25. Una semana bastante larga
Una semana bastante larga
El miércoles, Beatriz llegó al ayuntamiento antes de las ocho, encendió el ordenador y descubrió que había olvidado las gafas en casa.
Encontró unas de repuesto en el cajón, de montura marrón que apenas utilizaba por su incomodidad, pero se las puso para revisar los documentos que Marta había dejado preparados para firmar.
A las ocho y media había resuelto tres asuntos pendientes y, antes de las diez, ya se había reunido con el responsable de Mantenimiento y atendido una llamada de la Diputación.
Todo parecía normal, y le extrañaba seguir hablando de presupuestos y de una avería en la cubierta del polideportivo después de lo sucedido la noche anterior.
Había salido de La Esquina después de que Alicia le pidiera espacio. En casa leyó casi una hora sin enterarse de nada y apagó tarde la luz. Durmió a ratos. Ahora, entre correos y firmas, descubría que podía cumplir con su trabajo sin haber conseguido ordenar lo que sentía.
Nuria apareció a media mañana con una carpeta. La empresa de las actividades infantiles no había entregado parte del material y debían decidir si podían comenzar las clases. Beatriz examinó el contrato y le pidió que lo revisaran con Contratación antes de dar por buena ninguna solución provisional.
—Eso pensaba hacer —respondió Nuria, cerrando la carpeta.
Sin embargo, no se levantó.
—¿Y tú qué tal?
—Bien.
Su amiga la observó con aquella expresión que reservaba para las respuestas demasiado rápidas.
—Ayer te llamé y no contestaste.
—Me acosté pronto. Alicia me ha pedido que nos demos unos días.
Nuria dejó de juguetear con el cierre de la carpeta y le preguntó si habían discutido.
Beatriz le contó que el anuncio del cierre temporal de la cafetería había empeorado una situación que llevaba semanas haciéndose difícil para ambas.
No mencionó las cuentas de Alicia; no le correspondía compartirlas.
—¿Habéis quedado en hablar en algún momento? —preguntó Nuria.
—No concretamos nada. Me pidió espacio y le dije que lo respetaría.
—Lo siento, Bea.
No intentó convencerla de que todo se arreglaría, y Beatriz se lo agradeció.
Nuria le ofreció terminar ella la revisión de las actividades infantiles para que pudiera adelantar otros asuntos.
Aceptó y regresó al ordenador, aunque antes de mediodía tuvo que quitarse las gafas porque empezaban a dolerle las orejas.
El sábado viajó a Santander para acompañar a una representación de comerciantes a una feria de productos locales.
Era un compromiso antiguo, pero terminó disfrutando de la visita.
Probó un queso excelente, compró miel para Marisa y conversó con una pareja que estudiaba trasladar parte de su producción de conservas a Puerto de Lúa.
Durante aquellas horas apenas pensó en el teléfono.
De regreso paró en un supermercado y llenó el carro mucho más de lo necesario. También compró margaritas blancas para el jarrón del salón, y a las siete tenía la nevera llena, la casa ordenada y ninguna obligación hasta el lunes. Fue entonces cuando la tranquilidad empezó a resultarle incómoda.
Se sentó en el sofá y miró el móvil. Alicia no había escrito, algo perfectamente lógico después de pedir unos días de distancia.
Beatriz dejó el aparato sobre la mesa y encendió la televisión.
Un concurso musical consiguió distraerla un rato; reconoció algunas canciones, falló otras y se perdió una eliminación mientras preparaba la cena.
Después llamó a Isabel. Su hermana esperaba en el coche a que Martín terminara un entrenamiento y aprovechó para contarle lo difícil que era coordinar las actividades de los dos niños.
—¿No habíais decidido que este año harían menos cosas? —preguntó Beatriz.
—Sí, en junio, cuando todavía creíamos que teníamos autoridad. Ahora uno quiere fútbol y el otro natación, y el campo de fútbol está a veinte minutos de casa.
Beatriz se rio y escuchó las dificultades logísticas de Isabel hasta que su hermana le preguntó por Alicia. No tenía ganas de dar otra vez la misma explicación, pero tampoco quería fingir que todo seguía igual.
—Nos estamos dando un tiempo.
—Vaya, Bea. ¿Quieres venir a Valladolid un fin de semana? Puedes quedarte en casa.
—Con ese programa de entrenamientos, parece ideal para descansar.
—Podemos dejar a los niños con su padre y salir a cenar las dos.
Quedaron en hablar durante la semana. Al colgar, Beatriz descubrió que había pasado casi una hora sin pensar en Alicia y agradeció aquel pequeño descanso.
Le duró hasta que vio, en una estantería, el libro que Alicia le había dejado después de una cena.
Lo cogió y leyó un par de páginas al azar, pero no sintió ganas de continuar.
Volvió a colocarlo donde estaba, sin convertirlo en una excusa para escribirle.
El lunes llegaron los primeros contenedores de material a la plaza.
Colocaron señales provisionales y delimitaron parte del pavimento con vallas metálicas; todavía no habían comenzado a excavar, aunque el lugar parecía distinto.
A media mañana Beatriz lo recorrió con Tomás y un técnico de Mantenimiento para comprobar la señalización y los pasos peatonales.
Un operario explicó cómo entrarían las máquinas y dónde situarían las barreras de seguridad.
Ante una pregunta sobre los locales de la zona norte, el técnico confirmó que conservarían el acceso por la calle lateral hasta que comenzara la excavación; después se aplicaría el cierre temporal comunicado a los afectados.
Beatriz se concentró en las medidas generales y evitó entrar en expedientes particulares.
Mientras Tomás hablaba con el responsable de obra, distinguió a Alicia al otro lado de la plaza.
Estaba junto a Rosa y Diego, examinando unas cajas recién descargadas frente a La Esquina.
Llevaba el pelo recogido y una libreta en la mano, y señalaba hacia el local mientras explicaba algo que Beatriz no alcanzaba a oír.
Sintió ganas de acercarse y preguntarle cómo estaba.
Podía hacerlo sin recurrir a ninguna excusa, pero no sabía si Alicia agradecería el saludo o lo viviría como una manera de ignorar lo que habían acordado.
Decidió quedarse con Tomás. Entonces Alicia levantó la cabeza y sus miradas se encontraron entre las vallas.
Beatriz alzó una mano y Alicia respondió con el mismo gesto antes de regresar a su conversación.
Aquel saludo, tan corriente entre dos personas que se conocían, le dejó una tristeza difícil de disimular. Continuó la visita sin equivocarse en ninguna pregunta, aunque el esfuerzo por no mirar otra vez hacia La Esquina la acompañó hasta el ayuntamiento.
El martes cenó con Marisa. Llevó una bolsa de fruta y una botella de aceite que su madre le había pedido la semana anterior, y encontró en el fuego una cazuela de lentejas.
—¿Otra vez lentejas? —preguntó.
—Son las de ayer. Y si no te apetecen, hay yogures.
—No he dicho que no me apetezcan.
Comieron mientras Marisa protestaba por una noticia sobre una residencia de mayores. Después hablaron del ascensor de su edificio, que necesitaba reparaciones, y recogieron los platos. Su madre esperó a que Beatriz dejara un vaso en el fregadero antes de preguntarle por Alicia.
—Nos hemos dado unos días —respondió Beatriz.
Marisa dejó el paño sobre la encimera y quiso saber si habían roto. Beatriz le explicó lo ocurrido, sin ocultarle que ella habría preferido seguir viéndose y buscar juntas otra manera de afrontar los problemas.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Marisa al terminar.
—Estar con ella.
—Pues eso ya se lo has dicho. Ahora tendrás que esperar a que sepa qué quiere ella.
—Lo sé, mamá.
—No puedes decidir por las dos, por mucho que estés acostumbrada a organizar las cosas.
Beatriz aceptó la observación, aunque puso los ojos en blanco cuando su madre insistió en ofrecerle otro plato de lentejas. Terminó comiéndose un yogur para que dejara de decir que tenía poco apetito.
El miércoles salió del ayuntamiento cerca de las ocho.
La empresa de las obras había comunicado varias incidencias menores, dos vecinos se habían quejado del ruido y un concejal de la oposición reclamaba otra explicación sobre el calendario.
Todo había quedado encauzado, pero tenía la cabeza llena de asuntos pendientes.
Cruzó la plaza camino de casa y vio que La Esquina seguía abierta. Diego atendía a una pareja mientras Alicia preparaba café detrás de la barra. Beatriz se detuvo frente al escaparate, casi sin darse cuenta, y Alicia levantó la cabeza. Esta vez fue ella quien salió a la puerta.
—Hola, Bea. ¿Qué tal?
—Bien, aunque con mucho trabajo. ¿Y tú?
—Estamos probando los desayunos para llevar. Hoy nos han hecho un pedido bastante grande desde una oficina.
Alicia parecía cansada, pero hablaba con aquel entusiasmo que Beatriz recordaba de las primeras semanas de la cafetería.
Le preguntó por los encargos y escuchó cómo Diego había reorganizado parte de la preparación para que pudieran atenderlos sin retrasar los pedidos habituales.
Le alegraba verla encontrar soluciones, aunque deseaba poder celebrar aquellos avances a su lado.
Cuando se quedaron sin más asuntos prácticos, Alicia miró hacia el interior del local.
—Tengo que volver. Diego está solo con los clientes.
—Claro. Me alegro de que los pedidos vayan bien.
—Y yo me alegro de verte, Bea.
Beatriz sintió que se le cerraba un poco la garganta.
—Yo también, Ali.
Alicia le sonrió antes de regresar a la barra.
Beatriz continuó hacia su casa sin volverse, agradecida por aquel encuentro y al mismo tiempo consciente de todo lo que se habían quedado sin decir.
Había querido preguntarle si dormía bien, si seguía preocupada por las cuentas y si todavía la echaba de menos.
También habría querido abrazarla, pero el afecto con que Alicia la había saludado no anulaba su petición de distancia.
Al llegar preparó una tortilla, cortó un tomate y se sentó junto a la ventana de la cocina.
El móvil estaba sobre la mesa, al alcance de la mano.
Pensó en escribirle para decirle que le había gustado verla, aunque acabó dejándolo donde estaba.
Había prometido esperar a que Alicia quisiera hablar.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se puso a cenar.