Mi alcaldesa favorita 19. Una noche sin teléfono
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19. Una noche sin teléfono

Una noche sin teléfono

Alicia estaba bajando el último estor de La Esquina cuando Beatriz llamó para avisar de que llegaría tarde. Sujetó el móvil entre el hombro y la oreja mientras comprobaba que la ventana hubiera quedado bien cerrada.

—¿Cuánto de tarde?

—Media hora, como mucho. Se ha complicado una reunión.

—Vale, yo también voy retrasada.

—¿Seguro que te viene bien que vaya?

—Bea, llevo toda la tarde pensando en verte. Si cancelas ahora, entonces sí que voy a enfadarme.

Beatriz se rio al otro lado y prometió estar allí en cuanto pudiera.

Alicia colgó, terminó de revisar la caja y recogió los papeles que había dejado sobre la barra.

Había sido un lunes razonablemente bueno, aunque cada venta la alegraba un poco menos desde que sabía que las obras empezarían en cuestión de días.

Rosa había conseguido una reunión con los responsables municipales para el miércoles y varios comerciantes preparaban una campaña conjunta para recordar a los vecinos que continuarían abiertos.

Alicia se había ofrecido a diseñar los carteles y organizar las publicaciones en redes sociales, sin cobrar por ello, con la condición de que cada establecimiento le enviara fotografías y horarios actualizados.

Rosa aseguró que no habría problemas; Alicia sospechaba que conseguir el material sería lo más difícil.

Apagó las luces y subió a casa por la puerta trasera.

Esa noche quería cenar sentada a una mesa, sin platos de la cafetería ni bocadillos improvisados entre pedidos.

Había comprado salmón, espárragos y patatas para hacer al horno.

Mientras el horno se calentaba, recogió el salón, puso una lavadora y rescató una botella de vino de la semana anterior.

Su hermana llamó cuando estaba colocando las verduras en la bandeja.

—¿Qué tal todo? —preguntó Laura.

—Bien, haciendo la cena.

—¿Para ti sola?

—Viene Bea.

—Ah, entonces entiendo por qué últimamente siempre estás tan contenta.

—No exageres. Mi negocio está a punto de quedar rodeado de excavadoras.

—Pero de lo otro no te quejas.

Alicia metió la bandeja en el horno y reconoció que no tenía motivos para quejarse. Laura le contó que su madre había preguntado cómo era la alcaldesa y si tenía hijos, una curiosidad que, según ella, pretendía satisfacer sin necesidad de organizar ningún interrogatorio familiar.

—Es simpática y no tiene hijos —respondió Alicia—, pero tampoco hace falta que le prepares un informe.

—Pregúntaselo tú cuando llame. Por cierto, quizá vaya a verte en octubre con unas amigas.

Alicia le sugirió esperar hasta comprobar cómo evolucionaban las primeras semanas de las obras. Le apetecía verla, aunque no sabía cómo funcionaría la cafetería cuando levantaran el pavimento. Al despedirse, encontró un mensaje de Beatriz preguntándole si necesitaba que comprara algo.

«No. Tengo cena y vino», contestó.

Dejó el móvil en la encimera y abrió el horno para comprobar las patatas, deseando que Beatriz llegara antes de que se enfriase el pescado.

Apareció a las nueve y cuarto, con el pelo algo despeinado y una bolsa de tela al hombro. Alicia recibió un beso largo en la entrada y, cuando se separaron, le preguntó cómo había terminado el día.

—Largo —contestó Beatriz.

—Eso ya me lo has dicho por teléfono.

—Y no ha mejorado desde entonces.

Alicia dejó su bolsa en una silla y le anunció que había preparado salmón, aunque no respondía del resultado.

Beatriz fue a lavarse las manos mientras ella servía los platos.

El pescado había quedado bien; las patatas necesitaban unos minutos más y terminaron comiéndolas después, entre bromas sobre una receta supuestamente sencilla.

Cenaron en la cocina con la ventana abierta.

Beatriz le contó que Isabel había vuelto a Valladolid con los niños y que Marisa llevaba toda la tarde intentando encontrar alguien que quisiera una bicicleta vieja aparecida en el trastero.

Alicia recordó a un cliente que había pagado con un billete tan deteriorado que Diego estuvo a punto de rechazarlo, y terminaron discutiendo si aquello podía considerarse dinero todavía.

A mitad de la cena sonó el teléfono de Beatriz. Miró la pantalla y se disculpó antes de contestar.

—Es Marta. Un segundo.

Se levantó para acercarse a la ventana. Alicia siguió comiendo mientras alcanzaba a escuchar referencias a unos documentos que faltaban para una reunión del día siguiente. No parecía una emergencia, aunque Beatriz dio varias indicaciones antes de colgar y regresar a la mesa.

—Perdona. ¿Por dónde íbamos?

—Estábamos decidiendo si Diego debería trabajar también en un banco para detectar billetes falsos.

Beatriz sonrió y retomó el tenedor, pero pocos minutos después la pantalla volvió a iluminarse. Esta vez no respondió; leyó el mensaje, dejó el móvil boca abajo y miró a Alicia con gesto de disculpa.

—Tenemos demasiados asuntos abiertos y parece que todo el mundo quiere resolverlos esta semana.

Alicia bebió agua. No quería discutir por una llamada de trabajo, pero llevaban casi una semana buscando una noche libre y acababan compartiéndola con asuntos que podían esperar.

—No me molesta que tengas trabajo, Bea. Yo también paso el día pendiente del teléfono, pero me hacía ilusión que pudiéramos cenar tranquilas.

—Tienes razón. No debería haberlo cogido.

—No te estoy echando la bronca. Solo quería decírtelo.

Beatriz dejó el tenedor, pensativa, y acabó buscando un contacto en el móvil.

Llamó a Nuria para explicarle que iba a desconectar unas horas y preguntarle si podía recibir cualquier aviso urgente que no admitiera espera.

Su amiga aceptó, aunque aprovechó para recordarle que existían servicios municipales de guardia y que la alcaldesa no tenía por qué resolver personalmente cada incidencia.

—Lo sé, Nuria. Gracias —respondió Beatriz, con una sonrisa resignada.

Puso el teléfono en silencio y lo guardó dentro del bolso. Alicia la observó, sorprendida por la sencillez con que había tomado una decisión que a veces parecía costarle tanto.

—¿Y si ocurre algo importante?

—Mi madre sabe cómo localizar a Nuria y los servicios de guardia tienen sus propios teléfonos. Supongo que el pueblo podrá arreglárselas unas horas sin mí.

—Entonces terminemos de cenar antes de que las patatas vuelvan a enfriarse.

Recogieron juntas y se trasladaron al salón.

La lluvia había cesado y por la ventana entraba un aire fresco que olía a tierra mojada.

Alicia puso música, buscó una manta en el armario y se sentó junto a Beatriz, que se había quitado los zapatos y tenía los pies fríos.

Extendió la manta sobre las piernas de ambas y dejó que se acomodara contra su hombro.

Escucharon música mientras Alicia le acariciaba el pelo y Beatriz iba soltando poco a poco la tensión de la jornada.

—¿Sabes qué me pasa contigo? —preguntó al cabo de un rato.

—Espero que nada grave.

—Que cada vez me cuesta más marcharme.

Alicia le besó la frente antes de responder que podía quedarse. Cuando Beatriz le recordó que al día siguiente tendría que madrugar, levantó una ceja.

—Todos los días tengo que madrugar. Si vamos a esperar a que eso cambie, no volverás a dormir aquí.

Beatriz la besó y Alicia le rodeó la cintura, agradecida de que, al menos allí, no hubiera nadie esperando una respuesta de la alcaldesa.

Desde la noche de las fiestas habían aprendido a reconocerse también en aquellos ratos sin obligaciones ni prisas.

Beatriz se acercó más y la manta resbaló al suelo; cuando intentó recuperarla sin interrumpir el beso, Alicia se echó a reír.

—Déjala, que luego la recogemos.

—Luego tendremos frío.

—Entonces nos tapamos otra vez.

Continuaron besándose en el sofá, interrumpiendo una conversación que ninguna recordaba ya cómo había empezado.

Alicia tenía las piernas sobre las de Beatriz y la camisa desabrochada cuando esta le besó el cuello.

La acarició en la mejilla y, al verla levantar la cabeza, le ofreció la mano para ir al dormitorio.

Dejaron la ropa sobre la silla y se acercaron sin la timidez de aquella primera noche durante las fiestas.

Alicia conocía ya la forma en que Beatriz buscaba su mano cuando se relajaba, y Beatriz había aprendido a distinguir cuándo Alicia estaba bromeando y cuándo quería que la besara sin decir nada.

Se desvistieron despacio y se metieron en la cama, disfrutando de una confianza que no hacía menos emocionante estar juntas.

Más tarde permanecieron abrazadas, con la ventana entreabierta y el rumor ocasional de algún coche en la calle.

—Debería apagar el teléfono más a menudo —murmuró Beatriz, apoyada sobre su pecho.

—No sé si sería una medida muy productiva.

—Depende de lo que quieras producir.

Alicia se rio y le besó el pelo antes de decirle que se durmiera.

Todavía conversaron un rato sobre la nueva distribución que Alicia estudiaba para la cafetería y sobre algún viaje que les gustaría hacer cuando pudieran cogerse unos días libres.

No fijaron fechas, porque bastante les estaba costando encontrar una noche entera para las dos.

Cuando Alicia apagó la luz, Beatriz buscó su mano bajo las sábanas.

—Gracias por la cena. Y por dejarme quedarme.

—Puedes venir a mi casa sin darme las gracias cada vez, Bea.

Beatriz sonrió contra su hombro y dejó de hablar.

Alicia cerró los ojos, pero antes de dormirse recordó que había olvidado su propio teléfono en la cocina.

Tal vez tuviera mensajes de Diego, de Rosa o de los proveedores; los encontraría por la mañana, cuando volviera a abrir La Esquina.

Por primera vez en muchos días, no sintió ninguna necesidad de levantarse a comprobarlo.