20. Las cuentas de La Esquina
Las cuentas de La Esquina
El martes por la mañana, Alicia descubrió que había calculado mal ciento ochenta euros de gastos y que, por desgracia, el error no jugaba a su favor.
Llevaba casi una hora encerrada en el pequeño despacho del almacén, con dos carpetas abiertas, una calculadora y un café frío junto al ordenador.
Había revisado tantas veces aquella hoja de cálculo que ya encontraba las cifras antes de leer los encabezados.
El problema estaba en el contrato de mantenimiento de la máquina de café: a la cuota mensual que había anotado había que añadirle otra cantidad por la limpieza periódica.
Ciento ochenta euros no iban a hundir el negocio, pero aparecían justo cuando intentaba averiguar cuánto dinero podía permitirse perder.
Corrigió la cifra y volvió a revisar el saldo.
La Esquina había empezado bien, con clientes habituales, fines de semana animados y más pedidos al mediodía de los que esperaba.
Sin embargo, después del alquiler, los suministros, los salarios y los proveedores quedaba poco margen, y todavía estaba pagando parte del equipamiento.
Había previsto pérdidas durante los primeros meses y reservado dinero para afrontarlas; lo que no había incluido en su plan de negocio eran tres meses de obras delante de la puerta.
Probó distintos escenarios para octubre. Con una caída de ingresos del veinte por ciento, la reserva aguantaría un tiempo razonable; con el treinta, tendría que revisar antes sus gastos. Cuando introdujo el cuarenta, cerró la hoja y salió a buscar otro café.
Diego colocaba dos tostadas en sus platos.
—¿Qué tal los números? —preguntó.
—Mejor no te los enseño antes de desayunar.
—¿Tan mal estamos?
—Todavía no. Intento calcular qué puede pasar con las obras.
Diego recordó que, durante la reforma de la calle del puerto, hubo días en que apenas entraba gente en las tiendas. Se lo había contado su padre, aunque él no sabía cuánto habían durado los trabajos porque entonces iba al instituto.
—También dice que al final quedaron contentos —añadió antes de llevar las tostadas.
—Me alegro por ellos —respondió Alicia, sin encontrar demasiado consuelo en la noticia.
De regreso al despacho separó los gastos fijos de los que podía ajustar.
Comprar menos productos frescos era posible; dejar de pagar el alquiler o la electricidad, no.
También podría reducir horarios, pero no quería prescindir de Diego después de comprobar lo bien que trabajaban juntos, y sabía que él contaba con aquel sueldo.
Empezaba a construir un equipo y la idea de desmontarlo al primer contratiempo le resultaba desalentadora.
Había avanzado poco cuando Diego asomó la cabeza para avisarle de que la esperaba un hombre de la empresa de maquinaria.
Alicia consultó la agenda y recordó, demasiado tarde, la revisión del lavavajillas.
Cerró el ordenador y regresó a la barra: las cuentas podían esperar, aunque no parecían dispuestas a mejorar solas.
A las dos y media, Diego se sentó frente a ella con un bocadillo de tortilla y una libreta.
—He estado pensando en lo que me has dicho. Si las vallas espantan a los clientes, podríamos preparar más pedidos para llevar.
—Es una posibilidad, sí.
—Los de las oficinas de arriba bajan todos los días a por café. Si les ofrecemos desayunos por encargo, no tendrían que cruzar la plaza.
Alicia dejó su ensalada. Cerca había una aseguradora, varios despachos, una academia de idiomas y el centro de salud. No eran grandes empresas, pero quizá bastaran para sostener un servicio pequeño.
—¿Y cómo repartiríamos? Aquí no podemos quedarnos sin nadie justo a la hora de desayunar.
—Podemos preparar los pedidos antes de las nueve o darles la opción de recogerlos por detrás. Si funciona, ya miraremos lo de contratar a alguien un par de horas.
La puerta trasera parecía quedar fuera de la primera zona de obras, aunque Alicia no pensaba darlo por seguro hasta que Urbanismo concretara los accesos.
Anotó la idea y empezó a pensar en una carta reducida de desayunos y bocadillos fríos, con precios que incluyeran el tiempo de preparación y los envases.
—También podríamos ofrecer bonos de cinco desayunos a un precio cerrado —propuso—. Tendría que calcular el descuento.
—¿Me dejas preguntarle mañana a la gente de la oficina de seguros si les interesaría?
—Primero sacamos los precios, Diego. No quiero vender diez desayunos para descubrir después que perdemos dinero con cada uno.
—Vale, jefa.
Alicia sonrió al verlo recoger el plato.
—Te contraté para atender mesas y resulta que también me estás dando ideas de negocio.
—Puedo dejar de hacerlo.
—Ni se te ocurra.
Cuando se quedó sola, revisó las anotaciones.
Nada de aquello compensaría necesariamente las pérdidas, pero era la primera conversación del día que terminaba con algo distinto de una cifra preocupante.
Diego no había intentado tranquilizarla: había pensado en una manera de trabajar con el problema que tenían delante.
A las cuatro cerraron, como todos los martes.
Alicia había decidido reservar aquellas tardes para tareas que resultaban imposibles con el local lleno y se resistía a renunciar a ese horario, aunque en la práctica siguiera trabajando hasta la noche.
Subió al piso con el ordenador y extendió sobre la mesa las previsiones, el contrato del local y las notas de Diego.
A las cinco llamó a Fernando, el propietario.
—Hola, Fernando, soy Alicia, de La Esquina. Quería hablarte del adelanto de las obras.
Él ya estaba informado y aseguró que la plaza quedaría estupenda cuando acabaran, una perspectiva que Alicia compartía sin encontrarla especialmente útil para pagar las facturas de octubre.
—Lo que me preocupa son los meses que duren —explicó—. ¿Podríamos estudiar una reducción temporal del alquiler, aunque fuera durante las semanas con peor acceso?
Fernando guardó silencio antes de recordarle que él también tenía gastos.
—Lo sé y no pretendo que los asumas todos. Por eso te lo planteo ahora, antes de que empiecen.
—Déjame pensarlo.
Alicia había negociado suficientes contratos para reconocer aquella respuesta y decidió no apretarlo más.
Quedaron en hablar el viernes. No esperaba una rebaja importante, porque el alquiler estaba firmado y Fernando no tenía obligación de modificarlo, pero prefería intentarlo antes de quedarse sin alternativas.
Después llamó a Teresa, la asesora de la gestoría que la había acompañado con el alta del negocio.
Le explicó la situación y pidió ayuda para reorganizar los pagos de los tres meses siguientes.
Teresa le solicitó las previsiones actualizadas y quedaron en revisarlas el jueves; mientras tanto, le recomendó negociar plazos con los proveedores y aplazar cualquier compra de equipamiento que no fuera imprescindible.
Alicia miró las anotaciones que tenía junto al teclado.
Llevaba semanas pensando en una segunda vitrina refrigerada para ampliar la oferta de tartas, pero aquella inversión podía esperar, igual que los estores nuevos.
Empezó a redactar correos a los proveedores y, cuando levantó la cabeza, pasaban de las siete.
Seguía sin saber cuánto vendería durante las obras, aunque al menos había pasado de imaginar pérdidas a preparar decisiones concretas.
A las ocho, mientras hacía una tortilla francesa, recibió un mensaje de Beatriz.
¿Cómo ha ido el día?
Largo. Llevo toda la tarde haciendo números.
¿Has conseguido avanzar algo?
Estamos estudiando alternativas para cuando empiecen las obras.
Me alegro. Ojalá no os afecten tanto como teméis.
Alicia dejó la espátula junto al fuego. Sabía que Beatriz quería animarla y que no tenía ninguna culpa de que los cálculos fueran malos, pero le costó leer aquel deseo sin pensar que su pareja era también la alcaldesa del pueblo que iba a levantar la plaza.
Se enfadó consigo misma por reaccionar así y contestó únicamente: «Ojalá».
Terminó la tortilla y empezó a cenar entre los papeles. Un rato después sonó el teléfono: era Beatriz.
—Hola. ¿Te pillo mal?
—No, estoy cenando.
—Te llamaba porque me ha parecido que estabas preocupada.
—Lo estoy. Hoy he calculado cuánto tiempo puedo aguantar si caen las ventas y no es tanto como me gustaría.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Lo siento, Ali.
Era la primera vez que Beatriz la llamaba así. Alicia lo advirtió incluso en medio del cansancio y por un instante deseó que aquella conversación no estuviera condicionada por las obras.
—No tienes que disculparte.
—Ya lo sé, pero me gustaría poder ayudarte.
Alicia miró los presupuestos esparcidos sobre la mesa.
—Lo complicado es que precisamente tú eres la persona a la que no puedo pedirle ayuda con esto.
Beatriz no respondió inmediatamente.
—Puedo escucharte —dijo al fin—. Eso sí puedo hacerlo.
Alicia se pasó una mano por la frente. Había dicho una verdad que llevaba días rondándole, pero no quería que sonara a reproche.
—Lo sé. Perdona, estoy cansada.
Hablaron unos minutos más. Beatriz le contó que al día siguiente tenía una reunión fuera del pueblo y Alicia mencionó las propuestas de Diego, sin convertir la llamada en otra discusión sobre accesos o permisos. Antes de despedirse, Beatriz preguntó si podía pasar el jueves después del trabajo.
—Sí, me apetece mucho —respondió Alicia, y se alegró de no tener que pensarlo.
Al colgar recogió la cena, guardó las carpetas y dejó fuera la hoja con los escenarios más recientes.
Con un descenso del veinte por ciento podría sostener el negocio utilizando la reserva; si las ventas caían más o las obras se alargaban, necesitaría tomar decisiones bastante más difíciles.
Los números no eran peores por mirarlos y tampoco mejorarían si fingía que no existían.
Desde la ventana del salón se veía un trozo de la plaza.
Dos niños jugaban con un balón cerca de la fuente mientras su padre los vigilaba y algunas personas aprovechaban las últimas tardes templadas de septiembre.
Pronto aparecerían las vallas y levantarían los adoquines, pero Alicia no pensaba abandonar un proyecto al que había dedicado sus ahorros y más de un año de trabajo.
También sabía que la voluntad no bastaba para pagar facturas.
Cerró la ventana y se fue a la cama. Al dejar el teléfono junto al despertador, añadió una última nota en la libreta para la mañana siguiente: preguntar a Diego por las oficinas.