Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 3 LA PROMETIDA
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CAPÍTULO 3 LA PROMETIDA

MATEO

La mansión Cross se prepara para la llegada de Bianca Lombardi como quien se prepara para un funeral: con flores, con silencio y con una tensión que se mastica en el aire.

Mercedes ha sacado la vajilla de porcelana, los guardias se han colocado en sus puestos, y Val, que nunca pierde la compostura, se ha encerrado en el gimnasio para despejar la frustración a golpes de saco.

No la culpo. Bianca tiene ese efecto en la gente.

Liam se ha encargado de organizar la recepción, lo que significa que hay más champán del necesario y menos modales de los que una prometida merece.

Pero no estoy de humor para protocolos. Mi prometida llega hoy.

La mujer con la que voy a casarme por obligación, no por amor.

La hija del aliado de mi padre, el trofeo que sella una deuda de sangre que arrastro desde los catorce años.

—Podrías fingir que estás contento —me dice Liam, apoyado contra la barandilla del vestíbulo con una copa en la mano—. Es tu prometida, no tu verdugo.

—Es lo mismo.

—No seas dramático, Mateo. Bianca es guapa. Y rica. Y te quiere.

—No me quiere. Quiere mi apellido.

—Sigue siendo más de lo que tú quieres darle.

No respondo. No puedo. Porque tiene razón, y odio que Liam tenga razón.

Bianca y yo llevamos comprometidos desde los dieciocho años, un acuerdo sellado en papel y sangre entre mi padre y el suyo.

Nunca la he querido, nunca la he tocado, y si pudiera romper este contrato sin deshonrar a los Reyes, lo haría.

Pero los Reyes no rompen sus promesas. Aunque les carcoman por dentro.

La puerta principal se abre y ahí está. Bianca Lombardi es una visión de hielo: melena rubia impecable, vestido blanco ceñido, tacones que parecen agujas. No camina. Se desliza. Y cuando me ve, sus labios se curvan en una sonrisa que no llega a los ojos.

—Mateo, cariño. —Se acerca y me besa en la mejilla, un roce que apenas siento—. Cuánto tiempo.

—Demasiado.

—Siempre tan elocuente. —Se ríe, un sonido frío, y luego pasea la mirada por el vestíbulo—. He oído que tenéis una invitada nueva. La hermana de Valentina. ¿Dónde está?

—Llegará en un momento.

—Espero que sea más interesante que su hermana. Valentina es tan... aburrida.

—Val no es aburrida. Es discreta.

—Es lo mismo.

Aprieto la mandíbula. No quiero discutir con Bianca, no hoy.

Pero su desdén por los míos me irrita de una forma que no debería.

Gia aparece en ese momento, bajando por la escalera con un vestido rojo que ya le he visto y una sonrisa tensa que me pone en alerta.

Sabe que Bianca está aquí. Y no le hace gracia.

—Gia Russo. —Bianca la examina de arriba abajo, sin disimulo—. Un placer.

—Gia Russo. —La voz de la italiana es seca—. El placer es mío.

—Espero que no te quedes mucho tiempo. Esta casa no es para... gente como tú.

—¿Gente como yo?

—Ruidosas. Desordenadas. Inapropiadas.

Gia parpadea, y por un instante veo algo en sus ojos que no me gusta. No es tristeza. Es cálculo. Puro cálculo.

—Ah. Entonces me quedaré el doble. Para compensar.

Bianca se tensa. Su sonrisa se vuelve más afilada, si es posible, y sus dedos se aferran al bolso con demasiada fuerza. Gia le sostiene la mirada sin pestañear, y por un momento me siento como un espectador en un combate de cuchillos.

—Qué divertida —dice Bianca, con una voz que no es divertida—. Mateo, cariño, ¿me acompañas a mi habitación? Necesito refrescarme.

—Liam te acompañará. Yo tengo que hablar con Gia.

—¿Con Gia? —Bianca me mira como si hubiera dicho una obscenidad—. ¿Qué tienes que hablar con ella?

—Es su entrenador.

—Ah, cierto. La estás convirtiendo en una máquina de matar. Qué entrañable. —Bianca me dedica una última sonrisa y se aleja con Liam, no sin antes lanzarle una mirada de advertencia a Gia—. Hasta luego, Gia. No te rompas un hueso.

—Descuida. Soy más resistente de lo que parezco.

Cuando Bianca desaparece por el pasillo, Gia deja escapar un suspiro y se gira hacia mí.

—¿Ella es tu prometida? —me pregunta, con una calma que no le he visto hasta ahora.

—Sí.

—Pues no te felicito.

—No hace falta.

—¿La quieres?

—No es asunto tuyo.

—Claro que lo es. —Gia da un paso hacia mí, demasiado cerca—. Así te toco más las pelotas.

Me quedo inmóvil. Su perfume me envuelve, jazmín y algo cítrico, y sus ojos avellana me desafían sin parpadear. Debería apartarme. Debería recordarle que soy su entrenador, no su amigo. Pero no me muevo.

—No me tocas las pelotas, Gia. Me irritas. Es distinto.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué me irrito tan rico?

—Porque eres una provocadora.

—Y tú un osito gruñón. Ya lo hemos establecido. —Sonríe, y esa sonrisa me desarma más de lo que quisiera—. Relájate, Mateo. No voy a morder a tu prometida. Al menos, no delante de ti.

—No la toques.

—No pienso tocarla. Pero si ella me toca a mí, no respondo.

—Bianca no te tocará. Es una dama.

—Claro. Una dama de hielo. —Gia se cruza de brazos—. No me fío de ella.

—No tienes que fiarte. Solo tienes que convivir.

—¿Y si no quiero convivir?

—Entonces te vas. Pero no creo que Val te deje.

—Val no me deja ni respirar. —Hay un amargor en su voz que no esperaba—. No te preocupes por mí, osito. Sé cuidarme sola.

Se gira y se aleja hacia la cocina, dejando un rastro de jazmín y de preguntas sin responder. Me quedo en el vestíbulo, mirando el hueco por el que ha desaparecido, y siento una punzada de algo que no quiero nombrar.

Maldita italiana.

La cena es un suplicio elegante. Mercedes ha preparado solomillo Wellington, ensalada de rúcula y una tarta de limón que Bianca apenas prueba. La prometida se sienta a mi derecha, con la espalda recta y la copa de vino entre los dedos, y no deja de lanzar dardos venenosos disfrazados de cortesía.

—Gia, querida, ¿qué te ha traído a Blackthorn? —pregunta, mientras desmenuza el pan sin comerlo—. Porque no creo que sea el clima.

—Mi hermana me ha invitado. Y pensé que me vendría bien cambiar de aires.

—¿Y qué hacías en Nápoles? Valentina nunca habla de ti.

—Vivía con mi abuela. Hasta que murió.

—Oh, lo siento. —La disculpa es tan falsa como sus pestañas—. Debió ser muy duro.

—Lo fue. Pero se supera.

—¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Estudiar? ¿Trabajar? No es por ser grosera, pero no puedes quedarte aquí para siempre.

—No pienso quedarme para siempre. Solo hasta que Mateo me ponga en forma. —Gia sonríe, y esa sonrisa me eriza la piel—. Dice que soy un desastre y que va a convertirme en una máquina.

—Mateo es muy bueno en lo que hace.

—Lo sé. Lo he comprobado.

Bianca me mira. Hay una pregunta en sus ojos que no se atreve a formular en voz alta, pero que se cierne sobre la mesa como una amenaza. Yo mantengo la vista fija en el plato, cortando el solomillo con una precisión que no siento.

—Pues deberías darte prisa —dice Bianca al fin—. El domingo nos vamos a la ciudad. Tengo una prueba de vestido para la boda. Será un evento íntimo, solo para la familia.

—¿La boda? —Gia levanta la vista—. No sabía que habíais fijado fecha.

—No lo hemos hecho. Pero el compromiso está firmado desde hace años. Es cuestión de tiempo.

—Claro. —Gia asiente, los labios curvados en una sonrisa que no llega a los ojos—. El tiempo lo cura todo, ¿no?

—No. Lo empeora.

El silencio se espesa. Val, sentada a mi izquierda, observa la escena con una mueca de fastidio. Liam intenta aligerar el ambiente con un chiste sobre el tráfico de la ciudad, pero nadie le sigue. La tensión es tan densa que podría cortarse con un cuchillo.

Cuando la cena termina, Bianca se levanta y me tiende la mano.

—Acompáñame a mi habitación, Mateo. Necesitamos hablar.

Es una orden, no una petición. Y yo, que nunca me he arrodillado ante nadie, me levanto y la acompaño.

La suite de invitados está en el ala oeste, lejos de la habitación de Gia y lo bastante cerca de la mía como para que las paredes oigan lo que no deben. Bianca cierra la puerta y se gira hacia mí, la fachada de dama perfecta desmoronándose como un castillo de arena.

—¿Qué está pasando entre tú y esa italiana? —me espeta.

—Nada.

—Mentira. Te he visto mirarla.

—Es mi alumna. Le enseño a defenderse.

—¿Y para eso necesitas mirarla como si quisieras comértela?

—No la miro así.

—Claro que sí. —Bianca da un paso hacia mí, el dedo índice clavándose en mi pecho—. Escúchame bien, Mateo. Nuestro compromiso es real. Tu padre y el mío lo firmaron hace años. Si lo rompes, los Lombardi se convertirán en enemigos del Sindicato. ¿Quieres eso?

—No.

—Entonces deja de jugar con la italiana. No te pertenece.

—No estoy jugando.

—Pues demuéstralo. Cásate conmigo. Fija la fecha. Haz lo que se supone que debes hacer.

—Lo haré. Cuando sea el momento.

—El momento es ahora. —Bianca me agarra la corbata y tira de mí, sus labios a milímetros de los míos—. Y si no lo haces, encontraré la forma de que lo hagas. Aunque tenga que sacar a esa zorra de esta casa a patadas.

Algo se rompe en mi interior. No es amor, ni deseo, ni lealtad. Es furia. Una furia fría, contenida, que me hace apartarle la mano con más brusquedad de la necesaria.

—No la toques.

—¿La defiendes? ¿A ella? ¿A una desconocida?

—Defiendo lo que es mío. Y tú, Bianca, no eres mía. Eres un contrato.

—Soy tu prometida.

—Eres un acuerdo. Nada más. —Me aparto de ella, las manos en los bolsillos—. Y si te atreves a tocar a Gia, te juro que el contrato se rompe. Con todas las consecuencias.

Bianca palidece. Sus labios se tensan en una línea fina, y sus ojos, por primera vez, muestran una chispa de odio puro.

—Te arrepentirás, Mateo. Te lo prometo.

—Ya me arrepiento. De haberte conocido.

Salgo de la habitación y cierro la puerta con un golpe seco. El pasillo está vacío, pero al final, junto a la escalera, veo una sombra. Gia. Me ha seguido. Lo ha oído todo.

—Deberías volver a tu habitación —le digo.

—¿Por qué la has defendido? —me pregunta, ignorando mi orden.

—No la he defendido. He defendido lo que es justo.

—Bianca no se detendrá. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué sigues con ella?

—Porque es mi deber. Y yo cumplo con mi deber.

—Eso es una estupidez.

—Es mi código. —Me detengo frente a ella, tan cerca que puedo ver sus pestañas—. Y no voy a romperlo por una italiana torpe que no sabe ni saltar a la cuerda.

—Pues vete. —Gia da un paso atrás, los ojos brillando con algo que no es tristeza—. Vete con tu prometida y déjame en paz.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque me distraes. Y si me distraigo, cometo errores. Y yo no cometo errores.

—Pues comete uno. —Gia me sostiene la mirada—. Solo uno. Y verás qué bien nos va.

Me quedo en silencio. La tentación es tan fuerte que me quema. Pero no cedo. No puedo ceder. Porque si lo hago, todo se derrumba: el Sindicato, la alianza, mi padre, mi honor.

—Buenas noches, Gia.

—Buenas noches, osito.

Se gira y se aleja por el pasillo, los pasos suaves sobre la moqueta. Me quedo mirando su silueta hasta que desaparece en la oscuridad. Y entonces, solo entonces, me permito respirar.

Bianca es un problema. Gia es otro. Y yo estoy atrapado entre dos mujeres que quieren destruirme de formas distintas.

Bienvenido al matrimonio, Mateo.