Mi alcaldesa favorita 12. Las fiestas de Puerto de Lúa
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12. Las fiestas de Puerto de Lúa

Las fiestas de Puerto de Lúa

El primer viernes de septiembre, Alicia descubrió que las fiestas de Puerto de Lúa comenzaban mucho antes del pregón.

A las siete de la mañana descargaban cajas de cerveza frente al bar de Rafa, a las ocho dos operarios intentaban colgar guirnaldas entre los balcones y, poco después, un hombre apareció con un amplificador y empezó a probarlo junto a la plaza.

—Uno, dos. Uno, dos.

Alicia dejó la jarra de leche sobre la barra y miró a Diego, que preparaba una tostada sin prestar atención al ruido.

—Si sigue así todo el día, voy a volverme loca.

—El año pasado estuvieron hasta las doce —comentó él.

—¿De la noche?

—Del mediodía. Luego empezaron los ensayos.

Alicia buscó en su cara alguna señal de que bromeaba, pero Diego siguió trabajando como si aquello fuera perfectamente normal.

Las fiestas duraban cuatro días e incluían conciertos, actividades infantiles, una comida popular el domingo y la verbena del sábado, de la que todo el mundo hablaba como si fuera imposible perdérsela.

Alicia había decidido ampliar el horario de La Esquina y contratar durante el fin de semana a Lucía, una estudiante que buscaba trabajo.

No sabía si el aumento de ventas compensaría las horas de personal y las compras adicionales, pero quería aprovechar la oportunidad de darse a conocer.

A media mañana, Pili llegó con el pan y dejó sobre el mostrador más bolsas de las habituales.

—Te he traído veinte barras de más. Con las fiestas vendrá mucha gente de fuera.

—Ayer quedamos en diez, Pili.

—Ya, pero pensé que te quedarías corta.

Alicia llevaba casi dos semanas encantada con la calidad del pan y algo menos con la tendencia de su proveedora a decidir por ella.

—Te agradezco que estés pendiente, pero necesito controlar los pedidos. Si me sobra todo esto, lo pago igual.

Pili examinó las bolsas y, para alivio de Alicia, no puso objeciones.

—Tienes razón. Me llevo diez y, si te hacen falta, me llamas.

Compró dos cafés para llevar y se marchó sin preguntar por Beatriz. Alicia supuso que aquella discreción no duraría mucho, aunque de momento la agradeció.

Desde la comida popular, ella y Beatriz habían conseguido verse dos veces más.

El paseo del domingo había acabado en una terraza junto al puerto, compartiendo el bizcocho que Alicia llevaba en la mochila y hablando de sus familias.

El martes Beatriz había pasado por su piso después del trabajo y cenaron tortillas francesas porque la nevera no ofrecía grandes alternativas.

Después se quedaron besándose en el sofá, con una película olvidada de fondo, hasta que la hora y sus respectivos despertadores las obligaron a despedirse.

Alicia aún recordaba las manos de Beatriz bajo el borde de su camiseta y cuánto le había costado abrirle la puerta para que se marchara.

El teléfono vibró al lado de la caja.

«¿Cómo va la mañana?», preguntaba Beatriz.

Alicia observó por la ventana cómo dos hombres intentaban ponerse de acuerdo para descargar una estructura metálica.

Creo que están montando un escenario delante de mi negocio.

Es bastante posible.

¿Debería preocuparme?

Solo si no te gusta la música de orquesta.

Alicia sonrió antes de preguntarle si podrían verse aquella noche. Beatriz tenía que asistir al pregón y saludar a varias asociaciones, pero esperaba quedar libre después de las diez. Alicia respondió que ya lo comprobarían, y volvió a atender a los clientes que esperaban junto a la barra.

A las nueve y media de la noche, La Esquina seguía llena.

Alicia llevaba horas enlazando pedidos y empezaba a lamentar haber incluido bocadillos calientes en una carta pensada para trabajar con rapidez.

Diego iba de mesa en mesa con la bandeja, mientras Lucía retiraba platos y limpiaba donde quedaba un hueco.

Alicia estuvo a punto de intervenir cuando vio que Lucía llevaba dos platos a la mesa equivocada, pero la chica rectificó sola antes de que pudiera abrir la boca.

Fuera, las guirnaldas iluminaban la plaza y el escenario ocupaba el espacio junto al ayuntamiento. Entre el ruido de las conversaciones y la cafetera, Alicia reconoció la voz de Beatriz amplificada por los altavoces. Se acercó a la ventana mientras una tostada terminaba de calentarse.

Beatriz hablaba desde el escenario con pantalones oscuros y camisa blanca, consultando de vez en cuando una hoja.

A su lado aguardaban varios concejales y una mujer mayor que parecía impaciente por acercarse al micrófono.

Alicia la observó con una curiosidad nueva.

La conocía conversando en un restaurante, desayunando en La Esquina y besándola en su sofá, pero verla dirigirse al pueblo le recordó cuánto quedaba por descubrir de su vida.

—Alicia, la tostada —avisó Lucía.

Regresó a la plancha justo a tiempo y pasó el plato al comedor, donde otros dos clientes pedían la cuenta.

Cuando el local empezó a vaciarse, pasadas las diez, Diego le dijo que podía marcharse.

—Nos apañamos. Solo quedan cuatro mesas y cerramos a las once.

Alicia recorrió el comedor con la mirada, dispuesta a encontrar una razón para quedarse, pero todo estaba bajo control.

—Llamadme si pasa algo y apuntad cuántos bocadillos sobran. Mañana tendremos que ajustar las cantidades.

—Ya lo he apuntado —respondió Diego.

Cogió el bolso y salió antes de recordar otra tarea. Encontró a Beatriz cerca del escenario, hablando con dos hombres, y esperó junto al puesto de una rifa mientras contestaba un mensaje de su hermana. Cuando alzó la vista, Beatriz venía hacia ella con una sonrisa cansada.

Se besaron brevemente. Alicia advirtió que un par de personas las miraban, aunque enseguida retomaron sus conversaciones.

Había pensado que besar a Beatriz en mitad de las fiestas le resultaría más extraño, pero lo que de verdad le llamó la atención fue la tranquilidad con que ella se acercó, sin pedir permiso al pueblo ni fingir que solo eran conocidas.

—¿Ya has terminado con tus obligaciones? —preguntó.

—Casi. Me queda inaugurar oficialmente la verbena.

—¿Y eso cómo se hace? ¿Tienes que empezar a bailar?

—Por suerte, no. Creo que a nadie le conviene.

Beatriz le cogió la mano y caminaron entre los puestos, esquivando a los niños que corrían cerca de la tómbola. Había familias sentadas en los bancos, adolescentes esperando el comienzo de la música y una pareja que discutía por unas papeletas de la rifa.

—¿Has cenado? —preguntó Beatriz.

—Algo de pie, en la cafetería. ¿Y tú?

—Mi madre me ha traído un bocadillo porque decía que llevaba toda la tarde sin comer.

—La tuya y la mía se llevarían estupendamente.

Pidieron refrescos en un puesto, pero antes de que Beatriz recogiera el suyo una mujer se acercó a preguntarle por las actividades infantiles del sábado.

Alicia se apartó para dejarles hablar. Ya comenzaba a acostumbrarse a que Beatriz tuviera que responder consultas municipales incluso con una bebida en la mano, aunque seguía pareciéndole una costumbre agotadora.

—Perdona —dijo Beatriz cuando la mujer se marchó—. Si quieres podemos ir a un lugar más tranquilo.

Alicia miró el bullicio de la plaza y negó con la cabeza.

—No hace falta. Me gusta estar aquí.

Se sentaron junto a la fuente. Beatriz dejó la chaqueta a su lado y apoyó los hombros contra el borde de piedra, visiblemente más relajada.

—Te he escuchado durante un momento desde la cafetería —comentó Alicia—. Has hablado muy bien, aunque casi me pierdo el final por una tostada.

Beatriz se rio y se inclinó hasta rozarle el hombro.

La orquesta probaba los instrumentos y algunas parejas comenzaban a reunirse junto al escenario.

Entre canción y canción, Beatriz le contó que de pequeña esperaba las fiestas durante todo el verano y que su padre siempre le compraba algo en la tómbola, por mucho que protestara Marisa.

—Una vez gané una lámpara con forma de delfín. Tenía una bombilla dentro y era espantosa, pero la conservé años porque mi padre decía que había que aprovechar los premios.

—Mi hermana ganaba peluches y muñecas. A mí me tocaban llaveros de plástico, así que prefiero no tentar a la suerte.

—Podríamos intentarlo otra vez.

—Tengo suficientes cosas inútiles en casa, gracias.

Cuando empezó a sonar una canción conocida, varias parejas mayores salieron a bailar. Beatriz se puso de pie y le ofreció la mano.

—¿Bailamos?

—¿Aquí, delante de todo el pueblo?

—No está todo el pueblo. Julián, el de la ferretería, se ha ido a cenar.

Alicia soltó una carcajada y aceptó. Al principio bailaron separadas, siguiendo una melodía que le recordó los domingos en que su madre ponía música mientras limpiaba.

Después Beatriz le rodeó la cintura y Alicia se acercó, demasiado contenta como para dedicar la noche a vigilar quién podía estar mirándolas.

Bailaron varias canciones. Nuria apareció con su marido y unos amigos y las acompañó un rato; Marisa se acercó a saludarlas, pero rechazó la invitación a bailar porque acababa de sentarse después de una tarde interminable.

Cuando Pili pasó con su marido y les dedicó una sonrisa particularmente satisfecha, Alicia decidió no darle más importancia de la que merecía.

Cerca de medianoche, cuando empezaron a marcharse algunas familias, Beatriz le propuso un paseo.

Salieron por una calle lateral hacia el puerto y el sonido de la orquesta fue perdiendo fuerza a sus espaldas.

Caminaron cogidas de la mano, hablando de lo bien que se desenvolvía Diego, de los siguientes días de fiestas y de una excursión que querían hacer antes de que llegara el otoño.

En el paseo marítimo se detuvieron junto a la barandilla.

El agua estaba tranquila y las luces de los barcos se reflejaban cerca del muelle.

Hacía fresco, pero Alicia agradeció aquel aire después del calor de la plaza.

Beatriz se acercó y la besó; ella le rodeó el cuello con los brazos y prolongó el beso, disfrutando por fin de unos minutos sin interrupciones.

Habían pasado la semana buscando huecos entre turnos de cafetería, reuniones y obligaciones, y ahora ninguna parecía dispuesta a comprobar la hora.

—Tenía muchas ganas de estar contigo —murmuró Beatriz al separarse.

—Yo también. Muchísimas.

Alicia le apartó un mechón de pelo y volvió a besarla. Se quedaron junto a la barandilla mientras llegaban, de vez en cuando, voces de los bares del puerto, hasta que Beatriz consultó el reloj con una expresión de resignación.

—Se nos ha hecho tardísimo.

—Mañana no tienes que madrugar tanto como yo.

—Eso tampoco es muy difícil.

Emprendieron el regreso hacia el centro sin soltarse de la mano. Alicia había descubierto que disfrutaba de la fiesta más de lo esperado, pero lo mejor de la noche había sido encontrar aquel rato a solas.