Mi alcaldesa favorita 23. Todo el mundo opina
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23. Todo el mundo opina

Todo el mundo opina

El lunes, Beatriz encontró sobre su escritorio una nota de Marta. Un periodista de El Diario Montañés quería hablar con ella sobre las obras de la plaza y, debajo de aquella información, su administrativa había añadido con letra más pequeña que también había preguntado por Alicia.

Eran las ocho y veinte y todavía no había encendido el ordenador.

Había pasado un fin de semana agradable: el sábado estuvo con Alicia, el domingo comieron en su casa y por la tarde caminaron hasta una playa cercana.

Aunque habían procurado no hablar demasiado de las obras, sabía que Alicia había dedicado buena parte de la mañana a revisar las cuentas de La Esquina.

Ahora la relación volvía a aparecer mezclada con los asuntos municipales antes de empezar siquiera la jornada.

Llamó a Marta para preguntarle qué había dicho el periodista.

—Quiere información sobre las licencias de terraza y el calendario. También me ha preguntado si es cierto que sales con la propietaria de una cafetería.

—¿Y qué le has contestado?

—Que las preguntas sobre expedientes deben hacerse por escrito y que tu vida privada no es asunto del ayuntamiento.

—Gracias. Si vuelve a llamar, que envíe las preguntas a Comunicación. Secretaría revisará las relacionadas con los expedientes.

Al abrir el correo, Beatriz encontró una solicitud presentada por un vecino que pedía conocer el estado de las autorizaciones de terraza y si algún miembro de la corporación se había abstenido de intervenir.

Reconoció el nombre: era dueño de un almacén en la parte alta del pueblo y asistía con frecuencia a las reuniones municipales.

Tenía derecho a solicitar aquella información, independientemente de sus motivos.

Reenvió el escrito a Secretaría para su tramitación y siguió con los mensajes pendientes.

Pensó en avisar a Alicia del interés del periódico, pero prefirió esperar a conocer las preguntas; después de la fotografía, cualquier noticia a medias les estaba costando una conversación entera de preocupación.

A las diez se reunió con Tomás y Claudia Varela, la secretaria municipal.

La empresa de las obras había remitido otro plano de accesos provisionales, pero seguían sin resolver cómo recibirían mercancías varios establecimientos.

Tomás extendió el documento sobre la mesa y señaló un tramo de vallas desplazado unos metros.

—Con esto podrían entrar vehículos pequeños por la calle del Mercado —explicó—. Los camiones tendrían que descargar en la zona habilitada junto al aparcamiento.

—Entonces algunos comerciantes acabarán llevando las cajas a mano —observó Beatriz—. ¿Lo saben?

—Queremos comprobar primero que la propuesta sea viable. Mañana hablaremos con ellos.

Claudia recordó que las observaciones presentadas llevaban días pendientes. Algunas se resolverían explicando mejor el plan, pero otras exigían modificarlo.

—La incertidumbre también les está causando problemas —advirtió—. Necesitan saber qué va a pasar para poder organizarse.

Beatriz estaba de acuerdo. No hacía falta estar saliendo con Alicia para entender que nadie podía planificar proveedores, personal y horarios sobre un plano que cambiaba cada pocos días.

—Quiero que los técnicos revisen mañana los accesos antes de confirmar el orden de los trabajos —dijo—. No podemos cerrar el calendario y descubrir después que un negocio se queda sin reparto.

Claudia dejó otra carpeta sobre la mesa.

La comunicación formal de abstención de Beatriz ya constaba en los expedientes en los que correspondía, incluida la solicitud de La Esquina, que seguiría su tramitación sin ella.

Tomás tomó nota y la reunión continuó sin comentarios sobre Alicia ni sobre la fotografía de las fiestas.

Beatriz agradeció aquella normalidad, aunque no ignoraba que fuera del despacho el asunto estaba tomando otro camino.

Al regresar a su escritorio vio otra llamada perdida del periodista y pidió a Marta que mantuviera el mismo criterio: nada de comentarios improvisados sobre expedientes y ninguna declaración en nombre de Alicia.

Salió a comprar un bocadillo cerca del mediodía y Ernesto, un jubilado del puerto al que conocía desde niña, la llamó desde la farmacia.

—¡Bea! He visto que tienes novia.

—Sí, Ernesto.

—Pues me alegro, hija. Ya era hora de que encontraras a alguien.

Se despidió satisfecho, sin esperar respuesta a un comentario que Beatriz encontró indiscreto, pero cariñoso.

Ernesto siempre le preguntaba por su madre, su hermana o cualquier cosa que se le ocurriera.

Le preocupaban bastante más quienes habían decidido que aquel noviazgo explicaba decisiones municipales tomadas mucho antes de que Alicia apareciera en el pueblo.

En la entrada del ayuntamiento se encontró con Rosa, que llevaba una bolsa de la compra y parecía venir directamente de la mercería.

—¿Mañana estará la empresa en la reunión? —preguntó—. Sigo sin saber dónde descargaré los pedidos la semana que viene.

—Habrá un representante de la dirección de obra y técnicos municipales. Están revisando los accesos.

—Eso llevo escuchándolo días. Ayer tuve que cambiar un pedido porque no sabía dónde iba a recibirlo.

Beatriz no discutió. Rosa tenía razones para estar enfadada y ni siquiera la nueva propuesta resolvía todos sus problemas.

—Y otra cosa —añadió la mercera—. Lo que están diciendo de Alicia me parece una tontería. La chica trabaja como una condenada desde que llegó, y todavía no tiene permiso de terraza.

—Gracias, Rosa.

—Pero si a ella le conceden algo que a los demás nos deniegan, tendremos derecho a preguntar por qué.

—Por supuesto. Tenéis derecho a conocer los criterios que se aplican.

Rosa pareció satisfecha con la respuesta y se marchó hacia la plaza.

Beatriz entró con el bocadillo aún dentro de la bolsa.

Había agradecido más aquella conversación que todos los mensajes de apoyo recibidos durante el fin de semana.

Rosa no había pedido que defendiera a Alicia, ni había ocultado lo que le preocupaba de las licencias.

Al volver al despacho, Beatriz anotó que los criterios generales debían hacerse públicos junto con el calendario.

Por la tarde pasó por casa de Marisa, que cortaba judías verdes en la cocina.

Su madre le entregó un cuchillo después de escuchar que había ido a hacer un recado y le quedaba de camino.

Se sentaron frente a frente y trabajaron unos minutos hablando de Isabel, que llevaba dos días sin responder a los mensajes familiares porque estaba terminando unas evaluaciones en el instituto.

—Tienes mala cara —observó Marisa al fin—. ¿Estás preocupada por Alicia?

—Por todo lo que están diciendo.

Su madre había visto algunos comentarios, aunque no pensaba intervenir en los grupos de vecinos.

—La gente habla, hija, y no siempre lo hace con mala intención.

—Tampoco siempre con buena.

Marisa dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Habéis discutido?

—La semana pasada tuvimos una conversación complicada, pero la arreglamos. Ahora estamos bien.

—Entonces habla con ella cuando tengas algo que decirle. No puedes dedicar el día a explicar vuestra relación a todo el pueblo.

Beatriz sonrió sin muchas ganas.

—Últimamente todo el mundo me da consejos.

—Porque nos preguntas.

—Yo no te he preguntado nada.

—Pues deja de poner esa cara mientras cortas las judías.

Beatriz se echó a reír y aceptó otro puñado.

Ayudó a guardar las verduras antes de irse, poco después de las siete, y acabó llevándose un recipiente de lentejas que Marisa metió en una bolsa sin darle oportunidad de protestar.

Antes de despedirla, su madre preguntó si Alicia vendría a comer otro domingo.

A Beatriz le alivió que pudiera pensar en una próxima visita familiar sin relacionarla con los rumores.

De camino a casa pasó frente a La Esquina. Alicia estaba colocando una silla sobre una mesa y se detuvo al verla a través del cristal. Beatriz llamó suavemente y recibió una sonrisa que le mejoró el humor antes incluso de entrar.

—¿Te ayudo? —preguntó.

—Me quedan cuatro cosas. Si recoges las tazas, termino enseguida.

Mientras Beatriz llevaba la vajilla a la cocina, Alicia le contó que el servicio de desayunos para oficinas estaba funcionando mejor de lo previsto.

Habían conseguido dos clientes nuevos y probaban una carta reducida para encargos anticipados.

Diego insistía en comprar cajas térmicas para las entregas, una inversión que ella estaba calculando con más cuidado del que a él le parecía necesario.

—Si conseguimos mantener los pedidos, quizá compensemos parte de lo que perdamos durante las obras —explicó.

Beatriz la escuchó mientras dejaba las tazas junto al fregadero.

Alicia hablaba con entusiasmo, pero tenía ojeras y parecía estar trabajando más horas que antes.

Le habría gustado recomendarle descanso, aunque resultaba un consejo difícil de dar viniendo de alguien a quien su madre acababa de preguntar por qué tenía tan mala cara.

Cuando terminaron, se sentaron junto a la ventana. Beatriz le contó lo que Rosa le había dicho sobre la reunión y los comentarios.

—Tiene bastante sentido común —respondió Alicia—, aunque a veces le pierda el carácter.

—También quiere saber por qué se toman las decisiones. Y tiene razón.

—Claro que la tiene. Lo que me molesta es que haya quien piense que necesito estar contigo para conseguir algo.

Alicia miró sus manos y tardó unos segundos en continuar.

—No quiero que tengas problemas por estar conmigo. Llevas años trabajando aquí y yo acabo de llegar.

Beatriz se acercó y le cogió la mano.

—Mi trabajo no vale más que el tuyo porque lleve más tiempo haciéndolo. Y no tienes que apartarte de mí para protegerme.

—Ya sé que no debería sentirlo así. Estoy cansándome de que todo el mundo tenga una opinión sobre nosotras.

—Yo también. Habrá decisiones públicas que tengamos que explicar, y las explicaremos por los cauces que corresponden. Nuestra relación no tenemos por qué justificarla ante nadie.

Alicia entrelazó los dedos con los suyos. Le habría gustado que bastara con decirlo para recuperar la tranquilidad que habían tenido en Comillas o durante los paseos por el puerto, pero a esas alturas conocía demasiado bien la curiosidad de Puerto de Lúa.

—¿Te apetece subir a casa? —preguntó.

—Un rato, sí.

Apagaron las luces y salieron juntas a la plaza. Las marcas amarillas del pavimento seguían frente a La Esquina y junto a la fuente habían colocado un cartel anunciando el comienzo de los trabajos.

—Mañana tenemos otra reunión con los comerciantes —comentó Alicia—. A ver si por fin sabemos cómo van a organizarlo.

Beatriz le apretó la mano sin contestar.

Sabía que los técnicos presentarían una propuesta revisada y que algunas de las medidas iban a resultar difíciles de aceptar.

No podía adelantar información que aún no se había comunicado oficialmente, menos todavía después de formalizar su abstención en el expediente de Alicia.

Continuaron hacia el piso hablando de qué podían cenar y de una película que Beatriz llevaba semanas queriendo ver. Aquella noche consiguieron dejar las obras fuera de la conversación; al día siguiente, cuando llegaran las respuestas, sería bastante más difícil.