CAPÍTULO 15 LA AMIGA HACKER
GIA
El gimnasio de Sofía huele a café frío, a cuero y a cables quemados. Las luces del techo parpadean ligeramente, y las paredes de hormigón están cubiertas de mapas, fotografías y recortes de periódico. No es un gimnasio normal. Es un centro de operaciones. El cuartel general de las Justicieras.
Sofía está encorvada sobre su portátil, con los dedos volando sobre el teclado y los ojos clavados en la pantalla.
Lleva puestas unas gafas de pasta que le dan un aire de bibliotecaria loca, y de vez en cuando suelta un murmullo en ruso o en francés, dependiendo del programa que esté descifrando.
Llevo horas viéndola trabajar, tumbada en el sofá de cuero, con un paquete de galletas en el regazo y la cabeza a punto de estallar.
—¿Has encontrado algo? —le pregunto, por tercera vez.
—Paciencia, italianita. Las cosas buenas tardan.
—No tengo paciencia.
—Lo sé. Por eso me desesperas. —Sofía me lanza una mirada de reojo—. Pero lo estoy intentando. Tu rubia es más lista de lo que parece.
—Es una serpiente.
—Las serpientes también son listas. —Teclea algo más y se reclina en su silla—. Ya está. He hackeado su móvil. Y su portátil. Y su tableta. Y la cámara de su habitación.
—¿Tienes cámaras en su habitación?
—Tengo cámaras en todas las habitaciones de la mansión. Incluida la tuya. —Sofía me guiña un ojo—. No me mires así. Es por seguridad.
—Es por cotilla.
—Es por seguridad y por cotilla. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Me incorporo en el sofá y me acerco a su mesa.
La pantalla muestra una ventana con la bandeja de entrada de Bianca, llena de correos cifrados.
Hay nombres, fechas, direcciones. Y un archivo adjunto que hace que se me hiele la sangre: un plano de la mansión Cross, con las habitaciones marcadas en rojo.
—¿Qué es eso? —pregunto, la voz tensa.
—Es el plan de Bianca. —Sofía amplía la imagen—. Ha marcado las habitaciones de todos los que viven en la mansión. Dorian, Aria, Liam, Isa, Enzo, Valentina. Y tú.
—¿Y Mateo?
—No. Mateo no está marcado. —Sofía me mira—. Supongo que quiere mantenerlo vivo. O matarlo el último. Depende de lo retorcida que esté.
—Mierda. —Me paso una mano por el pelo—. ¿Cuándo lo ha hecho?
—Anoche. Mientras dormías. —Sofía abre otro archivo—. Mira esto. Es un mensaje a un número desconocido: «Quiero que los vigiles. Uno a uno. Y cuando yo diga, los eliminas.» Está contratando a un sicario.
—¿A un sicario? ¿Para matar a todos?
—Eso parece. —Sofía se cruza de brazos—. Es una psicópata. No quiere solo a Mateo. Quiere borrar a toda la familia Cross y quedarse con el Sindicato.
—Eso es una locura.
—Las locas no piensan. Actúan. Y Bianca está actuando.
Me quedo en silencio, procesando. Bianca no solo me odia a mí. Odia a todos. Y planea eliminarlos, uno a uno, hasta quedarse con el poder. Mateo es solo una pieza. Una pieza que, tarde o temprano, también caerá.
—Sofía, necesito tu ayuda. —Me giro hacia ella, la mandíbula apretada.
—¿Qué ha hecho ahora la rubia?
—Se ha cortado el brazo y me ha culpado a mí.
—Típico de una loca que está fuera del psiquiátrico. ¿Quieres que le hackee el móvil?
—Ya lo has hecho.
—Cierto. —Sofía sonríe—. Entonces, ¿quieres que le borre las cuentas? ¿Que le publique los correos? ¿Que le envíe un troyano y le fría el portátil?
—Quiero que me ayudes a detenerla. Sin que nadie lo sepa.
—¿Sin que nadie lo sepa? —Sofía arquea una ceja—. Eso es más difícil. Pero también más divertido.
—No es divertido, Sofía. Es justicia. —Me siento frente a ella, las manos entrelazadas—. Bianca está jugando con todos. Si decimos algo, parecerá una venganza. Si no decimos nada, seguirá matando. Necesitamos pruebas irrefutables.
—¿Y qué hacemos con Mateo? ¿Se lo decimos?
—No. —Mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Mateo no puede saberlo. No todavía.
—¿Por qué no? Él podría ayudarnos.
—No confía en mí. Y si le contamos lo de Bianca, pensará que lo estoy manipulando. —Aparto la vista—. Ya no sé quién está de mi lado.
—Yo estoy de tu lado. —Sofía me agarra la mano—. Siempre. Desde que nos conocimos en Nápoles.
—Lo sé. Por eso te quiero.
—Y yo a ti, italianita loca. —Me aprieta la mano—. Ahora, deja de lloriquear y ayúdame a descifrar estos correos. Hay un montón de mierda que no entiendo.
—¿Qué pasa con tu portátil?
—Se ha quedado sin batería. Y no tengo cargador. —Se encoge de hombros—. Me lo dejé en el coche.
—Eres un desastre.
—Soy hacker. Es lo mismo.
Me río. Es la primera risa sincera en días. Sofía se une, y por un instante, todo parece menos oscuro.
Pasamos la noche en vela. Sofía descifra los correos de Bianca, y yo los leo por encima de su hombro. La mayoría son tonterías: reservas en restaurantes, facturas de ropa, mensajes a su padre. Pero entre tanta paja, encontramos tres mensajes que me hielan la sangre.
El primero es de un tal «Cobra»: «El paquete está listo. ¿Cuándo quieres que haga la entrega?» Bianca responde: «Esta semana. Quiero que sea rápido y limpio. Sin testigos.»
El segundo es de un abogado: «La fundación está lista. Solo falta tu firma.» Bianca responde: «La tendrás pronto. Y recuerda: si algo sale mal, no me conoces.»
El tercero es un audio de voz. Sofía lo reproduce, y la voz de Bianca llena el gimnasio: «Quiero que vigiles a la italiana. Cada movimiento. Cada llamada. Cada visita. Y si se acerca a Mateo, me lo dices. Pase lo que pase, no puede ganar.»
Sofía pausa el audio y me mira.
—Está obsesionada contigo.
—Está obsesionada con Mateo.
—Es lo mismo. —Sofía se reclina en su silla—. Quiere eliminarte, Gia. Y no se va a detener.
—Lo sé. Por eso vamos a tenderle una trampa.
—¿Qué clase de trampa?
—Una que la haga caer delante de todos. Sin testigos, sin pruebas, sin escapatoria. —Me inclino hacia delante, los codos en la mesa—. Necesito que piratees el teléfono de Mateo. Quiero saber si Bianca le ha estado enviando mensajes.
—Eso es invasión de privacidad.
—Sofía, estamos en una guerra.
—Lo sé. Y me encanta. —Sofía teclea algo—. Dame cinco minutos.
Mientras trabaja, preparo café. El gimnasio está en silencio, salvo por el zumbido del portátil y el tictac de un reloj de pared.
Me siento en el sofá, la taza caliente entre las manos, y pienso en Mateo.
En su mandíbula tensa. En sus labios. En la forma en que me abrazó la última noche.
Y me pregunto si alguna vez volveré a sentirme a salvo en sus brazos.
—Ya está. —Sofía interrumpe mis pensamientos—. He accedido a su WhatsApp. Y tengo noticias.
—¿Buenas o malas?
—Depende. —Sofía gira el portátil hacia mí—. Mira esto.
La pantalla muestra una conversación entre Mateo y Bianca.
Son mensajes fríos, breves, sin rastro de cariño.
Pero hay uno que me llama la atención: «¿Por qué no me has contado lo de la italiana?
Me he enterado por otros.» Mateo responde: «No hay nada que contar.
» Bianca insiste: «Eso no es lo que parece.
Ayer te vi entrar en su habitación. ¿Vas a negarlo?
» Mateo: «No entré en su habitación. Fue al gimnasio.
» Bianca: «Mentiroso. Te vi con mis propios ojos.
» Mateo: «Pues mira mejor. Porque no voy a discutir contigo. »
Sofía cierra el portátil.
—Tu osito te está protegiendo.
—No. Me está encubriendo. Es diferente.
—¿Y eso no es protección?
—No. Es miedo. Miedo a que Bianca se entere. Miedo a que su padre le pida cuentas. Miedo a que todo se derrumbe. —Bebo un sorbo de café—. Mateo no es un héroe. Es un hombre atrapado.
—¿Y tú? ¿Qué eres?
—Soy la que va a sacarlo de esa trampa. Aunque tenga que arrastrarlo.
—Eso es muy poético.
—Lo sé. Se me está pegando.
—¿De quién? ¿De Mateo?
—De ti. —Sofía se ríe—. Y de todas las películas de mafiosos que me obligas a ver.
—No te obligo. Te invito.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Las invitaciones son opcionales. Las obligaciones no.
—Pues entonces me invitaste.
—Te invité. Y aceptaste.
—Porque había palomitas.
—Las palomitas siempre ayudan.
Nos reímos. Es un momento pequeño, casi íntimo, que me recuerda por qué Sofía es mi mejor amiga. No juzga. No pregunta. Solo está. Y en un mundo lleno de traidores, eso vale más que el oro.
Al amanecer, tenemos un plan. Sofía ha pirateado las cámaras de seguridad de la mansión, ha descifrado los correos de Bianca y ha encontrado el número del sicario. No lo conocemos, pero sabemos cómo contactarlo: a través de una cuenta cifrada en la deep web, con un nombre en clave: «Cobra».
—Voy a tenderle una trampa —digo, mientras me ato los cordones de las zapatillas—. Voy a volver a la mansión, a fingir que no sé nada, y a esperar a que Bianca cometa un error.
—¿Y si no lo comete?
—Entonces lo provocaré. —Sonrío, la sonrisa de la asesina—. Sé ser muy provocadora.
—Lo sé. Te he visto con Mateo.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta. —Sofía me guiña un ojo—. Tienes un don, italianita. Convierte el caos en arte.
—Gracias, creo.
—No es un cumplido. Es una constatación. —Sofía cierra su portátil y me tiende un móvil nuevo—. Toma. Es seguro. Si necesitas contactarme, usa este. Y no se lo digas a nadie.
—¿Y Mateo?
—Sobre todo a Mateo. —Sofía me mira fijamente—. No puedo protegerte si él se entera. No confíes en él, Gia. Todavía.
—¿Y si quiero confiar?
—Pues confía cuando esto termine. Cuando Bianca esté entre rejas o en el fondo del mar. Entonces, si quieres, le cuentas la verdad. Pero ahora no. Ahora es demasiado peligroso.
—Lo sé. —Me guardo el móvil en el bolsillo—. Gracias, Sofía. Por todo.
—No me las des. —Sofía me abraza, un abrazo breve pero intenso—. Solo vuelve entera. Y de paso, dale un par de hostias a esa rubia de mi parte.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Salgo del gimnasio con el corazón pesado y la mente clara. Voy a volver a la mansión. Voy a fingir que no sé nada. Y voy a ver a Bianca caer, lenta y dolorosamente.
Eres una asesina, Gia. Y las asesinas no se rinden. Las asesinas ganan.
Cuando llego a la mansión, la puerta principal está abierta. Entro sin hacer ruido. Y lo primero que veo es a Mateo, en el vestíbulo, con el teléfono en la mano y una expresión que no presagia nada bueno.
—¿Dónde has estado? —me pregunta, la voz grave.
—Fuera. Entrenando.
—¿Con quién?
—Con nadie. Sola.
—Mientes.
—No miento.
—Sí. —Da un paso hacia mí—. He encontrado esto en tu habitación. —Me tiende un papel arrugado. Es una nota de Bianca: «Gia es una asesina. Lo sé. Y pronto lo sabrás tú.»
—No es mía.
—No. Es de Bianca. —Mateo me mira, los ojos encendidos—. Pero habla de ti. Y de lo que estás escondiendo.
—No escondo nada.
—Pues explícame por qué hay un cuchillo bajo tu almohada.
—¿Un cuchillo? —Parpadeo—. No he puesto ningún cuchillo bajo mi almohada.
—Pues alguien lo ha hecho. —Mateo cruza los brazos—. Y no voy a creer que fue Bianca.
—Pues deberías. Porque esa zorra está intentando incriminarme. Y tú se lo estás poniendo en bandeja.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque quiere destruirme. Y a ti contigo. —Me acerco, sin miedo—. ¿No lo ves, Mateo? Bianca no quiere casarse contigo. Quiere matarte. A ti, a Dorian, a Aria, a todos. Y yo soy la única que se ha dado cuenta.
Mateo se queda inmóvil. Sus ojos me escrutan, buscando la mentira. Pero no la encuentra. Porque no la hay.
—¿Y por qué no me lo has contado antes?
—Porque no me habrías creído. Como no me crees ahora. —Le sostengo la mirada—. Pero me da igual. Porque pienso demostrarlo. Con o sin tu ayuda.
—Gia...
—No. —Lo interrumpo, la voz fría—. No quiero oír tus disculpas. Ni tus dudas. Solo quiero que sepas una cosa: voy a desenmascarar a Bianca. Y cuando lo haga, quiero que te tragues cada palabra que me has dicho.
Me giro y subo las escaleras, dejándolo plantado en el vestíbulo. El corazón me late con fuerza, y las lágrimas me pican en los ojos, pero no me detengo.
Esto acaba de empezar, osito. Y no pienso perder.