Mi alcaldesa favorita 31. La plaza de todos
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31. La plaza de todos

La plaza de todos

El día que retiraron las primeras vallas de la plaza, Beatriz tuvo que pedir tres veces a los operarios que mantuvieran libre el paso hasta que terminara la revisión.

Llevaban semanas oyendo quejas por las obras y ahora, en cuanto aparecía un hueco entre las barreras, los vecinos se acercaban para comprobar el resultado.

—Todavía no se puede pasar —advirtió a Antonio, que intentaba llegar hasta la fuente.

—Pero si ya han terminado.

—En este tramo, sí. Falta que lo revise la dirección de obra.

Antonio examinó los adoquines nuevos y aseguró que él los veía perfectamente.

Beatriz le agradeció su opinión, aunque insistió en que debía esperar.

El hombre se apartó murmurando que antes las cosas se hacían de otra manera, una observación que Beatriz llevaba seis años escuchando sin saber a qué época se refería.

Era finales de noviembre y la remodelación avanzaba dentro del calendario revisado, después de encontrar una conducción que no figuraba en los planos, suspender trabajos por la lluvia y sufrir un retraso en el suministro de piedra.

Todavía faltaban los soportales y parte del lateral sur, pero la primera zona estaba casi terminada y esperaban recuperar el paso peatonal antes de diciembre.

Los desniveles habían desaparecido en algunas zonas y los bancos nuevos seguían cubiertos con plástico.

Entre el polvo y las vallas ya se distinguía la plaza proyectada.

Tomás llegó con el casco bajo el brazo y le comunicó que los responsables de la obra estaban a punto de presentarse.

Elena también había sido avisada, pues había señalado un problema entre dos pavimentos que apenas se apreciaba en los planos; los técnicos lo corrigieron y Beatriz quería que comprobara el resultado.

A las once, Elena apareció acompañada de su marido. Observó el pavimento desde el acceso provisional y sonrió al reconocer que parecía mucho mejor.

—Tengo ganas de dejar de dar la vuelta por detrás de la iglesia —comentó.

—Hoy lo revisamos y, si está correcto, podrán abrirlo —respondió Beatriz.

Cuando la dirección de obra autorizó la comprobación, recorrieron juntas el nuevo itinerario. Elena se detuvo donde antes se atascaban las ruedas de su silla. El paso junto a la fuente había quedado prácticamente al mismo nivel, aunque el encuentro con los soportales seguía pendiente.

—Aquí antes se me quedaba una rueda clavada —explicó, girando hacia el otro lado.

Tomás le pidió que probara el recorrido de vuelta. Elena lo hizo sin dificultad y señaló que habría que comprobar cómo drenaba el agua cuando lloviera.

—Las pendientes se han corregido para evitar encharcamientos —intervino el técnico.

—Entonces tendremos ocasión de verlo pronto —respondió ella.

Beatriz sonrió. Si algo no escaseaba en Cantabria durante el otoño eran oportunidades para comprobar el drenaje.

Antes de despedirse, Elena se quedó hablando con Tomás de los trabajos pendientes, y Beatriz continuó hacia el ayuntamiento sin perder de vista el recorrido que acababan de probar.

La mejora era visible y escuchar a Elena había permitido corregir un error a tiempo.

Al pasar frente a La Esquina encontró las mesas ocupadas.

Habían recuperado la atención presencial varias semanas atrás, después de los nueve días de cierre y de algunos ajustes en los accesos, pero los pedidos para oficinas continuaban funcionando.

Diego y Alicia habían aprendido a compatibilizar los encargos con los desayunos del local.

Desde la acera, Beatriz la vio señalar una bandeja de pasteles mientras Diego preparaba dos cafés.

Llevaba el pelo recogido y el delantal verde, algo descolorido después de tantos lavados.

Cuando Alicia levantó la cabeza, sus miradas se encontraron a través del cristal y ambas sonrieron antes de volver a sus tareas.

Habían quedado para comer al día siguiente y, si el tiempo acompañaba, caminarían juntas el sábado.

Últimamente se veían más a menudo, aunque seguía habiendo cenas que se retrasaban por un proveedor o reuniones que terminaban demasiado tarde.

Ya no vivían cada encuentro como si fueran a pasar semanas separadas.

Beatriz había dejado una camiseta en casa de Alicia que nunca recordaba llevarse, y en su propio baño había aparecido el cepillo de dientes de Alicia, junto a dos libros que ocupaban la mesilla.

No habían necesitado hablar de lo que significaban aquellos objetos. A Beatriz le gustaba encontrarlos allí.

A media tarde recibió el balance provisional de la campaña de los comerciantes.

El informe reunía las publicaciones en redes sociales, los folletos repartidos en los barrios y el directorio de establecimientos con sus horarios y accesos actualizados.

El ayuntamiento había colaborado difundiendo información general y colocando señales, sin intervenir en las promociones de los negocios.

Los resultados eran desiguales: unas tiendas habían mantenido su actividad y otras acumulaban pérdidas durante las excavaciones.

Seguían abiertos los procedimientos de reclamación y el estudio de las posibles medidas económicas, y Beatriz no quería que una fotografía de la plaza reformada borrara esas dificultades.

Habría preferido detectar antes ciertos problemas y contar con más margen para organizar los cierres, pero sabía que aplazar una vez más la intervención habría agravado el deterioro de las conducciones y del pavimento.

Envió el informe a Tomás con varias preguntas sobre las actuaciones pendientes y guardó el teléfono.

Tampoco pensaba convertir los resultados de La Esquina en una prueba del éxito municipal.

Alicia sacaba adelante el negocio con ayuda de Diego y mucha capacidad de adaptación.

La cafetería aún tenía gastos que recuperar y meses complicados por delante, como otros comercios, aunque verla de nuevo llena de clientes la alegraba de una manera que iba mucho más allá de su cargo.

El sábado pasó a recoger a Alicia a las diez. La encontró ante la cafetería hablando con Pili, que sostenía una bolsa de pan y un paraguas cerrado.

—Ahora que estáis las dos, quería preguntaros una cosa —anunció la panadera.

Alicia la miró con desconfianza y Pili les explicó que ya estaban organizando las mesas para la comida de diciembre.

—Todavía queda casi un mes —observó Beatriz.

—Por eso mismo. Luego todo el mundo se apunta a última hora y hay que cambiarlo todo.

—¿Esta vez también vas a decidir dónde nos sentamos? —preguntó Alicia.

Pili adoptó una expresión ofendida y aseguró que podrían elegir donde quisieran, aunque enseguida añadió que podía reservarles dos sitios juntas.

—Apúntanos a las dos —intervino Beatriz—. Ya veremos dónde nos sentamos.

Pili abrió el paraguas para comprobar que funcionaba y se marchó satisfecha. Alicia la observó hasta que dobló la esquina.

—No ha podido evitarlo.

—Teniendo en cuenta lo que habría preguntado hace dos meses, se ha contenido bastante.

Alicia reconoció que era verdad y comenzaron a caminar hacia el paseo marítimo.

Había llovido durante la noche, pero el cielo estaba despejado y apenas hacía frío.

Alicia llevaba una mochila con agua y algo de comer, a pesar de que Beatriz le había recordado que solo pensaban pasear una hora.

Beatriz había dejado de discutirlo: sabía el hambre que le entraba después de caminar.

Hablaron de la semana mientras avanzaban junto al mar.

Desde que habían abierto el paso cercano a la fuente, La Esquina recibía más clientes y los pedidos para oficinas seguían siendo rentables.

Diego estudiaba una aplicación para que pudieran encargarlos por internet, aunque Alicia confesó que la mayoría de las opciones que le enseñaba estaban en inglés y parecían diseñadas para alguien con conocimientos informáticos que ella no tenía.

También hablaron de Laura, que planeaba volver a visitarla, de las compras de Navidad y de la posibilidad de reservar un fin de semana de enero para ellas.

Beatriz propuso una casa rural cerca de la montaña; Alicia pidió únicamente que hubiera una cama cómoda y ningún desayuno que preparar para treinta personas.

Acordaron buscar fechas para alejarse un par de días de sus obligaciones.

En el mirador se detuvieron junto a la barandilla. Desde allí podían contemplar el puerto, las fachadas que rodeaban la plaza y las vallas que todavía cerraban parte de los soportales. Alicia miró hacia el centro del pueblo.

—La verdad es que está quedando bonita.

—Todavía queda trabajo —respondió Beatriz.

—Ya, pero se nota el cambio. Y me alegro de que Elena pueda moverse mejor.

Beatriz le contó cómo había ido la comprobación del itinerario.

Alicia escuchó con interés y recordó que, antes de abrir la cafetería, apenas se había fijado en los desniveles de aquella plaza.

Ahora entendía que una obra podía ser necesaria y resultar, al mismo tiempo, muy difícil para quienes tenían sus negocios allí.

No quería repetir aquellos meses, pero tampoco habían sido inútiles.

Beatriz le rodeó la cintura y Alicia se apoyó contra ella mientras miraban las barcas del puerto.

—Cuando llegué pensé que mi mayor preocupación sería conseguir clientes —comentó Alicia.

—¿Y ahora?

—Ahora me preocupa que Diego se independice y me deje sin nadie que me lleve la contraria.

—Yo podría ocuparme de eso.

—Gracias, pero con una persona que me discuta los pedidos tengo suficiente.

Se besaron antes de emprender el regreso. Al acercarse al pueblo, Alicia recibió un mensaje de Diego: había encontrado una aplicación que parecía servir para los encargos y quería enseñársela el lunes. Le respondió que la mirarían juntos y guardó el móvil sin abrir las demás notificaciones.

Tenía el sábado libre, Beatriz caminaba a su lado y todavía podían detenerse a tomar algo antes de regresar. Antes de llegar al puerto, propuso detenerse a tomar algo. Beatriz aceptó y cambió de dirección sin soltarle la mano.