Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 10 LA CAÍDA
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CAPÍTULO 10 LA CAÍDA

GIA

El invernadero huele a tierra húmeda y a flores nocturnas.

Las buganvillas se enroscan en las columnas de hierro forjado, y la luna se cuela entre los paneles de cristal, dibujando sombras alargadas sobre las baldosas.

Son las diez de la noche, y Bianca me ha citado aquí, en el mismo lugar donde Mateo prometió buscarme si no volvía antes de medianoche.

Coincidencia. O trampa. Probablemente ambas.

Por dentro, estoy tranquila. Metódica. La asesina que llevo dentro ha activado el protocolo: observar, anticipar, contener.

Fuera, soy una chica asustada con un vestido azul demasiado ajustado y las manos jugueteando con el borde del dobladillo.

Fingir es mi trabajo. Y esta noche, el trabajo consiste en dejar que Bianca crea que va a ganar.

—Gia, querida. —Su voz me llega desde el sendero de grava, dulce como la miel y fría como el acero—. Gracias por venir.

Me giro. Bianca se acerca con paso lento, envuelta en un abrigo de seda color marfil. Está preciosa. Siempre lo está. Es su mejor arma.

—Dijiste que querías hacer las paces —respondo, con la voz que he ensayado—. Aquí estoy.

—Sí. Las paces. —Se detiene a un par de metros, la sonrisa perfecta—. Me he dado cuenta de que fui injusta contigo. Quería disculparme.

—No hace falta.

—Claro que hace. Eres la hermana de Valentina. Y la... protegida de Mateo. —La palabra le sale con asco—. Deberíamos llevarnos bien.

—No te creo.

—No me crees. —Su sonrisa se ensancha—. Pues vas a tener que empezar a creerme, porque esto va en serio.

Da un paso más. Luego otro. Está a un palmo de mí, y su perfume, denso y dulce, me envuelve. Por dentro, cuento las salidas. Hay tres. Dos puertas y un ventanal. La principal está a mi espalda. La trasera, a la izquierda. El ventanal, a la derecha. Demasiado lejos si las cosas se ponen feas.

—¿Sabes qué es lo peor de ti, Gia? —me dice, inclinándose hacia mi oído—. Que no eres real. Todo en ti es una farsa. Hasta tu acento.

—Mi acento es napolitano.

—Tu acento es mentira. —Se aparta, los ojos brillando—. Igual que tu torpeza. Igual que tu inocencia. Igual que tú.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. Lo sabes desde que llegaste a esta casa. Y ahora todos lo van a saber.

Antes de que pueda reaccionar, Bianca da un paso atrás y se lanza contra la barandilla de la escalera que conduce al jardín inferior. El golpe es seco, y el grito que le arranca es tan real que, por un instante, hasta yo me lo creo.

—¡Me empujó! —grita, rodando por los tres primeros peldaños—. ¡Gia me empujó por las escaleras!

El invernadero se llena de pasos. Puertas que se abren. Voces que preguntan. Dorian, Aria, Liam, Enzo, Valentina. Y Mateo. Siempre Mateo.

—¡No la empujé! —digo, la voz más firme de lo que esperaba—. Se tiró sola.

—¡Mentirosa! —Bianca se incorpora, llorando, el maquillaje corrido—. ¡Todos vieron cómo me mirabas! ¡Todos saben que me odias!

—¿Yo mentirosa? Tú eres la que se tira por las escaleras como una actriz de telenovela.

El silencio es absoluto. Todas las miradas se clavan en mí, y sé, sin necesidad de mirarlos, que ninguno me cree. Valentina tiene la mandíbula tensa. Enzo frunce el ceño. Liam aparta la vista. Y Mateo... Mateo me mira con una decepción que me rompe más que cualquier insulto.

—Gia, ¿es cierto? —me pregunta, la voz grave.

—No. Ya te lo he dicho. No fui yo.

—Bianca está herida.

—Está fingiendo.

—No puedo creerte.

—¿Por qué no me crees, Mateo?

—Porque todos te odian. Y yo no soy la excepción.

—No me odias. Me deseas. Es diferente. —Las palabras me salen sin pensarlas, y me arrepiento al instante—. Es peor.

Mateo se tensa. Sus puños se cierran, y por un instante creo que va a gritar. Pero no. Solo niega con la cabeza y se gira hacia Bianca, que sigue llorando en el suelo.

—Llamad a un médico —ordena—. Y llevadla a su habitación.

—¡No quiero que Gia se acerque a mí! —solloza Bianca—. ¡Me da miedo!

—No voy a acercarme. —Mi voz suena más fría de lo que pretendo—. No pienso quedarme donde no me quieren.

—Gia... —Valentina da un paso hacia mí, la expresión confusa—. Esto no es lo que parece.

—Claro que lo es. —La miro, los ojos ardiendo—. Soy la culpable perfecta. La nueva. La torpe. La que no encaja. Pues ya está. Me voy.

—No puedes irte.

—Mírame. —Abro los brazos—. Estoy de pie. Estoy viva. Y no pienso pedir perdón por algo que no he hecho.

—Nadie te ha pedido que te vayas —interviene Dorian, con su voz de líder—. Solo queremos saber la verdad.

—La verdad es que Bianca se ha tirado sola. Y si no me creéis, no es mi problema.

—Es tu problema. —Mateo se acerca, los ojos encendidos—. Porque vives bajo mi techo. Y mientras estés aquí, respondes ante mí.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme? ¿Castigarme? —Le sostengo la mirada, sin pestañear—. No me das miedo, Mateo. Me das lástima.

—Gia, para —susurra Valentina.

—No. Estoy harta. —Me giro hacia Bianca, que sigue en el suelo, fingiendo dolor—. Tú y yo sabemos lo que ha pasado. Y tarde o temprano, todos lo sabrán.

—No sé de qué hablas —lloriquea ella.

—Claro que lo sabes. Y por eso te has tirado por las escaleras. Porque no tienes otra forma de competir conmigo.

La bofetada no la veo venir. Es rápida, precisa, y me golpea la mejilla con una fuerza que me hace girar la cabeza. Valentina me ha abofeteado. Mi propia hermana.

—No le hables así a Bianca —dice, la voz temblando—. No tienes derecho.

—¿Y tú no tienes derecho a ponerte de mi lado? —respondo, la mejilla ardiendo—. Soy tu hermana.

—Eres un problema. —Valentina me mira con los ojos llorosos—. Siempre has sido un problema.

El silencio que sigue es peor que la bofetada. Todos me observan, esperando mi reacción. Y yo, que podría partirles el cuello a todos en cuestión de segundos, me quedo quieta. Porque la misión no ha terminado. Y porque, en el fondo, una parte de mí se merece esto.

—Tienes razón —digo al fin, la voz rota—. Soy un problema. Y por eso, me voy a mi habitación. Sola. Sin que nadie me siga.

—Gia... —Mateo alarga la mano, pero la aparto.

—No me toques.

Me giro y echo a andar. Las baldosas están frías, y cada paso me aleja de ellos, de Bianca, de Mateo. Las lágrimas me pican en los ojos, pero no me permito llorar. No delante de ellos. No delante de nadie.

Sigue caminando, Gia. No mires atrás. No les des la satisfacción.

La puerta de mi habitación se cierra con un golpe seco. Me quedo en el centro, respirando agitada. La mejilla me duele. El pecho me duele más. Y por primera vez desde que llegué a esta casa, siento que estoy perdiendo.

No. No voy a rendirme. Bianca quiere destruirme, pero yo soy más fuerte. He sobrevivido a cosas peores. Y voy a demostrarlo.

Me siento en el borde de la cama y saco el móvil. Escribo un mensaje a Sofía, mi mejor amiga, la hacker que vigila las cámaras de Blackthorn sin que nadie lo sepa: «Necesito las grabaciones del invernadero. Todas las cámaras. Esta noche.»

La respuesta llega en diez segundos: «Hecho. Y Gia... ten cuidado. Esa rubia es veneno.»

Lo sé. Y pienso tragar ese veneno hasta que me fortalezca.

A la mañana siguiente, Bianca me envía un mensaje: «Espero que hayas dormido bien, querida. Porque esta noche, en la cena, voy a contarle a Mateo que eres una asesina. Y no habrá cámara que te salve.»

Sonrío, aunque nadie me ve. Porque Bianca no sabe que yo llevo años viviendo de secretos. Y que, si de contar verdades se trata, yo también tengo una para ella. Solo tengo que decidir cuándo soltarla.