Mi alcaldesa favorita 18. La otra vida de Bea
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18. La otra vida de Bea

La otra vida de Bea

El domingo, Beatriz llegó a casa de su madre con una bolsa de tomates, una botella de vino y la sospecha de que no había elegido el mejor fin de semana para invitar a Alicia a comer con su familia.

No le preocupaba presentársela, sino que la cita coincidiera con los primeros días de verdadera inquietud por las obras.

El sábado habían tenido una reunión complicada y Alicia llevaba desde entonces intentando organizar a los comerciantes sin descuidar La Esquina.

Quizá pasar la tarde con personas a las que apenas conocía fuera lo último que necesitaba.

Se lo había propuesto el viernes por teléfono, advirtiéndole de que podían dejarlo para otro momento. Alicia no dudó.

—Me apetece conocer a tu hermana. Además, tu madre me cayó bien.

—También estarán mis sobrinos.

—He sobrevivido a bastantes comidas con los hijos de Laura. Creo que podré soportarlo.

Marisa abrió la puerta antes de que Beatriz terminara de llamar y le quitó la bolsa de las manos.

—Menos mal que llegas. Dame los tomates.

—Buenos días a ti también.

—Pon la mesa, que tu hermana lleva media hora entretenida con los niños y aquí no ayuda nadie.

—Te estoy oyendo, mamá —protestó Isabel desde el salón.

—Pues mejor —replicó Marisa camino de la cocina.

Beatriz encontró a su hermana en el suelo, rodeada de piezas de madera con las que Leo, el pequeño, intentaba levantar una torre.

Isabel había llegado el sábado desde Valladolid después de un viaje que, según los mensajes al grupo familiar, había sido llevadero hasta que los niños empezaron a discutir por el asiento junto a la ventana.

—Hombre, la alcaldesa —la saludó Isabel, levantándose para abrazarla.

Tenía cuarenta y tres años, dos hijos y la costumbre de llamar a Beatriz cada vez que surgía un trámite administrativo, aunque ella le recordara que no trabajaba en el ayuntamiento de Valladolid.

—¿Y Martín? —preguntó Beatriz.

—En el baño, jugando con el móvil. Dice que necesita intimidad.

Leo derribó sin querer la construcción y contempló las piezas esparcidas con expresión desolada.

Beatriz se agachó para ayudarlo mientras Isabel le contaba que el viaje había durado cuatro horas y media por dos paradas: una porque Martín tenía hambre y otra, apenas veinte minutos después, porque necesitaba ir al baño.

Beatriz no preguntó por qué se habían detenido tan pronto; su hermana ya parecía suficientemente cansada.

Alicia llegó a la una y media con un vestido azul oscuro, sandalias y una caja de cartón cuidadosamente sujeta entre las manos. Beatriz bajó a abrirle.

—He traído tarta de limón.

—Mi madre ha hecho flan.

—Entonces tendremos dos postres. No me parece un problema grave.

Se besaron antes de entrar y Beatriz la retuvo un instante por la cintura.

—¿Cómo estás?

—Bien. He conseguido pasar toda la mañana sin entrar en la cafetería.

—Eso merece celebrarse.

—He llamado a Diego una vez, pero no debería contar.

Beatriz sonrió. El viernes habían hablado de las observaciones que prepararían los comerciantes y de la intención de Rosa de pedir medidas de apoyo. Alicia seguía preocupada, pero aquella mañana parecía dispuesta a no convertir la comida familiar en una reunión más sobre la plaza.

Marisa la recibió con un abrazo y señaló la cocina para que dejara la tarta, mientras Isabel se acercaba a presentarse.

—Bea nos ha hablado de ti —dijo su hermana.

—Espero que bien.

—Lo poco que ha contado, sí.

Beatriz reconoció la mirada de Isabel, idéntica a la que ponía de niñas cuando encontraba algo interesante entre sus cosas. Se apresuró a preguntar por los niños, aunque su hermana aprovechó para advertirle que Martín seguía instalado en el baño y que no necesitaba ayuda precisamente allí.

Cuando por fin salió, Martín saludó con educación y preguntó cuánto faltaba para comer. Leo mostró a Alicia la torre reconstruida y quiso saber si tenía hijos.

—No —respondió ella.

—¿Y perros?

—Tampoco.

El niño aceptó que aquellas eran todas las posibilidades y regresó a sus piezas.

—Has superado el interrogatorio —comentó Beatriz.

—Ha sido más corto que algunos que me hacen en la cafetería.

Comieron en la mesa grande del comedor. Marisa había preparado arroz con almejas y merluza al horno, aunque insistió en que no se había complicado demasiado.

Alicia quiso saber cómo hacía el arroz y recibió una explicación minuciosa, interrumpida cada poco porque Martín se levantaba de la silla con el tenedor en la mano.

Beatriz, sentada junto a ella y frente a Isabel, disfrutó escuchando sin que nadie le pidiera opiniones sobre presupuestos ni permisos.

Se había acostumbrado a que todo el mundo esperase alguna respuesta de ella, incluso sobre cuestiones que no dependían del ayuntamiento, y agradecía poder participar en una comida sin dirigir la conversación.

De vez en cuando Isabel le dirigía una broma que solo las dos entendían y Alicia les pedía que se la explicaran.

Su hermana explicó que estaba considerando unas oposiciones y quizá cambiar de trabajo.

Era orientadora en un instituto y conocía de primera mano los problemas de unas reformas educativas que se anunciaban más deprisa de lo que podían aplicarse.

Alicia le hizo preguntas y la conversación derivó hacia los adolescentes, los horarios escolares y las familias que esperaban soluciones inmediatas para todo.

Beatriz vio cómo su hermana empezaba a gesticular al hablar, igual que hacía cuando eran pequeñas y defendía con absoluta convicción una idea frente a sus padres.

—Llevas dos años diciendo que vas a presentarte —observó Marisa.

—Porque no encuentro el momento.

—El momento no va a llamar a tu puerta, hija.

Isabel miró a Beatriz en busca de ayuda, pero su hermana se concentró en quitar una espina de la merluza. No iba a intervenir cuando, por una vez, el interrogatorio no estaba dirigido a ella.

Después de comer, mientras los niños veían una película, recogieron la mesa entre las cuatro. Marisa no permitió que Beatriz fregara porque, según dijo, siempre dejaba los vasos llenos de marcas.

—Tengo lavavajillas, mamá.

—Pues en tu casa lo utilizas. Aquí saca las tazas del armario, que tenemos visita.

—¿Las buenas? —preguntó Beatriz.

—Claro.

Alicia, que secaba una fuente, la miró divertida.

—¿Tienes tazas para diario y tazas para las visitas?

—Mi madre las tiene. Yo solo cumplo órdenes.

Beatriz sacó seis tazas de porcelana blanca, bastante parecidas a las otras, y le pidió a Alicia en voz baja que no mencionara aquel detalle delante de Marisa.

Tras el café, Isabel consiguió que los niños accedieran a bajar al parque. Marisa se levantó también, decidida a acompañarlos.

—Así dejamos tranquilas a las jóvenes —anunció mientras buscaba su bolso.

—Isabel es más joven que yo —protestó Beatriz.

—Pues por eso. Tú también deberías caminar más.

Salieron entre discusiones sobre chaquetas y la conveniencia de que Leo pasara por el baño antes de bajar. Cuando la puerta se cerró, Alicia estaba instalada en el sofá con las sandalias a un lado y las piernas recogidas.

—Tu familia es muy agradable —dijo.

—Eso me alegra. Isabel y yo nos peleábamos muchísimo de pequeñas.

Beatriz recordó las discusiones por la ropa, los asientos del coche y una cinta de casete que le había estropeado a su hermana. Isabel pasó una semana sin hablarle, aunque Beatriz ya no recordaba ni qué música contenía.

—Pues debía de ser importante —comentó Alicia.

—Para ella, desde luego. ¿Y tú con Laura?

—Yo le cogía cosas sin pedir permiso. Perdí unos pendientes suyos hace unos veinticinco años y todavía lo saca en las comidas familiares.

Alicia le contó que su madre planeaba visitarla a finales de septiembre y que dudaba entre ofrecerle el sofá cama o buscarle una habitación cerca del centro.

La quería muchísimo, pero tres días compartiendo una cocina pequeña podían terminar en una discusión sobre dónde guardar los platos.

Beatriz le recomendó un par de alojamientos y acabaron recordando veranos con sus familias, viajes incómodos y vacaciones que parecían interminables cuando eran niñas.

Mientras Alicia hablaba de unos primos con los que había pasado un agosto en la costa, Beatriz se descubrió imaginándola allí otro domingo, sentada junto a Marisa como si hubiera acudido a aquella casa toda la vida.

Le gustaba que Alicia hubiera hablado con Isabel sin esforzarse por agradar, que supiera ya dónde guardaban las tazas buenas y que su madre la hubiera tratado con una familiaridad inesperada.

La idea de que algún día todo aquello dejara de ser una novedad le produjo una alegría que no había previsto.

—¿Qué pasa? —preguntó Alicia, al advertir que la observaba.

—Estaba pensando en que me gusta que estés aquí.

Alicia dejó su taza sobre la mesa, se acercó a besarla y permaneció abrazada a ella hasta que consultó la hora.

—Tengo que marcharme pronto. He quedado con Rosa para revisar unas cosas esta tarde.

Beatriz asintió sin preguntar por los documentos.

Sabía que Alicia necesitaba ocuparse de los asuntos de su negocio y agradecía que no hubiera convertido aquella visita en una conversación sobre el ayuntamiento.

Bajaron juntas y, al salir del portal, se encontraron con Marisa y los niños, que volvían cargados con una pelota nueva y una bolsa de caramelos.

Isabel caminaba detrás hablando por teléfono.

—¿Ya te vas, hija? —preguntó Marisa.

—Sí, tengo cosas pendientes. Muchas gracias por la comida.

—Cuando quieras, pero la próxima vez no traigas nada, que luego sobra de todo.

Se despidieron después de que Leo enseñara su pelota y Martín preguntara por una posible visita a la playa el fin de semana siguiente. Alicia y Beatriz caminaron juntas hasta la esquina donde habían dejado los coches.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó Beatriz.

—Por la tarde puedo escaparme un rato. Diego se queda hasta las ocho.

—Te llamo cuando salga del ayuntamiento.

Alicia la besó y se alejó hacia la plaza. Beatriz regresó al portal, donde Isabel la esperaba mientras su madre subía con los niños.

—Me gusta Alicia —dijo su hermana.

—A mí también.

—Eso ya lo había notado.

Beatriz se dispuso a protestar, pero Isabel no parecía dispuesta a bromear.

—Me alegro de verte así, Bea.

Le apretó el brazo antes de entrar en el edificio.

Beatriz se quedó unos instantes en la acera, pensando en la semana que tenía por delante: las obras, los comerciantes preocupados y las decisiones que todavía quedaban sin cerrar.

Nada de aquello iba a hacerse más sencillo porque hubiera pasado un buen domingo, pero recordó a Alicia riéndose con su hermana y ayudando a secar los platos en la cocina de Marisa.

Le habría gustado que se quedara más tiempo, y empezaba a comprender que acostumbrarse a despedirse de ella iba a ser bastante más difícil de lo que imaginaba.