Mi alcaldesa favorita 22. La foto
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22. La foto

La foto

Marta entró en el despacho de Beatriz a las nueve y diez y le preguntó si tenía un momento. Después de tantos años trabajando juntas, no solía pedir permiso para darle una noticia, y mucho menos cerrar la puerta antes de hablar. Beatriz apartó el informe que estaba leyendo.

—¿Ha pasado algo?

Marta le enseñó una fotografía en el móvil. Las guirnaldas de las fiestas iluminaban la plaza y, cerca de una mesa donde vendían papeletas, Alicia y ella se besaban sin darse cuenta de que alguien las estaba retratando. La imagen estaba algo desenfocada, pero era imposible no reconocerlas.

—¿De dónde ha salido?

—La asociación cultural publicó ayer un álbum de las fiestas. Alguien ha recortado esta foto y la está enviando por varios grupos.

Beatriz recordó aquel beso, después del pregón, cuando Alicia acababa de salir de La Esquina.

Recordaba encontrar a Alicia entre el gentío y besarla sin buscar un rincón apartado.

Por eso le resultó desagradable que alguien convirtiera aquel recuerdo en material para discutir sobre una licencia.

Marta desplazó la pantalla para mostrarle los comentarios.

Algunos vecinos las felicitaban; otros preguntaban si la mujer que aparecía con la alcaldesa era la nueva propietaria de la cafetería.

Entonces Beatriz leyó uno que le hizo acercarse otra vez al teléfono.

Ahora se entiende por qué sigue sin resolverse lo de la terraza.

—¿Quién ha escrito eso?

—No lo sé. Mi cuñada está en el grupo y me lo ha enviado esta mañana.

—El expediente sigue pendiente de un informe técnico. Yo no he intervenido en él.

—Lo sé, Bea. Te lo enseño para que no te enteres por otro lado.

Marta guardó el móvil y, antes de salir, añadió que la fotografía original era bastante más bonita que aquel recorte. Beatriz agradeció la broma, aunque apenas consiguió sonreír.

Buscó el álbum de la asociación en el ordenador.

Había fotografías de los talleres infantiles, del concurso de tortillas y del público durante el pregón.

En la imagen completa aparecían otras quince personas y ellas estaban a un lado, junto a la mesa de la rifa.

El recorte eliminaba a todo el mundo menos a las dos y convertía un momento cualquiera de las fiestas en algo que parecía fotografiado a escondidas.

A Beatriz no le preocupaba que se supiera que salía con Alicia.

Llevaba años viviendo con naturalidad sus relaciones y no había razón para ocultar un beso en la plaza.

Lo que le indignaba era que alguien utilizara la imagen para poner en duda su trabajo o el esfuerzo que Alicia había dedicado a abrir La Esquina.

Conocía demasiado bien la velocidad a la que se extendían las conversaciones en Puerto de Lúa: podían empezar como una ocurrencia de una sola persona y llegar a otra convertidas en una afirmación.

Aquella vez, además, la afirmación afectaba a alguien que no había elegido tener un cargo público.

Pensó en llamarla, pero a aquella hora estaría atendiendo desayunos y no quería alarmarla en plena mañana. Le envió un mensaje: «Cuando tengas un rato, ¿puedes llamarme? No es urgente». Después abrió el correo de Secretaría.

A media mañana se reunió con Claudia Varela, la secretaria municipal.

La documentación de su abstención en los asuntos que pudieran afectarle directamente por la relación con Alicia estaba preparada; faltaba incorporarla a los expedientes correspondientes.

Beatriz llevaba semanas procurando no intervenir en los trámites de La Esquina y agradeció encontrar delante una explicación concreta de lo que debía hacer, en lugar de otra conversación sobre lo que podían pensar los vecinos.

—Quiero asegurarme de que todo quede claro —dijo Beatriz.

—Lo importante es seguir el procedimiento —respondió Claudia—.

Debes abstenerte cuando concurra la causa legal, no apartarte de toda la gestión de la plaza porque tu pareja tenga allí un negocio.

Las decisiones generales sobre las obras son anteriores a vuestra relación y el adelanto del calendario responde a un informe técnico.

—Alguien está insinuando que favorezco a Alicia.

—¿Ha ocurrido algo que sostenga esa acusación?

—No.

—Entonces dejaremos constancia de lo que corresponde. Y conviene que las solicitudes de terraza pendientes reciban respuesta dentro del plazo aplicable, no solo la de La Esquina.

Beatriz salió con varias tareas y la tranquilidad limitada de saber que el procedimiento era claro, aunque no pudiera impedir que alguien dijera lo contrario. Junto a la máquina de café se encontró con Nuria, que también había visto la imagen.

—Estoy enfadada —admitió Beatriz—. No por la foto, sino porque parece que salir con Alicia convierte cualquier decisión municipal en algo sospechoso.

—La mayoría de la gente no está diciendo eso. Son dos o tres comentarios desagradables y también hay vecinos que les recuerdan que el expediente lleva meses pendiente.

—¿Te has leído toda la conversación?

—Me la han enviado mientras esperaba en el dentista con Mateo. Por cierto, ya lleva aparato y está encantado.

Beatriz sonrió y preguntó por el niño. Después Nuria le aconsejó no convertir cuatro mensajes en una polémica mayor: si alguien planteaba una pregunta formal, podrían responder desde el ayuntamiento por el cauce correspondiente.

Antes de marcharse le recordó que el día anterior había olvidado el bocadillo en la sala de juntas y que esa vez debía comer.

A las doce y veinte, mientras Beatriz revisaba un informe, apareció por fin el nombre de Alicia en la pantalla.

—Perdona, llevo toda la mañana sin parar. ¿Ha pasado algo?

Beatriz le explicó lo de la fotografía y el recorte. Alicia guardó silencio unos segundos.

—Con razón una señora me ha preguntado esta mañana si estaba contenta con la alcaldesa. Le he dicho que sigo esperando respuestas sobre las obras y se ha quedado rarísima.

Beatriz no pudo evitar reírse, aunque enseguida volvió a preocuparse.

—Hay personas insinuando que nuestra relación puede influir en tu permiso de terraza.

—¿En serio? Llevo tres meses esperando una autorización. Como trato de favor, deja bastante que desear.

—He hablado con Secretaría. Se está siguiendo el procedimiento y no hay nada que indique que hayas recibido un trato distinto.

—Ya lo sé, Bea. Gracias por avisarme.

Alguien llamó a Alicia desde la cafetería y tuvo que interrumpir la conversación.

Antes de colgar, sin embargo, añadió que no se arrepentía de haberla besado en las fiestas.

Beatriz le contestó que ella tampoco y se quedó mirando el teléfono después de despedirse, agradecida de que Alicia hubiera encontrado la manera de decírselo.

Aquella frase le recordó que también podían hablar de lo que querían sin convertirlo en un expediente.

Alicia vio la fotografía esa tarde, en el despacho del almacén.

Rosa le había enviado la imagen recortada con un escueto «¿Has visto esto?

»; en ella se distinguía la mano de Beatriz sobre su cintura y la naturalidad con la que ambas se habían acercado, ajenas a la cámara.

Antes de leer nada más, Alicia pensó que le gustaba aquella fotografía y que habría querido tener una copia sin recortes.

Después examinó los comentarios. Reconoció a uno de los comerciantes que había defendido aplazar las obras en una reunión, aunque no había sabido precisar durante cuánto tiempo.

«Ya veremos si la nueva consigue terraza antes que los demás», había escrito.

La frase le dio más rabia de la esperada.

Había dejado su empleo, invertido sus ahorros y trabajado durante meses para abrir La Esquina; ahora un vecino insinuaba que necesitaba acostarse con la alcaldesa para colocar cuatro mesas.

No tenía intención de esconder su relación, pero tampoco de permitir que se utilizara para quitar valor a su trabajo.

Recordó a los proveedores con los que había negociado hasta quedarse sin voz y las primeras mañanas en las que Diego y ella no daban abasto.

Ninguna de aquellas personas que habían entrado a desayunar lo había hecho porque conociera a Beatriz, y Alicia se negó a dejar que el comentario de un desconocido le estropeara también esa satisfacción.

Respondió a Rosa que el expediente seguía pendiente, exactamente igual que antes de empezar a salir con Beatriz.

Rosa le aseguró que lo sabía y que solo pretendía avisarla.

Alicia agradeció el gesto, guardó el teléfono y volvió a revisar el pedido del sábado.

No pensaba dedicar la tarde a discutir en un grupo del que ni siquiera formaba parte.

Diego estaba recogiendo las mesas cuando ella salió del almacén.

—¿Qué pasa? Tienes mala cara.

—Cosas del pueblo —respondió Alicia.

Podría haberle explicado el motivo de su enfado, pero él era su empleado y bastante tenían ya con organizar los desayunos durante las obras. Se puso el delantal y volvió a la barra, aunque tardó un rato en recuperar la concentración.

Beatriz llegó poco antes del cierre. Quedaban dos clientes junto a la ventana y Alicia estaba limpiando la máquina de café, de modo que esperó a que terminara antes de acercarse.

Se besaron brevemente y hablaron del cansancio de sus jornadas hasta que los últimos clientes salieron y Alicia echó la llave.

—He visto lo que dicen —comentó, doblando el delantal sobre la barra—. ¿Crees que irá a más?

—No lo sé. Quizá mañana estén hablando de otra cosa. Si alguien presenta una consulta formal sobre los expedientes, habrá que responderla.

—Yo no he pedido que me concedan nada por estar contigo.

—Lo sé, Alicia.

Alicia se pasó una mano por la frente, molesta consigo misma por haber respondido a la defensiva.

Beatriz se levantó del taburete y fue a abrazarla sin volver a explicarle cómo funcionaban los permisos.

Alicia apoyó la cabeza en su hombro y agradeció aquel silencio, especialmente después de la discusión que habían tenido durante la cena del día anterior.

Había estado a punto de empezar otra vez a enumerar todos los retrasos de Urbanismo, pero comprendió que lo único que quería era que Beatriz supiera cuánto le había dolido la insinuación.

Esta vez no necesitó buscar una forma más cuidadosa de decirlo.

—¿Sabes qué es lo que más me fastidia? —preguntó al separarse—. Antes era la nueva de la cafetería. Ahora parece que soy la novia de la alcaldesa.

—No quiero que te sientas así.

—Ya sé que tú no has hecho nada. Pero voy a necesitar tiempo para acostumbrarme a que todo el mundo tenga una opinión sobre nosotras.

Beatriz recogió el bolso.

—Tómate el que necesites.

Alicia no quería que aquello pareciera una despedida ni que Beatriz creyera que lamentaba estar con ella. Se acercó, la besó con más calma y le preguntó si le apetecía subir a casa. Beatriz aceptó y esperó mientras apagaba las últimas luces.

Salieron juntas a la plaza. Un par de vecinos conversaban junto a la fuente y alguien bajaba la persiana de la frutería. Alicia cogió la mano de Beatriz antes de empezar a caminar; no sabía si alguien las estaba mirando, y aquella noche prefirió no comprobarlo.