CAPÍTULO 7 LA PRIMERA AMENAZA
MATEO
El gimnasio está vacío a las diez de la mañana.
Golpeo el saco con una cadencia que me ayuda a pensar, a vaciar la cabeza de todo lo que no sea el siguiente golpe.
Jab, cross, gancho. Jab, cross, rodilla.
El sudor me resbala por la espalda, y el cuero cede bajo mis nudillos con un crujido seco.
Esto es lo único que tiene sentido. El esfuerzo. El dolor controlado. La disciplina.
Liam entra sin llamar, como siempre, y se apoya contra la pared con los brazos cruzados. Lleva el móvil en la mano y una expresión que no me gusta.
—Tu prometida ha invitado a la italiana a un té privado —anuncia, sin rodeos—. En la galería acristalada. A las once.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Porque Bianca no invita a nadie a tomar té. Bianca interroga, humilla y destruye. Y Gia es demasiado bocazas para no meterse en la boca del lobo.
—Gia sabe cuidarse.
—¿Ah, sí? Ayer en la cena no parecía muy capaz.
—Era una cena. No un campo de batalla.
—Para Bianca, todo es un campo de batalla. Y Gia es su nuevo objetivo.
Dejo de golpear el saco y me paso el antebrazo por la frente. Tiene razón. Lo sé. Llevo días observando a Bianca, y cada vez que mira a Gia, su sonrisa se vuelve más afilada. No es celos, es algo más frío. Algo calculado.
—¿Dónde está Gia ahora? —pregunto.
—En su habitación. O en el jardín. O en la cocina, robándole galletas a Mercedes. Es impredecible.
—Voy a echar un vistazo.
—Buena idea. —Liam me tiende una toalla—. Y de paso, date una ducha. Hueles a bestia.
—Gracias, Vance.
—No me las des. Para eso están los amigos.
Salgo del gimnasio y subo las escaleras. La mansión está tranquila, con ese silencio que precede a las tormentas. No sé qué está tramando Bianca, pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras Gia se mete en la guarida de la serpiente.
El jardín interior está envuelto en una luz de mediodía que se filtra entre las buganvillas. Las fuentes murmuran, los pájaros cantan, y todo parece sacado de una postal idílica. Demasiado idílico. La calma perfecta para una emboscada.
Gia camina por el sendero de grava, con un vestido verde que se le pega a las caderas y el pelo recogido en una coleta alta. Va descalza, con las sandalias en la mano, como si no tuviera prisa. Como si no supiera que dos hombres armados la esperan detrás de los setos.
Los veo antes de que ellos la vean a mí.
Son dos tipos corpulentos, con trajes baratos y actitud de matones de poca monta.
Uno de ellos sostiene una navaja automática; el otro, una pistola enfundada bajo la chaqueta.
Bianca los ha contratado para asustarla, no para matarla.
Eso lo sé porque si quisiera matarla, habría enviado a alguien mejor.
Gia se detiene en seco. Ha notado algo. Su cuerpo se tensa, sus dedos se cierran alrededor de las sandalias, y su mirada barre el perímetro con una rapidez que no corresponde a una chica torpe. Por un instante, veo a la mujer que se esconde bajo la fachada. Por un instante, dudo.
Los matones salen de entre los setos.
—Vaya, vaya —dice el de la navaja, con una sonrisa de tiburón—. La italiana bonita. ¿Vas a alguna parte?
—A tomar el té. —La voz de Gia es tranquila, demasiado tranquila—. ¿Queréis un poco? Hay pastas.
—No nos gustan las pastas. Nos gustan las chicas solas.
—Pues vais a quedaros con las ganas. No estoy sola.
—¿Ah, no? ¿Y quién te acompaña? ¿Tu osito de peluche?
Gia sonríe. Es una sonrisa que no he visto antes: fría, contenida, sin rastro de torpeza.
—Algo así.
No espero más. Salgo de detrás de los setos y avanzo hacia ellos con las manos en los bolsillos, la mandíbula apretada. Los matones se giran al oír mis pasos. El de la navaja palidece; el de la pistola da un paso atrás.
—¿Queréis algo de mi alumna? —pregunto, con una voz que no admite réplica.
—Mateo... —Gia me mira, y por un instante veo alivio en sus ojos. Luego, vuelve a poner la máscara—. Qué tardanza, osito. Casi me meriendan.
—No te meriendan ni borrachos.
El de la navaja se lanza contra mí. Es rápido, pero no lo bastante.
Esquivo el golpe, le agarro la muñeca y se la retuerzo hasta que la navaja cae al suelo.
Un codazo en la mandíbula lo manda contra un seto.
El segundo matón intenta sacar la pistola, pero le bloqueo el brazo y le estampo la cabeza contra una columna de mármol. Se desmaya.
Gia observa la escena con los brazos cruzados, la sonrisa torcida.
—Podrías haberte dado más prisa.
—Podría haberte dejado que te defendieras tú.
—No sé defenderme. Soy un desastre. ¿Recuerdas?
—Lo recuerdo. —Me acerco a ella, el pecho agitado—. Lo que no recuerdo es por qué no has gritado.
—¿Gritar? ¿Para qué? Si total, ibas a venir.
—¿Y si no vengo?
—Pues me las apaño. —Se encoge de hombros—. No es la primera vez que me intentan asustar.
—¿Qué quieres decir?
—Que soy la hermana de Valentina Russo. Crecer en mi casa era como vivir en un campo de tiro. Los matones de pacotilla no me impresionan.
—¿Y por qué finges terror?
—¿Quién dice que finjo?
—Yo. —La miro fijamente—. Tienes el pulso tranquilo. Los hombros relajados. Los pies en posición de combate. No estás asustada, Gia. Estás aburrida.
Ella me sostiene la mirada. Por un instante, veo algo en sus ojos que me hiela la sangre: diversión.
—Es mi cara de pánico. No la conoces.
—Claro que no. Porque no existe.
—Puede. —Se encoje de hombros—. Pero mientras me creas indefensa, no tendrás que preocuparte por mí. Y tú no quieres preocuparte.
—Eso no es cierto.
—¿Ah, no? Pues demuéstralo. —Da un paso hacia mí, demasiado cerca—. ¿Qué vas a hacer, Mateo? ¿Protegerme de todos los matones que Bianca contrate? ¿Meterme en una burbuja? ¿Atarme a tu cama?
—No voy a atarte a mi cama.
—Pues deberías. Es muy divertida.
—Gia...
—Tranquilo, osito. Solo bromeo. —Se aparta, recogiendo sus sandalias del suelo—. Ahora, si me disculpas, llego tarde al té de tu prometida. No quiero que se enfríe.
—No vayas.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que me coma viva?
—No. Tengo miedo de que la mates tú.
—¿Yo? ¿A la rubia? —Se ríe, una risa corta—. No vale la pena. Aún no.
Se aleja por el sendero, dejando atrás a los matones inconscientes y una sensación extraña en mi pecho. La observo marcharse, y por primera vez me pregunto qué es exactamente lo que se esconde detrás de esa sonrisa.
Decido seguirla. A distancia. La galería acristalada está en el ala norte, una estancia luminosa con sofás de mimbre y mesas de té. Bianca ya está allí, sentada con la espalda recta y una tetera humeante frente a ella. Gia entra con una sonrisa radiante, como si acabara de ganar un concurso.
—Siéntate, Gia. —Bianca señala la silla frente a ella—. Tenemos mucho de qué hablar.
—Claro. —Gia se sienta, cruza las piernas y se sirve una taza de té—. ¿De qué quieres hablar? ¿Del tiempo? ¿De lo mucho que te odio? ¿O de lo poco que me importas?
—Del futuro. Del tuyo, para ser exactos.
—Mi futuro es brillante. No te preocupes.
—Me temo que no. —Bianca se inclina hacia delante, la sonrisa afilada—. Porque voy a contarle a Mateo la verdad sobre ti.
—¿Qué verdad?
—Que eres una mentirosa. Que finges ser torpe. Que en realidad eres una asesina entrenada.
El silencio se estira. Gia no pestañea.
—¿Y tienes pruebas?
—Las tendré. Solo necesito un poco de tiempo.
—Pues date prisa. Porque yo no voy a esperarte.
—Eres una insolente.
—Y tú una arpía. —Gia se levanta, la taza aún en la mano—. Gracias por el té. Estaba aguado, igual que tu personalidad.
Bianca se levanta de golpe, los ojos echando chispas. Por un instante, creo que va a abofetear a Gia. Pero se contiene. Solo sonríe, una sonrisa que me hiela la sangre.
—Esto no ha hecho más que empezar, Gia.
—Lo sé. Y yo estoy lista.
Gia sale de la galería sin mirarme. Me quedo escondido detrás de una columna, procesando lo que he oído. ¿Asesina entrenada? ¿Gia?
Todo encaja. La forma en que se mueve. La calma con la que se enfrentó a los matones. La forma en que sostenía las sandalias como si fueran armas.
Bianca no miente. O, al menos, no esta vez.
Y yo, que pensaba que Gia era un desastre, acabo de descubrir que la mujer que me ha besado, que me ha provocado, que me ha mirado como si yo fuera su salvación, es mucho más peligrosa de lo que jamás imaginé.
Esa noche, recibo un mensaje de Bianca: «¿Sabías que tu preciosa Gia no es italiana? Su acento es falso. Su pasado es falso. Todo es falso.»
No respondo. Pero cuando busco a Gia en su habitación, no está. Y en el gimnasio, las luces están encendidas.
La encuentro frente al espejo, con los puños vendados, golpeando el saco. No con torpeza. Con una precisión letal.
Me quedo en la puerta, observando. Ella me ve. No se detiene.
—¿Vas a quedarte ahí mirando, osito? —me dice, sin apartar la vista del saco.
—¿Por qué me mentiste, Gia?
—Nunca te mentí. Solo no te dije toda la verdad.
—Es lo mismo.
—No. Es exactamente lo que tú haces con Bianca. Omitir es sobrevivir. Y yo, Mateo, sobrevivo.
Deja de golpear el saco y se gira hacia mí. Tiene el labio partido, la respiración agitada, y los ojos encendidos con un fuego que no le había visto hasta ahora.
—¿Y ahora qué? —me pregunta—. ¿Vas a odiarme? ¿A denunciarme? ¿A decírselo a tu preciosa prometida?
—No lo sé. —Le sostengo la mirada—. Pero una cosa es segura. Ya no soy tu entrenador. Soy tu prisionero.
—¿Mi qué?
—Mi prisionero. Porque acabas de derribar todas las mentiras. Y ahora no sé quién eres.
—Soy Gia. —Da un paso hacia mí, las vendas deshaciéndose—. Soy la mujer que te besó. La que te deseó. La que te hizo gritar en el vestuario. ¿Eso no cuenta?
—Cuenta. Y por eso me jode.
—Pues deja de joderte y bésame.
Me quedo quieto. La tentación es un abismo. Y yo estoy al borde.
—No puedo —murmuro.
—¿Por qué?
—Porque si te beso ahora, no voy a parar. Y no sé si eso me salvará o me condenará.
—Pues condenémonos juntos, osito. Como los buenos pecadores.
La beso. Y mientras sus labios se mueven contra los míos, una certeza me golpea: Bianca no va a detenerse. Y Gia tampoco.
Solo espero que, cuando todo estalle, yo esté del lado correcto.