CAPÍTULO 14 EL ODIO DE VAL
GIA
La mañana después de la discusión con Mateo, amanece gris.
Las nubes cuelgan bajas sobre los torreones de la mansión, y la luz que entra por mi ventana es pálida, mortecina, como si el sol tampoco quisiera verme.
Me quedo sentada en el borde de la cama, con la mochila a mis pies y el corazón en un puño.
No he dormido. He pasado la noche repasando cada palabra, cada gesto, cada mirada de desprecio. Y he llegado a una conclusión: no puedo quedarme aquí. No mientras todos me crean culpable. No mientras Valentina me mire como a una extraña. No mientras Mateo me bese de noche y me interrogue de día.
Necesito aire. Necesito entrenar. Necesito recordar quién soy.
Eres Gia Russo. Asesina. Justiciera. Y no has venido a esta casa para que te destruyan.
Me levanto y me visto con el chándal de entrenamiento. La mochila está lista, con lo esencial: ropa, dinero falso, un cuchillo escondido en el forro, y un teléfono de prepago que Sofía me dio hace meses. Lo cojo todo y salgo al pasillo.
Valentina me espera en la escalera. Lleva una taza de café en la mano y una expresión que no me presagia nada bueno. Me ve con la mochila y arquea una ceja.
—¿Te vas? —me pregunta, la voz afilada.
—Sí.
—¿Y adónde?
—A entrenar. A aclarar la cabeza. A lo que sea. —Ajusto la mochila en mi hombro—. Ya no soporto esta casa.
—Pues no vuelvas. —Valentina da un sorbo a su café, sin dejar de mirarme—. Esta casa no necesita más problemas.
—¿Problemas? —Me detengo en seco—. ¿Eso soy para ti? ¿Un problema?
—Siempre fuiste un problema, Gia. —Valentina baja la taza, los labios tensos—. Tendrías que haberte quedado en Nápoles.
—Gracias, Val. Necesitaba oír eso.
—No lo decía en serio.
—Lo decías. Y duele.
—Pues acostúmbrate. Porque aquí nadie te va a defender. —Da un paso hacia mí, los ojos encendidos—. Bianca es más de fiar que tú. Y eso dice mucho.
—Dice que me odias.
—No. Dice que no te conozco. —Su voz se quiebra un instante—. Y eso es peor.
Se hace un silencio espeso. Las dos nos miramos, separadas por la escalera y por todo lo que no nos hemos dicho nunca.
Quiero abrazarla. Quiero gritarle. Quiero que me crea.
Pero no puedo. Porque si le digo la verdad, si le confieso quién soy, la perderé para siempre. Y prefiero su odio a su lástima.
—Adiós, Val —digo al fin, la voz ronca.
—Adiós, Gia.
Me doy media vuelta y bajo las escaleras. Cada paso me aleja de ella, de Mateo, de la única familia que me queda. Las lágrimas me pican en los ojos, pero no me permito llorar. No delante de ella. No delante de nadie.
Sigue caminando, Gia. No mires atrás. No les des la satisfacción.
El vestíbulo está vacío. Las arañas de cristal brillan en lo alto, y el mármol negro refleja mi silueta como un fantasma. Empujo la puerta principal y el aire frío me golpea la cara. Huele a hierba mojada, a tierra, a libertad.
Sofía me espera en el camino de grava, apoyada contra una camioneta negra. Es una chica menuda, de pelo corto y ojos inquietos, con un portátil bajo el brazo y una sonrisa torcida.
—Te has retrasado —me dice.
—He tenido una despedida.
—¿Con el osito gruñón?
—Con mi hermana. —Abro la puerta del copiloto—. Vámonos.
—¿Y Mateo?
—No quiero hablar de él.
—Claro que no. —Sofía se encoge de hombros y arranca el motor—. Pero ten cuidado. Ese hombre está obsesionado contigo.
—No me importa.
—Mentira. Te importa todo de él. —Sofía me lanza una mirada de reojo—. Lo veo en tu cara.
—Pues deja de verme.
—Imposible. Soy hacker. Lo veo todo.
La camioneta se aleja por el camino. Miro por el espejo retrovisor y veo la mansión encogerse, con sus torreones y sus secretos. Por un instante, me arrepiento. Por un instante, quiero volver. Pero luego recuerdo la cara de Valentina, el silencio de Mateo, la sonrisa de Bianca, y aprieto los puños.
No. No voy a volver. Voy a entrenar. Voy a prepararme. Y cuando vuelva, les demostraré quién soy. No la torpe italiana. La asesina. La justiciera. La que no se rinde.
El gimnasio está en un sótano del centro, oculto tras una puerta de acero que solo se abre con un código que Sofía teclea sin mirar.
Dentro, el aire huele a sudor, a cuero y a metal.
Las paredes están cubiertas de espejos, y el suelo de tatami está salpicado de manchas oscuras.
Hay sacos de boxeo, pesas, cuerdas, y una jaula octagonal en el centro. El paraíso.
—Bienvenida a mi humilde morada —dice Sofía, encendiendo las luces—. Aquí entrenamos las chicas del gremio.
—¿El gremio?
—Las Justicieras. —Sofía se deja caer en un sofá de cuero—. Nos llamamos así porque hacemos justicia por nuestra cuenta. Ya sabes, matar a los malos, salvar a los inocentes, cobrar en efectivo.
—¿Y quiénes son?
—Furia, Sombra, Medusa. Ahora mismo están en una misión en Viena. Volverán mañana.
—No las conozco.
—Te van a encantar. Son letales. Y muy ruidosas. —Sofía sonríe—. Sobre todo Furia. Es como tú, pero con más cuchillos.
—No sabía que tenías un gremio.
—Lo tengo. Y tú también. —Sofía se inclina hacia delante—. Por eso estás aquí, Gia. Porque eres una de nosotras. Y porque esa rubia de mierda no se va a rendir hasta verte muerta. Necesitas entrenar. Y yo necesito a mi mejor amiga de vuelta.
—No he venido a quedarme.
—Lo sé. Has venido a desahogarte. —Sofía me lanza un par de guantes—. Pues ponte. Te voy a dar una paliza.
—Tú no puedes darme una paliza.
—No. Pero el saco sí.
Me río. Es la primera vez en días que me río de verdad. Me pongo los guantes y me acerco al saco. La piel cruje bajo mis nudillos, y el ritmo me devuelve a la vida. Jab, cross, gancho. Jab, cross, rodilla. Sofía me observa desde el sofá, con su portátil abierto y una sonrisa aprobatoria.
—Eres una máquina —dice.
—Lo sé.
—Y una cabezota.
—También.
—Y una masoca. Porque sigues enamorada de un hombre que no te cree.
—No estoy enamorada.
—Mientes.
—No miento. Estoy... confundida.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—En tu mundo, sí. —Sofía teclea algo en su portátil—. Por cierto, he pirateado las cámaras de la mansión. Tu osito está en tu habitación, mirando la cama vacía. Parece un perro perdido.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada. Solo informarte. —Sofía me guiña un ojo—. Para que sepas que le importas. Aunque no lo demuestre.
—No quiero que me importe.
—Pues deja de mirar el móvil cada diez segundos.
—No lo miro.
—Lo miras. —Sofía se levanta y se acerca—. Gia, escúchame. Ese hombre es un osito gruñón, pero es tu osito. Y si no luchas por él, Bianca ganará. ¿Eso es lo que quieres?
—No.
—Pues entrena. Y cuando estés lista, vuelve. Y dale una paliza a esa rubia.
—Eso suena a plan.
—Es un plan. —Sofía me da una palmada en el hombro—. Ahora, suda.
Esa noche, después de horas de entrenamiento, recibo un mensaje de Mateo: «Sé que estás con Sofía. Vuelve. Por favor.»
No respondo. No puedo. Porque si lo hago, me derrumbo. Y necesito estar entera para lo que viene.
Mañana, Mateo. Mañana volveré. Y te prometo que no me iré sin luchar.
Apago el móvil y me tumbo en el sofá del gimnasio, con los puños aún vendados y la certeza de que la guerra acaba de empezar