Mi alcaldesa favorita 29. Una conversación pendiente
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29. Una conversación pendiente

Una conversación pendiente

Beatriz estaba sacando la ropa de la lavadora cuando el móvil se iluminó sobre la encimera. Pensó que sería Isabel, que llevaba toda la tarde enviándole fotografías de los muebles que quería comprar para la habitación de Martín, pero al secarse las manos descubrió un mensaje de Alicia.

Hola, Bea. ¿Cómo estás?

Se quedó mirando aquellas palabras. Llevaban más de dos semanas sin hablar de verdad, aunque se habían cruzado en la plaza y Beatriz sabía, por otras personas, que La Esquina seguía funcionando mediante los pedidos para llevar.

Había pensado muchas veces en escribirle, pero cada vez se detenía al recordar que Alicia le había pedido espacio.

Aquella misma mañana se había preguntado cuánto tiempo estaba dispuesta a seguir esperando sin saber siquiera si continuaban juntas.

Hola. Bien, gracias. ¿Y tú?, respondió antes de arrepentirse de lo poco que decía.

Alicia contestó enseguida que estaba cansada, pero más tranquila, que los pedidos funcionaban y que habían decidido cerrar el domingo para descansar.

Beatriz sonrió al imaginar la reacción de Diego cuando su jefa aceptó, por fin, tomarse un día libre.

Bromearon sobre la posibilidad de que le cambiara la cerradura de la cafetería si intentaba presentarse allí.

Luego llegó otra pregunta.

¿Te apetece que nos veamos mañana? Quería hablar contigo.

Beatriz dejó el teléfono sobre la mesa. Había deseado recibir aquella invitación durante días, pero ahora le daba miedo que Alicia quisiera despedirse definitivamente. Volvió a cogerlo y respondió que sí, que tenía la mañana libre. Quedaron a las once, junto al paseo marítimo.

Terminó de recoger la ropa con una inquietud que no consiguió disipar durante la cena.

Esa noche se acostó temprano y tardó en dormirse.

Quería recuperar a Alicia, pero también necesitaba contarle cuánto le había dolido marcharse de la cafetería sin saber qué iba a ocurrir entre ellas.

No podía fingir que aquellas semanas no habían existido solo porque le apeteciera volver a abrazarla.

Se acordó de la noche en que Alicia le pidió espacio, de cómo había intentado respetar su decisión sin preguntarle siquiera si seguían siendo pareja y de todas las veces que había confundido la prudencia con el miedo a recibir una respuesta dolorosa.

El domingo amaneció despejado, con un viento suave que agitaba los árboles de la avenida. Beatriz llegó al paseo cinco minutos antes de la hora acordada y se quedó mirando las barcas del puerto, sin conseguir decidir si era preferible acercarse a Alicia con un beso o esperar a ver qué hacía ella.

Alicia apareció puntual, con vaqueros, zapatillas y una chaqueta verde que Beatriz no le conocía. Se detuvo frente a ella, sonrió con nerviosismo y se saludaron con dos besos. Después de todo lo que habían compartido, aquel gesto resultó extrañamente formal.

—¿Caminamos? —propuso Alicia.

Echaron a andar hacia la playa. Había familias paseando, niños con patinetes y ciclistas que avanzaban despacio entre los peatones.

Las olas rompían contra las rocas del extremo del puerto y el viento les obligaba a apartarse el pelo de la cara.

Durante los primeros minutos hablaron de asuntos fáciles: Fernando había aceptado una rebaja temporal del alquiler, los desayunos por encargo aumentaban y Ramón, el marido de Pili, estaba ayudando con algunos repartos.

Alicia le contó además que había decidido cerrar el domingo a pesar de tener solicitudes pendientes y que Diego casi la había felicitado por comportarse como una persona sensata.

Beatriz no le preguntó cuánto dinero habían perdido durante el cierre: si Alicia quería compartirlo, ya lo haría.

—Todavía tenemos que ajustar los costes, pero al menos seguimos vendiendo —explicó Alicia—. Diego está encantado con el invento.

Beatriz se alegró de escuchar aquel entusiasmo. Alicia parecía cansada, aunque había recuperado algo de la energía con la que le hablaba de La Esquina antes de que empezaran los problemas.

En un tramo menos concurrido, Alicia se detuvo junto a la barandilla.

—Bea, siento cómo te hablé aquella noche. Y siento haberte dejado sin saber qué iba a pasar entre nosotras.

Beatriz apoyó los antebrazos en el metal frío. Agradeció que Alicia no comenzara justificándose, pero necesitó unos segundos para responder.

—Me dolió, Ali. Sabía que estabas asustada, pero salí de la cafetería sin saber si seguíamos juntas. Y después no sabía si escribirte o esperar.

—Tendría que haberte llamado antes.

—Me habría gustado.

Pasó una pareja con un perro que se detuvo a olisquear las zapatillas de Alicia. El hombre tiró suavemente de la correa, se disculpó y continuó. A las dos les vino bien aquella breve interrupción.

—Cuando dijeron que tendría que cerrar durante nueve días, pensé que había cometido un error enorme al dejar Madrid —confesó Alicia—. Me había gastado los ahorros y no podía hacer nada para impedirlo. Estaba asustada y acabé enfadándome con todo el mundo. Contigo, más que con nadie.

—Porque yo estaba en el ayuntamiento.

—También porque eras la persona con la que más quería estar al llegar a casa. Me daba rabia necesitarte y sentir que no podía contarte lo que me preocupaba sin que acabáramos hablando de tus responsabilidades.

Beatriz recordó las cenas durante las que respondía como si Alicia hubiera presentado una consulta oficial.

—Yo tampoco lo hice bien. Cada vez que mencionabas las obras empezaba a explicarte procedimientos, aunque solo quisieras desahogarte. Tenía miedo de decir algo que no debía o de que pensaras que podía intervenir en tu favor.

—Nunca he esperado eso de ti.

—Lo sé. Pero terminé hablándote como si siguiera sentada en mi despacho.

—Y yo volvía a casa con una reclamación preparada —reconoció Alicia.

Se miraron y sonrieron, sin perder de vista que detrás de aquella broma había un problema real.

—Las obras no van a desaparecer porque volvamos a estar juntas —continuó Beatriz—. Y habrá decisiones del ayuntamiento que no te gusten. Algunas cosas no podré contártelas antes de que sean públicas.

—Y yo seguiré protestando cuando tenga motivos. Pero si llego a casa hecha polvo, puedo contártelo sin esperar que me soluciones la vida.

—Mucho.

—También puedes decirme que no te apetece hablar de trabajo, sin darme una explicación jurídica de veinte minutos.

—¿Veinte?

Alicia levantó las cejas y Beatriz acabó riéndose.

—Está bien. Puede que alguna vez me haya alargado un poco.

Reanudaron el paseo sin prisa. A Beatriz no le parecía que hubieran resuelto todas sus dificultades, pero al menos habían conseguido escucharse sin intentar ganar una discusión.

Cuando llegaron a unos bancos frente a la playa, se sentaron y observaron a un padre que corría por la arena intentando hacer volar una cometa, mientras sus hijas le daban instrucciones contradictorias.

—Te he echado mucho de menos —dijo Alicia—. Varias veces quise llamarte para contarte cosas. El viernes terminamos unos carteles con los comerciantes y pensé que te gustaría verlos.

—Llegaron al ayuntamiento. Están muy bien.

—Gracias. También echaba de menos cenar contigo y escuchar tus historias, incluso las discusiones sobre papeleras.

—No he vuelto a tener ninguna.

—Qué tranquilidad.

—Aunque sigo sin saber por qué compraron doce.

Alicia soltó una carcajada y apoyó la cabeza en su hombro. Beatriz habría querido besarla allí mismo, pero aún había algo que necesitaba preguntarle.

—¿Y ahora qué quieres, Alicia?

Ella se incorporó para mirarla.

—Quiero seguir contigo. Lo que no quiero es volver a pagarlo contigo cada vez que tenga una semana horrible.

—Quiero intentarlo. Pero si vuelves a necesitar distancia, dímelo de otra forma, ¿vale? Llevaba días sin saber si habíamos roto.

—Lo siento. No pensé en lo que era para ti quedarte esperando.

Beatriz le ofreció la mano y Alicia entrelazó sus dedos. Permanecieron juntas un rato, viendo cómo la cometa conseguía levantarse apenas unos segundos antes de caer otra vez sobre la arena.

—¿Puedo besarte? —preguntó Alicia.

—Pensaba que no ibas a preguntarlo nunca.

El beso empezó con cierta timidez, pero pronto estaban abrazadas en el banco, sin prestar atención a quienes pasaban. Cuando se separaron, Alicia le apartó un mechón de pelo de la cara y reconoció que llevaba toda la mañana deseando hacerlo.

—Podrías haberlo hecho antes —dijo Beatriz.

—Quería hablar contigo primero.

—Has hecho bien.

Regresaron hacia el puerto cogidas de la mano.

Alicia le habló de la reunión que tendría al día siguiente con Teresa, su gestora, y de la posibilidad de conservar los desayunos por encargo cuando volvieran a recibir clientes.

Beatriz la escuchó, interesada, sin convertir las previsiones de la cafetería en una consulta sobre las obras.

En el aparcamiento, Alicia le propuso cenar juntas el lunes en algún restaurante, sin que ninguna tuviera que cocinar después de trabajar.

Beatriz aceptó enseguida, aunque le preguntó si ya sabía dónde quería ir.

Alicia reconoció que había pensado en un restaurante de un pueblo cercano, abierto los lunes, y prometió reservar mesa antes de que terminaran el día.

Beatriz se rio al comprobar que, incluso para una reconciliación, Alicia había hecho sus averiguaciones, y se despidieron con otro beso.

Esta vez, al verla caminar hacia el coche, no tuvo que preguntarse cuándo volverían a hablar.

En casa encontró tres llamadas perdidas de Marisa, que quería saber si iría a comer. Beatriz la llamó mientras se quitaba los zapatos y le recordó que no habían quedado.

—Ya, hija, pero como es domingo… ¿Dónde estabas?

—He ido a caminar con Alicia.

Su madre guardó silencio un instante.

—Ah. ¿Y qué tal?

—Bien. Hemos hablado.

—Me alegro mucho.

No hizo más preguntas y pasó a contarle que Isabel llegaría el fin de semana siguiente y necesitaba unas sábanas para la habitación de los niños. Beatriz la escuchó mientras buscaba algo de comer en la nevera y agradeció que, por una vez, su madre tuviera asuntos más urgentes que comentar.