13. Quédate un rato
Quédate un rato
Cuando regresaron a la plaza, la orquesta seguía tocando y un grupo de adolescentes comía patatas fritas sentado en el bordillo de la fuente.
Alicia miró el reloj y descubrió que pasaba de la una.
Al día siguiente tendría que abrir La Esquina, comprobar los pedidos y afrontar otra jornada de fiestas, pero aquella noche le costaba pensar en cualquier cosa que no fuera Beatriz.
—Mañana voy a estar hecha polvo —comentó.
—Podrías haberte ido a dormir hace dos horas.
—Y me habría perdido el paseo.
Beatriz sonrió mientras acomodaba la chaqueta sobre su brazo.
Al llegar a la calle que subía hacia el piso de Alicia se detuvieron junto a la esquina de la cafetería.
Las luces estaban apagadas y las sillas recogidas detrás del escaparate.
Diego le había escrito al cerrar para confirmar que todo había ido bien, aunque se habían quedado sin bocadillos antes de las once.
—¿Te apetece subir un rato? —preguntó Alicia.
—Sí, me apetece.
—Te aviso de que mi oferta de bebidas se limita al agua, alguna cerveza y unos yogures que probablemente ya no debería ofrecerle a nadie.
—Con agua me conformo.
El apartamento estaba en el segundo piso de un edificio de tres alturas, en una calle estrecha que ascendía desde la plaza.
Alicia lo había alquilado amueblado, pero había traído suficientes cosas de Madrid para llenar el salón de objetos que todavía no encontraban su sitio.
Había elegido qué llevarse durante semanas, intentando distinguir lo que necesitaba de lo que simplemente no quería dejar atrás; al final, entre ambas categorías apenas encontró diferencias.
Mientras buscaba las llaves recordó que había dejado la ropa limpia sobre el sofá, junto a una caja que llevaba semanas prometiéndose vaciar.
—Perdona el desorden —dijo al abrir.
—No tienes que disculparte por tu casa.
Beatriz entró detrás de ella y se quedó mirando las fotografías del aparador mientras Alicia trasladaba las camisetas a su habitación.
Antes de salir se aseguró de no haber dejado también ropa sobre la cama, y se preguntó por qué le importaba tanto el desorden cuando Beatriz acababa de verla trabajar durante toda una fiesta.
Cuando regresó, sostenía un marco con una imagen de dos chicas sentadas en la playa, con el pelo mojado y unos bocadillos envueltos en papel de aluminio.
—¿Eres tú?
—La de la izquierda. Tendría dieciséis años. La otra es mi hermana.
—Os parecéis mucho.
—Entonces nos lo decían constantemente. Ahora ya no tanto.
Beatriz devolvió el marco a su sitio y preguntó si su hermana sabía que habían quedado aquella noche. Alicia se rio mientras iba a la cocina a buscar dos vasos.
—Lo sabe casi todo, porque tengo la mala costumbre de contarle mi vida. Pero tranquila, no le mando informes después de cada cita.
—Me dejas más tranquila. Bastante tengo con los que recibo en el ayuntamiento.
Se sentaron en el sofá y durante unos minutos hablaron de las fiestas.
Por la ventana abierta aún llegaban fragmentos de canciones y las voces de algunas personas que volvían a casa, pero dentro del piso se oía sobre todo el ruido de los vasos al dejarlos en la mesa.
Beatriz le contó que un vecino había protestado por la ubicación del escenario, convencido de que los altavoces apuntaban directamente a la ventana de su dormitorio.
Ella le había prometido revisar las quejas para el año siguiente, aunque sospechaba que el hombre solo quería que la verbena terminara de una vez.
Alicia la escuchaba sin prestar demasiada atención a la anécdota. Le gustaba verla allí, con el pelo despeinado después de bailar y la camisa abierta en el cuello, sin documentos sobre la mesa ni alguien esperando una respuesta municipal. Beatriz terminó de hablar y dejó su vaso sobre la mesa baja.
—¿Qué pasa? Me estás mirando mucho.
—Es que me gustas —respondió Alicia.
La sonrisa que recibió no tenía nada de protocolaria.
—Tú también me gustas.
—Ya empezaba a sospecharlo.
Alicia se acercó para besarla y Beatriz le acarició la mejilla. No tardaron en abrazarse con más confianza que en el paseo marítimo; Alicia apoyó una mano sobre su pierna y acabó prácticamente sentada encima de ella. Beatriz soltó una risa al moverse contra el respaldo.
—Espera, que hay algo clavándoseme en la espalda.
Sacó de debajo de un cojín el mando a distancia y lo sostuvo ante Alicia, que llevaba buscándolo desde el miércoles.
—Si llego a saberlo, te invito antes —dijo, dejando el mando sobre la mesa.
Beatriz volvió a atraerla hacia sí y Alicia notó sus manos cálidas bajo la camiseta.
Durante los últimos días se habían besado en calles, terrazas y paseos donde siempre podía aparecer alguien, y le resultó agradable no tener que interrumpirse para mirar alrededor.
Le apartó un mechón del rostro mientras Beatriz le besaba el cuello, y se quedó observándola cuando se separaron para tomar aire.
—Estás muy guapa.
—Tú tampoco estás mal.
—Qué generosa eres con los cumplidos.
Se echaron a reír y volvieron a besarse. Alicia había imaginado más de una vez cómo sería estar a solas con Beatriz, pero aquella cercanía, tranquila y un poco torpe por momentos, le gustaba más que cualquier escena que hubiera podido inventarse.
—¿Quieres quedarte esta noche? —preguntó, sin alejarse demasiado.
Beatriz le sostuvo la mirada antes de responder.
—Sí, si tú quieres.
—No te lo preguntaría si no quisiera.
—Me gusta asegurarme.
Alicia se levantó y le ofreció la mano. La habitación estaba al final del pasillo y todavía entraba luz de las farolas porque había olvidado bajar la persiana.
Beatriz miró la cama de matrimonio, las mesillas que no hacían juego y la silla donde Alicia dejaba cualquier cosa que no sabía dónde guardar.
—¿Puedo poner aquí la ropa?
—Claro. Aunque tendrás que compartir sitio con media mudanza.
Alicia bajó la persiana y, cuando se volvió, encontró a Beatriz desabrochándose la camisa. Se quedó mirándola sin disimulo y la otra levantó las cejas, divertida.
—¿Qué?
—Nada, sigue.
Se besaron de pie junto a la cama y fueron quitándose la ropa sin prisa, aunque Alicia tuvo que detenerse cuando un botón de su blusa quedó atrapado en un hilo. Beatriz ofreció ayuda, pero ella consiguió soltarlo antes de que la prenda sufriera daños.
—Es nueva —explicó—. Como la rompa, me da algo.
—Entonces me quedo quieta.
—Tampoco hace falta exagerar.
Acabaron sentadas al borde de la cama, riéndose todavía.
Alicia conocía bien su cuerpo y había tenido otras parejas, pero le seguía emocionando aquella primera intimidad con alguien que le importaba.
Había algo de descubrimiento incluso en los gestos sencillos: la manera en que Beatriz le apartaba el pelo para besarla, cómo buscaba su mano o cómo se detenía a comprobar que estaba cómoda.
No parecía tener que demostrar nada, y Alicia agradeció poder responderle con la misma naturalidad.
Se acomodaron bajo las sábanas mientras la música de la verbena llegaba cada vez más amortiguada desde la plaza.
Beatriz buscó una postura cómoda y Alicia desplazó una almohada que siempre acababa en medio de la cama, ahora convertida en un pequeño obstáculo para dos personas que apenas necesitaban separarse.
Alicia descubrió un lunar pequeño cerca del hombro de Beatriz y lo besó; Beatriz le acarició la espalda y volvió a acercarse cuando ella se apartó para mirarla.
Se tomaron su tiempo para conocerse, dejando que cada gesto encontrara su respuesta sin necesidad de apresurar el siguiente.
En algún momento Alicia tiró de la sábana al cambiar de postura y dejó a Beatriz prácticamente descubierta.
—Perdón, ha sido sin querer.
—Primero me quitas media cama y ahora también las sábanas.
—Es mi casa —replicó Alicia, devolviéndole parte de la tela.
—Eso ya lo he notado.
Las risas se mezclaron con nuevos besos y después dejaron de hablar durante un buen rato.
Alicia se olvidó de los desayunos que debía preparar, del dinero que llevaba semanas calculando y del ruido lejano de las fiestas.
Estaba a gusto con Beatriz, con la confianza que crecía entre ellas y con la facilidad de preguntarse qué querían sin sentirse incómodas.
Más tarde se quedaron abrazadas, escuchando un coche que pasó por la calle. Beatriz tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Alicia, que le acariciaba distraídamente un brazo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien. ¿Y tú?
—También. Aunque mañana quizá no sea persona.
Beatriz se incorporó para buscar el móvil entre la ropa y miró la hora.
—Son casi las tres. ¿No te levantabas a las seis y media?
—Preferiría no hacer esa cuenta.
—Puedo irme si así descansas mejor.
Alicia se volvió hacia ella, sorprendida de que todavía creyera necesario ofrecerlo.
—Bea, te he invitado a quedarte porque quiero que estés aquí. Quédate.
Beatriz dejó el teléfono y se acomodó otra vez bajo la sábana.
Alicia la abrazó por detrás y permanecieron despiertas un rato más, hablando de cosas que se les ocurrían sin necesidad de seguir ningún hilo.
Beatriz recordó cómo, de niña, dormía con la ventana abierta durante las fiestas para escuchar la música; Alicia confesó que en la boda de Paula había pensado varias veces en besarla.
—Me di cuenta —admitió Beatriz.
—Pues podrías haber hecho algo.
—Estaba a punto, pero apareció Sergio buscando las llaves.
Alicia empezó a reírse al recordar aquella interrupción y Beatriz aseguró que no se lo contaría a su primo porque todavía sería capaz de sentirse orgulloso.
La conversación se fue apagando mientras el cansancio terminaba por vencerlas.
Antes de dormirse, Alicia notó que Beatriz le acariciaba la mano apoyada sobre su cintura y se acercó un poco más.
Al día siguiente habría pedidos que revisar, clientes que atender y, seguramente, alguna pregunta de Pili sobre cómo había disfrutado de las fiestas. El despertador sonaría demasiado pronto. Por suerte, esa noche todavía les quedaban unas horas.