿Gia está con los bebés?

—Sí. Dice que son lo único puro que queda en esta casa. —Liam se encoge de hombros—. Tiene razón.

Me dirijo a la guardería sin pensarlo. La guardería es una habitación luminosa en el ala sur, con paredes pintadas de amarillo y una alfombra mullida cubierta de juguetes.

Al entrar, veo a Gia sentada en el suelo, con Lorenzo en brazos y Elena gateando a su alrededor.

Está cantando algo en italiano, una canción de cuna, y los mellizos la miran como si fuera la persona más fascinante del mundo.

—¿Por qué quieres tanto a esos bebés? —le pregunto, apoyado en el marco de la puerta.

—Porque son lo único puro que queda en esta casa.

—Son ruidosos y huelen mal.

—Como tú. —Gia levanta la vista y me sonríe—. Y aun así te quiero.

El corazón me da un vuelco. Me quedo quieto, sin saber qué decir, mientras ella vuelve a centrarse en los mellizos.

Lorenzo le tira del pelo, Elena le arrebata una zapatilla.

Y Gia se ríe, una risa franca, sin máscara.

Es la primera vez que la veo así: sin torpeza fingida, sin ironía, sin escudos.

Solo una mujer con dos bebés que la adoran.

¿Y si algún día fueran nuestros?

La idea me golpea con la fuerza de un puñetazo. No la esperaba. No la quería. Pero está ahí, plantada en mi pecho como una semilla. Gia como madre. Gia con un bebé en brazos. Nuestro bebé. Y la imagen es tan real, tan vívida, que por un instante me olvido de Bianca, de mi padre, del contrato.

—¿Vas a quedarte ahí parado o vas a ayudarme? —me dice, sacándome del ensueño.

—Ayudarte ¿a qué?

—A cambiar a Lorenzo. Se ha hecho caca.

—No pienso cambiar pañales.

—Pues lo harás. Porque eres el tío favorito. —Me lanza el bebé—. Y porque yo te lo ordeno.

Atrapo a Lorenzo en el aire, con más torpeza de la que me gustaría. El niño me mira con sus ojos grises —los de Dorian— y suelta un eructo.

—Qué asco —murmuro.

—Es un bebé. Los bebés hacen eso. —Gia se levanta, con Elena en brazos—. Además, es bueno que practiques. Algún día tendrás los tuyos.

—¿Yo? —La miro, incrédulo—. No creo.

—Pues yo sí. —Gia me devuelve la mirada, y hay algo en sus ojos que no acierto a descifrar—. Te imagino con un bebé en brazos, gruñendo porque no duerme, pero derritiéndote por dentro.

—Eso es una tontería.

—Es una visión. —Se acerca, con Elena aferrada a su cuello—. Y las visiones no se discuten.

—¿Y tú? ¿Te imaginas como madre?

—No. —Aparta la vista, y su voz se suaviza—. Pero a veces, con estos dos, me lo planteo.

—No te queda mal.

—¿El qué?

—Ser madre. —Le sostengo la mirada—. Te queda bien.

—Eso es muy raro viniendo de ti.

—Lo sé. —Me encojo de hombros—. Se me está pegando.

—¿De quién? ¿De los bebés?

—De ti. Siempre de ti.

Se ríe, y la risa llena la guardería como una brisa cálida. Lorenzo me agarra el dedo, y por un instante, todo el ruido del mundo se apaga. Solo existimos Gia, los mellizos y yo. Y esa imagen, la de una familia que no es mía pero que de repente deseo, me parte el pecho.

Pasamos la tarde en la guardería. Gia me enseña a dar el biberón a Elena, a cambiar a Lorenzo sin que se caiga de la mesa, a cantar canciones italianas que nadie entiende pero que los bebés aplauden con entusiasmo. Es absurdo. Es agotador. Y es lo más feliz que he sido en mucho tiempo.

—¿Sabes que eres muy bueno con ellos? —me dice Gia, tumbada en la alfombra con Lorenzo dormido sobre su pecho.

—No soy bueno. Solo sigo instrucciones.

—Pues las sigues bien. —Me mira, la sonrisa torcida—. Eres un oso con alma de niñera.

—No soy un oso.

—Claro que lo eres. Y por eso los bebés te quieren. Porque los osos son tiernos.

—Los osos son peligrosos.

—También. —Se encoge de hombros—. Como tú.

—Gia...

—Mateo. —Me imita, la voz grave—. Deja de fruncir el ceño. Vas a despertar a Lorenzo.

—No estoy frunciendo el ceño.

—Sí lo estás. Y es adorable.

—No soy adorable.

—Lo eres. —Se ríe, con cuidado de no mover al bebé—. Eres un osito gruñón que cambia pañales y canta canciones en italiano. Eso es la definición de adorable.

—Voy a negarlo hasta que me muera.

—Pues muere negándolo. —Me sonríe, y la sonrisa me desarma—. Pero yo sé la verdad.

—¿Y cuál es?

—Que, en el fondo, te encanta estar aquí. Conmigo. Con ellos. —Su voz se suaviza—. Y que, por un instante, te has imaginado una vida distinta. Una vida sin Bianca. Sin contrato. Sin miedo.

—No me he imaginado nada.

—Mentiroso.

—No miento.

—Sí. —Me mira fijamente—. Y no pasa nada. Yo también me lo he imaginado.

—¿Y qué has visto?

—Una casa pequeña. Junto al mar. —Su mirada se pierde—. Con dos niños. O tres. Y un hombre que me despierta por las mañanas con un gruñido.

—Eso suena a condena.

—No. Suena a hogar. —Me mira—. Algo que nunca he tenido.

Me quedo en silencio. Sus palabras me tocan una fibra que no sabía que existía. Yo tampoco he tenido nunca un hogar. Solo cuarteles, misiones, camas frías. Y ahora, sentado en el suelo de una guardería con un bebé dormido entre nosotros, me pregunto si eso podría cambiar.

—Necesito irme —digo al fin, levantándome.

—¿Adónde?

—A pensar.

—Pues piensa rápido. —Gia se incorpora, con Lorenzo en brazos—. Porque esta calma no va a durar. Y cuando estalle, quiero saber de qué lado estás.

—Siempre del tuyo.

—Pues demuéstralo. —Me da la espalda, llevándose al bebé a la cuna—. Y no tardes.

Salgo de la guardería con el pecho oprimido.

Las palabras de Gia me persiguen: «Quiero saber de qué lado estás.

» Y yo, que siempre he tenido clara mi lealtad, ya no sé qué responder.

Porque estar del lado de Gia significa enfrentarme a Bianca, a mi padre, a todo lo que he construido.

Y estar del lado de Bianca significa traicionar a la única mujer que me ha hecho sentir algo real.

Encuentro a Bianca en el pasillo, con su sonrisa serena y un té en la mano. Me ve y se detiene.

—Mateo, cariño. Te he buscado toda la tarde.

—He estado con los mellizos.

—Qué entrañable. —Su sonrisa se tensa—. ¿Con la italiana?

—Con Gia. Sí.

—Qué bien. —Da un sorbo al té—. Me alegra que os llevéis tan bien. La convivencia es importante.

—¿Qué quieres, Bianca?

—Nada. Solo recordarte que el sábado tenemos la cena de compromiso. Mi padre vendrá. Y el tuyo. —Se acerca, su perfume empalagándome—. Será una noche inolvidable.

—No pienso ir.

—Claro que irás. —Me toca el pecho con la punta del dedo—. Porque si no, todos sabrán que algo va mal. Y no quieres eso, ¿verdad?

—No me amenaces.

—No es una amenaza. Es una promesa. —Se aleja, la sonrisa intacta—. Nos vemos el sábado, cariño.

Desaparece por el pasillo. Me quedo quieto, con el olor de su perfume pegado a la camisa y la certeza de que la trampa está a punto de cerrarse.

Esa noche, recibo un mensaje de Gia: «Bianca ha movido ficha. El sábado no es una cena. Es una ejecución. Y el primer objetivo soy yo.»

No respondo. Pero cojo la pistola de la mesilla y la guardo bajo la almohada. El sábado no voy a permitir que le pongan un dedo encima. A Gia. A los mellizos. A nadie.

Lo que no sabe Bianca es que yo también he movido ficha. Y no pienso perder.