24. Lo que no se arregla con un beso
Lo que no se arregla con un beso
Alicia había llegado a la reunión con una carpeta llena de preguntas y salió sabiendo que tendría que cerrar La Esquina al público durante al menos nueve jornadas laborables.
No estaba claro si los días serían consecutivos ni cuánto podrían prolongarse los trabajos, pero la nueva propuesta de la constructora obligaba a cortar temporalmente el acceso principal a cuatro locales de la plaza.
La noticia había llegado después de casi una hora de explicaciones sobre canalizaciones, pendientes y seguridad.
Un ingeniero señaló en el plano el tramo que necesitaban excavar: por la profundidad de la zanja y el poco espacio entre las fachadas y la fuente, resultaba imposible mantener el paso peatonal mientras trabajaran allí.
—¿Y cuánto va a durar? —preguntó Rosa.
—Calculamos nueve jornadas laborables, siempre que no surjan incidencias.
—¿Y si surgen?
El ingeniero consultó con Tomás antes de responder que tendrían que revisar el plazo. Rosa dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe que hizo levantar varias cabezas.
Alicia estudió el dibujo. La puerta trasera de La Esquina seguiría siendo accesible desde un callejón estrecho, pero estaba pensada para recibir mercancías y tenía un escalón que impedía utilizarla como entrada habitual sin realizar modificaciones.
No disponía del dinero ni del tiempo necesarios para hacerlas.
—Entonces, durante esos días, ¿no puedo abrir la cafetería? —preguntó.
Tomás acercó el micrófono.
—Puedes mantener actividades que no requieran la entrada de clientes. Los pedidos para llevar y los repartos, por ejemplo, si se organizan con las condiciones de seguridad necesarias.
—Pero no puedo servir desayunos dentro.
—No mientras se excave delante del local.
Alicia anotó la respuesta, aunque llevaba semanas preparando las cuentas y no necesitaba volver a abrir la hoja de cálculo para entenderla.
Carmen, la peluquera, preguntó por las citas que ya tenía reservadas.
Le explicaron que quizá pudiera recibir clientes algunos días, cuando el acceso fuera seguro, pero que durante la excavación tendría que suspender la atención presencial.
Carmen empezó a buscar el móvil, seguramente para calcular a cuántas personas tendría que llamar.
Beatriz permanecía al extremo de la mesa, junto a la secretaria municipal.
Al comenzar había explicado que el ayuntamiento había pedido alternativas menos perjudiciales, pero ahora dejaba las respuestas técnicas en manos de Tomás y del ingeniero.
Alicia procuró no mirarla. Sabía que Beatriz no había elegido dónde abrir una zanja y que había insistido en revisar los accesos antes del inicio de las obras.
Nada de aquello cambiaría el alquiler que tendría que pagar por un local sin clientes.
Cuando llegaron a las posibles medidas de apoyo, Tomás habló de una campaña para señalar los comercios que siguieran abiertos y de revisar algunas condiciones de ocupación de la vía pública.
—¿Habrá ayudas para las pérdidas? —preguntó Rosa.
—Ahora mismo no hay ninguna aprobada. Estamos valorando medidas, pero no podemos prometer una compensación.
Alicia cerró la carpeta. Había confiado en que llevar cifras, propuestas y preguntas precisas serviría para encontrar una solución.
Empezaba a comprender que podían escuchar sus argumentos, aceptar parte de ellos y esforzarse por reducir las molestias sin conseguir que su negocio dejara de estar en peligro.
Desde las primeras filas intervino Elena, la vecina que utilizaba silla de ruedas.
Quería saber si, después de tantos inconvenientes, la plaza sería por fin accesible.
El ingeniero explicó las nuevas pendientes y ella le pidió que concretara cómo resolverían el desnivel de los soportales.
Alicia escuchó la respuesta con atención.
Aquella mejora importaba y lo sabía, aunque le costaba alegrarse por una reforma que tal vez llegara demasiado tarde para La Esquina.
A las ocho y cuarto salió del centro cultural junto a Rosa. Había dejado de llover y el pavimento brillaba bajo las farolas. Carmen caminaba delante de ellas, hablando por teléfono con una clienta.
—Voy a pedir una reunión de la asociación —anunció Rosa—. Tenemos que consultar si podemos reclamar por las pérdidas.
—Me parece bien. Mañana lo miramos.
Rosa la observó mientras guardaba los documentos.
—Tienes mala cara.
—Estoy haciendo cuentas mentalmente y ninguna sale bien.
—Pues déjalas para mañana. Ahora no vas a arreglar nada.
Alicia agradeció que no intentara convencerla de que todo saldría bien. Se despidieron en la esquina de la plaza y entró en la cafetería por la puerta trasera. Diego había dejado encendida la luz de la cocina; en el comedor aún flotaba el olor del producto con el que limpiaban las mesas.
Se sentó ante el ordenador del almacén y abrió las previsiones.
Podía mantener los desayunos para oficinas, preparar encargos y organizar repartos por la parte trasera, aunque tendría que encontrar quién los entregara mientras Diego y ella trabajaban.
Redujo las ventas del primer mes, añadió el coste de los envases y comprobó qué ocurría si la excavación duraba más de nueve días.
Incluso en el escenario más favorable consumiría una parte considerable de la reserva de emergencias, y después todavía quedarían otros tramos de obras.
El móvil empezó a sonar junto al teclado.
Era Beatriz. Alicia lo miró hasta que dejó de hacerlo, incapaz de decidir si quería hablar con su pareja o protestar ante la alcaldesa.
Un minuto después recibió un mensaje preguntándole si podían conversar cuando terminara.
Contestó que seguía haciendo números y necesitaba un rato; Beatriz dijo que lo entendía y que estaría en casa.
Alicia permaneció diez minutos más delante de la pantalla, sin modificar ninguna cifra.
Al final la cerró y le escribió para preguntarle si todavía quería pasar.
Beatriz llegó poco antes de las nueve y media y entró por la puerta trasera, donde Alicia la esperaba sentada en una mesa del comedor, iluminada únicamente por las luces de la barra.
Se saludaron con un beso en la mejilla. Alicia notó la vacilación de Beatriz antes de acercarse y le dolió que un gesto tan familiar empezara a exigirles cuidado.
—¿Has podido revisar las cifras? —preguntó Beatriz al sentarse.
—Sí, y son peores de lo que esperaba.
Alicia le contó que quizá volviera a negociar con Fernando una rebaja temporal del alquiler, que Diego tenía ideas para ampliar los desayunos por encargo y que necesitarían organizar el reparto sin desatender la cocina. Beatriz escuchó con atención y esperó a que terminara.
—Parece que tienes varias alternativas.
—Tengo ideas, Bea. Todavía no sé si alguna va a funcionar.
—Claro, no quería decir que fuera sencillo.
Alicia dobló una esquina del papel donde había anotado los gastos.
—Pensaba que hoy saldría de la reunión con alguna respuesta útil para organizarme.
—Por lo menos ahora tenéis un calendario más concreto.
Alicia levantó la mirada. Había pasado toda la tarde temiendo lo que aquel calendario significaba y le costó aceptar que Beatriz lo presentara como un avance.
—¿De verdad me estás diciendo eso? Durante semanas todo estaba pendiente de concretar, y ahora resulta que concretarlo significa que no puedo abrir durante nueve días.
—No pretendía quitarle importancia. Pero no puedo cambiar lo que establece el informe técnico.
—No te estoy pidiendo que lo cambies.
—Entonces no sé qué quieres que te diga.
Beatriz se pasó una mano por la frente y se disculpó por el tono. Alicia apartó el papel, cansada de aquella conversación que parecía repetirse por mucho que intentaran evitarla.
—Creo que no estamos sabiendo hacer esto —dijo.
—¿A qué te refieres?
—A estar juntas mientras pasa todo lo demás. Cada vez que algo sale mal en la cafetería pienso en contártelo, pero enseguida recuerdo que eres alcaldesa y que hay cosas de las que no podemos hablar como lo haría con cualquier otra persona.
—Puedes contarme lo que te preocupa.
—Sí, pero tú tienes que medir lo que respondes y yo termino midiendo lo que te cuento. El otro día me enfadé porque dijiste que comprendías mi situación, como si tuvieras la culpa de que comprenderla no me solucionara nada.
Beatriz bajó los ojos. Alicia dejó de retorcer el papel y continuó con más dificultad.
—No me gusta cómo estoy contigo últimamente. A veces llego al final del día sin saber si quiero abrazarte o discutir, y tú no te mereces eso.
—Yo tampoco quiero que estemos así —respondió Beatriz—. Podemos aprender a llevarlo, Ali. Las obras no durarán siempre.
Alicia vio que acercaba una mano por encima de la mesa y tuvo que contener las ganas de cogerla. Quería que la abrazara, pero temía que el alivio de aquel momento bastara para aplazar otra vez una conversación que necesitaban tener.
—Creo que necesito un poco de espacio.
Beatriz retiró despacio la mano.
—¿Quieres que dejemos de vernos?
—No sé exactamente qué quiero. Necesito concentrarme en salvar la cafetería y dejar de sentir que cada problema mío te coloca en una situación imposible.
Beatriz permaneció callada. Alicia deseó que protestara o encontrara una razón para convencerla, aunque sabía que no sería justo exigirle eso después de haber pedido distancia.
—De acuerdo —dijo al fin—. Si necesitas unos días, voy a respetarlo. No quiero convencerte de que sigas conmigo si ahora te está haciendo daño.
Alicia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y bajó la vista. Había conseguido contenerse durante toda la reunión, pero aquella respuesta tranquila le dolió más de lo que esperaba.
—No es que no quiera estar contigo, Bea.
—Ya lo sé.
Se levantaron casi al mismo tiempo. Beatriz tenía también los ojos brillantes y Alicia se acercó a abrazarla; permanecieron juntas bastante rato, sin encontrar palabras que mejoraran nada. Antes de apartarse, Beatriz le besó la frente y le pidió que se cuidara.
Alicia la acompañó hasta la puerta trasera y esperó a que desapareciera por el callejón. Después apagó las luces y subió a casa sin cruzarse con nadie. Al llegar al piso, se encontró todavía con el olor a café de la mañana y un jersey de Beatriz colgado detrás de la puerta.
En el sofá abrió la conversación de Beatriz. Encontró fotografías de una excursión, recomendaciones de restaurantes y aquella imagen de una nevera llena que le había enviado para demostrarle que sabía hacer la compra. Sonrió sin querer y dejó el teléfono boca abajo.
Al día siguiente hablaría con Diego, llamaría otra vez a Fernando y prepararía una propuesta de desayunos por encargo que pudiera ponerse en marcha antes de que llegaran las vallas. Se obligó a dejar las preguntas sobre Beatriz para después del desayuno.
Se levantó para acostarse, pero al pasar por la cocina vio la taza que Beatriz había utilizado la última vez que durmió allí, limpia y guardada junto a las demás. Apagó la luz y la dejó en su sitio.