CAPÍTULO 5 LA CENA INCÓMODA
MATEO
La cena está servida en el comedor privado del ala este, el mismo que Dorian reserva para las ocasiones que requieren más silencio que palabras.
Las velas parpadean sobre la mesa de caoba, y la cubertería de plata refleja una luz anaranjada que me recuerda al fuego.
Un fuego que, esta noche, amenaza con devorarnos a todos.
Bianca se sienta a mi derecha, impecable con un vestido color champán y el pelo rubio recogido en un moño bajo.
Val está frente a mí, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
Gia se sienta a su lado, con un vestido azul marino que no le he visto antes y el pelo suelto sobre los hombros.
Liam, Enzo, Aria y Dorian completan la mesa, aunque Aria se ha retirado temprano para acostar a los mellizos.
Los bebés no cenan con nosotros; bastante ruido hacen ya durante el día.
El primer plato es una crema de calabaza que Mercedes ha servido con flores de cebollino. Nadie habla. Los cubiertos tintinean contra la porcelana, y el silencio es tan espeso que podría cortarse con un cuchillo de untar.
—Gia, querida —dice Bianca de repente, con una sonrisa que no presagia nada bueno—. ¿Por qué comes tanto?
Gia levanta la vista de su plato, la cuchara a medio camino. No se inmuta. Al contrario: sonríe con una dulzura que me hiela la sangre.
—Porque tengo hambre. ¿Por qué comes tan poco? ¿Te alimentas de almas?
—Solo de las que me interesan.
—Entonces estás desnutrida, querida.
Val resopla. Liam ahoga una carcajada con la servilleta.
Enzo se atraganta con el vino y tose con disimulo.
Yo no reacciono. Me obligo a mantener la vista fija en mi plato, los dedos apretados alrededor de la cuchara.
No debo intervenir. Si lo hago, Bianca redoblará su ataque.
Si lo hago, todos sabrán que hay algo entre Gia y yo. Y no puedo permitirlo.
—Deberías cuidar tu figura —insiste Bianca, sin apartar los ojos de Gia—. Mateo prefiere a las mujeres delgadas.
—Qué raro. A mí me gustan los hombres con cerebro. Por eso no me interesa tu novio.
—¡Gia!
—¿Qué? Es un cumplido. Significa que no me lo quiero follar.
El silencio estalla en risas ahogadas. Liam se cubre la boca con la servilleta, pero sus hombros tiemblan. Enzo aparta la copa y se limpia los labios con la palma de la mano. Hasta Dorian, que rara vez se ríe, esboza una sonrisa que intenta disimular bebiendo un sorbo de vino.
Bianca palidece. Sus dedos se cierran sobre el tenedor con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Luego, como si nada, vuelve a sonreír.
—Qué graciosa eres. Deberías dedicarte a la comedia.
—Lo haría. Pero me da miedo que me copies.
—No te copiaría. No me interesa el fracaso.
—Pues entonces no me copies. Y deja de mirarme el plato, que me quitas el apetito.
La tensión es insoportable. Val me fulmina con la mirada, como si me culpara de todo, y en cierto modo es así.
Si yo no hubiera traído a Bianca a esta casa, si mi padre no me hubiera atado a un contrato que no elegí, nada de esto estaría pasando.
Gia no estaría siendo humillada en mi mesa.
Y yo no estaría sintiendo esta culpa que me carcome.
—Bianca, cariño —intervengo, con la voz más serena que puedo—. Prueba el solomillo. Está exquisito.
—Siempre tan atento, Mateo. —Bianca me dedica una sonrisa falsa—. Por eso te quiero.
—Qué bonito —murmura Gia, sin levantar la vista del plato—. El amor entre dos personas que no se soportan. Como un cuento de terror.
—Nadie te ha pedido opinión.
—Tienes razón. Me la guardo para el postre.
La cena continúa en una calma tensa. Los platos van y vienen, las copas se rellenan, y las conversaciones se suceden a trompicones.
Liam intenta hablar de fútbol; Enzo lo interrumpe con una anécdota del hospital; Val se encierra en su mutismo habitual.
Bianca no deja de lanzar dardos a Gia, y Gia los esquiva con una elegancia que no le había visto hasta ahora.
Pero no se defiende. No se queja. No me pide ayuda.
Y eso me hunde más.
El postre es una tarta de chocolate amargo, servida con helado de vainilla. Gia la mira con los ojos brillantes, como si fuera la primera vez que ve un dulce en su vida. Y Bianca, que no pierde ocasión, se inclina hacia ella con una sonrisa.
—¿Seguro que quieres comer eso? Con tu metabolismo, te va a ir fatal.
—Mi metabolismo es asunto mío.
—Lo digo por tu salud.
—Y yo lo tomo como un insulto. Gracias por preocuparte.
—No me preocupa. Me asquea.
—Bianca —corta Val, con una voz tan fría que hasta los cubiertos se detienen—. Ya está bien.
—¿El qué? Solo digo la verdad.
—Pues deja de decirla. Estás arruinando la cena.
—No soy yo quien arruina la cena. Es tu hermana, que no sabe comportarse.
—Gia no ha hecho nada.
—Claro que lo ha hecho. Ha venido a esta casa sin que nadie la invitara, se ha instalado como si fuera suya, y se ha metido en la cama de mi prometido.
El silencio es absoluto. Liam abre la boca, pero no sale ningún sonido. Enzo deja el tenedor en el plato con un golpe seco. Dorian me mira, y su expresión es de pura advertencia.
—No me he metido en la cama de nadie —dice Gia, con una calma que no esperaba—. Y si lo hubiera hecho, no sería de tu incumbencia. Porque tu prometido no te quiere. Y tú lo sabes.
—Gia —intervengo, la voz rota—. Basta.
—¿Basta? —Se gira hacia mí, los ojos avellana encendidos—. ¿Tú también vas a callarme? ¿Después de todo lo que ha dicho?
—No estoy tomando partido.
—Claro que lo estás. Estás tomando el suyo.
—Gia, por favor...
—No me pidas por favor. No me merezco tu por favor. —Se levanta de la silla, el cuerpo tembloroso—. Me merezco que me defiendas. Y no lo haces. Y eso me duele más que todo lo que ella pueda decirme.
Se da media vuelta y sale del comedor sin mirar atrás. La puerta se cierra con un golpe seco, y el silencio que deja es tan denso que apenas puedo respirar.
—Mateo —dice Val, con una voz que no es un ruego sino una exigencia—. Ve a buscarla.
—No voy a ir.
—Sí vas a ir. Porque eres el único que puede arreglar esto.
—No hay nada que arreglar. Gia se ha metido donde no debía.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde era? ¿En tu cama? —Val me fulmina con los ojos—. No me tomes por idiota, Mateo. Sé lo que hay entre vosotros.
—No hay nada.
—Mentira.
—No pienso seguir esta discusión. —Me levanto de la mesa, la servilleta cayendo al suelo—. Bianca, te acompaño a tu habitación.
—No hace falta. —Bianca sonríe, una sonrisa de victoria—. Ya me ha acompañado bastante.
Sale del comedor con paso firme, los tacones resonando en el mármol. Val me mira con desprecio. Liam aparta la vista. Enzo sacude la cabeza.
—Eres un idiota —dice Val, antes de irse.
—Lo sé.
—No lo sabes. Pero lo sabrás.
También se va. Me quedo solo en el comedor, rodeado de platos sucios y velas a medio consumir. La culpa me aprieta el pecho como un cinturón de hierro.
Debería haberla defendido. Debería haber dicho algo. Pero no lo hice. Porque soy un cobarde. Porque el deber me ata las manos. Porque Bianca es mi prometida y Gia es una desconocida que no debería importarme.
Y, aun así, me importa.
Maldita sea. Me importa.
Salgo del comedor y camino sin rumbo por los pasillos de la mansión.
Las velas están apagadas, y solo la luna ilumina el mármol con su resplandor pálido.
Sé a dónde voy. Lo supe desde que Gia se levantó de la mesa.
Lo supe desde que la vi por primera vez, tropezando en el vestíbulo con una lámpara en la mano.
La encuentro en el jardín interior, sentada en el borde de la fuente. Las luces de los farolillos le dan un aspecto fantasmal, y el agua le salpica los pies descalzos. No llora. No se queja. Solo mira al frente, con una quietud que no le había visto hasta ahora.
—No quiero hablar contigo —dice, sin girarse.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—Porque soy un idiota.
—Eso no es una novedad.
Me siento a su lado, en el borde de piedra, dejando que el silencio se estire entre nosotros. Huele a jazmín, a agua fresca, a ella. No la toco. No me atrevo.
—Siento lo de ahí dentro —digo al fin.
—No lo sientes. Si lo sintieras, habrías hecho algo.
—No podía.
—¿Por qué? ¿Por tu prometida? ¿Por tu padre? ¿Por tu maldito código de honor? —Su voz es un látigo—. Todo eso son excusas, Mateo. La verdad es que no quieres complicarte. Prefieres callarte y dejar que Bianca me humille, porque así no tienes que elegir.
—No es justo.
—La vida no es justa. —Me mira, los ojos brillantes—. Pero tú podrías serlo. Y no lo eres. Y eso me rompe más que cualquier insulto de esa rubia de mierda.
—Gia, yo...
—No me vengas con disculpas. No quiero tus disculpas. —Se levanta de la fuente, los pies descalzos sobre el mármol—. Quiero que me digas que no soy solo una aventura. Que no soy solo una forma de escapar de tu prometida. Que soy algo más.
—Eres algo más.
—¿Qué?
—No lo sé. —Le sostengo la mirada, la garganta seca—. Pero eres más. Mucho más.
—Pues demuéstralo. No mañana. No cuando Bianca se vaya. Ahora.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
—¿Miedo de qué?
—De lo que siento. De lo que me haces. De no poder controlarlo. —Me levanto, acercándome a ella—. Tú no entiendes lo que es estar atado a un contrato. A un apellido. A un padre que me vendió antes de que aprendiera a hablar. Tú no entiendes que cada vez que te miro, el deber se me hace más pesado.
—Entonces no me mires.
—No puedo. Eso es el problema.
La agarro de la cintura y tiro de ella hacia mí. Su cuerpo se tensa, pero no se aparta. Sus manos se apoyan en mi pecho, los dedos aferrados a la tela de la camisa.
—Voy a besarte —le digo, la voz ronca.
—No quiero que me beses. Quiero que me defiendas.
—Pues entonces exígeme algo que pueda darte.
—Bésame. Y mañana defiéndeme. —Sus ojos me desafían—. O no me beses y déjame ir.
El jardín se queda en silencio. El agua de la fuente sigue corriendo, imperturbable. Y yo, que nunca he sabido elegir, me inclino y la beso.
Sus labios saben a chocolate amargo, a lágrimas contenidas, a todo lo que no nos hemos dicho. Le devuelvo el beso con una urgencia que me asusta, las manos enredadas en su pelo. Gia gime contra mi boca, y el sonido me desarma.
—No voy a poder soltarte —murmuro.
—No quiero que me sueltes.
—Voy a hacerte daño.
—Soy una masoca. Ya lo sabes.
La beso otra vez, y el mundo se reduce a sus labios, a su cuerpo, a la certeza de que esto, sea lo que sea, me va a costar el alma.
Y aun así, no pienso detenerme.
Una sombra se mueve en el borde del jardín.
Me separo de Gia lo justo para mirar por encima de su hombro, y veo una silueta recortada contra la luz de la galería.
Es Bianca. Nos ha visto. Y su sonrisa, incluso en la penumbra, es la de una mujer que acaba de encontrar la excusa perfecta para destruirnos.
—Mateo —susurra Gia, sin girarse—. Ella nos ha visto.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —respondo, apretando la mandíbula—, prepárate. Porque Bianca no se va a rendir sin luchar.
—¿Y tú?
—Yo tampoco.
Gia sonríe, y esa sonrisa me dice que, pase lo que pase, ya no está sola.
Esta vez, no voy a fallarle. Cueste lo que cueste.