Mi alcaldesa favorita 21. No me lo pongas más difícil
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21. No me lo pongas más difícil

No me lo pongas más difícil

El jueves, poco antes de las ocho, Alicia encontró a dos hombres pintando rayas amarillas delante de La Esquina.

Uno trabajaba agachado junto a la fuente y el otro sostenía una cinta métrica que cruzaba parte del paso peatonal.

Habían aparcado la furgoneta junto a los soportales y apenas levantaron la cabeza cuando ella salió de la cafetería.

—Buenos días. ¿Son las marcas de las obras?

—Sí, estamos replanteando la zona de intervención —respondió el hombre de la cinta.

Alicia había aprendido durante la reforma del local que «replantear» podía significar que las medidas dibujadas en un plano no funcionaban exactamente igual sobre el terreno. Señaló una raya situada a pocos metros de la fachada y preguntó si allí colocarían la valla.

—El cerramiento, sí. El acceso quedará por el lateral.

—¿Por la calle de atrás? Es por donde recibimos la mercancía.

El operario siguió la dirección de su mirada y se incorporó con dificultad.

—Nosotros venimos a marcar, señora. Si tiene dudas, tendrá que hablar con la dirección de obra.

No fue descortés, pero Alicia comprendió que no iba a obtener más explicaciones. Le dio las gracias y entró en La Esquina, donde Diego preparaba la máquina de café.

—Están señalando dónde pondrán las vallas —le explicó—. Por lo visto, la entrada quedará por el lateral.

Diego se acercó a la ventana y examinó el espacio entre la raya y la puerta.

—Por detrás no entra la furgoneta de la leche. Tendrían que descargar antes de la curva y traer las cajas a mano.

—Habrá que buscar una solución, pero primero necesito saber si esas marcas son definitivas.

Alicia salió para fotografiarlas. Al otro lado de la plaza, Rosa discutía con el segundo operario frente a la mercería; por sus gestos, tampoco estaba recibiendo las respuestas que esperaba.

Cuando volvió dentro ya habían llegado los primeros clientes y tuvo que dejar el asunto para más tarde, aunque cada vez que miraba hacia la fuente veía la raya amarilla como una frontera recién trazada.

A mediodía llamó a Urbanismo. La administrativa le explicó que el técnico responsable estaba fuera y no regresaría hasta la tarde. Alicia recordó que las obras empezaban el lunes siguiente y preguntó cómo podían organizar las entregas con tan poco margen.

—Puede presentar una consulta por escrito —le recomendaron.

—Ya presentamos una entre varios comerciantes.

La mujer comprobó el registro y confirmó que seguía sin respuesta. Le facilitó después el número de la dirección de obra, donde Alicia llamó dos veces sin éxito. A la tercera consiguió hablar con un hombre que le aseguró que todavía estaban validando la distribución definitiva de los accesos.

—Entonces, ¿las marcas de esta mañana pueden cambiar?

—El replanteo tiene que revisarse con el ayuntamiento.

—¿Antes del lunes?

—En los próximos días, señora.

Alicia se despidió antes de contestar lo primero que se le ocurrió. Había pasado casi toda la mañana hablando con personas que conocían una parte del problema y ninguna podía decirle por dónde entrarían los proveedores.

Al regresar a la barra encontró a Diego explicándole a un cliente que el bizcocho de naranja llevaba fruta natural y no aroma.

El hombre necesitó un par de preguntas más para convencerse y finalmente pidió una porción.

Alicia los observó mientras Diego cortaba el bizcocho con una paciencia que, en aquel momento, ella no habría sido capaz de reunir.

La Esquina funcionaba: habían conseguido clientes habituales, los pedidos aumentaban y Diego podía atender el local sin que ella supervisara cada movimiento.

La idea de perder una parte de todo aquello por un calendario sobre el que no tenía control empezó a pesarle más que las cifras de su hoja de cálculo.

—¿Has podido hablar con alguien? —preguntó Diego cuando el cliente se marchó.

—Con tres personas. Sigo sin saber por dónde entrará la leche.

—Bueno, todavía nos queda una semana.

—No digas eso como si fuera muchísimo tiempo.

Diego se quedó quieto con el plato en la mano y Alicia se arrepintió enseguida.

—Perdona. Llevas razón en intentar animarme, pero hoy no estoy para mucho optimismo.

Él se encogió de hombros y fue a recoger una mesa. Alicia tuvo ganas de llamarlo de nuevo para explicarse mejor, aunque decidió que sería preferible dejarlo trabajar.

Beatriz llegó poco después de las nueve con una bolsa de comida preparada. Había avisado de que se retrasaría y, al abrirle, Alicia sintió alivio al verla, aunque apenas consiguió prolongar el beso de bienvenida antes de apartarse para dejarla pasar.

—He traído arroz con verduras, brochetas de pollo y ensalada —anunció Beatriz—. Pensé que hoy tampoco habrías tenido tiempo de comprar.

—Has acertado. Creo que solo tengo yogures y medio limón en la nevera.

Mientras repartían la comida en platos, Beatriz le preguntó por el día y Alicia le contó lo de las marcas, las llamadas y la imposibilidad de saber cómo recibiría la mercancía cuando empezaran las obras.

—Sé que están revisando el replanteo —dijo Beatriz—. Hasta que los técnicos lo validen, no pueden daros una distribución definitiva.

—Pues en el suelo ya han decidido dónde poner la valla.

—Las marcas pueden ajustarse.

—Y yo puedo esperar otra semana, supongo, pero tengo que hacer pedidos, organizar los horarios de Diego y decidir si contratamos a alguien para repartir desayunos. Todo eso cuesta dinero, Bea.

Beatriz dejó la cuchara sobre la encimera.

—Tienes razón en pedir respuestas. Lo que no puedo es inventarte una que todavía no existe.

Alicia fue a buscar los cubiertos para no responder de inmediato.

Llevaba toda la tarde deseando estar con ella y, sin embargo, empezaba a escuchar en su cocina las mismas explicaciones que le habían dado por teléfono.

Se sentaron a cenar e intentaron hablar de otra cosa: Nuria había encontrado por fin un monitor para las actividades infantiles y La Esquina había preparado sus primeros desayunos por encargo para una oficina de seguros.

—Nos han pedido que repitamos mañana —contó Alicia—. Si conseguimos mantenerlo durante las obras, puede ayudarnos bastante.

—Es una buena noticia.

—Lo sería más si supiera por dónde entregar los pedidos.

Beatriz apartó el tenedor y se tomó unos segundos antes de responder.

—Ali, hay información que no puedo adelantarte antes de que se comunique oficialmente. Y tampoco puedo intervenir personalmente en tu expediente.

—No te he pedido información privilegiada.

—Lo sé. Solo quería que entendieras por qué no puedo darte una solución.

—Pues ya lo entiendo, Bea. Me lo has explicado varias veces.

El silencio que siguió fue peor que el tono de Alicia. Beatriz bajó la vista al plato y ella comprendió que acababa de descargar sobre la persona equivocada una frustración acumulada durante todo el día.

—Perdona. No tenía que haberte hablado así.

—Estoy intentando escucharte sin prometer cosas que no puedo cumplir —respondió Beatriz—. Me preocupa lo que te está pasando, aunque a veces no sé si me preguntas como pareja o como alcaldesa.

—Yo te cuento que tengo miedo de perder el negocio y tú me explicas hasta dónde llegan tus competencias. Sé que tienes razón, pero hay días en que eso no me ayuda.

Beatriz la miró, cansada también.

—No sé qué esperas que diga cuando me preguntas por las decisiones municipales.

Alicia abrió la boca y volvió a cerrarla. No esperaba que Beatriz cambiara los planos, ni que le revelara nada confidencial. Había querido contarle lo sucedido y sentirse acompañada, pero había mezclado aquella necesidad con preguntas que su pareja no podía contestar.

—Supongo que hoy estoy pagando contigo un día horrible —admitió.

—Y yo quizá he entrado demasiado deprisa en modo alcaldesa. También llevo una semana complicada.

Alicia señaló la comida, que apenas habían probado.

—Está buenísima, por cierto.

—Me alegro.

Ninguna consiguió reírse y terminaron de cenar hablando poco. Después recogieron la mesa juntas; Beatriz lavó los cubiertos a mano, pese a que el lavavajillas estaba casi vacío, y Alicia no hizo el comentario que en otra noche habría provocado una discusión de broma.

Se sentaron en el sofá con la ventana abierta. Una moto subió por la calle y el ruido se alejó mientras Alicia buscaba una postura cómoda sin acercarse del todo. Beatriz fue la primera en hablar.

—He consultado con Secretaría para formalizar mi abstención en los asuntos que puedan afectarte directamente. Ya lo están tramitando. Tomás y los técnicos seguirán con el expediente como corresponde.

—No quiero perjudicarte por estar conmigo.

—No me estás perjudicando, Alicia. Y tampoco tienes que dejar de contarme que estás preocupada.

—A veces siento que, en cuanto menciono la cafetería, las dos empezamos a elegir cada palabra para no meternos en un problema.

Beatriz se acercó y le cogió la mano.

—Podemos hablar de lo que te pasa. Lo que no puedo es resolverlo desde mi cargo.

—Hoy solo necesitaba que me escucharas quejarme —admitió Alicia—. Mañana volveré a llamar a Urbanismo y pensaré qué hacer con los repartos, pero esta noche no tenía fuerzas para buscar otro plan.

—Entonces quéjate. No tienes que encontrar una solución antes de terminar cada conversación.

Alicia apoyó la cabeza en su hombro y permanecieron un rato abrazadas. Beatriz le acariciaba los dedos, aunque la tensión de la cena seguía allí, menos visible y todavía incómoda.

Pusieron música y hablaron de un problema que Isabel había tenido con el coche y de la decisión de Laura de comprar billetes para octubre sin preguntar antes si Alicia tendría dónde alojarla. La conversación se hizo más fácil, pero ninguna recuperó del todo la despreocupación de otras noches.

Cerca de las once, Beatriz consultó el reloj y dijo que prefería irse porque estaba cansada y al día siguiente madrugaba. Alicia le ofreció quedarse, sin insistir cuando respondió que esa noche le vendría bien dormir en su casa.

Se despidieron en la puerta con un beso cariñoso, aunque prudente, como si las dos temieran interpretar mal cualquier gesto.

—¿Hablamos mañana? —preguntó Beatriz.

—Claro. Buenas noches, Bea.

Cuando cerró, Alicia recogió los vasos del salón y llevó a la cocina los recipientes con las sobras.

Beatriz había comprado exactamente lo que a ella le gustaba, incluso la ensalada que solía pedir cuando cenaban fuera.

Se quedó frente al frigorífico pensando en aquella atención y en lo fácil que había sido herirla sin proponérselo.

Al día siguiente volvería a llamar a Urbanismo y, si no obtenía respuestas, presentaría otra solicitud por escrito. No sabía qué les costaría más: defender cada una su trabajo o aprender a dejarlo fuera cuando cerraran la puerta.