Mi alcaldesa favorita 28. La Esquina sigue abierta
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28. La Esquina sigue abierta

La Esquina sigue abierta

El primer día que La Esquina no pudo recibir clientes, Alicia vendió treinta y dos desayunos sin servir un solo café en una taza. A las seis y media ya estaba en la cocina preparando bocadillos, mientras Diego ordenaba los encargos sobre las mesas que habían desplazado para dejar sitio a las cajas.

Fuera se oyó el motor de una máquina y Diego se acercó a la ventana.

—Están descargando material. Todavía no han empezado a picar.

—Menos mal, porque cuando empiecen tendremos que entendernos por señas.

Diego comprobó la lista de la gestoría: seis cafés, cuatro tostadas, dos bocadillos y dos zumos.

Alicia lo corrigió al recordar que la tarde anterior habían añadido otro zumo, aunque tuvo que reconocer que había olvidado actualizar la copia impresa.

Llevaban una semana preparando aquel servicio y todavía surgían imprevistos.

Habían comprado cajas resistentes, pero ocupaban demasiado espacio; uno de los termos perdía por la tapa y las tostadas llegaban blandas si las envolvían demasiado pronto.

Aun así, los encargos aumentaban. Ramón, el marido de Pili, se había comprometido a repartir los que coincidieran con la ruta de la panadería, a un precio acordado por entrega.

Para las direcciones restantes habían contratado a un repartidor autónomo que trabajaba con otros negocios del pueblo.

El servicio no era barato, pero les permitía seguir funcionando sin incorporar personal.

Ramón llegó a las ocho y cuarto, puntual como había prometido.

Dejó una caja de pan junto a la puerta de servicio y anunció que tenía cinco minutos.

Diego todavía preparaba dos cafés cuando Alicia, al girarse para cerrar una tapa, golpeó con el codo una botella de zumo.

El cristal se rompió contra el suelo y los tres contemplaron el charco que se extendía bajo la mesa.

—Bueno —observó Ramón—, ahora os quedan cuatro minutos.

Diego buscó la fregona, Alicia recogió los cristales con cuidado y consiguieron entregar las cajas a tiempo.

Cuando la furgoneta se alejó, se miraron y empezaron a reírse.

No era así como Alicia había imaginado las mañanas en su cafetería frente a una plaza bonita, pero al menos habían logrado sacar el pedido.

A las diez, el ruido de la excavadora hacía vibrar las cucharillas dentro de los cajones.

Alicia se refugió en el pequeño despacho del almacén para revisar las ventas.

Treinta y dos desayunos eran un buen comienzo, aunque el importe medio resultaba inferior al de los servicios en mesa y había que descontar envases y repartos.

Los ingresos superaban sus previsiones más pesimistas, pero seguían lejos de cubrir los gastos de una jornada normal.

Revisó los productos y descartó ofrecer fruta cortada: requería demasiada preparación para el margen que dejaba.

Los bocadillos y las cajas de bollería para grupos, en cambio, se vendían mejor de lo previsto.

Anotó las cantidades y abrió el correo, donde encontró por fin la respuesta de Fernando, el propietario del local.

Aceptaba rebajar el alquiler un quince por ciento mientras permaneciera cortado el acceso principal.

No durante todas las obras, como había solicitado Alicia, pero sí durante el periodo en el que no pudiera atender al público dentro.

Leyó el mensaje dos veces, consultó con Teresa, su gestora, cómo documentar el acuerdo y respondió agradeciendo la propuesta.

La rebaja no resolvía el problema, aunque representaba un alivio real.

—Fernando va a reducirnos el alquiler durante el cierre —anunció al regresar a la barra.

—¿Mucho? —preguntó Diego.

—Menos de lo que pedí, pero bastante más que nada.

Se acercaron a la ventana. La valla separaba la fachada de una zanja recién abierta, mientras los peatones cruzaban la plaza siguiendo unas flechas amarillas. Una mujer se detuvo frente al escaparate, leyó el cartel y buscó su teléfono. Segundos después sonó el móvil del negocio.

Diego atendió la llamada y le explicó que podían preparar pedidos para recoger en el punto habilitado. Alicia observó cómo la mujer asentía al otro lado del cristal antes de alejarse hacia la calle lateral.

—Dos bocadillos y dos cafés. Los recogerá en quince minutos —anunció Diego.

El cartel funcionaba, aunque Alicia decidió colocar otro en la esquina desde la que llegaba la mayoría de los peatones.

Diego sugirió añadir un código QR, y ella aceptó con una condición: el número de teléfono debía verse igual de bien, porque no todos los clientes querían hacer pedidos desde una pantalla.

El viernes por la tarde, Rosa apareció por la puerta de servicio con el pelo húmedo y una bolsa de tela.

Había empezado a llover y los operarios habían interrumpido parte de los trabajos.

Venía a recoger seis empanadas pequeñas y una tarta de chocolate para el cumpleaños de su hermana, un encargo que Alicia necesitó buscar en la lista porque tenía la cabeza ocupada con los repartos del lunes.

—¿Cómo vais? —preguntó Rosa mientras esperaba.

—Mejor de lo que temía, pero vendemos bastante menos que antes.

—En la mercería ayer entraron tres clientas y una solo venía a cambiar una cremallera. Los carteles ayudan, aunque mucha gente evita esta zona.

Alicia colocó la tarta en una caja y le explicó cómo habían organizado los desayunos con Diego y los repartidores.

Rosa reconoció que esa alternativa les daba cierta ventaja frente a los negocios que necesitaban recibir a sus clientes, pero también le contó que las llamadas para reservar artículos habían aumentado gracias a la campaña común.

—Julián dice que el ayuntamiento va a publicar información de nuestros comercios en su web —añadió—. Nos han pedido otra vez los horarios actualizados.

—Tiene sentido. Los accesos cambian y no podemos dejar circulando planos antiguos.

Alicia había diseñado los materiales de «La plaza sigue abierta» con los demás comerciantes, y el ayuntamiento había colaborado revisando los recorridos peatonales y la señalización.

Era una ayuda práctica, no una compensación por las pérdidas, pero podía facilitar que los vecinos encontraran las tiendas.

Rosa recogió su pedido y se marchó antes de que volviera a llover.

Cuando Alicia cerró la puerta, comprendió que llevaba tantos días intentando sostener el negocio que apenas pensaba en otra cosa.

Llegaba a casa agotada, cenaba sin ganas y a veces se quedaba dormida en el sofá.

El trabajo también le permitía no detenerse demasiado en la ausencia de Beatriz, hasta que algo se la recordaba: una reserva antigua del restaurante de Comillas, una pregunta de Laura o la figura de la alcaldesa al otro lado de las vallas, hablando con los técnicos.

La había visto aquella semana desde la ventana y, después de volver a sus tareas, había seguido buscando su silueta entre los peatones.

El sábado, Diego terminó su turno y encontró a Alicia sentada sobre una caja de bebidas, revisando los encargos de la semana siguiente. Le preguntó cuánto pensaba quedarse; llevaba allí desde las seis y media, y él la conocía lo suficiente para desconfiar de sus respuestas.

—Un rato. Tengo que dejar listo lo del lunes.

—Puedo venir mañana a las ocho y adelantar lo que falte.

—Mañana cerramos —respondió Alicia—. Del todo.

Diego tardó unos segundos en comprender que hablaba en serio.

Desde que comenzaron las obras habían trabajado casi todos los días, aceptando encargos incluso el domingo porque Alicia temía rechazar cualquier oportunidad de ingreso.

Pero aquella mañana había repasado las cifras: algunos pedidos apenas compensaban las horas necesarias para prepararlos y los dos estaban empezando a acusar el cansancio.

—Podemos permitirnos cerrar un día —añadió—. Lo que no podemos es seguir sin descansar.

Diego sonrió, guardó la mochila y se despidió recordándole que el lunes volverían a las siete.

Alicia terminó de ordenar los encargos y recorrió el comedor antes de salir.

Las mesas permanecían apartadas, la vitrina estaba casi vacía y las cajas ocupaban el espacio donde antes desayunaban los clientes.

Aquello apenas se parecía al local que había inaugurado, pero continuaba siendo suyo y seguía funcionando.

Había conseguido mantener los salarios, negociar una rebaja temporal del alquiler y llegar a clientes nuevos.

Los números todavía exigían prudencia y nadie sabía si las obras se prolongarían, aunque Alicia había dejado de sentir que su única opción era resistir sin hacer nada.

Al cerrar, alisó una esquina del cartel que la humedad había despegado del escaparate.

Debajo del lema «LA ESQUINA SIGUE ABIERTA» figuraban el teléfono, los horarios de recogida y un plano de acceso.

Aquella noche se duchó sin mirar el reloj y cenó temprano.

Por primera vez en casi un mes tenía el domingo libre, con la posibilidad de caminar, leer o no hacer absolutamente nada.

Se sentó en el sofá con una copa de vino y llamó a Laura, que estaba preparando la cena y la saludó preguntándole por su agotamiento habitual.

Alicia le contó lo del alquiler, los desayunos y la campaña de los comerciantes. Laura celebró que empezara a ver resultados, aunque insistió en que no podía pasarse los próximos meses trabajando catorce horas al día.

—Eso mismo me ha dicho Diego.

—Pues hazle caso. ¿Y Bea?

Alicia dejó de mirar la copa.

—No hemos hablado. Nos hemos cruzado algunas veces, nada más.

—¿La echas de menos?

—Muchísimo.

Laura esperó un momento antes de aconsejarle que la llamara. Alicia recordó que había sido ella quien pidió distancia y reconoció que llevaba días buscando el momento adecuado. Primero fueron las cuentas, luego los repartos y después los carteles; siempre encontraba alguna tarea más urgente.

—No sé qué decirle —admitió.

—Empieza preguntándole cómo está. No tienes que resolverlo todo en la primera frase.

Al despedirse, Alicia abrió su conversación con Beatriz.

Encontró una fotografía que un desconocido les había hecho durante un paseo por la costa: estaban abrazadas, con el mar detrás y el pelo revuelto por el viento.

Recordó el bizcocho que compartieron sentadas en una roca y lo fácil que había sido pasar horas juntas sin tener que tomar decisiones importantes.

Había echado de menos aquella tranquilidad, pero sobre todo había echado de menos a Beatriz.

Dejó de buscar razones para aplazarlo y escribió: «Hola, Bea. ¿Cómo estás?». Leyó el mensaje una vez y pulsó enviar.

Después dejó el teléfono sobre el sofá y fue a recoger la cocina.

Ignoraba si Beatriz respondería enseguida y tampoco sabía cómo empezarían a hablar de lo que había ocurrido.

En la cocina lavó dos tazas que estaban ya limpias y terminó dejando la esponja en el fregadero. El teléfono seguía en el salón.