Mi alcaldesa favorita 17. La plaza no espera
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17. La plaza no espera

La plaza no espera

La primera señal de que algo iba mal fue encontrar a Rosa esperando frente a La Esquina a las diez de la mañana, con una carpeta bajo el brazo y esa expresión de disgusto que Alicia empezaba a reconocer. Apenas cruzó la puerta, la mercera preguntó si había visto el correo del ayuntamiento.

—Todavía no he podido mirar nada —respondió Alicia, mientras preparaba dos cafés para llevar.

—Pues míralo cuando termines, porque han adelantado las obras.

Alicia dejó las tazas sobre la barra y la miró, convencida de que había entendido mal.

Hasta entonces les habían hablado de octubre, con un calendario provisional que ya resultaba suficientemente incómodo para los comercios de la plaza.

Rosa ocupó una mesa libre y sacó los documentos de la carpeta mientras Diego le llevaba un café solo sin necesidad de preguntarle qué quería.

Cuando Alicia terminó de atender a los clientes, se sentó frente a ella. En la primera página figuraba una fecha que no tuvo que leer dos veces: el veintiocho de septiembre. Faltaban poco más de dos semanas.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó.

—Un colector, según dicen. Aunque podían habernos avisado un poco antes.

La comunicación explicaba que una inspección había descubierto un deterioro mayor del previsto en una canalización de la zona norte.

Los técnicos y la empresa adjudicataria habían recomendado intervenir antes de las lluvias de otoño; el resto de las obras conservaría, en principio, el calendario anterior.

Alicia revisó el plano adjunto y localizó enseguida La Esquina, en uno de los extremos de la franja sombreada.

—Mantendrán un paso para peatones —señaló.

—Por delante de la fuente —respondió Rosa, acercando el plano—. Para llegar a mi tienda habrá que dar toda la vuelta, y eso suponiendo que las vallas se coloquen como aquí.

El acceso no estaba completamente cortado, pero Alicia conocía la diferencia entre poder entrar a un local y tener ganas de atravesar una zona de obras para tomar un café.

Seguía sin autorización de terraza y acababa de perder buena parte de las semanas en las que esperaba consolidar la clientela después de las fiestas.

—Han convocado una reunión mañana a las seis —añadió Rosa—. Yo pienso pedir que lo retrasen.

—¿Aunque el colector esté en mal estado?

—Que lo comprueben otra vez. No pueden avisarnos con tan poco margen y esperar que demos las gracias.

En eso Alicia estaba de acuerdo, aunque también recordaba la intervención de Elena sobre los problemas de accesibilidad. No quería defender un aplazamiento sin saber si provocaría daños mayores o prolongaría las dificultades de quienes llevaban años esperando una plaza transitable.

—Podemos preparar preguntas concretas —propuso—. Necesitamos saber cómo quedarán los accesos, cuándo podrán entrar los repartidores y si habrá días en los que debamos cerrar.

—Y qué ayudas habrá si perdemos ventas.

—También. ¿Has hablado con otros comerciantes?

Rosa había localizado a Julián, el ferretero, y a Carmen, la peluquera. Quedaron en reunir a cuantos pudieran después del cierre, y Alicia se ofreció a redactar un documento que sirviera de base para la reunión municipal.

—Tú que trabajabas en publicidad sabrás escribir estas cosas —comentó Rosa—. Yo empiezo a redactar una queja y termino enfadándome más que al principio.

Alicia sonrió porque, después de escucharla en las reuniones anteriores, se lo imaginaba perfectamente.

Antes de marcharse, Rosa le pidió que al día siguiente explicara ella misma las dificultades de acceso a la cafetería; prefería hablar de su mercería y no dar la impresión de que representaba a todos.

Alicia estuvo de acuerdo y regresó a la barra con los papeles doblados bajo el brazo.

—¿Son malas noticias? —preguntó Diego, que colocaba las tazas limpias.

—Bastante. Empiezan antes de lo previsto.

—¿Tendremos que cerrar?

Alicia miró hacia la puerta, por donde acababa de entrar una pareja que buscaba mesa.

—Todavía no lo sé. Mañana intentaremos averiguarlo.

Diego asintió y fue a atenderlos. Alicia agradeció que no tratara de tranquilizarla con una seguridad que ninguno tenía.

A las cuatro, después del servicio de mediodía, se encerró en la oficina improvisada del almacén.

Cabían una mesa estrecha, una silla plegable y una estantería de carpetas; si abría del todo el cajón inferior, tenía que cerrarlo para poder levantarse.

Allí, sin embargo, podía trabajar sin ocupar una de las mesas que necesitaba para los clientes.

Abrió las previsiones de ingresos y modificó las cifras de octubre.

La primera semana había sido prometedora y las fiestas habían impulsado las ventas, pero todavía llevaba demasiado poco tiempo abierta para sacar conclusiones.

Los desayunos funcionaban mejor que las meriendas, mientras que algunos bocadillos calientes apenas compensaban el trabajo de prepararlos.

Cada ajuste del calendario alteraba los números de una manera que la hoja de cálculo mostraba con una precisión poco consoladora.

Revisó la previsión por tercera vez y apartó el ordenador. Entonces vibró el móvil.

«¿Has podido descansar algo hoy?», preguntaba Beatriz.

La noche anterior habían dormido juntas, hablando de sus relaciones pasadas y de lo difícil que les resultaba reservar tiempo para ellas.

Alicia había salido de aquella conversación sintiéndose más cerca de Beatriz, y ahora tenía el impulso de llamarla para preguntarle cómo habían podido adelantar las obras con tan poco margen.

Sabía, sin embargo, que su pareja se había comprometido a mantenerse al margen de las decisiones que la afectaran directamente.

No mucho. Nos han avisado del cambio y estoy revisando números.

Lo sé. Siento que os complique las cosas.

Alicia leyó la respuesta antes de escribir que entendía las razones técnicas, pero necesitaban tiempo para organizarse. Beatriz le recordó que Urbanismo explicaría el informe y las alternativas en la reunión del día siguiente.

Estuvo a punto de preguntarle si el calendario tenía alguna posibilidad de modificarse. Borró la pregunta y escribió únicamente que asistiría. Beatriz contestó con un «vale» y la conversación terminó sin que ninguna hubiera dicho nada impropio, aunque Alicia se quedó más incómoda que antes.

Podía entender que una tubería rota obligara a adelantar las obras. Otra cosa era abrir una hoja de cálculo y ver lo que aquel adelanto iba a costarle, mientras Beatriz trabajaba al otro lado de la plaza.

A las siete y media acudieron seis comerciantes a La Esquina.

Julián traía una ampliación del plano; Carmen, una libreta llena de preguntas, y el dueño de una tienda de regalos explicó que había tenido un verano flojo y no podía permitirse otro trimestre de ventas bajas.

Diego terminó su turno y se ofreció a mover las mesas antes de marcharse, aunque Alicia le recordó que al día siguiente entraba a las siete y media, no a las siete.

Durante la primera media hora hablaron todos a la vez. Julián se preocupaba por los repartos, Carmen por el aparcamiento de sus clientas y Rosa por las compensaciones económicas. El dueño de la tienda de regalos quería exigir un aplazamiento inmediato, pero nadie podía asegurar que fuera viable.

Alicia fue apuntando las cuestiones hasta que consiguió intervenir.

—Creo que deberíamos separar las preguntas de las peticiones. Antes de exigir que retrasen nada necesitamos saber qué riesgos hay y qué alternativas han estudiado.

—También podemos decir que nos han avisado tarde —replicó Rosa.

—Por supuesto. Eso no depende de que el colector esté bien o mal.

Siguieron trabajando con más orden. Al terminar habían preparado dos páginas sobre accesos, horarios de descarga, señalización de los negocios abiertos, apoyos municipales y duración de las distintas fases.

No se pusieron de acuerdo sobre el aplazamiento, pero al menos llevarían preguntas compartidas en lugar de seis protestas simultáneas.

Rosa prometió enviar el documento al resto de comerciantes y fue la última en marcharse.

Alicia recogió las sillas y apagó las luces del comedor.

En la plaza quedaban algunas guirnaldas de las fiestas y un hombre paseaba a su perro junto a la fuente.

Le costó imaginar aquel mismo lugar rodeado de vallas y máquinas, con el ruido de las excavadoras entrando por la puerta cada vez que llegara un cliente.

El móvil vibró de nuevo.

«¿Cómo llevas la tarde?», escribió Beatriz.

Acabo de terminar una reunión con los comerciantes. Estamos intentando organizarnos.

Me alegro de que estéis hablando entre vosotros.

Alicia comenzó a responder que ojalá hubieran podido organizarse sin aquella urgencia, pero lo borró. No quería discutir por mensajes ni fingir que se encontraba bien después de pasarse el día calculando pérdidas que todavía no sabía si podría asumir.

Ha sido un día complicado. Mañana hablamos, ¿vale?

Claro. Descansa todo lo que puedas.

Guardó el teléfono con la sensación desagradable de haber levantado una barrera ante alguien que solo trataba de acompañarla.

Beatriz no había hecho nada malo al preguntar por su día, pero Alicia tampoco sabía cómo contarle lo que estaba viviendo sin acabar hablando del ayuntamiento.

Pensó en llamarla para explicarse mejor y descartó la idea; estaba agotada y temía convertir aquella incomodidad en una discusión inútil.

Cerró La Esquina y emprendió el camino de casa. A pocas calles encontró a Elena, que regresaba del supermercado con una bolsa apoyada sobre las rodillas. Hablaron del adelanto de las obras y de lo difícil que iba a resultar mantener abiertos algunos negocios.

—Yo tengo ganas de que empiecen —admitió Elena—, aunque entiendo que os preocupe. A ver si conseguimos que lo hagan bien.

—Eso espero —respondió Alicia.

Continuó andando mientras pensaba en aquella frase.

Necesitaban que repararan la plaza, que mejoraran los accesos y que los comercios sobrevivieran durante los trabajos.

Nada de eso le parecía una exigencia desmedida, pero todavía ignoraba cómo podían lograrlo todo a la vez.

Por primera vez desde que abrió La Esquina, el temor a los meses siguientes pesaba más que la ilusión de haber empezado una vida nueva.