Mi alcaldesa favorita 26. Pili, por una vez, se calla
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26. Pili, por una vez, se calla

Pili, por una vez, se calla

El jueves, Alicia llegó a La Esquina con naranjas, tres facturas y una lista interminable de tareas.

La semana siguiente empezarían las excavaciones y aún debían organizar los encargos durante el cierre del acceso principal.

Diego había llegado antes que ella y estaba probando unas cajas de cartón sobre la barra, con dos bocadillos dentro.

—¿Qué tal el experimento? —preguntó Alicia, dejando la bolsa en la cocina.

—Mal. La tapa aplasta el pan y, si ponemos otra bandeja encima, no llega ni la mitad en condiciones.

Le mostró el papel pegado a uno de los bocadillos. Alicia admitió que no servía. Diego ya había comparado los precios y las medidas de otras cajas.

—Gracias. Hoy revisamos los costes y hacemos un pedido pequeño para probar.

Ya tenían varios clientes de oficinas cercanas y una academia interesada en encargos de café y bollería para los sábados.

La idea funcionaba mientras los clientes podían recoger los pedidos, pero durante la excavación tendrían que organizar repartos sin descuidar la preparación.

Alicia necesitaba además que el café llegara caliente y que los bocadillos conservaran buen aspecto: un cliente perdido por un desayuno aplastado difícilmente repetiría el encargo.

—La gestoría quiere doce desayunos el lunes, a las nueve —le recordó Alicia.

—Si empezamos a preparar antes de abrir, llegamos bien. El problema es llevarlos.

Alicia asintió. Había acordado mantener las horas de Diego durante el primer periodo de obras y revisar después la situación.

Él había aceptado, pero Alicia no quería pedirle turnos interminables ni poner en riesgo su sueldo.

También le tranquilizaba que propusiera mejoras sin necesidad de preguntarle a cada paso; comenzaban a funcionar como un equipo incluso en las mañanas más difíciles.

A las nueve comenzaron a entrar clientes y apartaron las cajas para atender los desayunos. Pili apareció poco antes de las once con el pan y una bolsa pequeña de papel.

—Os traigo dos napolitanas de chocolate.

—Pili, no hace falta que nos regales nada.

—Me sobraron de esta hornada. O las coméis vosotros o se quedan secas.

Alicia aceptó, sabiendo que discutir con Pili sería inútil. Pili observó las cajas apiladas junto a la barra y preguntó si estaban preparando pedidos para las oficinas. Cuando Alicia explicó que intentaban mantener parte de la actividad durante el cierre temporal, se limitó a asentir.

—Ya me ha contado Rosa lo de los nueve días.

Después revisó la cantidad de pan para el viernes y preguntó si debía reservarles más barras. Alicia no supo responderle; dependía de los encargos confirmados. Pili le pidió que la llamara esa tarde y comenzó a recoger las bolsas vacías. No había mencionado a Beatriz.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo entonces.

Alicia se preparó para lo que viniera.

—Claro.

—¿Os va a llegar con los encargos para seguir trabajando?

La pregunta le impidió refugiarse en su optimismo habitual.

—No lo sé. Estamos intentando que al menos cubran una parte de los gastos.

Pili dejó las bolsas en el suelo y se apoyó en la barra.

Le contó que años atrás habían reparado la calle de su panadería y que pasaron casi dos meses con una valla delante del negocio.

Su suegro todavía trabajaba con ellos y tuvieron que improvisar entregas a domicilio para conservar a los clientes que no podían acercarse.

—Perdimos dinero, pero aguantamos —recordó—. Ramón salía con la furgoneta antes de abrir y yo me quedaba atendiendo.

—Nosotros no tenemos a nadie para repartir. Diego y yo estaremos preparando los desayunos.

Pili se quedó pensativa un momento.

—Ramón suele terminar su ruta a las ocho y media. Habla con él, porque a lo mejor puede llevar algún pedido si le coincide de camino. Tendríais que arreglar el precio entre vosotros.

Alicia levantó la cabeza. La furgoneta de la panadería ya hacía entregas en restaurantes y comercios, y quizá pudiera aprovechar aquellos recorridos durante las semanas más difíciles.

—¿Crees que le interesará?

—Pregúntaselo. No muerde, aunque antes del primer café está bastante poco hablador.

Pili recogió las bolsas y, antes de marcharse, le recomendó llamar a Carmen, la peluquera.

Había tenido que reorganizar las citas por el cierre y quizá pudieran colaborar en algo.

Alicia le agradeció las dos sugerencias y la panadera respondió recordándole que las napolitanas debían comérselas aquel mismo día.

Diego apareció desde la cocina y miró las cajas que Pili había dejado sobre la barra.

—¿Qué quería?

—Nos ha dado una idea para repartir los desayunos.

—¿Una idea de Pili? ¿Sobre Bea?

—Sobre el negocio, Diego.

Él abrió mucho los ojos, fingiendo asombro, y Alicia se rio con ganas.

Aquella tarde pasó por la panadería al terminar el servicio y encontró a Ramón cargando cajas en la furgoneta.

Le explicó los horarios, las zonas de entrega y las cantidades que esperaban manejar.

Ramón escuchó mientras comprobaba una hoja de direcciones; quería ayudar, pero no podía desviarse hasta el polígono ni retrasar los repartos habituales.

—Si los tenéis listos a las ocho y cuarto y son oficinas del centro, podemos probar el lunes —propuso—. Me das la lista y calculamos cuánto se tarda. Después hablamos de lo que cuesta cada entrega. No quiero prometerte algo que luego no pueda cumplir.

—Me parece perfecto.

—Eso sí, no llevo café en vasos que puedan volcarse.

Alicia prometió llevarle un termo individual para probarlo y salió con una posibilidad concreta, aunque todavía debía calcular su coste.

De regreso llamó a Rosa para contarle lo de Ramón y preguntar cómo avanzaban los preparativos de la campaña.

Carmen podía prestar parte de su almacén para guardar material y Julián les imprimiría los primeros veinte carteles en la ferretería.

Alicia había trabajado en campañas con equipos menos colaboradores.

Quedaron en verse el viernes por la tarde.

Alicia preparó entonces una propuesta sencilla con el lema «La plaza sigue abierta», un plano de los accesos disponibles y un espacio para indicar los horarios reales de cada establecimiento.

Incluyó teléfonos de pedidos y recogidas, para no prometer aperturas imposibles durante la excavación.

A las seis del viernes se reunieron seis comerciantes alrededor de dos mesas de La Esquina.

Rosa examinó primero el diseño y le recordó que su mercería tendría que cerrar algunos días; Alicia le mostró el espacio reservado para actualizar los horarios.

Carmen señaló que faltaba la entrada lateral de la peluquería y Julián propuso destacar los teléfonos de contacto.

El dueño de la tienda de regalos sugirió una promoción para quienes compraran en varios comercios, aunque no lograron ponerse de acuerdo sobre los descuentos.

Pasaron casi una hora revisando detalles, repartiendo tareas y discutiendo quién actualizaría las redes sociales.

Alicia disfrutó utilizando lo que sabía hacer, sobre todo cuando lograron acordar que cada comercio sería responsable de comunicar sus cambios de horario para no dejar información desactualizada en los carteles.

No garantizaba ventas, pero podían actuar juntos.

Pili llegó cuando recogían los documentos. Dejó una bandeja de empanadillas sobre la barra y se negó a cobrarla.

—Llevo treinta años viendo entrar y salir gente de esta plaza —explicó—. También me interesa que los negocios sigáis aquí.

Rosa aprovechó para pedirle que repartiera folletos y convenciera a los vecinos de seguir comprando. Pili aceptó lo primero, pero negó con la cabeza ante lo segundo.

—La gente comprará si tiene dinero y puede llegar a las tiendas. Milagros todavía no hago.

Cuando los demás se marcharon, se quedó ayudando a Alicia a recoger los vasos. Alicia le contó que Ramón había aceptado probar el reparto el lunes y volvió a darle las gracias.

—Me alegro —respondió Pili, acomodando las tazas en la bandeja.

—Y gracias también por no preguntarme nada sobre Bea.

Pili dejó una taza sobre la mesa y suspiró.

—Marisa me ha dicho que os deje tranquilas. Y tiene razón, porque a veces me meto donde no me llaman. No hace falta que me cuentes nada, de verdad.

—A veces —repitió Alicia, sonriendo.

La panadera aceptó la observación sin discutir y le preguntó cómo estaba. Alicia miró los carteles y la bandeja casi vacía.

—Preocupada, pero creo que estamos encontrando maneras de seguir adelante.

—Pues ahora ocúpate de eso —contestó Pili, y se despidió sin añadir nada más.

Alicia terminó de ordenar el comedor y guardó los diseños para llevarlos a imprimir el lunes.

Al sacar el teléfono encontró una fotografía que Diego le había enviado aquella mañana: las primeras cajas de desayunos alineadas sobre la barra, con unas etiquetas pequeñas que llevaban el nombre de La Esquina.

Sonrió y, casi sin pensarlo, abrió la conversación con Beatriz.

Seguían sin escribirse desde aquella noche.

Se habían cruzado brevemente en la plaza, y Alicia recordaba la alegría que le había producido verla incluso durante aquellos minutos incómodos.

Quiso contarle lo de Ramón, las empanadillas de Pili y la campaña que habían preparado entre todos.

Imaginó a Beatriz escuchándola sin intentar resolverle nada.

Volvió a recordar las veces en que Beatriz la había escuchado hasta quedarse dormida, con la cabeza apoyada en su hombro.

No escribió. Había sido ella quien pidió distancia y todavía no sabía cómo volver a acercarse sin fingir que los motivos de aquella decisión habían desaparecido. Guardó el teléfono y apagó las luces.

Desde la calle contempló el rótulo iluminado de La Esquina.

Seguía sin saber cómo estaría el negocio dentro de tres meses, pero aquella semana había encontrado ayuda, alternativas para los repartos y vecinos dispuestos a trabajar juntos.

Quería seguir intentándolo, aunque no hubiera garantías.

En casa abrió la conversación con Beatriz. Todavía no escribió.