14. Café para dos
Café para dos
Beatriz se despertó con el sonido de un teléfono que vibraba sin que nadie consiguiera apagarlo.
Abrió los ojos y encontró a Alicia inclinada sobre la mesilla, apartando unas gafas y un libro para buscar el móvil que había quedado atrapado debajo de una camiseta.
Cuando por fin logró silenciarlo, se dejó caer sobre la almohada con un suspiro.
—Perdón —murmuró.
Beatriz tardó unos segundos en reconocer la habitación. Entonces recordó la verbena, el paseo junto al puerto y cómo habían terminado aquella noche, y se volvió hacia Alicia, que mantenía los ojos cerrados.
—Buenos días.
—No estoy segura de que lo sean.
Tenía la voz tomada por el sueño y el pelo revuelto. Beatriz le acarició el brazo por encima de la sábana y miró la hora: eran las seis y media. Por la ventana entreabierta llegaba el ruido de una furgoneta y empezaba a entrar una claridad grisácea.
—¿Cuánto has dormido?
—Prefiero no hacer la cuenta. Tengo que levantarme.
—Quédate cinco minutos.
—Eso fue más o menos lo que dijimos anoche antes de acostarnos.
Beatriz se rio y tiró de su mano hasta conseguir que volviera a tumbarse.
Permanecieron abrazadas, escuchando una persiana que subía en el edificio de enfrente y los pasos de alguien por la escalera.
Hacía tiempo que Beatriz no despertaba en casa de otra mujer, y le sorprendió cuánto disfrutaba de aquella calma, aunque supiera que duraría poco.
En su propia casa solía levantarse en cuanto abría los ojos, con la agenda del día ya rondándole por la cabeza; allí, en cambio, no le apetecía hacer otra cosa que quedarse unos minutos junto a Alicia.
—¿A qué hora entra Diego?
—A las siete. Tiene llaves y puede abrir solo, pero ayer nos quedamos sin casi todo y tengo que preparar pedidos.
—Entonces no llegas tarde todavía.
Alicia abrió un ojo para mirarla.
—¿Tú no tienes que trabajar hoy?
—Esta tarde tengo un acto. La mañana la tengo libre.
—Qué envidia me das.
Se incorporó por segunda vez, encontró las zapatillas debajo de la cama y sacó una toalla del armario. Beatriz la observó mientras iba hacia el baño, contenta de que Alicia no pareciera necesitar un comportamiento especial después de haber pasado la noche juntas.
—¿Y qué hacemos con el desayuno? —preguntó.
Alicia se volvió desde la puerta.
—Tengo una cafetería, por si no lo recuerdas.
—Pero ahora estamos aquí.
—En la cocina hay café, pan de molde y, creo, algo de mermelada.
—Yo me encargo.
Cuando empezó a oírse el agua de la ducha, Beatriz se levantó, recogió su ropa y descubrió un calcetín bajo la silla.
La casa tenía todavía el aspecto provisional de una mudanza reciente: algunos objetos esperaban un lugar definitivo y las cosas necesarias parecían guardadas donde menos se esperaban.
Tuvo que abrir tres armarios antes de encontrar las tazas; el café estaba en un cajón y el azúcar, junto a los platos.
Puso la cafetera y sacó el pan. En la nevera encontró leche, mantequilla, dos yogures, un recipiente con arroz y una bolsa de rúcula que parecía haber conocido días mejores. Cerró la puerta sin investigar cuánto tiempo llevaba allí el medio limón del estante inferior.
Cuando Alicia apareció con el pelo mojado y unos vaqueros, Beatriz estaba colocando las tostadas en dos platos.
—Qué bien huele.
—Es café. No he hecho ninguna proeza.
—A estas horas me parece suficiente.
Alicia se acercó y la besó. Fue un beso breve al principio, pero acabó apoyándose contra ella antes de separarse para coger una taza.
—Ahora sí son buenos días.
Desayunaron junto a la ventana, desde donde se veían los tejados de las casas de enfrente. Alicia consultó un mensaje del trabajo mientras Beatriz untaba mantequilla en una tostada.
—Diego ya está en el local. Dice que han venido tres personas preguntando si abrimos a las siete.
—Parece buena señal.
—Sí, y puede empezar sin mí. Voy a decírselo.
Escribió una respuesta y dejó el móvil boca abajo. Beatriz le explicó que a las seis tenía que asistir a la entrega de premios del concurso de fotografía de las fiestas, un acto que en teoría duraría una hora.
—¿En teoría? —preguntó Alicia.
—Depende de los discursos y de si la gente encuentra su fotografía cuando le toca recogerla.
Hablaron del programa del fin de semana.
Beatriz le recomendó el mercado de artesanía del domingo, cerca del puerto, y Alicia aseguró que intentaría pasar, aunque después de la noche anterior sospechaba que dedicaría buena parte del día a la cafetería.
Le explicó que había reforzado el pedido de pan y que Diego se había ofrecido a cubrir más horas, pero aun así no se atrevía a calcular cuánta gente entraría durante las fiestas.
Mientras tomaban café, Beatriz se quedó observándola por encima de la taza.
Tenía una marca de almohada en la mejilla y parecía muy distinta de la mujer del vestido negro que había conocido en la boda.
Le gustaba también aquella versión, quizá porque no estaba haciendo nada por impresionar a nadie.
—¿Qué miras? —preguntó Alicia.
—A ti.
—Pues tengo una cara horrible. Mira esta marca.
Se señaló la mejilla y Beatriz sonrió.
—Ya la había visto.
—Entonces no me mires tanto.
Beatriz regresó a su tostada, aunque no consiguió dejar de sonreír.
A las ocho menos cuarto, Alicia decidió que ya no podía retrasarse más. Mientras buscaba las llaves y el monedero, Beatriz llevó los platos al fregadero. Se había puesto una camiseta con el nombre de La Esquina bordado en el pecho, pero no encontraba la goma para recogerse el pelo.
—La dejaste en la mesilla —le recordó Beatriz.
Alicia fue a buscarla y regresó haciéndose una coleta frente al espejo de la entrada.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Beatriz—. Puedo tomar otro café en la cafetería.
—Acabamos de desayunar.
—No tengo tanta prisa.
Alicia se quedó pensativa unos segundos.
—No sé si me apetece que aparezcamos juntas allí a estas horas.
Beatriz entendió la reserva, aunque le habría gustado acompañarla.
—Claro, no pasa nada.
—No es que quiera esconderte. Ayer media plaza nos vio bailando y hoy Pili lleva en la panadería desde las seis. No necesito explicarle dónde has dormido.
—Ni yo que mi madre se entere por Pili antes de que tenga tiempo de llamarla.
Alicia soltó una risa cansada.
—¿Ves? Eso es lo que me preocupa de vivir en un sitio donde todo el mundo se conoce.
Beatriz le dio un beso y le aseguró que podía quedarse a recoger la cocina antes de marcharse. Alicia buscó en el bolso y dejó unas llaves sobre la mesa.
—La de arriba abre el portal y la otra es la de casa. Cierras cuando salgas y me las devuelves esta tarde.
Beatriz las miró con fingida solemnidad.
—¿Me estás dando las llaves de tu casa?
—Te las presto para que no tengas que salir corriendo detrás de mí. No te emociones.
—Las cuidaré mucho.
—Más te vale, que el casero cobra una barbaridad por las copias.
Se besaron en la entrada, esta vez un poco más despacio, hasta que Alicia miró el reloj y se obligó a marcharse. Beatriz cerró después de despedirla. El silencio de la casa resultó extraño tras las horas que habían compartido, pero le gustó poder tomarse unos minutos sin que nadie la esperara.
Fregó los platos, limpió las migas de la mesa y volvió al dormitorio para comprobar que no dejaba nada olvidado.
Antes de salir se detuvo ante la fotografía de Alicia y su hermana, aquella en la que aparecían de adolescentes, riéndose en una playa con el pelo empapado.
Se preguntó cuánto quedaría de aquella chica despreocupada en la mujer que ahora madrugaba para sostener su propio negocio.
Había muchas cosas de Alicia que todavía no conocía, y le apetecía descubrirlas.
Al salir del edificio eran casi las ocho y media.
La plaza estaba llena de repartidores, vecinos que desayunaban y voluntarios colocando vallas para las actividades de las fiestas.
Beatriz tomó la calle donde había dejado el coche, con la intención de no entretenerse, pero oyó que alguien la llamaba.
—¡Bea! ¿Qué haces por aquí tan temprano?
Pili salía de la panadería con una bolsa en la mano y una expresión que Beatriz conocía demasiado bien.
—Voy a casa.
—¿Vienes de algún sitio?
—Sí.
La panadera miró hacia la calle por la que acababa de aparecer y luego volvió a observarla, sin necesidad de formular la pregunta siguiente.
—Que tengas buen día, Pili —se despidió Beatriz.
—Igualmente, hija.
Continuó caminando sin acelerar el paso, aunque estaba casi segura de que Pili seguía mirándola. Cuando llegó al coche encontró un mensaje de Alicia: Diego había salvado la mañana y acababa de decirle que debería contratar a alguien para obligarla a descansar.
«Parece que tiene bastante sentido común», respondió Beatriz.
Demasiado. Me está dejando sin argumentos.
Guardó el teléfono y arrancó. Había dormido poco, tenía asuntos pendientes y aún debía encontrar un momento para devolver aquellas llaves, pero mientras conducía hacia casa descubrió que le apetecía volver a desayunar en la cocina de Alicia. La próxima vez podían empezar por apagar los teléfonos.