Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 2 LA PRINCESA Y EL OSO
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CAPÍTULO 2 LA PRINCESA Y EL OSO

GIA

La habitación que me han asignado está al final del ala este, y huele a cera, a flores secas y a soledad.

Es amplia, impersonal, con paredes color crema y una cama con dosel que no le pega ni con cola al resto de la mansión.

Dejo la mochila sobre el colchón y me descalzo.

Mis pies desnudos se hunden en la moqueta, y por un instante me permito cerrar los ojos y respirar.

Huele a ajeno. A un lugar donde no pertenezco.

Valentina no ha dicho nada desde que me ha acompañado a la puerta.

Se ha quedado un segundo de más, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa como la de su amigo el osito gruñón.

Luego se ha ido, sin abrazarme, sin preguntarme cómo estoy.

Solo un "a las doce entrenas con Mateo" y un portazo que ha retumbado en las paredes como una sentencia.

Me siento en el borde de la cama y sonrío.

Perfecto. Todo va según lo planeado.

Sé lo que piensan de mí. La hermana pequeña, la que se crió en Nápoles con la abuela, la que no sabe nada del mundo real, la que llega con un vestido rojo demasiado grande y una sonrisa de idiota. La torpe. La inofensiva. La que no representa ninguna amenaza.

Si supieran la verdad, no sonreirían tanto.

La abuela siempre decía que la mejor forma de esconderse era a plena vista. Que la gente ve lo que quiere ver. Y la gente, por lo visto, quiere ver a una niña torpe que tropieza con las baldosas y rompe lámparas caras.

Pues tendrán lo que quieren.

El gimnasio del sótano es una catedral de sudor y acero.

Las paredes de hormigón están cubiertas de espejos, y las luces de neón parpadean ligeramente, como si estuvieran a punto de fundirse.

Huele a cuero, a linimento y a testosterona.

El tipo de lugar donde los hombres como Mateo Reyes se pasan horas golpeando sacos y gruñendo.

Mateo me espera junto a la camilla, con una tabla de ejercicios en la mano y el ceño fruncido.

Lleva una camiseta negra sin mangas que se ciñe a su torso como una segunda piel, y sus brazos están cubiertos de cicatrices y músculos.

Es enorme. Imponente. Y tiene la misma expresión de siempre: la de un oso al que le han pisado la miel.

—Llegas tarde —me dice.

—Llego exactamente a las doce. —Señalo el reloj de pared—. Son las doce y un minuto.

—Llegas tarde.

—Eso es muy estricto.

—Soy estricto. Es mi trabajo.

—¿Tu trabajo es ser estricto o ser entrenador?

—Son lo mismo.

Me río. No puedo evitarlo. Hay algo en su seriedad que me provoca una risa nerviosa, como si mi cuerpo no pudiera evitar desafiarlo. Mateo me fulmina con la mirada, y yo le devuelvo la sonrisa más ancha que tengo.

—Me caes pésimo —suelto.

—Perfecto. Jamás intenté caerte bien.

—Eres un odioso de mierda.

—Y tú una ególatra insoportable.

—Te mueres por mí, ¿cierto?

—Como no tienes una idea.

Me quedo callada un instante, saboreando la tensión. Luego me encojo de hombros y me acerco a las pesas.

—No me provoques, Gia. —¿Por qué? ¿Tienes miedo? —No. Tengo miedo a no poder parar de empotrarte como no pares de picarme.

— Ufff

—¿Qué hago primero?

—Calentar. Cinco minutos de cuerda.

—¿Cuerda? No sé saltar a la cuerda.

—Pues aprendes.

—¿Y si me caigo?

—Te levantas.

—Eres un encanto, osito.

—No me llames osito.

—¿Prefieres que te llame entrenador? ¿Sensei? ¿Maestro del dolor?

—Prefiero que te calles.

Cojo la cuerda de saltar que me tiende. Es de cuero, pesada, y las asas están gastadas por el uso. La hago girar una vez, dos, tres. A la cuarta, me enredo los tobillos y caigo al suelo con un golpe seco.

—¡Ay! —me quejo, frotándome la rodilla.

Mateo suspira. Un suspiro largo, de esos que salen del fondo del alma.

—No sabes ni saltar a la cuerda.

—Te dije que no sabía.

—No te creí.

—¿Por qué no me crees nunca?

—Porque mientes.

—¿Y tú no? —Me incorporo, sacudiéndome el polvo—. Todo el mundo miente, Mateo. La diferencia es que yo lo hago con una sonrisa.

—Eso no es una virtud.

—No. Es un talento.

Vuelvo a intentarlo. Esta vez, la cuerda me golpea la espalda. A la tercera, me la enredo en el pelo. A la cuarta, tropiezo y derribo una botella de agua que estaba en el suelo. Mateo me observa con los brazos cruzados, la mandíbula cada vez más tensa.

Este hombre no se da cuenta de que estoy fingiendo.

Es adorable. Cree que soy un desastre, y yo hago todo lo posible para que lo crea.

Si mi abuela me viera ahora, se reiría hasta llorar.

Ella me entrenaba con pesas de veinte kilos a los doce años, y aquí estoy, luchando con una cuerda de saltar como si fuera una serpiente venenosa.

—Eres un desastre —dice al fin.

—Gracias. Lo sé.

—No es un cumplido.

—Para mí sí. —Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Qué es lo siguiente? ¿Pesas? ¿Abdominales? ¿Correr en círculos mientras me gritas como un sargento?

—Hoy no. Hoy solo evaluación.

—¿Otra vez? Ya me mediste ayer.

—Ayer medí tu cuerpo. Hoy quiero medir tu resistencia.

—Mi resistencia es nula.

—Lo sé. Por eso la voy a entrenar.

—Suena a tortura.

—Es peor.

Mateo me indica que me suba a la cinta de correr. Lo hago con torpeza, agarrada a los laterales como si temiera caerme. Él se coloca a mi lado, ajusta la velocidad y me mira fijamente.

—Tres minutos. Sin parar.

—¿Y si me canso?

—No te cansas.

—Me has puesto una dieta muy estricta. —La dieta es parte del plan. El plan es que estés en forma para cuando te doble en la cama.

Empiezo a correr. Bueno, a trotar. Mis pies golpean la cinta con un ritmo torpe, mis brazos se agitan sin coordinación, y mi respiración se vuelve entrecortada en cuestión de segundos. Por dentro, me muero de risa. Por fuera, soy un desastre andante.

No sabes lo que daría por quitarme esta farsa, osito. Por enseñarte lo que sé hacer de verdad. Pero no. Todavía no es el momento. Ahora toca sudar y poner cara de cagarme encima.

—¿Por qué me tratas tan mal? —le pregunto, entre jadeos fingidos.

—Porque me sacas de quicio, italiana.

—¿Italiana? ¿Eso es un insulto?

—Es una constatación. Hablas mucho, te mueves mucho, y no paras quieta.

—¿Y eso te molesta?

—No. Me distrae. Que es peor.

—¿Distraerte es peor que molestarte?

—Mucho peor. Porque contigo no puedo concentrarme. Y si no me concentro, no hago bien mi trabajo.

—¿Y qué es tu trabajo exactamente? —Reduzco la velocidad de la cinta, pero Mateo la vuelve a subir—. ¿Convertirme en una máquina de matar?

—No. Enseñarte a defenderte.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Defenderte es sobrevivir. Matar es otra cosa.

—¿Y tú has matado?

—Sí.

—¿Muchas veces?

—Las suficientes.

—¿Y te gustó?

—No.

—Mentiroso. —Le sonrío, a pesar del cansancio—. Te gustó. Al menos un poco. Si no, no serías tan bueno en lo que haces.

—No soy bueno. Soy eficaz.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. —Detiene la cinta y me mira—. Bájate.

—¿Ya? ¿Tan pronto?

—No quiero que te lesiones el primer día. Bastante torpe eres ya.

—Gracias. Eres un amor.

—Soy un entrenador. No un amor.

—Pues entrenas fatal. Apenas me has hecho sudar.

—Estás empapada.

—Es agua. Me la he echado por encima para disimular.

—Mientes.

—Sí. Miento. —Me bajo de la cinta y me planto frente a él, las manos en las caderas—. Y tú también mientes, Mateo. Dices que te distraigo, pero no apartas los ojos de mí. Dices que no te importo, pero me has medido, me has pesado, y me has subido a la cinta como si fuera tu maldita propiedad.

—No eres mi propiedad.

—No. Soy tu alumna. Que es peor.

—¿Por qué es peor?

—Porque los entrenadores se obsesionan con sus alumnas. Lo leí en un libro.

—No leas libros malos.

—No leo libros. Leo mentes.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido. —Me inclino hacia él, mi cara a escasos centímetros de la suya—. Tú quieres follarme. Y no sabes cómo decirlo sin romper tu precioso código de honor.

—Eres una provocadora, Gia. Y las provocadoras acaban terminando de rodillas italiana no te la jueges.

Sus pupilas se dilatan, su respiración se acelera, y por un instante creo que va a besarme. Pero no lo hace. En lugar de eso, me agarra de la muñeca y me la baja.

—No voy a follarte.

—Claro que no. —Retiro la mano con suavidad—. Porque eres un caballero. Y los caballeros no se acuestan con las hermanas de sus amigas.

—No es por Val.

—¿Entonces?

—Es porque no quiero.

—Mientes.

—Gia...

—Mateo. —Le sostengo la mirada, la sonrisa torcida—. No te preocupes. Cuando quiera que me folles, te lo diré. Y tú no podrás negarte.

—¿Ah, no?

—No. Porque soy italiana. Y las italianas siempre conseguimos lo que queremos.

Me giro y me alejo hacia la puerta del gimnasio. Antes de salir, me detengo y lo miro por encima del hombro.

—Mañana, a la misma hora. Y no me hagas correr tanto. Odio sudar.

—Pues te acostumbrarás.

—Lo veremos, osito.

Salgo. La puerta se cierra tras mí, y solo entonces me permito sonreír de verdad. Por dentro, la asesina que llevo dentro se relame.

Pobre Mateo. No sabe lo que le espera.

Por la tarde, la mansión está en calma. Mateo ha desaparecido en el ala de entrenamiento, y yo he decidido explorar la cocina. Mercedes, la criada de los Romero, me ha recibido con una sonrisa y un plato de galletas recién horneadas.

—Come, niña. Estás muy flaca.

—No estoy flaca. Estoy en forma.

—Estás flaca. Se te notan los huesos. —Mercedes me examina de arriba abajo con ojo crítico—. Ese entrenador tuyo no te da de comer, ¿verdad?

—No. Solo me hace correr.

—Qué bruto. Los hombres no saben nada de nutrición. Solo de músculos y de gruñir.

—Es exactamente lo que pienso yo.

—Pues siéntate. Te voy a preparar un plato de pasta.

—No puedo. Mateo me ha puesto una dieta.

—¿Una dieta? ¿Y qué comes?

—Proteína. Verduras. Nada de carbohidratos.

—Eso es una tontería. —Mercedes me empuja hacia una silla—. Los italianos necesitan pasta. Y tú eres italiana. Así que come.

No me hago de rogar. La pasta de Mercedes es un manjar, y llevo demasiado tiempo fingiendo que solo como ensaladas. Me siento a la mesa de la cocina y devoro el plato en cuestión de minutos.

—¿Ves? Necesitabas comer. —Mercedes me observa con satisfacción—. Ahora cuéntame. ¿Qué tal con Mateo?

—Es un osito gruñón.

—Es un buen chico. Solo que está asustado.

—¿Asustado? ¿De qué?

—De ti.

—¿De mí? —Me río—. Soy un desastre con patas.

—No. Eres una mujer hermosa. Y él es un hombre que lleva demasiado tiempo solo. —Mercedes me guiña un ojo—. Ten paciencia. Los hombres así son como los gatos: huyen cuando los persigues, y se acercan cuando menos lo esperas.

—No lo estoy persiguiendo.

—Claro que no. —Sonríe—. Solo te estás asegurando de que sepa que existes.

—Eso es muy sutil.

—Soy vieja. He aprendido.

Me río y termino la pasta. Mercedes me trae un café y se sienta frente a mí. Es agradable hablar con ella. No juzga, no pregunta, solo escucha. Y en una casa llena de mafiosos desconfiados, se agradece.

—¿Qué piensas de la prometida de Mateo? —me pregunta, de repente.

—¿Bianca? —Me encojo de hombros—. No pienso en ella.

—Pues deberías. Esa mujer es veneno.

—Lo sé. Lo noté en cuanto la vi.

—Ten cuidado con ella. —Mercedes baja la voz—. No se detendrá ante nada para conseguir lo que quiere. Y ahora mismo, lo que quiere es a Mateo.

—Pues que lo tenga. Yo no estoy interesada.

—Mentira.

—¿Por qué todo el mundo me llama mentirosa hoy?

—Porque mientes. —Mercedes sonríe—. Pero no importa. Los mentirosos también merecen pasta. Y tú, niña, me caes bien.

—Gracias, Mercedes. Tú también me caes bien.

—Lo sé. Por eso te he dado galletas.

Me levanto de la mesa y me despido con un beso en la mejilla. Mercedes huele a canela y a hierbabuena, y su sonrisa me recuerda a la de mi abuela. Ojalá estuviera aquí. Ojalá pudiera decirle que todo va bien, que estoy haciendo lo que me pidió, que no he fallado.

Pero la abuela está muerta. Y yo estoy sola en una mansión llena de enemigos.

No estás sola. Estás en misión. Y las misiones no se abandonan.

Subo a mi habitación y me tumbo en la cama.

El techo es de un blanco inmaculado, y la luz de la luna se filtra por la ventana.

Cierro los ojos y repaso mentalmente los pasos de mañana: fingir torpeza, provocar a Mateo, sembrar la semilla de la duda.

Todo meticulosamente calculado. Todo bajo control.

Excepto una cosa.

El osito gruñón me ha mirado como si quisiera besarme. Y yo, por un instante, he querido que lo hiciera.

Mierda. Eso no estaba en el plan.