Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 6 LA DISMORFIA
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CAPÍTULO 6 LA DISMORFIA

GIA

El baño de mi habitación es un santuario de mármol blanco y luces cálidas. Demasiado cálidas. Demasiado brillantes. Cada defecto se ve multiplicado, cada curva se convierte en un monte, cada pliegue en una cicatriz. Me miro en el espejo de cuerpo entero y siento que el estómago se me encoge.

Odio lo que veo.

Odio mis muslos, que se tocan aunque separe las piernas.

Odio mis caderas, que se ensanchan como si quisieran ocupar más espacio del que me corresponde.

Odio mi cintura, que no es cintura, que es un tronco.

Odio las estrías que me cruzan los costados como ríos de plata, y la celulitis que me ondula la piel de los glúteos y los muslos.

Me odio a mí misma por no ser capaz de mirarme sin asco.

No es real. Sabes que no es real. La abuela te lo repitió mil veces. Es dismorfia. Es tu cerebro mintiéndote. Pero joder, cómo duele.

Me pongo el albornoz y salgo del baño. La habitación está en penumbra, con la luna colándose por la ventana. Me tumbo en la cama y cierro los ojos, intentando apagar los pensamientos. No funciona. Nunca funciona.

La puerta se abre. No he oído llamar, pero ya sé quién es. Solo Mateo entra sin pedir permiso.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto, sin abrir los ojos.

—He visto la luz del baño. Y tu puerta estaba entreabierta.

—Eso no es una invitación.

—No. Es un descuido. —Se acerca a la cama y se sienta en el borde—. ¿Estás bien?

—Perfectamente.

—Mientes.

—Sí. Miento. —Abro los ojos y lo miro—. ¿Y qué? ¿Vas a quedarte ahí mirándome como un osito preocupado?

—No soy un osito. Y no estoy preocupado.

—Claro que lo estás. Te veo la cara.

—Mi cara no dice nada.

—Tu cara lo dice todo. Eres un libro abierto, Mateo. Solo que nadie se molesta en leerte.

—¿Y tú me lees?

—Intento. —Me incorporo sobre los codos, el albornoz resbalándome por el hombro—. Pero te saltas páginas. Como si tuvieras miedo de que descubra el final.

Mateo desvía la mirada. Sus dedos se aferran a la colcha, y la mandíbula se le tensa. Sé que está incómodo. Sé que no le gusta hablar de sentimientos. Pero esta noche estoy cansada de fingir, y él ha venido a verme. Que aguante.

—¿Cuáles son tus imperfecciones? —me pregunta de repente, sin mirarme.

—¿Qué?

—Tus imperfecciones. Las que tanto odias. Quiero oírlas.

—Me sobran michelines. —¿Dónde? Porque solo veo curvas que caben perfectamente en las manos para poder agarrarte y follarte como un loco, sigue dime más.

—También tengo estrías.

—Qué horror.

—No te burles de mí.

—¿Dónde? —Se gira hacia mí, los ojos oscuros—. Enséñamelas.

—No.

—Gia.

—No. —Me cruzo de brazos, cubriéndome el pecho—. No voy a enseñarte mis estrías. Son mías. Y son feas.

—No me importa que sean feas. Quiero verlas.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber qué es lo que tanto odias. Quiero entenderlo.

—No lo entenderías. Eres un tío. Los tíos no tenéis estrías. Ni celulitis. Ni michelines.

—No. Pero tengo cicatrices. —Se levanta la camiseta, mostrándome el torso desnudo. Las marcas blancas le cruzan las costillas, la espalda, el abdomen—. ¿Ves? También yo tengo imperfecciones.

—Eso no es lo mismo. Las cicatrices son de guerra. Las estrías son de debilidad.

—Las estrías son de crecer. De cambiar. De vivir. —Se inclina hacia mí, la camiseta aún levantada—. No son debilidad, Gia. Son historia.

Se hace un silencio. Mateo se baja la camiseta y se queda quieto, mirándome. Yo me quedo quieta, mirándolo a él. La luna se cuela por la ventana y le dibuja sombras en la cara.

—¿Dónde están? —me pregunta, la voz baja.

—¿El qué?

—Tus estrías. Enséñamelas.

—No.

—Gia, por favor.

—No. Me da vergüenza.

—¿Vergüenza de qué? ¿De ser humana? —Me agarra la muñeca, con suavidad, y me la aparta del pecho—. Enséñamelas.

—No quiero.

—Pues obsérvame aprender a apreciar tu cuerpo. —Sus dedos se deslizan por mi hombro, bajando hacia mi clavícula—. No hay nada aquí que no quiera.

—Eso es muy cursi.

—Lo sé. Y lo repito porque lo siento. —Me mira a los ojos—. No hay nada aquí que no quiera, Gia. Ni una estría, ni una celulitis, ni un solo centímetro de tu piel. Si supieras cada maldita cosa retorcida que quiero hacerte...

—¿Y por qué no me las haces?

—Porque soy un cobarde.

—No. Eres un osito gruñón con complejo de mártir. —Le cojo la mano y la llevo a mi cadera—. Tócame, Mateo. Y deja de tratarme como si fuera a romperme.

Sus dedos se abren sobre mi piel, cálidos y ásperos. Me recorre la cadera, el muslo, la curva de mi vientre. No hay urgencia. Solo hay curiosidad. Una curiosidad que me desnuda más que cualquier palabra.

—¿Aquí? —me pregunta, los dedos sobre mis estrías.

—Sí.

—¿No duelen, verdad?

—No.

—¿Qué más?

—También tengo celulitis.

—Mi peor pesadilla hecha realidad. No me digas que también te sale cera en las orejas.

—Te odio. —Le doy un empujón juguetón, pero él me agarra la muñeca y tira de mí hacia su pecho.

—No me odias. Me deseas. Y yo a ti.

—Eso es muy arrogante.

—Soy un Reyes. La arrogancia es genética.

Me río, y la risa se convierte en un jadeo cuando sus labios rozan mi cuello. Sus manos se deslizan por mi espalda, desatando el albornoz, y la tela cae a mis pies como un charco de espuma. Me quedo desnuda frente a él, expuesta, vulnerable. Y por primera vez en mucho tiempo, no quiero esconderme.

—Mírame —le digo, la voz temblorosa—. Mira lo que hay.

—Lo estoy mirando. —Sus ojos me recorren sin prisa—. Y me gusta. Mucho más de lo que debería.

—¿Y qué vas a hacer al respecto?

—Nada. Porque si hago lo que quiero, no voy a poder parar.

—Pues no pares. —Le cojo la cara con las dos manos y lo obligo a mirarme—. No pares, Mateo. Te doy permiso.

Me besa. Es un beso profundo, hambriento, que me roba el aliento.

Sus manos me agarran las caderas y me levantan, mis piernas enroscándose en su cintura.

Me tumba en la cama y se coloca sobre mí, el peso de su cuerpo aplastándome contra el colchón.

Está duro. Lo siento contra mi vientre, palpitante, enorme. Y no tengo miedo.

—Voy a hacerte daño —me advierte, la voz ronca.

—Me la suda. Soy una masoca.

—No es gracioso.

—No pretendo que lo sea.

Me penetra de una embestida. El placer me arranca un grito que entierro en su hombro, las uñas clavadas en su espalda.

Se mueve dentro de mí con una urgencia que me desborda, cada embestida un castigo, cada gemido una rendición.

Me agarra las muñecas y me las sujeta sobre la cabeza, inmovilizándome.

Su boca en mi cuello, sus dientes en mi piel, su aliento en mi oído.

—Eres mía —gruñe—. No de Bianca. Mía.

—Tuya —jadeo—. Solo tuya.

—Dilo otra vez.

—¡Soy tuya, Mateo! ¡Solo tuya!

El orgasmo me estalla dentro, una ola que me recorre entera y me deja temblando. Él me sigue un segundo después, derramándose con un rugido sordo, la frente apoyada en la mía. Nos quedamos quietos, respirando agitados, los cuerpos pegados por el sudor.

—Esto no cambia nada —murmura contra mis labios.

—Lo sé.

—Mañana seguiré con Bianca.

—Lo sé.

—Y tú seguirás odiándome.

—No. —Le acaricio la mejilla—. Yo nunca te he odiado, Mateo. Eso es lo que no entiendes.

Me besa en la frente, un gesto tan tierno que me parte el alma. Luego se aparta, se viste sin mirarme, y se queda un segundo en la puerta.

—No te mires al espejo —me dice, sin girarse.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo bonita que eres. Y yo no sé cómo decírtelo sin sonar idiota.

Sale. La puerta se cierra tras él con un clic suave. Me quedo en la cama, desnuda, con el olor de su piel pegado a la mía y el corazón latiéndome en la garganta.

Mierda. Esto se está complicando. Y lo peor es que no quiero que se acabe.

Me levanto y me miro en el espejo. Las estrías siguen ahí. La celulitis también. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me parecen monstruosas. Solo me parecen parte de mí.

Gracias, Mateo. Aunque no lo sepas, me has hecho un favor.

Apago la luz y me meto en la cama. La luna sigue brillando al otro lado de la ventana, y yo me duermo con una sonrisa que no me cabe en la cara.

A la mañana siguiente, encuentro una nota deslizada bajo la puerta. La letra es de Mateo, firme y apretada: «Hoy no entrenamos. Bianca te ha invitado a un té privado. No vayas.»

La arrugo y la tiro a la papelera. Si Bianca me invita a un té privado, es porque quiere jugar. Y yo, Gia Russo, nunca rechazo un juego.

Que empiece la partida.