30. La segunda primera cita
La segunda primera cita
Alicia llegó al restaurante cinco minutos antes de las nueve y encontró a Beatriz en la puerta, hablando por teléfono con esa expresión resignada que reservaba para ciertas conversaciones con su madre. Llevaba una mano en el bolsillo del abrigo y miraba al cielo mientras escuchaba.
—Mamá, ya te he dicho que mañana puedo pasar a buscarlo. No hace falta que Isabel venga desde Valladolid para llevarte una caja al trastero. Precisamente porque pesa, no quiero que la muevas tú sola.
Alicia se acercó y le besó la mejilla. Beatriz sonrió, se despidió de Marisa y guardó el móvil.
—Mi madre te manda recuerdos y dice que el jueves puede guardarnos croquetas.
—Dile que sí.
—Ni siquiera sabes de qué son.
—Tu madre cocina de maravilla. No voy a desaprovechar una oportunidad así.
Beatriz la abrazó y esta vez se besaron sin ninguna prisa.
Aunque habían pasado noches juntas y Alicia ya conocía a buena parte de su familia, aquel encuentro tenía algo de primera cita.
Después de las semanas de distancia, las dos estaban intentando recuperar una confianza que no querían volver a dar por supuesta.
—Estás muy guapa —le dijo Beatriz.
—Tú también. Me gusta ese jersey.
Habían reservado mesa en un restaurante pequeño de una localidad cercana, elegido porque abría los lunes y porque ninguna lo conocía. En el comedor quedaban pocas mesas ocupadas y una camarera las acompañó hasta un rincón tranquilo, donde dejaron los abrigos antes de consultar la carta.
—¿Qué tal la reunión con tu gestora? —preguntó Beatriz.
—Mejor de lo esperado. Con los nuevos encargos seguimos perdiendo dinero durante el cierre, pero bastante menos de lo que calculé al principio. Fernando también ha confirmado por escrito la rebaja del alquiler.
Beatriz se alegró, aunque Alicia le recordó que todavía no podían hacer balance hasta comprobar si los clientes regresaban cuando terminaran de abrir los accesos. Lo dijo sin amargura; había aprendido a mirar las cuentas con prudencia, pero también a reconocer las pequeñas victorias.
Beatriz le preguntó si Fernando había condicionado la rebaja.
Alicia explicó que solo sería válida mientras permaneciera cortado el acceso y que habían firmado el acuerdo, como le aconsejó Teresa.
Beatriz escuchó y, cuando Alicia terminó, quiso saber si ya habían podido ajustar las cuentas con aquella rebaja.
—Y ahora voy a cambiar de tema —añadió—, antes de convertir esta cena en una presentación de resultados.
—A mí me interesa saber cómo te va.
—Lo sé. Pero esta noche también quiero saber cómo estás tú.
Beatriz se quedó pensativa, sorprendida por una pregunta que casi siempre respondía enumerando obligaciones.
—Más tranquila desde ayer. Había empezado a pensar que no volveríamos a encontrar la manera de hablar sin hacernos daño.
—Yo también tenía miedo —admitió Alicia—. Me alegra que nos hayamos dado otra oportunidad.
Pidieron alcachofas para compartir y pescado después.
Mientras esperaban, Beatriz le contó que Nuria estaba organizando una actividad en el centro cultural y que el sábado había acompañado a Isabel y a los niños al cine.
Leo se pasó media película preguntando cuándo aparecería un personaje del cartel, que al final apenas tuvo cinco minutos en pantalla.
—Habría pedido una reclamación —bromeó Alicia.
—Su madre estuvo a punto de hacerlo, aunque por otro motivo: se le cayó el refresco encima antes de que empezara la película.
Alicia disfrutó de aquella historia más de lo que cabría esperar. Había echado de menos escuchar a Beatriz hablar de su familia sin prisas, descubrir anécdotas que no tenían nada que ver con la alcaldía y hacerle preguntas simplemente porque quería conocerla mejor.
Durante la cena comentaron los platos, hablaron de sus hermanas y recordaron algunos viajes.
Alicia mencionó una escapada a Escocia que había hecho años atrás con una amiga y terminó enseñándole fotografías de un lago, un castillo y una calle de Edimburgo donde habían pasado una tarde entera refugiándose de la lluvia.
—Me encantaría ir —dijo Beatriz.
—Pues podríamos volver algún día.
La propuesta quedó flotando unos segundos entre ellas. Beatriz sonrió y aclaró que no pensaba reservar nada para la semana siguiente, y Alicia le aseguró que tampoco esperaba que la secuestrara aquella noche para llevarla a Edimburgo.
—Además, no tengo el pasaporte a mano —añadió Beatriz.
—Entonces menos mal que no has comprado los billetes.
Se rieron y guardaron el teléfono. No hablaron de fechas ni buscaron hoteles, porque ambas tenían demasiado trabajo por delante. A Alicia le bastó saber que Beatriz volvía a imaginar un futuro que incluía viajes compartidos, aunque todavía no supieran cuándo podrían hacerlos.
Pidieron una tarta de manzana para compartir. Alicia acompañó el postre con café, pero Beatriz eligió una infusión, decisión que despertó las sospechas inmediatas de su pareja.
—¿Desde cuándo no tomas café después de cenar?
—Desde que he descubierto que duermo mucho mejor sin él. También estoy intentando salir antes del ayuntamiento algunos días, aunque no siempre lo consigo.
—Nuria debe de estar encantada.
—Nuria es quien lleva meses recordándome que no todas las decisiones tienen que esperar a que yo esté delante.
Alicia removió el café. Ella había decidido mantener cerrado La Esquina los domingos, incluso durante las obras: algunas horas de trabajo apenas compensaban lo que vendían y Diego y ella estaban empezando a pagar el cansancio con errores.
—Este domingo lavé sábanas y descansé en casa —contó—. No parece un gran plan, pero hacía tiempo que no podía hacerlo sin sentirme culpable.
—Descansar también es un plan.
—¿Y si reservamos algún domingo para las dos? Sin convertirlo en una obligación semanal, que bastante tenemos ya.
—Me encantaría.
No prometieron todos los fines de semana ni se apresuraron a organizar una agenda común. Habían comprobado que querer verse no bastaba para crear horas libres, y aquella vez preferían empezar con algo que pudieran cumplir.
Alicia recordó que durante la separación había llenado los ratos libres con tareas para evitar pensar.
Beatriz confesó que había hecho algo parecido, aunque con reuniones y papeles que podían esperar.
No se reprocharon aquella manera de evitarse ni intentaron buscar quién había sufrido más.
Las dos entendían ahora que reservar tiempo para estar juntas también significaba aceptar que algunas obligaciones seguirían allí al día siguiente, sin convertirse por eso en un desastre.
Salieron cerca de las once. Hacía fresco y caminaron cogidas de la mano hasta el aparcamiento, discutiendo si volverían al restaurante para probar los otros platos. Junto al coche de Beatriz, esta le preguntó si quería ir a su casa.
—Mañana no tengo que llegar al ayuntamiento hasta las nueve —añadió—. Podríamos desayunar juntas.
—Yo tengo que abrir a las siete.
Beatriz puso cara de resignación, pero Alicia sonrió antes de que pudiera disculparse.
—Diego tiene llaves y ha abierto otras veces. Voy a pedirle que se encargue. No tiene sentido contratar a alguien en quien confío y seguir comportándome como si todo dependiera de que esté yo delante de la cafetera.
—Me parece una idea excelente.
Se despidieron con un beso y fueron en sus coches hasta Puerto de Lúa.
Diez minutos después, Alicia llamaba a la puerta de Beatriz.
En el salón había una lámpara encendida y dos vasos de agua sobre la mesa, pero Alicia apenas les prestó atención.
Dejó el bolso en una silla y la abrazó antes de que pudiera recogerle el abrigo.
—Tenía muchas ganas de estar contigo —murmuró.
—Yo también, Ali.
Se besaron junto a la entrada. Durante aquellas semanas Alicia había echado de menos su manera de reír, el interés que ponía incluso en las historias más pequeñas y aquella costumbre suya de retirar los vasos en cuanto terminaban de utilizarlos.
Sobre todo, había echado en falta la libertad de acercarse a ella sin tener que preguntarse si todavía podía hacerlo.
Fueron al sofá y se acomodaron juntas. La conversación quedó interrumpida por los besos, primero tranquilos y después cada vez menos dispuestos a terminar. Alicia le apartó el pelo de la cara y Beatriz le acarició la espalda, hasta que Alicia se detuvo un momento para preguntarle cómo estaba.
—Muy bien —respondió Beatriz, acariciándole la mejilla—. ¿Y tú?
—También. Solo quería asegurarme.
Volvieron a besarse y, al cabo de un rato, fueron al dormitorio.
Al dejar sus prendas sobre una silla sonrieron con cierta timidez, sorprendidas de sentirla cuando ya conocían sus gestos y habían compartido tantas noches.
Alicia la abrazó y le dijo cuánto la había echado de menos.
Beatriz la estrechó contra sí, y la familiaridad de aquel abrazo hizo que las últimas semanas parecieran, por fin, algo que podían empezar a dejar atrás.
Se acostaron juntas, sin prisas, atentas a la otra.
Alicia volvió a reconocer el perfume tenue de Beatriz y el modo en que le apartaba el pelo del rostro cuando quería mirarla a los ojos.
Pensó que durante aquellas semanas había temido olvidar esa cercanía, aunque ahora comprobaba que seguía siendo tan sencilla como antes.
No había allí la novedad de la primera noche, sino un alivio distinto: la posibilidad de volver a confiar en un cariño que habían puesto a prueba sin querer.
Más tarde permanecieron abrazadas bajo la sábana, con la lámpara encendida y la habitación en silencio.
—Pensé que volver a vernos sería rarísimo —confesó Alicia, apoyada en su pecho.
—Yo también tenía miedo de que estuviéramos incómodas.
—Pues la cena ha estado muy bien. Y lo que ha venido después tampoco ha estado mal.
Beatriz se echó a reír y le besó la frente.
Hablaron un rato de las croquetas prometidas por Marisa y de una caja de libros que Beatriz guardaba debajo de la cama porque nunca encontraba tiempo para elegir cuáles donar.
Alicia aseguró que un día la ayudaría, aunque sospechaba que acabarían quedándose con todos.
Cuando apagaron la luz, Beatriz buscó su mano.
—Ali, si volvemos a discutir, prefiero que hablemos después, aunque necesitemos una noche para calmarnos. No quiero pasar otra vez tantos días sin saber qué está pasando entre nosotras.
—Yo tampoco. Tendría que haberte dicho mucho antes que seguía queriendo estar contigo.
Se besaron y Alicia volvió a acomodarse junto a ella. Las obras no habían terminado y ambas tendrían jornadas complicadas, pero al menos habían aprendido a distinguir entre necesitar un rato para serenarse y dejar a la otra esperando sin respuestas.
—Por cierto, mañana abre Diego —recordó Alicia—. Y no pienso contestar llamadas antes de las ocho.
—Estupendo.
Dos minutos después, levantó la cabeza.
—¿Has puesto el despertador?
—Todavía no.
—Pues ponlo, por favor. Que si nos quedamos dormidas, Diego me mata.
Beatriz buscó el teléfono, ajustó la alarma para las siete y media y lo dejó boca abajo. Cuando apagó definitivamente la luz, Alicia ya estaba buscando su mano otra vez.