Mi alcaldesa favorita 16. Las cosas que no contamos
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16. Las cosas que no contamos

Las cosas que no contamos

El jueves empezó a llover cuando Beatriz salía de una reunión en Santander.

No era una lluvia especialmente intensa, pero el tráfico se complicó a la entrada de la autovía y tardó veinte minutos más de lo previsto en regresar a Puerto de Lúa.

Durante el trayecto atendió una llamada de Nuria y recordó que había dejado una lavadora puesta.

Al entrar en el garaje encontró un mensaje de Alicia.

¿Sigue en pie lo de esta noche?

Claro. Acabo de llegar. ¿Vienes sobre las nueve?

Perfecto. Llevo cena.

Hay comida en mi nevera.

Ya, pero no todo lo que hay en una nevera tiene por qué convertirse en cena.

Beatriz sonrió al recordar que el martes Alicia había descubierto tres paquetes de queso rallado, dos botes de mostaza y unas espinacas cuya fecha de caducidad prefería no comprobar.

Voy a tomármelo como una crítica constructiva, respondió.

Subió a casa, tendió la ropa, cambió las sábanas y despejó la mesa del salón. A las ocho y media, frente al televisor apagado, se preguntó por qué había preparado la casa como si esperara una inspección y terminó por poner música.

Alicia llegó cinco minutos después de las nueve con el pelo algo húmedo y una bolsa de papel de la que salía un olor estupendo.

—He traído empanada de atún y una ensalada que ha preparado Diego. Según él, corto los tomates demasiado grandes.

—¿Ahora tu empleado también te hace la cena?

—Le pago para que me ayude en la cafetería. Lo del tomate ha sido iniciativa suya.

Beatriz recogió la bolsa y se besaron antes de ir a la cocina, donde la mesa estaba preparada.

—Veo que has trabajado mucho —comentó, mirando alrededor.

—He tenido una tarde bastante productiva.

—Pues yo he cambiado media carta y todavía no sé si ha sido buena idea. Quiero ofrecer algo sencillo al mediodía, pero tengo que comprobar los costes antes de comprometerme.

—¿Quieres que te eche una mano con los números?

—¿Sabes mucho de hostelería?

—No especialmente.

—Entonces de momento me apaño, pero gracias.

La empanada estaba templada y había tanta que Beatriz guardó la mitad para el día siguiente. Mientras cenaban hablaron de sus jornadas, de un paraguas olvidado en La Esquina y de alternativas para mantener las ventas durante las obras.

—Rosa quiere que organicemos una campaña entre los comercios de la plaza, para recordar a la gente que seguiremos abiertos. Hemos quedado el martes.

—Puede funcionar, sobre todo si conseguís poneros de acuerdo.

—Eso será casi tan difícil como las obras.

Beatriz sonrió y no insistió. Desde su última conversación, ambas intentaban evitar que todos sus encuentros acabaran convirtiéndose en una prolongación de las reuniones municipales.

Le interesaba lo que le ocurría a Alicia, pero había aprendido que preguntar por una preocupación no siempre significaba tener que buscarle una solución.

Al terminar, Alicia se puso a lavar los platos mientras Beatriz secaba. La discusión empezó cuando Alicia señaló el lavavajillas, que estaba a menos de un metro.

—Son cuatro platos —se defendió Beatriz.

—Y una sartén, dos vasos y los cubiertos. Estamos haciendo el trabajo de una máquina que tienes ahí mismo.

—Vale, la próxima vez lo metemos todo.

Alicia le dio un beso, satisfecha con aquella victoria doméstica, y salió al salón. Cuando Beatriz terminó de recoger la encontró delante de la estantería, examinando los libros.

—Tienes un montón.

—Y quedan dos cajas en el trastero. Mi madre dice que no tengo criterio para desprenderme de nada.

Alicia sacó una novela que había visto en casa de su propia madre. Las dos la habían leído y pasaron un rato comentando el final, hasta que Alicia se fijó en las fotografías de una balda inferior. En una aparecía Beatriz mucho más joven, con un vestido rojo y el brazo alrededor de otra mujer.

—¿Es Clara? Creo que tu madre me enseñó una foto suya en la comida popular.

—Sí. Fue en la boda de mi hermana.

—Estáis muy guapas.

Beatriz cogió el marco y lo miró antes de devolverlo a su sitio. No pareció incómoda, y Alicia se animó a preguntar cuánto tiempo habían estado juntas.

—Casi cinco años. Vivimos juntas buena parte de ese tiempo.

—¿Qué pasó entre vosotras? Puedes decirme que no es asunto mío.

—No me importa contártelo. Cuando llegué a la alcaldía, a Clara le ofrecieron un buen trabajo en una clínica de Bilbao. Quería marcharse y yo acababa de ganar las elecciones.

Se sentaron en el sofá. Beatriz recogió una pierna bajo el cuerpo y continuó, buscando una manera de contar aquellos años sin repartir culpas que ya no tenían sentido.

—Intentamos organizarnos, pero cada vez pasábamos menos tiempo juntas. Al final ella se quedó aquí y abrió su consulta, aunque creo que nunca terminó de aceptar que yo no hubiera considerado seriamente irme con ella.

—¿Y tú se lo reprochabas?

—A veces le reprochaba que no entendiera lo importante que era mi trabajo. Ahora creo que las dos queríamos cosas distintas y tardamos demasiado en reconocerlo.

A Alicia le gustó que Beatriz hablara de aquella relación sin convertir a Clara en la responsable de su final.

—¿Seguís teniendo relación?

—Nos encontramos por el pueblo. Tiene la consulta cerca del centro de salud y mi madre también la ve de vez en cuando. ¿Te resulta raro?

—Sería más raro que desapareciera después de cinco años viviendo aquí. No me molesta.

Beatriz pareció agradecer la respuesta y le preguntó por Inés. Alicia apoyó la espalda en el sofá antes de contestar.

—Estuvimos algo más de tres años. Vivíamos en un piso pequeño de Madrid que se nos había quedado todavía más pequeño con todas nuestras cosas. Cuando empecé a plantearme dejar la agencia, Inés pensó que era una mala racha y que se me pasaría.

—¿No quería venir contigo?

—No quería irse de Madrid, y tenía motivos. Allí estaban su familia, sus amigas y un trabajo que le gustaba. Tampoco le hacía ninguna gracia que dejara un sueldo fijo para montar un negocio sin garantías.

—Puedo entender su preocupación.

—Yo también. El problema es que acabamos hablando únicamente de eso.

Yo volvía agotada, le decía que necesitaba cambiar algo y ella intentaba convencerme de que esperara un poco más.

Dejamos de hacer planes juntas y, cuando nos separamos, llevábamos meses compartiendo piso sin compartir casi nada más.

Beatriz le acarició una rodilla. Alicia sostuvo su mirada y sonrió con una tristeza que duró apenas un instante.

—Han pasado casi dos años y, por lo que sé, Inés está bien. Tiene otra pareja.

—¿Y tú cómo estás?

—Tengo una cafetería que amenaza con arruinarme y estoy saliendo con una alcaldesa. Mi vida se ha vuelto bastante peculiar.

—No era exactamente lo que te preguntaba.

—Ya lo sé —admitió Alicia, acercándose a su hombro—. Estoy bien, Bea. Pasé años creyendo que lo razonable era seguir en la agencia, pagar aquel alquiler y esperar un momento más oportuno para cambiar de vida. Un día me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo esperando.

—¿Nunca te arrepientes de haberte venido?

—Hay mañanas en las que me pregunto qué demonios estaba pensando, sobre todo cuando miro las facturas, pero no me arrepiento.

La lluvia había vuelto a golpear los cristales.

Beatriz acarició el pelo de Alicia y pensó que ninguna de las dos necesitaba que la otra renunciara a sus proyectos, aunque aquello no garantizaba que supieran encontrar tiempo para compartirlos.

Con Clara había confundido durante demasiado tiempo la paciencia con la seguridad de que las cosas acabarían arreglándose solas.

—Hay algo que me preocupa —dijo—. Que mi trabajo vuelva a ocuparlo todo. No quiero que nos pase lo mismo que a Clara y a mí.

Alicia se incorporó para mirarla.

—Entonces tendrás que aprender a decir que no de vez en cuando. Y yo tendré que dejar de pensar que, si no paso doce horas en la cafetería, todo se vendrá abajo.

—No parece que ninguna lo tenga fácil.

—No, pero al menos ya sabemos dónde solemos equivocarnos.

Beatriz entrelazó los dedos con los suyos.

—Me apetece intentarlo contigo.

Alicia se acercó para besarla y se quedó a su lado, con una mano apoyada sobre la suya.

—A mí también.

Después pusieron una película que acabaron dejando a medias, porque Alicia empezó a quedarse dormida en el sofá y Beatriz tampoco había descansado demasiado durante la semana.

Fueron al dormitorio mientras la lluvia seguía cayendo sobre la calle.

Alicia dejó la ropa en una silla y se metió en la cama; Beatriz terminó de cerrar las ventanas antes de acostarse.

—¿Has puesto el despertador? —preguntó Alicia.

—Sí, a las seis y media. ¿No tienes que abrir?

—Por desgracia. Cada día me gusta menos ese horario.

Beatriz apagó la luz y Alicia se acomodó con la cabeza en su hombro. Unos minutos después, cuando Beatriz creyó que se había dormido, la oyó hablar.

—Me alegra que me hayas contado lo de Clara.

—Y a mí que me hayas hablado de Inés.

Alicia cerró los ojos. Se quedó escuchando la lluvia hasta que la respiración de Beatriz empezó a hacerse más lenta. Habían dejado la fotografía de Clara en su sitio, sobre la estantería. De algún modo, eso también le gustaba.