Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 1 LA ITALIANA TORPE
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Mi Caos Perfecto

Mi Caos Perfecto

Por Alessandra Belladonna

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CAPÍTULO 1 LA ITALIANA TORPE

MATEO

La mansión Cross huele a cera de abeja y a café recién hecho.

Son las diez de la mañana de un martes de mayo, y el sol entra por los ventanales del vestíbulo como si quisiera recordarnos que el mundo sigue girando, aunque dentro de estas paredes el tiempo se mida en deudas, alianzas y silencios.

Estoy apoyado contra la barandilla de la escalera, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

No me gusta esperar. No me gusta que me hagan esperar.

A mi lado, Liam Vance no para de hablar. Lleva veinte minutos dándome los detalles del "gran acontecimiento" del día: la llegada de la hermana de Valentina, recién aterrizada de Nápoles.

—Dicen que es un desastre con patas —dice, con esa sonrisa de zorro que tanto me irrita—. Val lleva meses evitando el tema. Ya sabes cómo es: no habla de su familia si no es para dispararle a alguien. Pero por lo visto la niña es... peculiar.

—No me interesa.

—Claro que te interesa. Todo te interesa. Solo que no lo demuestras. —Me da una palmada en el hombro que ignoro—. Vas a entrenarla, ¿no? Val te lo pidió.

—Val me lo ordenó.

—Peor todavía.

No respondo. No hace falta. Liam sabe que tengo un código: se lo debe a Valentina, y yo se lo debo a él. Al Sindicato. A esta familia de psicópatas que me ha dado un lugar donde pertenecer. Si Val quiere que entrene a su hermana, la entreno. Punto. No significa que tenga que sonreír.

—Dicen que es torpe —continúa Liam, imparable—. Que se cae por las escaleras, que choca con las puertas, que derrama el café. Que es un peligro andante.

—¿Y por qué la traéis aquí?

—Porque es la única hermana que le queda a Val. Y porque su abuela murió hace un mes. La pobre está sola.

—No me importa.

—Lo sé. Por eso eres el perfecto para entrenarla. Eres inmune a las lágrimas.

—No voy a hacerla llorar.

—No. Pero la vas a hacer sudar. Y eso, viniendo de ti, es casi peor.

La puerta principal se abre. Valentina entra primero, con su aire de siempre: espalda recta, mandíbula firme, la pistola visible bajo la chaqueta. Detrás de ella, una chica. La hermana. La italiana.

Mi primera impresión es un caos de rizos morenos y ojos avellana.

Lleva un vestido rojo demasiado grande, unas zapatillas blancas manchadas de barro, y una mochila que cuelga de un solo hombro como si estuviera a punto de desintegrarse.

Se ríe. Se ríe de algo que no entiendo, con una carcajada tan estruendosa que rebota en las paredes de mármol.

—Esta casa es enorme —dice, con un acento que me golpea el pecho—. ¿Seguro que no es un castillo? Porque si es un castillo, falta el dragón.

—El dragón es él —responde Val, señalándome con la barbilla.

La italiana me mira. Sus ojos me recorren de arriba abajo, sin disimulo, y una sonrisa torcida se le dibuja en los labios.

—Pues sí que parece un dragón. Gruñón y todo.

—No soy un dragón.

—Claro que no. Eres un osito gruñón.

Liam estalla en carcajadas. Val resopla. Yo aprieto la mandíbula y me aparto de la barandilla.

—Mateo Reyes —me presento, con la voz más fría de lo necesario.

—Gia Russo —responde ella, tendiéndome la mano—. Encantada de conocerte, osito.

—No me llames osito.

—¿Prefieres que te llame dragón?

—Prefiero que no me llames nada.

—Eso es muy aburrido. —Retira la mano sin haberme estrechado la mía y se gira hacia el vestíbulo—. ¿Dónde está mi habitación? Necesito una ducha. Y un café. Y probablemente un mapa. Este sitio es un laberinto.

Val suspira, como si ya estuviera agotada.

—Te acompaño. Luego, a las doce, entrenamiento con Mateo.

—¿Entrenamiento? —Gia pone cara de pánico—. ¿De qué?

—De defensa personal. Comida. Gimnasio. —Val me mira, y su expresión es de pura advertencia—. Él se encargará de todo.

—¿Todo? —Gia me mira a mí, los ojos muy abiertos—. ¿Hasta de la comida?

—Hasta de la comida —confirmo, sin saber aún en qué me he metido.

La mansión Cross tiene tres plantas, doce habitaciones, dos salones, una biblioteca, un gimnasio en el sótano y una cocina industrial que Mercedes, la criada de los Romero, ha convertido en su reino.

Gia camina por el pasillo del ala este como si cada baldosa fuera una trampa.

Se tropieza con el felpudo. Se golpea el hombro con el marco de una puerta.

Derriba una lámpara de pie con un manotazo involuntario.

—¡Lo siento! —grita, mientras la lámpara se estrella contra el suelo—. ¡Lo siento, lo siento, lo siento!

—No pasa nada —dice una criada, apresurándose a recoger los pedazos.

—Sí pasa. He roto una cosa. Y las cosas rotas cuestan dinero. Y yo no tengo dinero. Bueno, tengo un poco. Pero no lo bastante para pagar una lámpara de... ¿Qué era eso? ¿Oro? ¿Cristal de Murano?

—Era una lámpara normal —respondo, sin girarme.

—Pues parecía muy cara.

—Todo en esta casa parece caro. No lo es.

—¿Ah, no? —Gia se detiene en seco y me mira—. ¿Y tú? ¿Tú pareces caro?

—No.

—Pues lo eres. Caro y gruñón. Como un reloj suizo de mala hostia.

Liam, que nos ha seguido, se ríe tan fuerte que casi se atraganta. Le dedico una mirada que haría callar a un soldado, pero Liam es inmune. Gia también lo es, por lo visto.

—Me caes bien —dice ella, de repente.

—No me importa.

—Claro que te importa. Te importa todo. Solo que no lo demuestras. —Repite mis propias palabras sin saberlo, y eso me irrita más que cualquier insulto—. Eres de esos que guardan silencio y observan. Te he visto mirarme.

—Solo estaba evaluando a mi alumna.

—¿Y qué has evaluado?

—Que eres un desastre.

—Eso es un cumplido.

—No es un cumplido. Es una constatación.

—Para mí es un cumplido. —Sonríe, y hay algo en esa sonrisa que no me gusta. Es demasiado genuina. Demasiado luminosa. Como si supiera algo que yo no sé—. Ahora llévame a mi habitación, osito. Y luego al gimnasio. Quiero ver si eres tan duro como pareces.

El gimnasio del sótano está vacío a mediodía.

Las luces de neón parpadean ligeramente, y el olor a sudor y a metal impregna el aire.

He colocado una báscula y una cinta métrica en el centro de la sala, junto a la camilla de Enzo.

Gia me sigue, descalza, con el vestido rojo arrugado y el pelo recogido en una coleta improvisada.

—Esto parece un interrogatorio —dice, mirando la báscula.

—Es una evaluación. Necesito saber tu peso, tu altura y tu condición física antes de diseñar el plan.

—¿Plan? ¿Qué plan?

—Dieta. Entrenamiento. Descanso. —Señalo la báscula—. Súbete.

—No.

—Gia.

—No. Peso mucho.

—Cállate, Gia. No pesas ni la mitad de lo que levanto en el maldito gimnasio.

— No me hagas repetirlo de nuevo.

— Súbete.

—¿Me has llamado gorda?

—No. Te he llamado tonta.

—Eso es peor.

—No es peor. Es distinto. —Le tiendo la cinta métrica—. Si no quieres subir a la báscula, al menos déjame medirte. Necesito calcular tu índice de masa corporal.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para saber cuántas calorías vas a quemar en cada sesión.

—Suena muy científico. —Gia se cruza de brazos—. No me fío de los científicos. Ni de los nutricionistas. Ni de los entrenadores con cara de pocos amigos.

—Pues tendrás que fiarte de mí. Soy los tres.

—¿Eres nutricionista?

—Sí y también soy un luchador. Sé lo que funciona.

—¿Y qué funciona contigo?

—La disciplina. El silencio. Y el café solo por las mañanas.

—El café solo es una tortura. —Gia suspira y se sube a la báscula de un salto—. Vale. Mírame. Mide. Pero no digas nada desagradable.

—No digo cosas desagradables.

—Claro. Eres un oso. Los osos solo gruñen.

La báscula marca sesenta y dos kilos. Gia se tapa la cara con las manos.

—Lo sabía. Soy una vaca.

—No eres una vaca. Eres una mujer de estatura media con un peso perfectamente saludable.

—Eso es lo que dicen los médicos cuando no quieren decirte que estás gorda.

—Los médicos dicen la verdad.

—Los médicos mienten.

—¿Y los entrenadores?

—Los entrenadores también mienten. Pero tú no. Tú gruñes.

Le rodeo la muñeca con la cinta métrica y le mido el contorno del brazo. La piel es cálida, suave, y me doy cuenta de que estoy apretando demasiado.

—No tan fuerte —murmura ella.

—No me has dado tu muñeca para que te la sujete.

—¿Y para qué me la has pedido?

—Para medirte.

—Pues mide sin tocar.

—No puedo medirte sin tocar. Es imposible.

—Entonces toca con cuidado.

La suelto y paso a medir su cintura, sus caderas, sus muslos. Cada vez que la toco, Gia se encoge ligeramente, como si mi contacto le resultara incómodo. No es timidez. Es otra cosa. Una tensión que no sé descifrar.

—¿Te da miedo que te toque? —le pregunto.

—No. Me da miedo que me veas.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta lo que veo. Y no quiero que tú tampoco lo veas.

—No te mires así. —Le aparto un rizo de la cara, un gesto que no había planeado—. No hay nada aquí que no quiera.

—Eso ha sido muy poético. —Sonríe, pero la sonrisa tiembla—. Casi pareces un oso con sentimientos.

—No soy un oso. Y no tengo sentimientos.

—Claro que los tienes. Solo que los escondes debajo de esa armadura.

—No hay armadura. Soy así.

—Mientes. —Gia me sostiene la mirada, y por un instante veo algo en sus ojos que no debería estar ahí. Algo afilado. Algo peligroso—. Pero no importa. También yo sé mentir.

—Quiero que me enseñes a pelear —dice Gia, de pie frente al saco de boxeo, con los puños en alto y la postura completamente equivocada—. De verdad. No solo a defenderme. A pelear.

—No estás preparada.

—¿Por qué? ¿Porque soy torpe?

—Porque no sabes ni ponerte en guardia.

—Pues enséñame. Para eso me has medido y pesado, ¿no? Para convertirme en una máquina.

—No eres una máquina. Eres una mujer. Y una mujer puede ser más peligrosa que cualquier máquina, si sabe lo que hace.

—Eso ha sido muy sexi.

—No era mi intención.

—Lo sé. Por eso es sexi. —Gia se coloca frente a mí, los puños en alto, la sonrisa torcida—. Vamos, osito. Enséñame algo.

—No. Hoy no.

—¿Por qué?

—Porque no me fío de ti. —La miro fijamente—. He visto la forma en que te mueves. No eres tan torpe como aparentas.

—Eso es ridículo. Me he caído tres veces desde que llegué.

—Te has dejado caer. No es lo mismo.

—¿Y tú qué sabrás?

—Soy un luchador. Sé distinguir una caída real de una fingida.

Gia me observa en silencio. Por primera vez desde que llegó, no sonríe. Sus ojos avellana se han oscurecido, y su postura ha cambiado. Ya no es la chica torpe del vestido rojo. Es otra cosa. Algo que no sé nombrar.

—Eres más listo de lo que pareces, osito.

—No me llames osito.

—¿Prefieres que te llame mentiroso?

—No miento.

—Claro que mientes. Dices que no te importa, y te importa. Dices que no tienes sentimientos, y los tienes. Dices que no te fías de mí, y me estás mirando como si quisieras besarme.

—No quiero besarte.

—Mientes. —Gia da un paso hacia mí, tan cerca que puedo oler su perfume, una mezcla de jazmín y sudor—. Y yo también miento, Mateo. No te fíes de nada de lo que te diga.

—¿Eso es una amenaza?

—No. Es una advertencia.

Se aparta antes de que pueda responder y se dirige hacia la puerta del gimnasio. Antes de salir, se gira y me dedica una última mirada.

—¿Qué me has hecho? —Lo mismo que tú a mí. Y no me arrepiento.

—Mañana entreno contigo. A las seis. No llegues tarde.

—No llego tarde nunca.

—Lo veremos.

Sale. La puerta se cierra tras ella con un chasquido. Me quedo en el gimnasio, con la cinta métrica en la mano y el perfume de jazmín pegado a la ropa.

Esta chica es un problema. Lo sé. Lo supe desde el primer momento. Pero no puedo apartar la mirada de la puerta por la que acaba de salir.

Y eso es todavía peor.