CAPÍTULO 17 LA NOCHE DE LA IRA
GIA
Mateo irrumpe en mi habitación sin llamar. Trae la mandíbula apretada, los puños cerrados y una chispa en los ojos que no presagia nada bueno. Lleva la camiseta negra del gimnasio, empapada en sudor, y el pelo revuelto. Huele a tormenta. A acero. A deseo contenido.
—No puedes seguir así —me espeta, cerrando la puerta de una patada.
—¿Así cómo? —le respondo, sin levantar la vista del móvil.
—Mintiéndome. Ocultándome cosas. Desapareciendo por las noches. —Se planta frente a mí, las manos en los bolsillos—. Anoche me dijiste que no te creía. Hoy me has llamado cobarde. Y ahora te encierras aquí, como si yo fuera tu enemigo.
—No eres mi enemigo. —Dejo el móvil sobre la mesa y me cruzo de brazos—. Eres mi entrenador. Mi amante. Mi verdugo. Depende del día.
—No soy tu verdugo.
—Claro que lo eres. Me juzgas, me condenas y luego me besas como si nada hubiera pasado. —Me levanto del sofá, pero la moqueta se engancha en mis pies descalzos y tropiezo hacia delante. Mateo me agarra por la cintura antes de que caiga—. He tropezado otra vez —murmuro, avergonzada.
—Normal. Caíste en mi vida y no pienso dejarte caer en ninguna otra. —Su voz es un gruñido, pero sus dedos se aferran a mi cadera con una ternura que contrasta con todo lo demás—. No necesito tu ayuda.
—Pues deja de meterme en tu cama.
—Tú me metes en la tuya. Es diferente. —Se acerca, acortando la distancia que él mismo ha creado—. No puedes vivir sin mí, Gia. Por eso vuelves. Por eso me provocas. Por eso me odias.
—No te odio. —Le sostengo la mirada, el corazón galopándome—. Te deseo. Y a veces me asquea.
—Eso es muy bonito.
—No pretendo que lo sea. —Me encojo de hombros, intentando zafarme de su agarre, pero él no me suelta—. Es la verdad.
—¿La verdad? —Mateo deja escapar una risa seca—. Tú no sabes lo que es la verdad. Llevas semanas mintiéndome. Fingiendo torpeza. Ocultando lo que sabes. ¿Quién eres, Gia?
—Soy la mujer que te hace temblar. —Doy un paso hacia él, mi pecho rozando el suyo—. La que te arranca gemidos. La que te vuelve loco. ¿No es suficiente?
—No.
—Pues qué más quieres, ¿que te cuente todos mis secretos? ¿Que me arrodille y te lo confiese todo? —Me río, una risa que me sale amarga—. Eso no va a pasar. Porque no confío en ti.
—Y yo no confío en ti. —Me agarra la mandíbula, obligándome a levantar la cara—. Pero no puedo dejar de tocarte. Y eso me enfurece.
—Pues descarga tu furia conmigo. —Le sostengo la mirada, desafiante—. Esto no es amor, Gia. Es odio.
—Pues cómeme con odio. Me gusta más.
Me empuja contra la pared. El golpe me saca el aire, pero no me quejo.
Sus labios se apoderan de los míos con una brutalidad que me enciende, sus manos me desgarran la ropa, sus dientes me muerden el cuello.
Le respondo con la misma violencia, las uñas clavadas en su espalda, las piernas enroscadas en su cintura.
—Eres una provocadora —gruñe contra mi boca.
—Y tú un dom. —Le muerdo el labio—. ¿Vamos a hablar o a follar?
—A follar. Y a callarte.
Me tira al suelo. La moqueta es áspera contra mi espalda desnuda, y el peso de Mateo me aplasta, me domina, me roba el aliento. Me agarra las muñecas y me las inmoviliza sobre la cabeza, sus caderas empujando entre mis piernas. Está duro. Palpitante. Y yo estoy empapada, hambrienta, furiosa.
—Mírame —me ordena.
—Ya te miro.
—No. Mírame de verdad. Quiero verte cuando me corra dentro de ti.
—Eso es muy sucio.
—Soy un hombre sucio. Y tú una masoca. Lo admitiste.
—Lo admití. —Le escupo—. Y no me arrepiento.
Me penetra de una estocada. El placer me arranca un grito que entierro en su hombro.
Se mueve con una urgencia que me desborda, cada embestida un castigo, cada gemido una rendición.
Las manos me sujetan, los labios me devoran, el mundo se reduce a su cuerpo, a su olor, a la certeza de que esto no es solo sexo.
Es guerra. Es amor. Es todo lo que no sabemos decirnos.
—Dime que eres mía —jadea.
—No.
—Dime que eres mía o paro.
—Eres un cabrón.
—Y tú una asesina. Lo vi en tus ojos. —Su ritmo se acelera—. Dilo, Gia. Dime que eres mía.
—Soy tuya. —Las palabras me salen rotas, llenas de una rendición que no reconozco—. Soy tuya, Mateo. Solo tuya.
El orgasmo me estalla dentro, una ola que me recorre entera y me deja temblando. Él me sigue un segundo después, derramándose con un rugido sordo. Nos quedamos en el suelo, jadeando, los cuerpos pegados por el sudor.
—Esto no cambia nada —murmura contra mi cuello.
—Lo sé.
—Pero no puedo seguir protegiéndote si no confías en mí.
—No necesito tu protección.
—Pues deja de meterme en tu cama.
—Tú me metes en la tuya. Es diferente.
—No. Es lo mismo. —Se aparta, se sienta en el suelo, la espalda contra la cama—. Estamos atrapados, Gia. Tú y yo. Y no sé cómo salir.
—Pues no salgamos. —Me siento a su lado, desnuda, sin pudor—. Quédate aquí, en este suelo, conmigo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque mañana Bianca volverá a atacar. Y yo no sé de qué lado estás.
—Del tuyo. —Le tomo la cara, obligándolo a mirarme—. Siempre del tuyo, Mateo. Aunque no lo creas.
—¿Y si me mientes?
—Pues me matas. —Sonrío, una sonrisa triste—. Pero no lo harás. Porque me quieres.
—Sí. Te quiero. —Su frente se apoya en la mía—. Y eso es lo que más me jode.
Después, nos metemos en la ducha. El agua caliente resbala por nuestros cuerpos, y Mateo me enjabona la espalda con una ternura que contrasta con la brutalidad de hace un instante. No hablamos. No hace falta. Sus manos me recorren, me limpian, me adoran. Y yo me dejo, por una vez, sin fingir.
—Tienes un moretón en la cadera —dice, los dedos sobre la marca.
—Me lo hice en el secuestro.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería preocuparte.
—Gia...
—Mateo. —Me giro, el agua golpeándome la cara—. No soy de cristal. Y no necesito que me cuides. Necesito que me creas.
—Lo sé. Y estoy intentándolo.
—Pues inténtalo más fuerte.
Me besa. Es un beso suave, sin urgencia, que sabe a agua y a promesas. Sus manos se deslizan por mi cintura, mis muslos, mi sexo. Y yo me derrito contra él, sin pensar, sin fingir.
—Esta noche me quedo —murmura.
—¿Y Bianca?
—Que espere. —Me besa el cuello—. Tú eres lo primero.
—Eso es nuevo.
—No. Es viejo. Solo que no sabía decirlo.
Me río, y la risa se convierte en un gemido cuando sus dedos me penetran. La ducha se empaña, el mundo se desdibuja, y yo me abandono a él, a su calor, a la certeza de que, pase lo que pase, ya no estoy sola.
Esa noche, por primera vez, Mateo duerme en mi cama. No hay sexo. Solo abrazos. Su brazo me rodea la cintura, su pecho pegado a mi espalda, su aliento cálido en mi nuca. Estoy a salvo. Y no quiero que amanezca.
—¿En qué piensas? —me pregunta, la voz pastosa.
—En que esto no durará.
—¿Qué?
—Esto. Nosotros. La calma. —Me giro, enfrentándolo—. Bianca no se detendrá. Y yo no puedo detenerla sin que todos me odien.
—No tienes que detenerla sola.
—Lo sé. Pero tú no puedes ayudarme. —Le acaricio la mejilla—. Tu padre, tu contrato, tu deber. Todo eso es más importante que yo.
—No es verdad.
—Sí lo es. Y lo entiendo. —Le beso la comisura—. No te culpo, Mateo. Solo me entristece.
—No quiero que estés triste.
—Pues bésame. Y no me sueltes.
Me besa. Es un beso largo, lento, que me desarma. Y yo me aferro a él, a su calor, a la esperanza de que, quizá, mañana todo sea distinto.
A las tres de la mañana, mi móvil vibra en la mesilla. Es un mensaje de Sofía: «Gia, hay alguien en la mansión. No es de los nuestros. Está en el ala oeste, cerca de la habitación de Bianca. Y lleva un cuchillo.»
Me incorporo en la cama, el corazón desbocado. Miro a Mateo, que duerme a mi lado, ajeno a todo. Y tomo una decisión.
No puedo despertarlo. No puedo contarle nada. Pero no voy a dejar que maten a nadie bajo este techo. Ni siquiera a Bianca.
Me levanto en silencio, me visto y salgo al pasillo. La mansión está oscura, y el aire huele a peligro. Aprieto el puño alrededor del cuchillo que escondo en la manga.
Sofía tenía razón. Esto no ha hecho más que empezar.