Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 13 LA DISCUSIÓN
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CAPÍTULO 13 LA DISCUSIÓN

MATEO

El gimnasio está en silencio, salvo por el golpeteo de mis nudillos contra el saco.

Llevo una hora dándole, sudando, intentando no pensar en Gia, en Bianca, en el maldito cuchillo.

Pero es inútil. Cada golpe me devuelve su cara.

Cada respiración me recuerda su olor. Cada minuto que pasa, la duda crece.

No sé qué creer. No sé a quién creer. Bianca jura que Gia la atacó.

Gia jura que Bianca se cortó sola. Y yo, que he visto cosas terribles, que he matado, que he torturado, no soy capaz de distinguir la verdad de la mentira.

Porque ninguna de las dos me dice toda la verdad.

Porque ninguna confía en mí. Porque yo, en el fondo, tampoco confío en ellas.

La puerta se abre. Gia entra. Lleva el pelo suelto, la mirada encendida, y una energía que no presagia nada bueno. Se detiene a tres metros, con los puños cerrados, y me fulmina.

—¿Quieres hablar? —me espeta.

—Sí.

—Pues habla. —Se cruza de brazos—. Llevas días mirándome como si fuera una criminal. Como si no hubieras sido tú quien me besó. Quien me folló. Quien me dijo que no podía dejar de pensar en mí.

—No son cosas que se olviden, Gia.

—Pues no lo parecen. —Da un paso hacia mí—. Ahora me tratas como a una extraña. Como a una amenaza. Y no haces nada por defenderme.

—No puedo defenderte si no me dices la verdad.

—¿Qué verdad, Mateo? ¿La que tú quieres oír? ¿La que encaja con tu retorcida idea de lealtad? —Su voz se quiebra, pero no llora—. Ya te dije que no la empujé. Ya te dije que no la corté. ¿Qué más quieres? ¿Que me arrodille y te suplique?

—No.

—¿Entonces qué? —Se planta frente a mí, tan cerca que puedo oler su perfume—. ¿Quieres que te diga que soy una puta? ¿Que he venido a destruir tu compromiso? ¿Que me encanta que todos me odien? Pues no. No soy ninguna de esas cosas.

—¿Y qué eres?

—Soy una mujer que está harta. Harta de que me señales. Harta de que tu prometida me acuse sin pruebas. Harta de que nadie en esta maldita casa me crea. —Me empuja el pecho con las dos manos, y retrocedo un paso—. ¿De verdad crees que yo haría algo así? ¿Después de todo lo que me has enseñado?

—No sé qué creer.

—Pues cuando lo sepas, búscame. Si es que todavía quieres.

Se da media vuelta y camina hacia la puerta. Mi mano se cierra alrededor de su muñeca antes de que pueda irse.

—Gia, espera.

—No. —Se zafa de un tirón, sin girarse—. Ya me has hecho bastante daño.

—No es mi intención.

—Pues lo es. —Ahora sí se gira, los ojos brillantes—. Cada vez que dudas, cada vez que callas, cada vez que me dejas sola, me haces daño. Y no puedo soportarlo más.

—Lo siento.

—No lo sientes. —Niega con la cabeza—. Si lo sintieras, habrías hecho algo. Habrías alzado la voz. Habrías puesto a Bianca en su sitio. Pero no. Te quedaste quieto, con tu maldita mandíbula apretada, mientras todos me despedazaban.

—Tenía que ser imparcial.

—¿Imparcial? —Se ríe, una risa sin humor—. Esto no es un juicio, Mateo. Es mi vida. Y tú elegiste no defenderla.

—No sabía qué hacer.

—Pues lo sabes ahora. —Da un paso atrás, hacia la puerta—. Cuando quieras, búscame. Pero no esperes que te reciba con los brazos abiertos.

—Gia...

—Buenas noches, osito. Que duermas bien.

Sale. La puerta se cierra con un golpe seco, y yo me quedo solo, con el pecho oprimido y la certeza de que la he cagado. No debería haberla dejado marchar. No debería haber dudado. Pero ya es tarde.

Después de la discusión, busco refugio en la cocina. Mercedes está allí, amasando una masa de pan con movimientos precisos y silenciosos. Me ve entrar y arquea una ceja.

—Tienes cara de funeral, niño.

—He tenido un mal día.

—Pues siéntate. El pan caliente cura las penas.

—No es pan lo que necesito.

—¿Y qué necesitas? —Mercedes me sirve un vaso de leche fría sin esperar a que responda—. Porque por lo que veo, no necesitas comida. Necesitas aclararte.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. —Se limpia las manos en el delantal y se sienta frente a mí—. He oído lo del cuchillo. Y lo de las escaleras. Y lo de la discusión. Esta casa es un nido de cotillas.

—¿Tú qué crees, Mercedes?

—Yo creo que Bianca es una arpía. —Baja la voz—. Y que Gia no es santa. Pero entre una arpía y una mentirosa, prefiero a la mentirosa que me hace reír.

—No me sirve de ayuda.

—No pretendía ayudarte. Pretendía darte de comer. —Me empuja un bollo recién hecho—. Come. Y piensa. Porque esa chica, Gia, no va a esperar eternamente.

—¿Y si me equivoco?

—Pues te equivocas. Pero al menos habrás elegido. —Mercedes se levanta y vuelve a la masa—. Los hombres como tú, que nunca eligen, acaban solos. Y no me refiero a la cama.

Me termino la leche y el bollo en silencio.

Las palabras de Mercedes me martillean. «Los hombres como tú, que nunca eligen, acaban solos.

» Llevo años evitando elegir. Entre mi padre y Dorian.

Entre el Sindicato y mi código. Entre Bianca y Gia.

Y ahora, por primera vez, me doy cuenta de que no elegir también es una elección. La peor.

Subo a su habitación sin saber qué voy a decir. Llamo a la puerta. Tres golpes. Nada.

—Gia, soy yo. Abre.

Silencio.

—Por favor. Necesito hablar contigo.

Nada.

Apoyo la frente en la madera y cierro los ojos. Sé que está ahí. Sé que me oye. Y sé que no quiere verme.

—Sé que estás enfadada —digo, la voz más baja—. Y tienes derecho. He sido un idiota. He dudado de ti cuando debía haberte creído. Y no sé si podrás perdonarme. Pero no quiero que te vayas. No quiero perderte.

El pestillo se descorre. Gia abre la puerta, con los ojos enrojecidos y la mandíbula tensa.

—¿Y por qué no quieres perderme? —me pregunta.

—Porque me importas.

—¿Cuánto?

—Más de lo que debería. —Le sostengo la mirada—. Más de lo que puedo controlar. Más de lo que Bianca podrá quitarme jamás.

—Eso no es una disculpa.

—No. Es una declaración. —Me acerco, sin tocarla—. No sé quién eres, Gia. No sé qué escondes. Y me aterra. Pero también me aterra la idea de no volver a verte. Y no sé cuál de los dos miedos es peor.

—Pues vívelo. —Su voz es un susurro—. Porque yo también tengo miedo. Miedo de que me rompas. De que me uses. De que un día despiertes y me veas como a una extraña.

—Nunca serás una extraña.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco. —Le tomo la cara con las dos manos—. Conozco tu risa, tu olor, la forma en que me llamas osito cuando estás enfadada. Conozco la manera en que aprietas los puños cuando quieres llorar. Y conozco el sonido de tu corazón cuando te beso. Eso no se olvida.

—Eso es muy poético.

—Lo sé. Se me está pegando.

—¿De quién? ¿De Liam?

—De ti. Siempre de ti.

La beso. Es un beso suave, sin urgencia, que busca perdón y lo encuentra. Sus labios saben a lágrimas y a pan caliente, y sus dedos se enredan en mi pelo. No hay prisa. Solo hay dos personas rotas que intentan no romperse más.

—No me mientas —murmura contra mis labios.

—No te miento.

—No me dejes.

—No te dejo.

—No me juzgues.

—No te juzgo.

—Pues demuéstralo. —Se aparta lo justo para mirarme—. Demuestra que esto no es solo sexo. Que no soy solo una distracción.

—¿Y cómo lo hago?

—No lo sé. Sorpréndeme. —Sonríe, y esa sonrisa me parte el alma—. Eres un luchador. Resuelve el enigma.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque me gusta. Y porque es verdad.

La abrazo. Y por un instante, el mundo se reduce a su calor, a su olor, a la certeza de que no quiero soltarla.

A la mañana siguiente, Bianca me espera en el vestíbulo, con una carpeta en la mano y una sonrisa de victoria.

—Buenos días, cariño. —Me tiende la carpeta—. Tengo algo que mostrarte.

—¿Qué es?

—Pruebas. De que tu preciosa Gia no es quien dice ser. —Sus ojos brillan—. Y de que, si no haces algo, te destruirá.

Abro la carpeta. Dentro hay fotografías. Gia entrenando de madrugada. Gia con los puños vendados. Gia hablando con un desconocido en el jardín. Y una nota manuscrita: «Investiga a la italiana. Es más de lo que aparenta.»

—¿De dónde has sacado esto? —pregunto, la voz tensa.

—De un amigo. —Bianca se encoge de hombros—. Los amigos sirven para eso.

—No tienes amigos. Tienes soplones.

—Es lo mismo.

—No. No es lo mismo. —Cierro la carpeta—. ¿Y qué pretendes? ¿Que la eche? ¿Que la denuncie?

—Pretendo que abras los ojos. Gia es peligrosa. Y si no la detienes, nos pondrá en peligro a todos.

—Eso no lo decides tú.

—No. Lo decides tú. —Me sostiene la mirada—. Y por lo que veo, ya estás eligiendo mal.

Se va. Me quedo con la carpeta en la mano, sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies. Las fotos son reales. La nota es real. Y Gia, la mujer a la que besé anoche, es mucho más de lo que jamás imaginé.

¿Quién eres, Gia? ¿Y por qué me da tanto miedo averiguarlo?