CAPÍTULO 16 EL SECUESTRO
MATEO
El mensaje llega a las nueve de la noche. Estoy en la biblioteca, revisando los informes del puerto, cuando el móvil vibra sobre la mesa. Es un número desconocido. Normalmente no contesto llamadas de desconocidos, pero algo me dice que esta no debo ignorarla.
—¿Sí?
—Mateo Reyes. —La voz es grave, distorsionada, como si quien llama usara un modulador—. Tenemos a tu italiana.
Se me hiela la sangre. Dejo el informe y me pongo de pie, el corazón galopándome en el pecho.
—¿Quién habla?
—Eso no importa. Importa lo que quieres. Y tú quieres verla viva, ¿no?
—No me creo que la tengáis. —Aprieto el teléfono con tanta fuerza que los nudillos me duelen—. Si es una broma...
—No es broma. Escucha.
Un instante de silencio. Luego, la voz de Gia, quebrada pero firme:
—Mateo, no vengas. Es una trampa.
—¡Gia!
—No vengas, ¿me oyes? No...
Se corta. Un golpe seco. Un gemido.
—¿Lo ves? Está viva. Todavía. —La voz distorsionada vuelve—. Si quieres que siga así, ven al almacén 17 del puerto. Solo. Sin armas. Tienes una hora.
—¿Y si no voy?
—Entonces la devolveremos en bolsas. Tú eliges.
Cuelgo. Me quedo inmóvil, con el teléfono en la mano y la mente a toda velocidad. Sé que es una trampa. Sé que si voy solo, sin armas, me van a matar. Pero no pienso dejar que le pongan un dedo encima.
Cojo la pistola de la mesilla, compruebo el cargador y me dirijo al garaje. En el camino, marco el número de Liam.
—Necesito un favor —le digo, sin rodeos.
—¿Qué ha pasado?
—Han secuestrado a Gia. Voy a buscarla.
—¿Solo? Estás loco. Espera, voy contigo.
—No. No quiero que te involucres. Solo necesito que avises a Dorian. Y que tengas listo un equipo médico. Por si acaso.
—Mateo...
—Liam, por favor. No discutas. —Mi voz es un gruñido—. Es ella. No puedo esperar.
—De acuerdo. Pero prométeme que no harás ninguna tontería.
—No prometo nada.
Cuelgo. El Porsche arranca con un rugido, y las ruedas chirrían sobre el asfalto.
Conduzco hacia el puerto con el pie pegado al acelerador, la mandíbula tan tensa que me duelen los dientes.
Solo pienso en Gia. En su risa. En sus ojos.
En la forma en que me llamó osito la última vez. No voy a perderla. No así.
El almacén 17 está en el extremo más oscuro del puerto, un edificio de hormigón desconchado con las ventanas rotas y una puerta de metal oxidada. Dejo el coche a cien metros y avanzo a pie, pegado a las sombras. La luna está oculta, y solo el parpadeo de una farola lejana ilumina el camino.
La puerta está entreabierta. Empujo con cuidado y entro.
El interior huele a humedad, a gasolina y a pescado podrido.
Las lámparas de emergencia parpadean, y las cajas de madera se apilan en columnas inestables.
Al fondo, veo a Gia. Está atada a una silla, con las muñecas y los tobillos sujetos con bridas de plástico.
Tiene un moretón en la mejilla y sangre seca en el labio.
Pero está viva. Y sus ojos, cuando me ve, se abren con una mezcla de alivio y terror.
—Te dije que no vinieras —murmura.
—Y yo te dije que no me dejaras. —Me acerco, con las manos en los bolsillos, fingiendo una calma que no siento—. ¿Estás bien?
—Perfectamente. Esto es un spa. ¿No lo ves?
—No es momento de bromas, Gia.
—Pues no es momento de heroísmos, Mateo. —Sus ojos me advierten—. Son dos. Uno a tu izquierda, detrás de las cajas. El otro a tu derecha, junto a la puerta trasera.
—Lo sé.
—¿Y has venido solo?
—Como me pediste.
—Te pedí que no vinieras.
—No podía dejarte aquí.
Los dos matones salen de las sombras. El de la izquierda es un tipo corpulento, con una navaja en la mano y una sonrisa de tiburón. El de la derecha es más pequeño, más rápido, con una pistola apuntándome al pecho.
—Vaya, vaya. El osito gruñón ha venido a rescatar a su princesa. —El de la navaja se ríe—. Qué bonito.
—Suéltala. —Mi voz es fría, controlada—. Y puede que te deje vivir.
—¿Vivir? —El matón se ríe más fuerte—. Eres tú el que está en desventaja, imbécil. Sin armas, sin refuerzos, sin nada.
—No necesito armas. —Me encojo de hombros—. Pero si quieres, te lo demuestro.
El de la pistola dispara. La bala silba junto a mi oreja y se incrusta en una caja de madera. Ni me inmuto.
—Eso ha sido un aviso —dice el tipo—. El siguiente va a tu pierna.
—Pues no falles. —Le sostengo la mirada—. Porque si fallas, no tendrás otra oportunidad.
El tipo aprieta el gatillo. Me lanzo a un lado, rodando por el suelo, y la bala se estrella contra el suelo de cemento.
Antes de que pueda disparar otra vez, estoy sobre él.
Le agarro la muñeca y se la retuerzo hasta que la pistola cae.
Un rodillazo en la entrepierna lo dobla.
Un codazo en la nuca lo manda al suelo. El de la navaja viene hacia mí, pero lo recibo con una patada en el pecho que lo estrella contra las cajas.
La navaja sale volando, y el tipo cae desmayado.
Me giro hacia Gia. Está en la silla, con las bridas rotas y un trozo de plástico en la mano. Me mira con una sonrisa torcida.
—Ya te dije que eran dos.
—¿Y cómo te has soltado? —pregunto, sin entender.
—No me he soltado. He tenido suerte. —Se encoge de hombros—. Las bridas estaban mal puestas.
—No me mientas, Gia. —Me acerco, el pecho agitado—. ¿Cómo has hecho eso?
—¿El qué?
—Reducir a dos hombres armados.
—No los reduje. Tropecé y ellos se cayeron.
—Gia, no me mientas.
—No te miento. Solo tengo mucha suerte.
La miro fijamente. Sé que miente. Sé que hay algo que no me cuenta. Pero no tengo tiempo para interrogarla. Los matones pueden despertar, y el jefe que los envió puede estar cerca. La cojo del brazo y la llevo hacia la salida.
—Vamos. Hablaremos en el coche.
—¿Me vas a regañar?
—Voy a darte una paliza. —La ayudo a subir al Porsche—. Pero primero, vamos a casa.
El trayecto de vuelta es un silencio tenso. Gia mira por la ventanilla, los brazos cruzados, el moretón de la mejilla cada vez más visible. No dice nada. Yo tampoco. Pero las preguntas me queman la lengua.
—¿Quién te ha secuestrado? —pregunto al fin.
—No lo sé. Dos tipos con máscara. Me metieron en una furgoneta y me llevaron al almacén.
—¿Te dijeron algo?
—Nada. Solo que no gritara. —Se gira hacia mí—. Y que me callara. Pero ya sabes que no soy buena obedeciendo.
—Eso ya lo he notado.
—Pues no lo notes tanto.
—Gia. —La miro un instante—. Esto es serio. Podrían haberte matado.
—Lo sé. —Su voz se suaviza—. Por eso me alegro de que vinieras.
—No podía dejarte.
—Lo sé. —Sonríe, una sonrisa pequeña—. Eres mi osito gruñón.
—No soy tu osito.
—Claro que sí. Lo eres desde que me mediste y me pesaste.
—Eso fue por el plan de entrenamiento.
—Sí, claro. —Se ríe—. Como lo de la cinta de correr. Y lo de la cuerda. Y lo de las pesas de cinco kilos.
—¿Qué pasa con las pesas?
—Nada. Que me encantaba ver tu cara cuando fingía que me costaban. —Me guiña un ojo—. Eres muy tierno cuando te enfadas.
—No soy tierno.
—Lo eres. Y no puedes evitarlo.
Me río a pesar de todo. Esta chica me saca de quicio, pero también me hace reír. Y eso, en un mundo lleno de traiciones, vale más que cualquier alianza.
—¿Quién crees que los envió? —pregunto, volviendo a la seriedad.
—No lo sé. —Gia aparta la vista—. Pero me lo imagino.
—¿Bianca?
—No tengo pruebas.
—¿Y si las tuviéramos?
—Entonces las usaríamos. —Me mira—. Pero no hay cámaras en ese almacén. Y los matones no hablarán.
—¿Y si hablaran?
—No lo harán. —Su voz es fría, demasiado fría—. Los cobardes no delatan a sus jefes. Los cobardes mueren.
—¿Y tú qué eres? ¿Valiente o cobarde?
—Soy una superviviente. —Me sostiene la mirada—. Y hago lo que haga falta para vivir.
—Incluso mentirme.
—Incluso mentirte. —No pestañea—. Si es necesario.
El coche se detiene frente a la mansión. Las luces del vestíbulo están encendidas, y veo a Liam y a Dorian en la puerta, esperándonos. Gia se baja sin esperarme, y yo la sigo, con el corazón más pesado que nunca.
Esa noche, Gia se encierra en su habitación. No responde a mis llamadas. No responde a mis mensajes. Y cuando subo a comprobar si está bien, la encuentro sentada en el alféizar, con el móvil en la mano y una expresión que no me gusta.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Nada. —Oculta el móvil bajo el muslo—. ¿Qué quieres?
—Saber si estás bien.
—Estoy bien. —Me mira, y sus ojos son dos pozos oscuros—. Pero necesito que me creas, Mateo. Porque si no me crees ahora, no podrás creerme después.
—¿Después de qué?
—De lo que voy a hacer. —Se levanta, acercándose a mí—. Y no podrás detenerme.
—Gia...
—Buenas noches, osito. Que duermas bien.
Cierra la puerta. Me quedo en el pasillo, con la certeza de que algo se avecina. Algo grande. Algo que va a cambiarlo todo.
Y por primera vez, tengo miedo. No de Bianca. No de los matones. Sino de la mujer que amo y que no conozco.