Mi alcaldesa favorita 32. Mi alcaldesa favorita
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32. Mi alcaldesa favorita

Mi alcaldesa favorita

La primera discusión de diciembre entre Alicia y Beatriz tuvo como protagonista un reno luminoso de casi un metro de altura. Beatriz lo había rescatado del trastero de Marisa al enterarse de que Alicia estaba decorando La Esquina, pero su entusiasmo no había encontrado demasiada acogida.

—No voy a poner eso en la cafetería —declaró Alicia, observando la bufanda roja del animal y sus ojos permanentemente sorprendidos.

—Es bastante estrecho —argumentó Beatriz.

—Bea, no estamos discutiendo si cabe por la puerta.

Alicia abrió la caja que su pareja había dejado junto a la entrada trasera. Debajo encontró guirnaldas, bolas de colores y una estrella antigua de cartón. Aceptó las guirnaldas con una sonrisa, aunque mantuvo su negativa respecto al reno.

—Que pruebe suerte en el ayuntamiento —propuso.

—No creo que supere la revisión de Patrimonio —respondió Beatriz, cerrando la caja.

Aquella semana se había reabierto otra zona de la plaza y los vecinos empezaban a recuperar sus recorridos habituales, aunque parte de los soportales continuaba vallada.

Alicia agradecía volver a ver peatones frente al escaparate sin una excavadora de por medio.

Aquella mañana habían entrado dos clientes que llevaban semanas comprando en otros barrios y una mujer se detuvo a preguntar por las cajas navideñas.

Los pedidos para oficinas seguían funcionando y Diego había propuesto preparar cajas de bollería para las reuniones navideñas.

Después de tantos meses de incertidumbre, el negocio mostraba señales de estabilidad, aunque todavía faltaba recuperar dinero y afrontar gastos que habían pospuesto.

Mientras extendían las guirnaldas sobre una mesa, Beatriz preguntó por la comida de los comerciantes.

—Es mañana —le recordó Alicia.

—Eso quería decir. Mi madre también va, y Nuria.

—¿Queda alguien en Puerto de Lúa que no se haya apuntado?

—Tomás tiene una cena familiar.

—Menos mal. Empezaba a preocuparme la falta de alternativas.

El encuentro se celebraba cada diciembre en el centro cultural, donde se reunían comerciantes, voluntarios y vecinos relacionados con las asociaciones del pueblo.

Aquel año habían reservado un espacio para agradecer la campaña «La plaza sigue abierta».

Rosa preparó fotografías de los establecimientos, Julián imprimió los carteles y Carmen consiguió un menú asequible.

Nadie pretendía celebrar las excavaciones como si hubieran sido una suerte inesperada: algunos negocios seguían recuperándose y otros habían tenido que renunciar a inversiones previstas desde el verano.

Precisamente por eso les apetecía reunirse sin pasar toda la velada discutiendo de presupuestos.

Pili, naturalmente, se encargó de distribuir a los asistentes por las mesas.

Cuando Alicia llegó el sábado encontró a Diego junto a la entrada, vestido con una camisa azul que no le había visto nunca.

—Qué elegante.

—Me dijeron que había comida gratis.

—Pagamos una reserva.

—Entonces me he arreglado para nada.

Entraron riéndose. Las mesas largas estaban decoradas con pequeñas luces y tarjetas con los nombres. Alicia encontró el suyo al lado del de Beatriz y levantó los ojos al techo.

—Pili no pierde una oportunidad —murmuró.

Diego examinó su sitio, entre Carmen y Julián.

—A mí me ha puesto con quienes pueden hablarme de trabajo.

—Como te pidan otra aplicación para los pedidos, te vas a arrepentir de venir.

Pili apareció en aquel momento y le pidió a Alicia ayuda para distribuir las jarras de agua. Mientras trabajaban, la panadera le explicó que había sentado juntas a las dos para ahorrarles molestias.

—Nos habríamos encontrado aunque estuviera al otro lado del salón —respondió Alicia.

—Claro, hija, pero así os lo pongo fácil.

Alicia decidió no discutir. Beatriz llegó poco después, con una blusa burdeos y el pelo recogido.

Se disculpó por el retraso de un acto municipal y la besó al acercarse, sin que nadie interrumpiera su conversación para comentar el gesto.

Alicia consideró aquello un progreso apreciable.

Habían llegado a un punto en que la mayoría de los vecinos parecían más interesados en los platos que iban a servir que en comprobar si ellas se cogían de la mano.

Durante la comida hablaron de los cambios que habían adoptado para sobrevivir a las obras.

Rosa recibía más pedidos por teléfono y Carmen pensaba conservar algunos turnos de tarde que había probado durante el cierre.

Julián aseguró que, después de aquella experiencia, todos sabían trabajar de más maneras.

—Podríamos haber aprendido sin una excavadora delante —replicó Rosa, provocando risas.

Alicia compartía ambas opiniones. La Esquina había perdido ingresos y consumido parte de sus ahorros; necesitaba varios meses tranquilos para comprobar que las cuentas se equilibraban.

Pero también había aprendido a vender fuera del local, confiar en Diego y pedir ayuda sin interpretarlo como una derrota.

Tal vez la cafetería que estaba construyendo no coincidiera exactamente con la que imaginó en Madrid, aunque empezaba a gustarle mucho.

Lo más inesperado había sido descubrir que podía compartir las decisiones con Diego sin perder el control del negocio y que, cuando las cosas se torcían, sus vecinos no se limitaban a opinar desde la barra.

A mitad de la comida, Rosa se levantó para agradecer a los vecinos que siguieron comprando y a los negocios que colaboraron durante los meses de obras.

Reconoció que ella había protestado bastante y advirtió que seguiría haciéndolo mientras quedaran vallas.

Después mencionó los carteles de Alicia y la paciencia de Diego para actualizar los horarios cada vez que cambiaban los accesos.

Diego bajó la cabeza ante los aplausos y Alicia le dio un codazo cariñoso.

—Sonríe, que te lo has ganado.

Rosa levantó la copa por los comercios de Puerto de Lúa y por recibir más aviso la próxima vez que decidieran levantar una calle.

—Tomaremos nota —respondió Beatriz desde su sitio.

—Más te vale —replicó Rosa, y hasta Marisa se echó a reír.

Después del café, Alicia y Beatriz se acercaron a una ventana. Desde allí distinguían las luces navideñas de la plaza, a unos niños jugando junto a la fuente y el escaparate de La Esquina adornado con las guirnaldas prestadas.

—Pensaba que Pili nos haría pronunciar un discurso sobre nuestra relación —confesó Alicia.

—Aún no se ha terminado la comida —advirtió Beatriz.

Alicia le dio un pequeño empujón con el hombro y después se apoyó contra ella. Contemplaron unos momentos la plaza, que empezaba a parecerse a la que les habían prometido, aunque todavía quedaran trabajos pendientes.

—¿Te acuerdas de cuando fui al ayuntamiento a protestar por la terraza? —preguntó Alicia.

—Perfectamente. Entraste en mi despacho con una carpeta y una cara de pocos amigos.

—Creía que me recibiría una señora de sesenta años que llevaba toda la vida en política. No sabía que eras la mujer de la boda.

—Yo tampoco sabía que ibas a abrir una cafetería aquí. Podríamos habernos hecho alguna pregunta más aquella noche.

—Estaba ocupada intentando que me besaras.

Beatriz se echó a reír y reconoció que ella pensaba exactamente lo mismo. Recordaron el paseo por los jardines y cómo Sergio apareció buscando unas llaves cuando estaban a punto de besarse. Después intercambiaron números y ninguna se atrevió a escribir durante dos semanas.

—Éramos bastante torpes —admitió Alicia.

—Un poco, sí.

Pili apareció justo entonces, satisfecha porque el cambio de última hora del segundo plato había pasado inadvertido. Les preguntó si les había gustado la comida y, tras escuchar sus elogios, decidió abordar lo que realmente le interesaba.

—Al final ha resultado bien lo vuestro. Ya sabía yo que haríais buena pareja.

Alicia intercambió una mirada con Beatriz.

—Pili, ¿tú crees que nos conocimos gracias a ti?

La panadera vaciló. Alicia le explicó que se habían visto por primera vez en una boda, antes incluso de que ella inaugurara La Esquina.

—¿Y ya os gustabais? —preguntó Pili, sorprendida.

—Un poco —reconoció Beatriz.

Pili reflexionó unos segundos, hasta encontrar una salida.

—Bueno, pero luego os senté juntas en la comida del pueblo. Algo habré ayudado.

—Muchísimo —aseguró Alicia, conteniendo la risa—. No sé qué habríamos hecho sin ti.

La panadera aceptó el agradecimiento con absoluta naturalidad y se marchó hacia la cocina. Beatriz tuvo que apoyarse en la ventana para reírse, mientras Alicia lamentaba haber iniciado aquella conversación.

Salieron del centro cultural poco antes de las siete y caminaron hacia la cafetería.

Hacía frío, pero la plaza estaba animada: algunos vecinos entraban en las tiendas y un árbol iluminado se alzaba junto al ayuntamiento.

Alicia se detuvo frente al escaparate, donde Diego había colocado el anuncio de los encargos de Navidad.

Quedaban horarios por ajustar y cifras por revisar, pero por primera vez en meses no sintió la necesidad de resolver nada inmediatamente.

Recordó cuando recibió las llaves del local y pasó una hora eligiendo dónde colocar una mesa que luego movió tres veces.

Desde entonces había conocido el entusiasmo de los primeros clientes, el miedo a perder sus ahorros y la satisfacción de encontrar soluciones con otras personas.

También había descubierto cuánto quería a la mujer que caminaba a su lado.

—Creo que ya puedo decir que me gusta vivir aquí —comentó.

—¿Antes no te gustaba?

—Sí, pero durante una temporada me preguntaba si había hecho bien en mudarme. Ahora casi nunca lo hago.

Beatriz le acarició la mano. Habían atravesado meses en los que las obras parecían ocupar hasta las cenas y los paseos, pero Alicia ya no necesitaba que su pareja le prometiera una solución para sentirse acompañada.

Habían aprendido a hablar antes de que el cansancio se convirtiera en reproche, aunque ninguna pretendía hacerlo siempre bien.

Alicia sonrió y añadió que había algo del pueblo que todavía le costaba soportar: la cantidad de personas que sabían con quién salía.

—Eso va a tener difícil arreglo —advirtió Beatriz.

—Me lo temo.

La besó allí mismo, sin comprobar si alguien miraba por las ventanas. Cuando se separaron, Beatriz propuso ir a casa. Había croquetas de Marisa en su nevera y Alicia consideró que aquella era razón suficiente para no discutir el destino.

Al pasar junto al ayuntamiento levantó la vista hacia las ventanas del primer piso.

—Por cierto, sigo sin tener terraza.

—Alicia, por favor —protestó Beatriz, riéndose.

—Solo lo comento. Sé que el expediente sigue su curso.

Caminaron unos pasos cogidas de la mano antes de que Alicia añadiera que, en cualquier caso, tenía una opinión excelente de la alcaldesa, aunque trabajara demasiado y a veces se pusiera muy seria al hablar de procedimientos.

—¿Algo más? —preguntó Beatriz.

—No. En general, es mi alcaldesa favorita.

—Soy la única alcaldesa que conoces.

—Precisamente. No tengo ninguna duda.

Beatriz soltó una carcajada y Alicia la besó otra vez antes de seguir hacia casa, debatiendo si las croquetas bastarían para cenar. Detrás de ellas brillaban las luces de Navidad y, en el escaparate de La Esquina, una pequeña estrella antigua de cartón acompañaba el cartel de los desayunos.

El reno, por suerte, continuaba en el trastero.