Mi alcaldesa favorita 27. Las decisiones difíciles
82%

27. Las decisiones difíciles

Las decisiones difíciles

El lunes, antes de las nueve, Beatriz recibió la llamada de Antonio, un vecino que quería saber si las obras afectarían a la procesión de octubre. Su mujer había oído que los soportales permanecerían cerrados y él necesitaba una respuesta para hablar con los organizadores.

—Todavía no sabemos si habrá que modificar el recorrido —explicó Beatriz—. Lo consultaré con Cultura para que lo revisen con la parroquia.

Antonio le dio las gracias y colgó. Beatriz anotó el asunto junto a una lista de incidencias que aumentaba cada mañana.

Las obras apenas habían comenzado y circulaban versiones para todos los gustos: que la plaza seguiría cerrada en Navidad, que iban a retirar la fuente e incluso que algunos comerciantes tendrían que abandonar sus locales.

Había pedido que actualizaran la página municipal y colocaran planos comprensibles junto a los accesos, aunque sabía que no impedirían todas las conversaciones de panadería.

Aquel asunto de la procesión le recordó, además, que las obras no afectaban solo a los comerciantes: muchos vecinos habían organizado sus costumbres alrededor de la plaza y cada cambio, por pequeño que pareciera desde un despacho, alteraba algo de su vida diaria.

Tomás llegó con dos carpetas y un café que parecía llevar horas dentro del vaso. Confirmó que al día siguiente comenzaría la excavación del tramo norte y que las conducciones estaban más deterioradas de lo esperado, aunque por el momento no sería necesario ampliar la intervención.

—¿Se mantiene el plan de accesos? —preguntó Beatriz.

—Sí. Habrá señales desde la calle del Mercado y una zona de descarga para los suministros autorizados. Hemos avisado a los establecimientos y organizado otra visita con la dirección de obra.

Beatriz comprobó las fechas y pasó a la segunda carpeta.

Contenía el estudio preliminar de las medidas de apoyo solicitadas por los comerciantes: señalización, posibles ayudas económicas y revisión de algunas tasas.

Cada propuesta tenía implicaciones distintas y no quería presentar como una concesión segura algo que todavía dependía de informes y de disponibilidad presupuestaria.

—La campaña informativa puede ponerse en marcha pronto —explicó Tomás—. Sobre las ayudas, Intervención tiene que estudiar la financiación y necesitamos criterios objetivos. En cuanto a las tasas, Secretaría está revisando las ordenanzas y los supuestos aplicables.

—Quiero que los comerciantes sepan exactamente qué está aprobado, qué se estudia y qué no podemos garantizarles. Y que la información llegue también a quienes no asisten a las reuniones.

Tomás prometió preparar una comunicación esa misma semana.

Beatriz sabía que ninguna de aquellas medidas compensaría necesariamente las pérdidas de un negocio cerrado durante varios días.

Pensó en Alicia, a quien había visto organizando cajas de desayunos por encargo en La Esquina, y se preguntó si el reparto estaría funcionando.

Marta le había contado que algunos trabajadores del ayuntamiento empezaban a pedir allí café y bocadillos para recogerlos antes de entrar a sus oficinas.

Le alegraba que Alicia encontrara alternativas, pero ignoraba si bastarían.

En otro momento se lo habría preguntado durante la cena y habría escuchado sus cálculos, seguramente sin entender todos los detalles.

Ahora podía ver las cajas desde la calle, pero no sabía si Alicia estaba durmiendo bien ni si conseguía reservarse algún rato libre.

A media mañana se reunió con Elena Varela, la secretaria municipal, y el interventor.

Examinaron una propuesta inicial para estudiar apoyos a los establecimientos afectados.

Tendrían que justificar las medidas, determinar qué negocios reunían las condiciones y comprobar de qué fondos podían disponer.

Elena insistió en que los criterios debían ser verificables; nadie podía recibir un trato diferente por acudir más veces a protestar.

—Tampoco podemos garantizar compensaciones por pérdidas sin estudiar el fundamento y el procedimiento —añadió el interventor—. Si se plantea una línea de ayudas, habrá que ver cómo financiarla.

—Estudiad las opciones viables y sus plazos —pidió Beatriz—. Si hay una propuesta que pueda elevarse al órgano competente, quiero conocerla. Y si no la hay, tendremos que explicarlo con claridad.

Salió de la reunión con tareas concretas, pero sin una solución que pudiera anunciar.

Estaba acostumbrada a que gobernar consistiera en elegir entre opciones imperfectas y responder por ellas; lo que le costaba aceptar era que aquella vez las consecuencias también afectaran a la mujer que echaba de menos.

Antes de levantarse, Elena volvió sobre la abstención de Beatriz.

La solicitud individual de La Esquina continuaba tramitándose sin su intervención, pero las medidas generales tendrían que examinarse según su alcance y las circunstancias de cada decisión.

No todas las actuaciones municipales planteaban exactamente la misma cuestión.

—Prefiero que lo revisemos antes de llegar a ese punto —respondió Beatriz.

Durante años había defendido que los procedimientos debían aplicarse de manera transparente y estaba dispuesta a asumir las incomodidades que eso le ocasionara.

No quería que su relación con Alicia se utilizara para poner en duda el trabajo de los técnicos ni para sembrar sospechas sobre cualquier ayuda que pudiera aprobarse.

Tampoco deseaba que el temor a esas sospechas paralizara medidas generales que beneficiaran a los negocios afectados.

Necesitaba que cada decisión siguiera su camino, sin convertir la prudencia en una excusa para no hacer nada.

A las dos y cuarto salió a comer con Nuria al bar de Julián. Encontraron una mesa junto a la ventana y pidieron el menú, aunque Nuria tenía que regresar pronto para una reunión de actividades culturales. Mientras esperaban, dejó el bolso en el asiento de al lado y preguntó por Alicia.

—No hemos hablado desde la semana pasada —respondió Beatriz—. Nos cruzamos en la plaza, pero seguimos dándonos espacio.

—¿Y cómo lo llevas?

—La echo de menos.

Se lo había dicho a sí misma muchas veces durante aquellos días.

Seguía encontrando noticias, fotografías o pequeñas anécdotas que le habría gustado contarle, y en ocasiones sacaba el teléfono antes de recordar que Alicia necesitaba tiempo.

Había aceptado respetar aquella decisión, pero comenzaba a preocuparle no saber cuánto duraría el silencio.

—Podrías escribirle para preguntarle cómo está —sugirió Nuria—. Ha pasado más de una semana.

—No quiero que sienta que no he respetado lo que me pidió.

—Eso lo entiendo. ¿Pero has pensado en lo que necesitas tú?

Beatriz miró por la ventana. No había una respuesta sencilla: quería estar con Alicia y también quería que, si volvían a acercarse, ninguna sintiera que se había rendido por cansancio.

Nuria no insistió, pero le recordó que respetar a alguien no equivalía a ocultar indefinidamente lo que uno sentía.

Beatriz asintió sin comprometerse a escribir, agradecida de que su amiga hubiera expresado aquella diferencia sin obligarla a decidir en el acto.

La camarera llegó con la comida y la conversación derivó hacia los talleres de otoño y la dificultad de encontrar un profesor de teatro dispuesto a trabajar en el horario del centro juvenil.

Beatriz agradeció poder concentrarse un rato en algo que no tuviera que ver con las obras ni con su propia vida.

A las seis llegó al ayuntamiento un correo de la asociación de comerciantes.

Marta se lo llevó al despacho con una sonrisa: habían preparado materiales para informar a los vecinos sobre los negocios que continuaban abiertos.

La primera página mostraba una fotografía de la plaza y un lema destacado: «LA PLAZA SIGUE ABIERTA».

Debajo figuraban los recorridos peatonales, los teléfonos de contacto y un espacio para actualizar los horarios a medida que avanzaran los trabajos.

Beatriz examinó las versiones para imprimir y para redes sociales. La información estaba ordenada con claridad, sin adornos que distrajeran de lo importante. Reconoció enseguida la mano de Alicia, aunque Marta confirmó su participación al señalar la firma del correo.

—Está muy bien hecho —admitió Beatriz—. Que Comunicación lo revise con los comerciantes y compruebe que los accesos coinciden con el plano técnico vigente. Si todo está correcto, podemos estudiar su difusión por los canales municipales con las autorizaciones correspondientes.

Cuando Marta salió, Beatriz volvió a mirar el diseño.

Alicia estaba utilizando su experiencia en publicidad para ayudar a los demás negocios, exactamente como se había propuesto.

Había logrado que varios comerciantes colaboraran en algo concreto en lugar de limitarse a discutir sobre las vallas.

Recordó las veces que Alicia había vuelto a casa preocupada por las cuentas y por los proveedores, y le hubiera gustado poder decirle que aquel trabajo era valioso incluso aunque las ventas no respondieran como esperaban.

Beatriz sintió orgullo por ella y, casi de inmediato, una tristeza difícil de admitir: quizá Alicia estaba avanzando con más tranquilidad desde que habían dejado de verse.

No tenía motivos para sacar aquella conclusión, pero tampoco podía preguntárselo.

Terminó de trabajar cerca de las ocho y decidió volver a casa atravesando la plaza para revisar las señales.

Las máquinas habían quedado detenidas junto a los soportales y varios peatones avanzaban por el corredor provisional.

Comprobó los carteles, anotó uno que debía acercarse al cruce y continuó hasta La Esquina.

La puerta principal estaba cerrada y dentro seguían encendidas las luces.

Diego colocaba cajas sobre la barra mientras Alicia hablaba por teléfono cerca de la cocina, con una libreta abierta frente a ella.

Beatriz estuvo a punto de llamar al cristal, aunque recordó que la separación no se había producido porque dejaran de quererse.

Alicia le había pedido distancia precisamente cuando ambas empezaban a sufrir por no saber cómo compartir los problemas sin mezclar su relación con las decisiones del ayuntamiento.

Siguió caminando y se sentó un momento en el banco de la calle lateral.

Abrió la conversación con Alicia; el último mensaje seguía siendo aquel «Cuídate, ¿vale?

» que le había enviado después de despedirse.

Escribió unas líneas felicitándola por la campaña y deseándole suerte con los pedidos. Las leyó dos veces antes de borrarlas.

No era que el mensaje tuviera nada malo. Lo que le incomodaba era utilizar un material enviado al ayuntamiento como pretexto para retomar una conversación personal. Alicia merecía que, cuando hablara con ella, lo hiciera sin escudarse en un cartel ni en una pregunta sobre los accesos.

Guardó el teléfono y emprendió el camino de casa. Se preguntó si Alicia sabría que todavía la esperaba. Apartó la idea de escribirle: la última vez que se vieron le había pedido espacio y Beatriz seguía sin saber cuánto.

Al pasar junto a la panadería encontró a Pili bajando la persiana. La mujer levantó una mano y le preguntó cómo iba todo. Beatriz respondió que bien, le devolvió el saludo y se dispuso a continuar. Por una vez, Pili no hizo ninguna pregunta sobre Alicia.

Beatriz sonrió con gratitud y se alejó despacio. Llevaba semanas deseando que los vecinos dejaran de opinar sobre su vida privada, y sin embargo, mientras avanzaba por la calle casi vacía, descubrió que aquella discreción inesperada también le recordaba lo mucho que habían cambiado las cosas.