Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 8 LA PARED
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CAPÍTULO 8 LA PARED

GIA

Mateo no dice nada mientras me arrastra por el pasillo.

Su mano envuelve mi muñeca como una pulsera de acero, firme pero sin hacerme daño, y sus pasos resuenan en la moqueta con una urgencia contenida.

No me resisto. No porque no pueda, sino porque no quiero.

Acaba de descubrir que no soy la italiana torpe que fingía ser, y en lugar de alejarse, me lleva a su habitación.

Eso significa algo. No sé exactamente qué, pero algo.

Buen trabajo, Gia. Has conseguido que el osito gruñón pierda la paciencia. Ahora a ver cómo sales de esta sin quitarte las bragas... o quitándotelas. Eso último suena mejor.

La puerta de su suite se cierra con un golpe seco.

Mateo me suelta la muñeca y se gira hacia mí, los ojos oscuros como el carbón.

Lleva la camiseta negra del gimnasio, empapada en sudor, y sus puños siguen vendados.

Parece un boxeador a punto de saltar al ring.

O un depredador a punto de devorar a su presa.

—No puedes seguir provocándome —me dice, la voz ronca.

—¿Y tú no puedes dejar de mirarme como si quisieras comerme? —le respondo, cruzándome de brazos—. Porque si es así, tenemos un problema. A mí me gusta que me coman.

—Gia...

—Mateo. —Me acerco a él, sin prisa, disfrutando cada paso—. No me trates como a una niña. Ya has visto lo que sé hacer. Ya sabes que no soy un desastre. Así que deja de fingir que quieres protegerme de ti mismo.

—No finjo.

—Claro que finges. Finges que no me deseas. Finges que no te mueres por ponerme contra la pared y follarme hasta que grite. Finges que eres un caballero. —Le apoyo una mano en el pecho, justo sobre el corazón, que late tan rápido como el mío—. Y yo, osito, estoy harta de fingir.

—¿Y qué quieres que haga?

—Lo que llevas días queriendo hacer. —Le deslizo la mano por el abdomen, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela—. Cógeme. Domíname. Usa ese cuerpo de gladiador para algo más que golpear sacos.

—Voy a hacerte callar, italiana.

—Inténtalo, osito.

—No me mires así. O te follo aquí mismo, delante de todos.

Me agarra por la cintura y me levanta del suelo como si no pesara nada.

Mis piernas se enroscan en su cadera, mis brazos se aferran a su cuello, y su boca se apodera de la mía con una furia que me arranca un gemido.

No es un beso tierno. Es un beso de guerra, de dientes y lengua, de rabia y deseo.

Le respondo igual de salvaje, mordiéndole el labio inferior hasta que un sabor metálico me invade la boca.

—Eres una provocadora —jadea contra mis labios.

—Y tú un dom. Hacemos buena pareja.

—No hacemos pareja. Somos un maldito incendio.

—Pues deja que arda.

Me empuja contra la pared. El golpe me saca el aire, pero no me quejo.

No quiero que pare. Quiero que me estampe, que me use, que me recuerde que estoy viva.

Sus manos me desgarran la ropa sin miramientos, y la tela cede con un crujido que me eriza la piel.

Sus labios descienden por mi cuello, por mis pechos, por mi vientre, y sus dientes se clavan en mi cadera con una marca que mañana luciré como un trofeo.

—Esto no cambia nada —murmura, mientras sus dedos me abren las piernas.

—Lo sé. Pero me gusta.

—¿El qué?

—Que me domines. Que me uses. Que me hagas tuya. —Le echo la cabeza hacia atrás, golpeándome contra la pared, y un gemido me escapa de los labios—. Me gusta todo, Mateo. Eso es lo que no entiendes.

—Sí lo entiendo. Porque a mí me pasa igual.

—Eres lo peor que me ha pasado. —Y lo mejor que te queda por probar.

Me penetra de una estocada, sin aviso, y el dolor se mezcla con el placer en una sacudida que me nubla la vista. Me agarra las muñecas y me las inmoviliza sobre la cabeza, su cuerpo aprisionándome contra la pared, sus caderas marcando un ritmo brutal que me roba el aliento.

—No eres mi dueño. —No. Soy el hombre que te folla tan bien que no quieres otro.

Cada embestida es un castigo, cada gemido una rendición.

—Mírame —me ordena.

—Ya te miro.

—No. Mírame de verdad. Quiero verte los ojos mientras te corro dentro.

—Eso es muy sucio.

—Soy un hombre sucio. Y tú una masoca. Lo admitiste.

—Lo admití. —Le sostengo la mirada, los ojos llorosos por el placer—. Y no me arrepiento.

—Quiero oírte gemir. Quiero oírte gritar. Quiero que todo el mundo sepa quién te folla.

Su ritmo se acelera. La pared golpea mi espalda, las uñas se me clavan en las muñecas, y el mundo se reduce a su cuerpo, a su aliento, a la certeza de que esto no es solo sexo. Es otra cosa. Algo más profundo. Algo que me aterra.

—Córrete —me ordena, la voz rota—. Ahora.

—No... no quiero...

—Córrete, Gia. Déjate ir.

El orgasmo me estalla dentro, una ola que me recorre entera y me deja sin aire. Grito su nombre, y él me tapa la boca con la mano, embistiéndome una última vez antes de derramarse con un rugido sordo. Nos quedamos pegados a la pared, jadeando, los cuerpos empapados de sudor.

—Joder —murmuro, la voz pastosa.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí. Porque yo también me estoy rompiendo.

Me deja en el suelo, las piernas temblorosas, y me besa con una suavidad que contrasta con la brutalidad de hace un instante. Luego se aparta y se pasa una mano por el pelo, evitando mirarme.

—Necesito una ducha —dice.

—Yo también.

—No juntos.

—Claro que no. —Sonrío, a pesar del cansancio—. Eso sería demasiado íntimo.

—Gia...

—Vete, osito. Ya me has follado. No hace falta que me acompañes a la puerta.

Me mira, los ojos llenos de algo que no sé descifrar. Luego asiente y desaparece en el baño. La puerta se cierra, y yo me quedo desnuda en medio de su habitación, con el olor de su piel pegado a la mía y un vacío extraño en el pecho.

Esto no era parte del plan. Él no era parte del plan.

Me visto con lo que queda de mi ropa —la camiseta está rota, el pantalón desgarrado— y salgo al pasillo descalza. Las baldosas están frías, y la luna se filtra por las ventanas como un recordatorio de que sigo viva.

Sigue fingiendo, Gia. Nadie debe saber que te estás enamorando. Especialmente tú.

La puerta del baño se abre a mi espalda, y oigo la voz de Mateo, baja y áspera:

—No te vayas.

Me detengo. No me giro.

—¿Por qué?

—Porque no soporto la idea de que te vayas.

—Pues sopórtala. Es lo que hay.

—Gia...

—Buenas noches, Mateo. Que descanses.

Echo a andar, el corazón martilleándome en el pecho. Cada paso me aleja de él, pero no de lo que siento. Y eso es mucho más peligroso que cualquier matón.

No puedo dormir. Me encierro en el baño, abro el grifo de agua fría y me miro en el espejo.

El cuerpo me tiembla, la piel me arde, y entre las piernas aún siento el eco de sus embestidas.

Me paso una toalla húmeda por el cuello, por los pechos, por el vientre.

No me limpia. Solo me recuerda que está en todas partes.

Concéntrate, Gia. Eres una asesina, no una adolescente enamorada. Tienes una misión. Un objetivo. Mateo es solo una distracción.

Pero, ¿y si la misión se ha convertido en él?

No. No pienses así. Él no es el objetivo. Es el obstáculo. Y los obstáculos se superan. No se aman.

Me doy una bofetada suave en la mejilla, como hacía mi abuela cuando me veía flaquear. «Disciplina, Gia. La disciplina lo es todo.»

Tiene razón. La abuela siempre tiene razón.

Me pongo el albornoz y salgo del baño. La habitación está a oscuras, y por un instante creo que estoy sola. Pero hay una sombra junto a la ventana. Una silueta que no es mía.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, reconociéndole.

—No podía dormir. —Mateo sale de las sombras, con el pelo húmedo y una camiseta limpia—. Y no quería dejarte sola.

—No necesito que me cuides.

—Lo sé. Pero quiero.

—Eso es nuevo.

—No. Es viejo. Solo que no sabía decirlo.

Se acerca a mí, las manos en los bolsillos. No me toca. Solo se queda ahí, a un palmo de distancia, mirándome como si quisiera memorizar cada centímetro de mi cara.

—¿Por qué no me contaste lo de tu entrenamiento? —me pregunta.

—Porque no era asunto tuyo.

—Ahora sí lo es.

—¿Por qué? ¿Porque me has follado?

—Porque te quiero.

El silencio se estira. Las palabras flotan en el aire como una bomba a punto de estallar.

—No me quieres —murmuro, la voz rota—. Me deseas. Es diferente.

—No. —Da un paso hacia mí, y su mano se posa en mi mejilla—. Te quiero. Y eso me aterra más que cualquier enemigo.

—Mateo...

—No digas nada. Solo escucha. —Su pulgar me acaricia el pómulo—. No sé qué va a pasar mañana. Ni con Bianca, ni con el Sindicato, ni con nosotros. Pero sé que no quiero perderte. Y eso, para un hombre que nunca ha tenido nada propio, es un milagro.

—Yo tampoco quiero perderte. —Las lágrimas me pican en los ojos, pero no las dejo caer—. Pero tengo secretos, Mateo. Secretos que no puedo contarte. Y si los descubres, puede que me odies.

—No voy a odiarte.

—No lo sabes.

—Sí lo sé. Porque te he visto luchar. Te he visto fingir. Te he visto sonreír cuando todo se derrumbaba. Y nada de eso me asusta.

—Pues debería. Porque soy una asesina, Mateo. He matado a más hombres de los que puedo contar. Y volveré a hacerlo si es necesario.

—Lo sé.

—¿Y aun así me quieres?

—Aun así.

Me besa. Es un beso suave, sin urgencia, que me sabe a lágrimas y a promesas. Le devuelvo el beso, los dedos enredados en su pelo, y por un instante me permito creer que todo saldrá bien.

A la mañana siguiente, Bianca me espera en la galería con una sonrisa que no presagia nada bueno. Sobre la mesa, una fotografía: yo, con los puños vendados, golpeando el saco en el gimnasio. No es una foto cualquiera. Es la prueba de que no soy quien digo ser.

—Esto acaba de empezar, Gia —me dice, con su voz de serpiente—. Y cuando termine, no quedará nadie que te defienda.

La miro fijamente, la fotografía entre mis dedos.

—Te equivocas, Bianca. Quedará Mateo. Y eso es lo único que necesito.

—¿Mateo? —Se ríe—. Mateo está comprometido conmigo. Y hará lo que yo diga.

—Eso ya lo veremos.

—Sí. Lo veremos.

Me giro y salgo de la galería, la fotografía arrugada en mi puño. El juego ha comenzado. Y esta vez, no pienso perder.