Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 12 EL SEGUNDO ATAQUE
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CAPÍTULO 12 EL SEGUNDO ATAQUE

GIA

El pasillo huele a velas apagadas y a vino derramado.

La cena terminó anoche sin que Bianca cumpliera su amenaza.

Demasiado público, supongo. Demasiados testigos.

Prefirió guardarse su "verdad" para un momento más íntimo.

Para un golpe más limpio. Y ahora, mientras camino hacia la cocina con el estómago vacío y la garganta seca, sé que ese momento ha llegado.

Por dentro, estoy en calma. Metódica. La asesina que llevo dentro ha contado cada salida, cada arma improvisada, cada rostro hostil. Fuera, soy una chica cansada que arrastra los pies y se frota los ojos como si acabara de despertar. Fingir es mi trabajo. Y hoy, el trabajo consiste en sobrevivir.

—¡Gia!

El grito de Bianca me detiene en seco. Me giro. Está en el umbral de su habitación, con el brazo izquierdo envuelto en una toalla blanca que se va tiñendo de rojo. Sangre. Mucha sangre. Y en la mano derecha, un cuchillo de cocina.

—¡Gia me atacó con un cuchillo! —grita, los ojos desorbitados—. ¡Intentó matarme!

—¿Yo? ¿Con un cuchillo? Si ni siquiera sé pelar una manzana.

—¡Mentirosa! ¡Todos vieron cómo me mirabas! ¡Todos saben que me odias!

Las puertas se abren. Pasos apresurados. Voces que preguntan. Valentina, Enzo, Liam, Dorian, Aria. Y Mateo. Siempre Mateo.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Dorian, con su voz de líder.

—¡Gia ha entrado en mi habitación! ¡Me ha cortado el brazo! —Bianca retira la toalla, mostrando un tajo superficial pero espectacular que le recorre el antebrazo—. ¡Quería matarme!

—No la he tocado. —Mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Se ha cortado ella sola.

—¡Mentirosa! —Bianca se echa a llorar, el cuchillo cayendo al suelo con un tintineo—. ¡Encontré esto en mi mesilla! ¡Es suyo! ¡Lo sé!

—No es mío. Nunca he tenido un cuchillo de cocina en mi habitación.

—¡Claro que lo tienes! ¡Todos sabemos que eres una asesina!

El silencio es absoluto. Las miradas convergen en mí, y sé, sin necesidad de mirarlas, que ninguna me cree. Valentina aprieta los labios. Enzo frunce el ceño. Liam desvía la vista. Y Mateo... Mateo me observa con una expresión que no logro descifrar.

—Gia, esto es grave —dice al fin, la voz grave—. Bianca podría presentar cargos.

—Que los presente. Y yo presentaré otros por difamación.

—No tienes pruebas.

—Y ella tampoco. —Le sostengo la mirada, sin pestañear—. Pero aquí estoy, siendo la culpable.

—No eres la culpable. —Valentina da un paso al frente, la mandíbula tensa—. Eres la sospechosa. Que es distinto.

—Para vosotros es lo mismo.

—No. —Valentina me mira, y por un instante veo algo parecido a la duda—. Pero no puedo ayudarte si no me dices la verdad.

—Ya te la he dicho. No fui yo.

—¿Y el cuchillo? —insiste Bianca, entre sollozos—. ¿Por qué está en mi habitación?

—Eso deberías saberlo tú. Es tu cuchillo. O el de la cocina. —Me encojo de hombros—. Yo no tengo acceso a la cocina. Mercedes me vigila como un halcón.

—Pues lo has robado.

—¿Y cómo? ¿Mientras dormías? —La miro fijamente—. Deja de montar el número, Bianca. Estás perdiendo credibilidad.

—¡No es un número! ¡Me has atacado! —Bianca se abalanza sobre mí, pero Mateo la detiene, sujetándola por la cintura—. ¡Suéltame! ¡Quiero que pague!

—Tranquila. —La voz de Mateo es un gruñido—. Vamos a llevar esto al despacho de Dorian. Allí hablaremos.

—No tengo nada que hablar. —Me cruzo de brazos—. Si vais a acusarme, hacedlo de una vez. Estoy cansada de este circo.

—No es un circo, Gia. —Dorian me mira, y su expresión es de puro agotamiento—. Es un incidente grave. Y hay que resolverlo.

—Pues resolvedlo sin mí. —Me giro hacia la escalera—. Me voy a mi habitación.

—No puedes irte. —Mateo me agarra del brazo, los dedos firmes—. No hasta que aclaremos esto.

—¿Aclararlo? —Le aparto la mano de un tirón—. No hay nada que aclarar. Bianca se corta el brazo, me culpa, y todos le creéis. Es el segundo acto de la misma obra. Y yo ya me sé el final.

—¿Qué final? —pregunta Valentina.

—Uno donde yo salgo perdiendo. Siempre salgo perdiendo.

Me alejo sin esperar respuesta. Las escaleras me llevan al piso superior, y la puerta de mi habitación se cierra con un golpe seco. Me tumbo en la cama y miro al techo, respirando hondo.

Mantén la calma, Gia. Esto es una partida de ajedrez. Y tú siempre has sido buena jugando con desventaja.

Saco el móvil y escribo a Sofía: «Bianca se ha cortado el brazo y me ha culpado. Necesito las grabaciones de su habitación. Todas. Desde las seis de la mañana.»

La respuesta llega al instante: «Hecho. Pero Gia... ten cuidado. Esa rubia está jugando sucio.»

Lo sé. Y yo también.

Dos horas después, me convocan al despacho de Dorian. La sala está llena: Dorian tras la mesa, Aria a su lado, Valentina y Enzo en el sofá, Liam apoyado contra la librería. Y Mateo. Siempre Mateo.

Bianca está sentada en una silla, con el brazo vendado por Enzo y una expresión de víctima consumada. Cuando entro, me dedica una mirada de odio puro que disimula con un sollozo.

—Siéntate, Gia. —Dorian señala una silla vacía frente a él.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras. —Dorian se reclina en su asiento—. Vamos a aclarar lo de esta mañana. Bianca dice que la atacaste con un cuchillo. ¿Es cierto?

—No.

—¿Y el cuchillo? ¿Sabes de dónde salió?

—No. No es mío. No lo he visto en mi vida.

—Mentirosa —murmura Bianca.

—Cállate. —La voz de Dorian es tan fría que hasta yo me estremezco—. Ahora habla Gia.

—No tengo nada más que decir. No fui yo. No tengo pruebas, pero tampoco motivos. Bianca me odia, y hará lo que sea para echarme de esta casa.

—¿Y por qué iba a odiarte?

—Porque Mateo me mira. Y a ella no. —Les dejo caer la verdad, desnuda y cruel—. Eso es todo. Celos. Pura envidia.

—¡Eso es absurdo! —estalla Bianca—. ¡Mateo es mi prometido! ¡No tengo celos de una zorra italiana!

—Pues deja de comportarte como una. —Le devuelvo la mirada—. Y deja de cortarte los brazos. Se te va a notar el maquillaje.

Bianca se levanta de la silla, los ojos inyectados en sangre. Por un instante, creo que va a abalanzarse sobre mí otra vez. Pero Mateo la detiene, agarrándola de la muñeca.

—Basta. —Su voz retumba en la sala—. Las dos.

—No he sido yo. —Me giro hacia él—. Y lo sabes.

—No sé nada. —Me suelta la mirada, y por un instante veo una chispa de duda—. Por eso estamos aquí.

—Pues yo ya he dicho mi versión. Ahora decide, Mateo. ¿Me crees a mí o a tu prometida?

El silencio es tan denso que duele. Todos me miran. Valentina, con el ceño fruncido. Enzo, con su cara de póquer. Liam, con una mueca de incomodidad. Y Mateo... Mateo con los puños apretados y la mandíbula tensa.

—No lo sé —dice al fin.

—Ya. —Asiento, los labios curvados en una sonrisa amarga—. Pues avísame cuando lo sepas.

Me giro y salgo del despacho. Nadie me detiene. Nadie dice mi nombre. Y eso duele más que cualquier acusación.

Me refugio en el jardín interior, junto a la fuente. El agua corre, imperturbable, y las buganvillas se mecen con una brisa que huele a tierra mojada. Me siento en el borde de piedra y entrelazo los dedos sobre las rodillas.

No llores. No llores. Las asesinas no lloran.

Pero las lágrimas pican, insistentes, y al final me rindo. No por Bianca. No por las acusaciones. Sino por Valentina, que no me ha defendido. Por Mateo, que no me ha creído. Por la soledad que me devora desde que puse un pie en esta maldita casa.

Eres fuerte, Gia. Eres una Russo. Las Russo no se rinden.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y respiro hondo.

Luego saco el móvil y abro la carpeta que Sofía me ha enviado: «Grabaciones_Bianca_Habitación».

Hay tres archivos. El primero muestra a Bianca cortándose el brazo con un cuchillo de cocina.

El segundo, el momento en que escondió el arma en su mesilla.

El tercero, la llamada telefónica en la que contrató a los matones del jardín.

Sonrío. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de la asesina que lleva dentro.

Puede que hoy ganen ellos. Pero mañana, Bianca, te voy a arrastrar por el suelo. Y no habrá cuchillo que te salve.

Guardo el móvil y me levanto. Al girarme, veo a Mateo en el umbral del jardín. Me observa en silencio, las manos en los bolsillos. No sé cuánto tiempo lleva ahí. No me importa.

—¿Has venido a disculparte? —le pregunto.

—No. He venido a ver si estás bien.

—Pues ya lo ves. —Abro los brazos—. Entera. Aunque un poco magullada por el odio de todos.

—Nadie te odia.

—Claro que no. Solo me acusáis de intento de asesinato, me llamáis mentirosa y me dais la espalda. Pero no me odiáis. Me adoráis.

—Gia...

—No me toques. —Me aparto de él—. No quiero consuelo. Quiero justicia.

—Yo también quiero justicia. Pero no puedo dártela si no confías en mí.

—¿Confiar en ti? —Me río, una risa seca—. Tú no confías en mí. Ni siquiera me crees. ¿Por qué iba a confiar yo en ti?

—Porque te quiero.

—No. Me deseas. Y eso no es lo mismo.

—Es lo mismo. —Da un paso hacia mí, los ojos encendidos—. Te quiero, Gia. Y eso me está matando. Porque no sé quién eres. No sé qué escondes. Y cada vez que me acerco, me apartas.

—No me aparto. Me protejo.

—¿De qué?

—De ti. De Bianca. De esta casa. —Las lágrimas vuelven a picarme—. De todo lo que duele.

—No tienes que protegerte de mí. —Me agarra la cara con las dos manos, obligándome a mirarlo—. Yo nunca te haría daño.

—Ya me lo hiciste. —Le sostengo la mirada—. Cuando no me defendiste. Cuando dudaste. Cuando me dejaste sola.

—Lo siento.

—No lo sientes. Si lo sintieras, no habrías esperado hasta ahora para decirlo.

—Tienes razón. —Su frente se apoya en la mía—. Soy un cobarde. Y un idiota. Y no te merezco.

—No. No me mereces. —Pero no me aparto—. Aunque a veces, osito, me haces olvidarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora no. —Le doy un beso breve en los labios—. Ahora estoy enfadada. Vuelve mañana.

—¿Y si no quiero irme?

—Pues te quedas. Pero no esperes que te lo ponga fácil.

Me abraza. Y por un instante, el mundo deja de girar. Solo existimos nosotros, en este jardín maldito, rodeados de enemigos y de flores.

—No voy a rendirme contigo, italiana —murmura contra mi pelo.

—Lo sé, osito. Por eso te odio. Y por eso te quiero.

—Eres un desastre.

—Y tú un cabezota. Estamos empatados.

Me río, y la risa se mezcla con las lágrimas. Mateo me abraza más fuerte. Y aunque sé que esto no resuelve nada, que mañana Bianca volverá a atacar, por un instante me siento a salvo.

Disfruta de este momento, Gia. Porque la tormenta está lejos de pasar. Y cuando llegue, tendrás que luchar como nunca.

Esa noche, alguien desliza una nota bajo mi puerta. La letra es de Bianca, elegante y venenosa: «He visto las grabaciones, zorra. Y sé quién te las dio. Esta noche, tu amiga Sofía va a arder. Y tú, con ella.»

Se me hiela la sangre. Sofía. Mi mejor amiga. Mi única aliada.

No. No pienso permitirlo. No pienso perderte, Sofía. Aunque tenga que matar a esa rubia con mis propias manos.

Cojo el móvil y marco su número. No contesta. Insisto. Nada.

Mierda. Mierda. Mierda.

Corro hacia la puerta. Si Bianca ha tocado a Sofía, juro que la mato. Aunque sea lo último que haga en esta vida.