Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 9 LA DIETA Y EL PLAN
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CAPÍTULO 9 LA DIETA Y EL PLAN

MATEO

El gimnasio está demasiado silencioso. Las luces de neón parpadean ligeramente, y el olor a sudor y desinfectante lo impregna todo.

Son las ocho de la mañana, y Gia lleva diez minutos de retraso.

Eso es nuevo. Normalmente llega tarde, pero no tanto.

Empiezo a impacientarme, golpeando el saco con una cadencia que me ayuda a no pensar en lo que pasó anoche.

En su piel. En su boca. En la forma en que me pidió que no la dejara ir.

La puerta se abre y Gia entra, con una coleta mal hecha, el chándal arrugado y una barrita energética a medio comer en la mano. Tiene ojeras, como si no hubiera dormido, y una sonrisa que no me creo.

—Buenos días, osito —saluda, con la boca llena.

—Llegas tarde.

—El desayuno se ha retrasado. Mercedes quería que probara sus tortitas nuevas.

—No hay tortitas en tu dieta.

—Lo sé. Por eso me he traído una barrita. —La muerde con descaro—. ¿Quieres un trozo?

—No.

—Pues tú te lo pierdes. Está buenísima.

Se sube a la cinta de correr y empieza a trotar.

La observo de reojo mientras simulo revisar unos papeles.

Su zancada es torpe, sus brazos se agitan sin coordinación, y cada pocos segundos se agarra a los laterales como si temiera caerse.

Es la misma actuación de siempre. Pero ahora sé que es falso.

Y me cuesta no decirle que deje de fingir.

—Has mejorado mucho en una semana —le digo, sin apartar la vista de los papeles.

—¿Ah, sí?

—Sí. El otro día corriste diez minutos sin caerte. Eso es un avance.

—He visto tutoriales en YouTube.

—¿Tutoriales de qué? ¿De cómo no caerse?

—Exacto. Son muy útiles.

Deja de correr y se inclina sobre la cinta, jadeando de forma exagerada. Me acerco y le tiendo una toalla. La coge sin mirarme.

—¿Por qué me mientes, Gia?

—No te miento. Solo exagero.

—Exagerar es mentir.

—No. Exagerar es embellecer la verdad. Es diferente.

—No es diferente. Es lo mismo con maquillaje.

—Eso ha sido muy profundo.

—Lo sé. Se me está pegando.

—¿De quién? ¿De Liam?

—De ti. —Me acerco un poco más, hasta que su perfume me envuelve—. Y de tu manía de hacer que todo parezca un juego.

—No es un juego. Es supervivencia.

—¿Supervivencia de qué?

—De ti. De Bianca. De esta casa. —Levanta la vista y me mira fijamente—. ¿Por qué crees que sigo aquí, Mateo? ¿Porque me gusta que me humillen? No. Porque no tengo otro sitio. Porque si me voy, pierdo lo poco que me queda.

—¿Y qué es lo poco que te queda?

—Tú.

La palabra me golpea el pecho. No digo nada. No puedo. Solo la miro, y ella me mira a mí, y el gimnasio se reduce a ese silencio cargado.

—No deberías decirme esas cosas —murmuro al fin.

—¿Por qué? ¿Te asustan?

—Sí. —Le sostengo la mirada—. Me asustas tú. Todo el tiempo.

—Eso es bueno.

—No es bueno. Es peligroso.

—La vida es peligrosa, osito. —Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos—. Y tú, precisamente tú, no deberías olvidarlo.

Se aleja hacia el banco de pesas. La sigo con la vista, la mandíbula tensa.

Quiero creerla. Quiero creer que no me oculta nada.

Pero no puedo. La he visto luchar, la he visto fingir, y sé que hay algo que no me está contando.

Algo que tarde o temprano saldrá a la luz.

Y cuando salga, no sé si podré perdonarla.

Por la tarde, Gia se sienta en la cocina con una bolsa de zanahorias que Mercedes le ha dado a escondidas. La observo desde la puerta, con los brazos cruzados. Está comiendo con una parsimonia que no le he visto antes, como si saboreara cada bocado. Me acerco y me siento frente a ella.

—¿Sabes que esas zanahorias no están en tu plan? —le digo.

—Lo sé. Pero Mercedes dice que las zanahorias son buenas para la vista.

—Mercedes dice muchas cosas.

—Y todas son ciertas. —Me tiende una zanahoria—. Come, osito. Te vendrá bien. Así me verás mejor.

—Ya te veo bien. Demasiado bien.

—¿Y qué ves?

—Veo a una mujer que finge torpeza, que miente sobre su entrenamiento, y que se esconde detrás de una sonrisa. —Cojo la zanahoria y la dejo sobre la mesa—. Y no sé por qué.

—¿Quieres saberlo?

—Sí.

—Pues tendrás que ganártelo.

—¿Ganármelo? ¿Cómo?

—No lo sé. Sorpréndeme. —Se inclina hacia delante, los codos sobre la mesa—. Eres un luchador. Resuelve el enigma.

—No soy un detective.

—No. Eres un osito gruñón. Pero los ositos también saben rastrear.

—Gia...

—Mateo. —Me imita, la voz grave—. Deja de fruncir el ceño. Se te van a quedar las arrugas.

—No tengo arrugas.

—Las tendrás. Y será culpa mía.

—Eso es probable.

Se ríe. Una risa corta, sin malicia. Y por un instante, la tensión se disipa. Es agradable. Demasiado agradable. Como una tregua sin firmar.

—¿Por qué estás tan empeñado en descubrirme? —me pregunta, de repente.

—Porque no me gusta que me mientan.

—No te miento. Omito.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Da un mordisco a la zanahoria—. La mentira es activa. La omisión es pasiva. Yo no te he dicho nada falso. Solo no te he dicho toda la verdad.

—¿Y por qué no?

—Porque no confío en ti.

—Eso duele.

—Lo sé. Pero es la verdad.

Me quedo callado. Sus palabras me escuecen, pero no puedo negarlas.

Yo tampoco confío en ella. En nadie. Llevo demasiados años desconfiando, demasiados años viendo cómo la gente se vende por un puñado de dólares o una promesa de poder.

No espero que Gia sea diferente. Y sin embargo, me duele que no confíe en mí.

—Tendré que ganarme tu confianza, entonces —digo al fin.

—Parece que sí.

—¿Y cómo lo hago?

—No lo sé. Sorpréndeme. —Me sonríe, y esta vez la sonrisa es genuina—. Eres un luchador. Resuelve el enigma.

—Eso ya lo has dicho.

—Lo sé. Es que me ha gustado.

—Eres insufrible.

—Y tú un osito gruñón. Ya lo hemos establecido.

—No me llames osito.

—¿Prefieres que te llame campeón?

—Prefiero que te calles.

—Imposible. Soy italiana. Los italianos hablamos hasta dormidos.

—¿Y cuando duermes conmigo?

—Eso no lo sabrás hasta que me invites a tu cama.

—Te invité anoche.

—No. Me arrastraste. Es diferente.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Deja la zanahoria y se limpia los dedos—. Arrastrar es instinto. Invitar es elección.

—Pues entonces te invito.

—¿A qué?

—A mi cama. Esta noche.

Se queda inmóvil. Sus ojos avellana se agrandan, y por un instante veo a la Gia torpe que llegó a la mansión, la que tropieza con las baldosas y rompe lámparas. Luego, la máscara vuelve a su sitio.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque Bianca me ha invitado a una cena privada. Dice que quiere hacer las paces.

—Bianca no quiere hacer las paces. Quiere destruirte.

—Lo sé. Por eso voy a ir.

—Gia, no...

—Mateo. —Se levanta, la silla arrastrándose—. No me trates como a una niña. Sé cuidarme.

—No lo dudo. Pero Bianca es peligrosa.

—Y yo también. —Se inclina sobre la mesa, su cara a escasos centímetros de la mía—. No lo olvides.

Se gira y sale de la cocina. Me quedo sentado, con el eco de sus palabras rebotando en las paredes. Bianca es peligrosa. Gia también. Y yo, que siempre he sabido leer a la gente, ya no sé quién es la presa y quién el cazador.

Esa noche, encuentro una nota en mi habitación. La letra es de Gia, firme y apretada: «Si no vuelvo antes de medianoche, búscame en el invernadero. Si no estoy allí, ya no estaré en ninguna parte. — G.»

La leo tres veces. Luego la arrugo y la meto en el bolsillo. No voy a esperar a medianoche. Voy a seguirla ahora mismo. Porque si Bianca le pone un dedo encima, no habrá invernadero que la proteja.

Y si Gia me ha mentido... entonces que Dios se apiade de ella. Porque yo no lo haré.