Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 11 LA SOSPECHA
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CAPÍTULO 11 LA SOSPECHA

MATEO

La lluvia golpea los ventanales del pasillo con un ritmo monótono, como si el cielo quisiera recordarme que nada en esta casa es limpio.

Son las once de la mañana, y Bianca sigue encerrada en su habitación, recuperándose de la caída.

Al menos, eso dice. Los médicos no le encontraron nada grave: un tobillo torcido, un par de moretones, el orgullo herido.

Pero ella insiste en que Gia la empujó, y todos en la mansión le creen.

Menos yo.

No porque confíe en Gia. No porque la conozca mejor que los demás.

Sino porque anoche vi algo en sus ojos que no encaja con la versión de Bianca.

Vi sorpresa. Vi furia. Vi dignidad. Y, sobre todo, vi a una mujer que no se dejó caer, que no suplicó, que no se disculpó.

Gia no se comporta como una culpable. Se comporta como una víctima.

Pero no puedo decir eso en voz alta. No sin pruebas. No sin parecer un traidor.

Camino hacia su habitación con las manos en los bolsillos.

El pasillo está vacío, y mis pasos resuenan en la moqueta como un tambor de guerra.

Sé lo que voy a hacer: interrogarla. Y sé lo que ella va a hacer: negarlo todo.

Pero necesito oírlo de su boca. Necesito mirarla a los ojos y decidir si dice la verdad.

Llamo a la puerta. Tres golpes secos.

—Pasa —dice su voz, apenas un susurro.

Abro. Gia está sentada en el alféizar de la ventana, con las rodillas pegadas al pecho y una taza de té humeante entre las manos.

Lleva un jersey gris demasiado grande y el pelo suelto, enmarañado.

Parece agotada. Vulnerable. La mejilla donde su hermana la abofeteó está ligeramente enrojecida, y por un instante siento una punzada de culpa.

—Vengo a hablar contigo —digo, cerrando la puerta.

—Pues habla. —No me mira. Sus ojos están fijos en la lluvia—. Aunque no sé qué más quieres saber. Ya te dije que no fui yo.

—Quiero la verdad, Gia.

—Ya te la he dicho. No fui yo.

—No puedo creerte.

—Pues no me creas. —Ahora sí me mira, y sus ojos avellana me taladran—. Pero no vengas a pedirme perdón cuando descubras la verdad.

Me acerco a la ventana y me siento en el borde, frente a ella. La lluvia le dibuja sombras en la cara, y por un instante me parece la mujer más hermosa y más triste que he visto nunca.

—¿Por qué estás aquí? —le pregunto.

—Porque no tengo otro sitio.

—Eso no es cierto. Podrías volver a Nápoles.

—¿Y qué me espera allí? ¿Una casa vacía? ¿Los recuerdos de mi abuela? —Aparta la vista, la mandíbula tensa—. No. No pienso volver.

—Entonces, ¿qué piensas hacer?

—Sobrevivir. Como siempre.

—¿Sobrevivir a qué?

—A Bianca. A esta casa. A ti. —Esboza una sonrisa que no llega a los ojos—. A todos.

—No tienes que sobrevivir a mí. Yo no soy tu enemigo.

—¿Ah, no? —Deja la taza en el alféizar y se gira hacia mí, las piernas descolgadas—. Anoche no me defendiste. Dejaste que todos me miraran como a una criminal. Y ahora vienes aquí, a pedirme la verdad, como si te importara.

—Sí me importa.

—Pues no lo parece.

—Porque no sé qué creer, Gia. Y odio no saber.

—Me inclino hacia ella, los codos en las rodillas—.

Llevo días viendo cosas que no encajan. Tu torpeza, tus excusas, tu forma de pelear.

Y ahora esto. Bianca jura que la empujaste.

Valentina no te defiende. Nadie te defiende. Y yo... yo no sé quién eres.

—Soy la misma de siempre. Tú eres el que ha cambiado.

—¿Cambiado cómo?

—Antes me mirabas como si quisieras besarme. Ahora me miras como si quisieras interrogarme. —Se encoge de hombros—. Supongo que es más fácil odiarme que desearme.

—No te odio.

—Lo sé. Me deseas. Es peor. —Repite mis propias palabras del jardín, y me escuecen más que cualquier bofetada.

Me tomo un momento. Respiro hondo y la miro fijamente.

—Voy a hacerte una pregunta —digo al fin—. Y quiero que me respondas sin rodeos.

—Adelante.

—¿Bianca se tiró sola?

—Sí.

—¿Y por qué iba a hacer algo así?

—Porque me odia. Porque quiere que todos me odien. Porque no soporta que me mires. —Su voz es firme, sin rastro de duda—. Es una arpía, Mateo. Y tú lo sabes. Solo que no quieres admitirlo.

—No es tan simple.

—Claro que es simple. Lo que pasa es que tienes miedo. Miedo de romper el contrato. Miedo de enfrentarte a tu padre. Miedo de elegirme a mí.

—No te estoy eligiendo.

—Lo sé. Por eso duele.

Se hace un silencio espeso. La lluvia sigue golpeando los cristales, y el tictac del reloj de la mesilla llena la habitación.

Quiero tocarla. Quiero abrazarla. Quiero decirle que la creo, aunque no tenga pruebas.

Pero no puedo. Porque si lo hago, estaré tomando partido.

Y tomar partido significa perder a Bianca, a mi padre, a todo lo que he construido.

—Necesito tiempo —murmuro.

—Pues tómalo. Pero no esperes que te espere.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no voy a quedarme de brazos cruzados mientras todos me señalan. —Se levanta del alféizar y se planta frente a mí, los brazos cruzados—. Voy a limpiar mi nombre. Con o sin tu ayuda.

—Gia, no hagas ninguna tontería.

—No es una tontería. Es justicia. —Me sostiene la mirada—. Y si no estás de mi lado, apártate. Porque no pienso detenerme.

—No quiero que te hagas daño.

—Eso no lo decides tú.

Se da media vuelta y se dirige a la puerta. Antes de salir, se detiene y me mira por encima del hombro.

—Bianca me ha invitado a una cena privada esta noche. Dice que quiere hacer las paces. —Su sonrisa es amarga—. ¿Te imaginas? Hacer las paces.

—No vayas.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que la empuje otra vez? —Niega con la cabeza—. No soy idiota, Mateo. Sé que es una trampa. Pero voy a ir. Porque es la única forma de desenmascararla.

—No voy a permitirlo.

—No eres mi dueño.

—Soy tu entrenador. Y si es una trampa, es mi deber protegerte.

—Pues protege a Bianca. —Su voz se quiebra—. A mí protégeme de ti.

Sale y cierra la puerta. Me quedo solo, con el sabor amargo de su despedida. Sé que está enfadada. Sé que está herida. Y sé que tiene razón: no la he defendido, no la he creído, no he hecho nada por ella. Soy un cobarde.

Pero esta noche, en esa cena, voy a estar presente. Porque si Bianca le pone un dedo encima, no habrá contrato ni padre ni deber que me detenga.

Por la tarde, me refugio en la biblioteca. Necesito pensar. Necesito silencio. Necesito dejar de ver la cara de Gia cada vez que cierro los ojos.

Sebastián está allí, como siempre, con un libro abierto sobre las rodillas y una taza de té enfriándose a su lado. Levanta la vista cuando entro, y su expresión neutra me estudia con esa calma que tanto me irrita.

—Pareces preocupado —dice.

—Lo estoy.

—¿Por Gia o por Bianca?

—Por las dos.

—Interesante. —Sebastián cierra el libro—. Por lo que he observado, ninguna de las dos es lo que aparenta.

—¿Y tú qué sabes?

—Sé que Gia es más inteligente de lo que finge. Y que Bianca es más peligrosa de lo que muestra. —Me mira fijamente—. También sé que estás en medio. Y que, tarde o temprano, tendrás que elegir.

—No quiero elegir.

—La vida no pregunta lo que quieres. Solo te empuja al borde. Y tú decides si saltas o te quedas.

—Eso es muy profundo.

—Lo leí en un libro. —Sebastián sonríe, una sonrisa apenas perceptible—. Pero también lo creo.

—¿Y tú qué harías?

—Yo no me enamoraría de una mujer que me miente. —Hace una pausa—. Pero si lo hiciera, la creería. Porque el amor no entiende de lógica. Y a veces, la lógica es el peor consejero.

—No estoy enamorado.

—Claro que no. —Sebastián abre su libro—. Por eso estás aquí, hablando conmigo, en lugar de estar con tu prometida.

Me levanto de la silla, harto de la conversación. Pero antes de salir, Sebastián añade:

—Mateo. Ten cuidado esta noche. Bianca no invita a nadie a cenar sin un motivo. Y Gia no acepta una invitación sin un plan. Las dos van a chocar. Y tú, amigo mío, vas a estar en medio.

—Lo sé.

—Pues procura que no te aplasten.

—Haré lo posible.

—No lo suficiente.

Salgo de la biblioteca con las palabras de Sebastián rebotando en mi cráneo. «Las dos van a chocar. Y tú vas a estar en medio.» Nunca he sido bueno esquivando golpes. Demasiado rígido. Demasiado leal. Demasiado de piedra.

Pero esta noche, por primera vez, estoy dispuesto a romperme.

Anochece. La mansión se llena de sombras, y las velas del comedor proyectan una luz anaranjada sobre el pasillo. Bianca está en su habitación, arreglándose para la cena. Gia, en la suya, preparándose para la batalla. Y yo, en el pasillo, esperando a que una de las dos salga primero.

Valentina aparece a mi lado, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—¿Vas a ir a la cena? —me pregunta.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no me fío de ninguna de las dos.

—Buena respuesta. —Se apoya en la pared, a mi lado—. ¿Crees que Gia es inocente?

—¿Y tú?

—Es mi hermana. Quiero creerla. Pero no puedo. —Valentina suspira—. Bianca es una zorra, sí. Pero Gia no es una santa. Y esta noche, una de las dos va a mentir delante de todos.

—¿Y qué harás tú?

—Observar. Y si mi hermana sale herida, la llevaré a casa. Aunque sea a rastras.

—Eres muy dura con ella.

—Soy su hermana. Es mi trabajo.

La puerta de Bianca se abre, y la rubia aparece envuelta en un vestido negro que le llega hasta los tobillos. Sonríe al verme, y la sonrisa me hiela la sangre.

—Mateo, cariño. —Me tiende la mano—. Acompáñame. La cena está a punto de empezar.

—Ve tú. Yo iré después.

—No seas tímido. —Se cuelga de mi brazo, y su perfume me envuelve, dulce y empalagoso—. Quiero que todos nos vean juntos.

—¿Por qué?

—Porque esta noche es especial. —Su sonrisa se ensancha—. Y quiero que Gia se entere de lo que está a punto de perder.

Me dejo arrastrar hasta el comedor. La mesa está puesta para cuatro: Bianca, Gia, Valentina y yo. Las velas parpadean, y el vino tinto brilla en las copas de cristal. Todo está preparado. Todo es una trampa.

Gia entra la última, con un vestido rojo que le ciñe el cuerpo y una sonrisa que no me creo. Se sienta frente a mí, y nuestras miradas se cruzan un instante. No dice nada. No hace falta.

Bianca alza su copa.

—Brindemos por las nuevas amistades. —Sonríe, los ojos clavados en Gia—. Y por las despedidas.

—¿Despedidas? —pregunta Valentina.

—Sí. Porque esta noche, querida Gia, voy a contar la verdad. Y cuando termine, no quedará nadie en esta casa que quiera verte.

Gia no pestañea.

—Adelante, Bianca. Cuéntala. —Levanta su copa—. Estoy deseando oírla.

El aire se vuelve espeso. La cuchara de Valentina tintinea contra el plato. Y yo, que nunca he temido a nada, siento un escalofrío recorrerme la espalda.

Esto va a explotar. Y no sé si podré apagar el incendio.