Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 4 LA PRIMERA VEZ
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CAPÍTULO 4 LA PRIMERA VEZ

GIA

El entrenamiento ha sido un infierno. Mateo me ha hecho correr en la cinta, levantar pesas ridículamente pequeñas, saltar a la cuerda y repetir combinaciones de boxeo que fingí no dominar.

Todo con una paciencia que no le pega, como si se esforzara por no gruñir.

Y yo, mientras tanto, he puesto cara de tortura, he resoplado, he tropezado dos veces y he dejado caer una mancuerna de cinco kilos con la excusa de que "pesaba un montón".

Por dentro, me partía de risa. Con mi abuela levantaba el triple a los catorce años. Pero el osito no puede saberlo. El osito solo ve lo que quiere ver: una italiana torpe y quejica que no representa ningún peligro.

Ahora estoy en el vestuario femenino, junto a las taquillas, con el pelo pegado a las sienes y el top deportivo empapado.

Me miro en el espejo de cuerpo entero y la sonrisa se me congela.

Odio lo que veo. Odio mis muslos, mis caderas, mi cintura.

Odio la forma en que la ropa me marca los michelines.

Odio no ser una de esas chicas esbeltas que parecen flotar en el gimnasio.

No es real. Sabes que no es real. Es la dismorfia hablando. Pero aun así duele.

La puerta se abre y Mateo entra sin llamar. Está sudado, con la camiseta negra pegada al torso y una botella de agua en la mano. Se detiene al verme, los ojos recorriéndome el cuerpo sin disimulo.

—¿Se ve mal? —me escapo antes de pensarlo.

—¿Quieres la respuesta verbal o la no verbal?

—¿Cuál es la no verbal?

Mateo baja la vista. No a mis ojos, no a mi cara. Al bulto que se le marca en el pantalón del chándal. Un bulto imposible de ignorar.

—Esa es la no verbal.

Se me seca la boca. El vestuario se queda en silencio, roto solo por el goteo de una ducha lejana. No sé si reír o arrancarme la ropa. Probablemente las dos cosas.

—No me provoques, Gia —dice, la voz ronca.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de lo que pase?

—No. Tengo miedo de hacerte daño.

—Me la suda que me hagas daño. Soy una masoca.

Mateo da un paso hacia mí. Yo doy uno hacia atrás. Las taquillas están frías contra mi espalda, y su cuerpo, enorme y cálido, me atrapa sin tocarme. Huele a sudor, a acero y a algo que no sé nombrar. Huele a hombre. A mi hombre.

Mierda. ¿Desde cuándo es mi hombre?

—No soy bueno para ti —murmura.

—No te he pedido que seas bueno. Te he pedido que me folles.

—No.

—Mateo...

—No voy a follarte en un vestuario, Gia. No es el lugar.

—¿Y cuál es? ¿Tu cama? ¿La de Bianca? —Le clavo un dedo en el pecho, y el músculo se tensa bajo mi palma—. ¿O es que prefieres seguir mintiéndote mientras ella te come con los ojos?

—No menciones a Bianca.

—¿Por qué? ¿Te duele?

—No. Me enfurece.

Me agarra la muñeca y me la aparta, pero no me suelta. Sus dedos, fuertes y callosos, se cierran alrededor de mi mano como una promesa. La otra mano se apoya en la taquilla, junto a mi cabeza, y me quedo atrapada entre el acero y su pecho.

—Voy a besarte —me dice, y no es una pregunta—. Y cuando termine, vas a arrepentirte de haberme provocado.

—Lo dudo.

—Lo verás.

—¿Qué me harías si estuviera atada?

Se inclina. Sus labios rozan los míos, un contacto mínimo, casi una amenaza.

—Nada que no quisieras repetir.

Luego me besa. Y el mundo se reduce a su boca, a su lengua, a sus dientes mordiéndome el labio inferior con una urgencia que me arranca un gemido. Le respondo con la misma intensidad, las manos enredadas en su pelo, las uñas rasgándole la nuca.

Por fin. Por fin dejo de fingir.

—Eres un desastre —jadea contra mis labios.

—Y tú un osito gruñón. —Le muerdo la mandíbula—. ¿Ves como hacemos buena pareja?

—No. Somos un error.

—Pues comételo.

Me levanta sin esfuerzo y me sienta sobre el banco del vestuario.

Mis piernas se enroscan en su cintura, mis manos tiran de la camiseta negra, y su torso desnudo aparece ante mí como un mapa de cicatrices y músculos.

Bajo la boca a su cuello, a su pecho, a la línea de vello que desaparece bajo el chándal.

Él gruñe, un sonido primitivo que me vibra en los labios.

—¿Te gusta? —le pregunto, saboreando mi poder.

—Demasiado.

—Pues demuéstralo.

Me aparta con suavidad, lo justo para deshacerse del chándal.

—No me la vas a meter.

—¿Quieres apostar? No juegues con fuego que te puedes quemar italian

Su erección es enorme, impresionante, y por un instante mi dismorfia me susurra que no soy suficiente, que no le gusto, que solo está jugando conmigo. Pero sus ojos me miran como si fuera lo más hermoso que ha visto en su vida.

—No te escondas —me dice, mientras me quita el top deportivo—. Quiero verte.

—No me gusta mi cuerpo.

—Pues obsérvame aprender a apreciarlo. —Sus dedos recorren mis estrías, mis caderas, la celulitis de mis muslos—. No hay nada aquí que no quiera.

—Eso es muy cursi.

—Lo sé. Se me está pegando.

—¿De quién? ¿De Liam?

—De ti.

Me besa otra vez, y esta vez sus manos se deslizan dentro de mis mallas. Me desnuda con una parsimonia que me desespera, y cuando estoy completamente expuesta, se arrodilla frente a mí y me mira desde abajo.

—¿Qué haces? —le pregunto, la respiración entrecortada.

—Adorarte.

—Eso es muy dramático.

—Soy muy dramático.

Su boca me encuentra. La lengua me lame con una precisión que me deja sin aliento, los dedos se hunden en mis muslos y me abren las piernas.

Me aferro al borde del banco, la cabeza echada hacia atrás, los gemidos escapándoseme sin control.

No finjo. No puedo fingir. Esto es real, más real que cualquier entrenamiento, más real que cualquier misión.

—Mateo... —jadeo.

—Dime que eres mía.

—No.

—Dime que eres mía o paro.

—Eres un cabrón.

—Y tú una masoca. Me lo dijiste antes. —Su lengua me roza el punto exacto, y el placer me nubla la vista—. Dilo.

—Soy tuya. Soy tuya. —Las palabras me salen rotas, llenas de una rendición que no reconozco—. Soy tuya, Mateo. Solo tuya.

Me levanta del banco y me empuja contra las taquillas. Las taquillas vibran con el golpe. Me penetra de una embestida, y el placer se mezcla con el dolor, con la furia, con todos los meses de tensión acumulada. Grito, y él me tapa la boca con la mano, embistiéndome contra el acero.

—No grites —me ordena al oído—. O todo el mundo sabrá lo puta que eres.

—No me vas a hacer callar. —Entonces te follaré la boca. Así no hablarás.

—¿Eso es lo que quieres italiana?

— Porque yo prefiero follar ese precioso coño voy a hacerte temblar pequeña y tu vas a obedecer y cerrar esa boca.

—No te muevas. Quiero que sientas cada centímetro

Me folla como si me odiara. Como si me amara.

Como si yo fuera la única mujer en el mundo y a la vez la peor de sus errores.

Los golpes me sacuden el cuerpo, las uñas le arañan la espalda, y el placer se acumula, crece, estalla.

El orgasmo me arrastra como una ola, y me deshago en sus brazos, temblando, llorando, riendo.

—Joder, Mateo. —Le muerdo el cuello—. Joder.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí. Porque yo también lo siento.

Me deja en el suelo, las piernas temblorosas, y me besa con una suavidad que contrasta con la violencia de hace un instante. Luego se aparta, se viste sin mirarme, y se queda un segundo en la puerta.

—Esto no cambia nada —dice, sin girarse.

—Lo sé.

—Mañana entrenamos a las ocho. No llegues tarde.

—No pienso llegar. Ni temprano ni tarde.

—Gia...

—Mateo. —Me cruzo de brazos, desnuda, despeinada, satisfecha—. No me voy a romper. Y tú tampoco. Así que deja de tratarme como a una maldita muñeca de porcelana.

—No eres una muñeca. Eres un desastre.

—Y tú un osito gruñón. —Sonrío—. Ya lo hemos establecido.

Sale. La puerta se cierra tras él con un chasquido. Me quedo en el vestuario, con el cuerpo aún vibrando y la mente a toda velocidad.

Esto no estaba en el plan. Él no estaba en el plan. Y ahora no sé si voy a poder seguir fingiendo.

Cojo mi ropa del suelo y me dirijo a las duchas. El agua caliente me limpia el sudor, pero no me limpia su olor. Lo llevo en la piel, en los labios, en cada maldita esquina de mi cuerpo.

Mierda. Mierda. Mierda.

Estoy jodida. Y lo peor es que no quiero salvarme.