15. No es asunto vuestro
No es asunto vuestro
El lunes por la mañana, Alicia descubrió que había algo peor que quedarse sin cruasanes antes de las diez: quedarse sin cruasanes y tener que responder, mientras atendía a los clientes, preguntas sobre su vida sentimental.
La primera llegó con una mujer que pidió café para llevar y, mientras buscaba unas monedas, comentó que había visto a Beatriz bailando con ella durante las fiestas.
—Hacía tiempo que no la veía tan animada —añadió, con una sonrisa curiosa.
Alicia le entregó el cambio y le deseó buenos días. Poco después, un trabajador de la lonja le preguntó, entre una tostada y otra, si la alcaldesa había probado ya las tartas de La Esquina.
—Alguna ha probado —respondió Alicia.
—Pues que vuelva, que hay que apoyar al comercio local.
El guiño con el que acompañó la frase acabó de despejar cualquier duda sobre sus intenciones. Alicia estaba cansándose de que unos desconocidos creyeran merecer confidencias por comprar un café.
La tercera fue Pili, que apareció poco antes de las once con el pan que faltaba. Diego colocaba las últimas tazas limpias mientras Alicia comprobaba los pedidos.
—¿Qué tal las fiestas? —preguntó la panadera.
—Muy bien. El sábado no paramos y menos mal que contraté a Lucía.
—Ya vi la cola desde la plaza. También te vi por la verbena.
Alicia levantó la mirada de una factura.
—Estuve un rato.
—Con Bea.
—Sí, Pili. Estuve con Bea.
—Ah, bueno, era por preguntar.
Pili se acomodó las asas del bolso sobre el hombro, pero no se movió. Alicia cerró la carpeta y la miró, perdiendo la paciencia.
—¿Necesitabas algo más?
—No, hija. Venía a dejarte el pan.
La panadera preguntó entonces a Diego qué les había parecido el pan de nueces del viernes y, tras escuchar su respuesta, se despidió por fin. Alicia esperó a que la puerta se cerrara.
—Esta mujer se va a hacer daño de tanto contenerse —murmuró.
Diego dejó la jarra que estaba secando.
—Mi madre dice que Pili llamó a Marisa tres veces este fin de semana.
—¿A la madre de Bea? ¿Y tú cómo lo sabes?
—Marisa se lo contó a mi madre. Son amigas.
Alicia prefirió no averiguar hasta dónde llegaba aquella cadena de conversaciones. En Madrid también había conocido gente indiscreta, pero en Puerto de Lúa las noticias circulaban con una eficiencia extraordinaria. Y Beatriz y ella apenas llevaban unas semanas viéndose.
Al mediodía, cuando el local quedó tranquilo, llamó su hermana Laura. Alicia se colocó el teléfono entre el hombro y la oreja para limpiar la máquina de café.
—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó Laura.
—Muchísimo trabajo. Las fiestas nos han venido fenomenal.
—No te preguntaba por la cafetería.
—Ya lo sé. Estuve con Bea el viernes.
—Eso me lo contaste. Quiero saber cómo os va.
—Bien, Laura. Muy bien.
Su hermana guardó silencio el tiempo justo para hacerle creer que iba a respetar aquella respuesta.
—Pero ¿te gusta en serio?
Alicia dejó el paño sobre la barra. Hasta entonces había hablado de cenas, paseos y de lo agradable que resultaba pasar tiempo con Beatriz, sin pararse demasiado a ponerle nombre a lo que sentía.
—Sí, me gusta de verdad.
—Pues me alegro. Hacía tiempo que no te veía tan ilusionada.
—No empieces tú también, que llevo toda la mañana respondiendo preguntas sobre ella.
Le contó lo de la verbena y los comentarios de los clientes. Laura dejó de reír cuando comprendió que las preguntas interrumpían su trabajo.
—Entiendo que sea un pueblo pequeño —dijo Alicia—, pero una cosa es preguntarme cómo estoy y otra que cada persona que viene a por una tostada quiera averiguar con quién paso las noches.
—¿Se lo has dicho a Bea?
—No quiero que piense que me incomoda estar con ella.
—Entonces dile exactamente eso: que te gusta estar con ella y que lo que te molesta son las preguntas.
El consejo tenía sentido. Alicia negociaba sin titubear con los proveedores, pero con Beatriz elegía las palabras con más cuidado. No quería hacerla responsable de la curiosidad del pueblo ni dar a entender que prefería esconder la relación.
—Se lo comentaré esta noche, si tenemos ocasión.
—Estupendo. ¿Y cuándo voy a conocerla?
Alicia se echó a reír y se despidió antes de que Laura empezara a organizarles una comida familiar.
Por la tarde llegó un correo del ayuntamiento.
No era el permiso de terraza que esperaba desde junio, sino una comunicación general para los negocios de la plaza.
Incluía el calendario provisional de las obras, un plano con los pasos peatonales y una invitación a presentar observaciones antes de la reunión técnica de la semana siguiente.
Alicia leyó dos veces el documento, mejor explicado que los anteriores, aunque tampoco aclaraba cómo recibirían mercancías los locales de la zona norte.
Frente a La Esquina figuraba un pasillo peatonal cuya anchura no bastaba para tranquilizarla.
Imprimió los planos y revisó sus previsiones de ingresos.
Podría resistir una bajada moderada de ventas, aunque cualquier imprevisto reduciría el margen que había calculado con tanto cuidado.
El móvil vibró cuando estaba anotando unas preguntas para la reunión.
«¿Tienes un rato esta noche?», escribió Beatriz.
Sí. Cierro a las ocho.
¿Te apetece cenar en mi casa? Puedo cocinar algo.
¿Necesito llevar provisiones?
He ido a comprar.
Eso tengo que verlo.
Beatriz respondió con una fotografía de una nevera llena, que hizo reír a Alicia por primera vez desde que había abierto el correo de Urbanismo. Guardó los planos y volvió a trabajar, agradecida de tener una cena que esperar al terminar el día.
A las nueve llegó al piso de Beatriz con una botella de vino y una caja de pastas de la panadería.
Beatriz abrió con una camiseta gris, pantalones cómodos y el pelo todavía húmedo.
Se besaron en la entrada, aunque el olor que venía de la cocina las obligó a separarse antes de lo que a Alicia le habría gustado.
—Tengo la cena al fuego. Pasa, que se me va a pegar.
El salón, luminoso y ordenado, tenía una mesa junto a la ventana, libros y fotografías familiares. Alicia dejó el bolso en una silla y siguió a Beatriz a la cocina.
—¿Qué preparas?
—Pasta con verduras y gambas. Todavía puede salir mal.
—Después de la foto de la nevera, confío plenamente en ti.
Cenaron junto a las ventanas abiertas. Beatriz le contó que había pasado buena parte del día cerrando asuntos de las fiestas y Alicia habló de las ventas, de lo bien que había trabajado Lucía y de su idea de contratarla algunos sábados.
Compartieron después las pastas que había traído Alicia, y Beatriz reclamó el derecho a elegir primero por haber cocinado.
Cuando llevaron los platos a la cocina, Alicia decidió abordar lo que llevaba horas pensando.
—Oye, quería contarte algo. Hoy han venido varias personas a la cafetería a preguntarme por ti. Bueno, por nosotras.
Beatriz dejó los vasos en el fregadero.
—¿Quiénes?
—Pili y algunos clientes. Nadie ha sido desagradable, pero me incomoda que parezca un tema de conversación cada vez que alguien entra a desayunar.
Beatriz cerró el grifo antes de responder.
—Lo siento. Estoy tan acostumbrada a que hablen de mí que a veces se me olvida que para ti es nuevo.
—No tienes que disculparte. No me importa que sepan que salimos juntas, ni me avergüenza que nos vean. Lo que no quiero es tener que explicar mi vida privada detrás de la barra.
—No he pensado que te avergüence estar conmigo —aseguró Beatriz—. Y entiendo que La Esquina es tu lugar de trabajo, no un sitio al que ir a preguntarte por la alcaldesa.
Alicia se sintió aliviada. Había temido que la conversación resultara incómoda, pero Beatriz no parecía necesitar una defensa ni pedirle que justificara sus límites. Terminó de secar una fuente y recordó los planos que había impreso esa tarde.
—Además, bastante tengo con las obras.
—¿Has recibido la comunicación?
—Sí, y todavía hay cosas que no están claras. Aunque ¿te importa si esta noche no hablamos del ayuntamiento?
Beatriz dejó el paño sobre la encimera y sonrió.
—Me parece una idea estupenda.
Regresaron al salón y Alicia se acomodó en el sofá con las piernas sobre las de Beatriz.
Hablaron de un viaje a Lisboa que llevaba tiempo queriendo hacer, de una serie que ninguna había terminado y de algunos invitados de la boda de Paula.
Fue agradable escuchar a Beatriz hablar sin medir cada frase como si pudiera acabar reproducida en una reunión municipal.
Cuando aquella le acarició la pierna, Alicia se acercó un poco más.
—¿Estás mejor? —preguntó Beatriz.
—Sí. No necesitaba que hablaras con nadie; solo quería que lo supieras.
—Entonces me alegro de que me lo hayas contado.
Beatriz la besó y Alicia dejó la copa sobre la mesa para abrazarla. Se quedaron un buen rato juntas, sin interrupciones ni teléfonos, hasta que Beatriz recordó que al día siguiente viajaba a Santander y el miércoles estaría fuera casi toda la jornada.
—El jueves podría pasar a verte después del trabajo, si te apetece.
—Probablemente estaré cansada, pero me apetecerá igualmente.
Cuando Alicia se marchó, la abrazó largo rato en la puerta.
Cruzó después la plaza casi vacía, donde seguían colgadas algunas guirnaldas de las fiestas, y se detuvo ante el escaparate oscuro de La Esquina.
Estaba contenta con el negocio, que empezaba a tener clientes habituales, y con Beatriz, a cuyo lado se sentía cada vez más cómoda.
No quería que una cosa le complicara la otra, aunque ya empezaba a entender que no siempre sería sencillo separarlas.
Al día siguiente tendría que revisar pedidos con Diego, preguntar por la terraza y hablar con Rosa sobre las obras. Agradeció tener tantas tareas concretas por delante: al menos ninguna requería dar explicaciones sobre a quién había besado durante las fiestas.